«Une histoire de continuités», entrevista con Alberto Toscano realizada por Myriam Cloutier y Philippe de Grosbois, apareció originalmente en la publicación socialista quebequesa À bâbord ! Revue sociale et politique, no. 17 (primavera de 2026), como parte del dossier «Les lignes de front de l’antifascisme». Se publica en Communis en traducción al inglés y al español con permiso de À bâbord ! y Alberto Toscano.
«En vez de retroceder e intentar unir fuerzas con los liberales para defender lo que inicialmente se tenía por una lamentable forma de compromiso —de diluir el radicalismo—, más vale que seamos marxistas, porque ser centristas no sirve de nada y, en cualquier caso, la derecha ya equipara al centro con el marxismo. Creo que estamos ante una oportunidad para adoptar una postura intransigente. Obviamente, sin embargo, tendrá que ser con el mayor nivel posible de movilización de masas y con la capacidad de aglutinar a la gente en torno a esa postura.»
—Alberto Toscano
À bâbord !
En Fascismo tardío, cuestionas la tendencia predominante a entender el fascismo por medio de comparaciones históricas. Por otro lado, el uso del término «fascismo» para describir formas actuales de autoritarismo generalizado es objeto de intensos debates. ¿Deberíamos desconfiar de definiciones de fascismo excesivamente rígidas?
Alberto Toscano
Someter a crítica esas analogías, definiciones y listas de verificación lineales y reduccionistas —o intentar ir más allá de ellas— constituyó para mí un primer paso a la hora de reflexionar sobre el fenómeno del fascismo de una manera más amplia, procesual y rica en matices.
Me parecía importante destacar, en primer lugar, que numerosos intelectuales y activistas anticolonialistas negros del Sur Global han demostrado de manera explícita la existencia de vínculos entre los regímenes y movimientos fascistas europeos y las realidades del poder colonial e imperial, así como las formas raciales de dominación inherentes a ambos. Mi objetivo era ir más allá de los enfoques marcados por una forma de amnesia histórica y política, que tienden a convertir al fascismo en una pieza de museo al presentarlo como una curiosidad espantosa en la trayectoria de la llamada civilización occidental.
Seguidamente, me pareció necesario distinguir entre la utilidad del fascismo como marco de reflexión y como momento histórico desde el que examinar nuestro presente, por un lado, y la utilidad del término «fascismo» en el discurso político, por otro. El hecho de que podamos comprender mejor los autoritarismos contemporáneos si los abordamos como parte de un continuo —aun cuando esté marcado por variaciones— con diversas formas de fascismo histórico no implica, sin embargo, que haya mucho que ganar colgándoles la etiqueta de fascistas.
Ello se puso en evidencia durante la campaña presidencial de 2024 en Estados Unidos, cuando muchos detractores liberales del movimiento MAGA no dudaron en utilizar el término «fascismo» para describir la amenaza que suponía la reelección de Trump, al tiempo que trataban de justificar por completo la guerra genocida de Israel en Gaza, o de no reconocer en la violencia carcelaria y fronteriza las condiciones necesarias para la mera posibilidad de existencia del trumpismo.
Por tanto, creo que debemos reflexionar sobre las formas en que el fascismo también puede servir para ocultar ciertas continuidades históricas. No quería tratar el fascismo como un término que denotara una política aberrante, excepcional o antitética a la política liberal-capitalista «estándar», sino más bien reflexionar sobre el entrelazamiento histórico entre ambas.
ÀB!: ¿Puedes hablarnos de la perplejidad que hoy se experimenta ante la dinámica de la fascistización, que se deriva de una ceguera generalizada ante los regímenes de dominación en el seno de las propias democracias llamadas liberales?
AT: Creo que una forma de abordar ese problema sería no difuminar la distinción entre la violencia ordinaria y el uso diferenciado de la violencia que es un elemento constitutivo del ejercicio cotidiano del poder en las democracias capitalistas liberales. Más bien, me gustaría reflexionar sobre la relación entre ambas.
Lo que estamos observando, especialmente durante el segundo mandato de Trump, arroja luz sobre ciertas características de esa relación. Una de ellas guarda relación con el vínculo consciente, subjetivo e incluso emocional con las formas de violencia estructural y estatal que se observan en las prisiones, en las fronteras o en los mecanismos de exclusión y control que tienen como blanco a personas con problemas de salud mental, a personas sin hogar y personas en otras situaciones similares. Existe un estilo característico de la política fascista que consiste en afirmar lo que el liberalismo dominante tiende a considerar una necesidad desafortunada: a saber, la celebración de la impunidad del poder.
Es difícil sostener que el trumpismo represente algún tipo de expansión masiva de la violencia estatal estadounidense, pero el cambio cualitativo dista mucho de ser insignificante. Se ha producido una ruptura con un conjunto de normas simbólicas —que, no obstante, tienen efectos concretos— sobre lo que está permitido, lo que es aceptable, deseable e incluso cualquier forma en que la ley pueda amparar la comisión de ciertos actos.
El historiador indio Ranajit Guha, en un momento en que reflexiona sobre el Imperio Británico —y basándose en Antonio Gramsci—, habló de una forma de «dominación sin hegemonía». Ese tipo de dominación ya no se basa en la dinámica de la persuasión y el consentimiento. Es algo que podemos observar en el segundo mandato de Trump, tanto en las relaciones con el resto del mundo como dentro del propio país, donde los enemigos están destinados a verse subyugados y aplastados.
ÀB !: En tu opinión, ¿cuáles son los principales frentes de batalla en los que se enfrentan hoy el fascismo y el antifascismo?
AT: Me parece obvio que la política contra los migrantes constituye el componente principal, y el que, además, influye y da forma a otras formas y manifestaciones de hostilidad. Es lo que une, lo que crea una especie de afinidad con muchos otros proyectos, movimientos o regímenes de extrema derecha.
En el caso de Estados Unidos, asistimos al retorno de una política hemisférica extremadamente agresiva y racista, en la que la «guerra contra las drogas», la «guerra contra la inmigración ilegal» y la «guerra contra el terrorismo» se han fusionado en una especie de hidra monstruosa: a Nicolás Maduro y Gustavo Petro se los equipara con jefes de cárteles; la frontera es escenario de una «invasión» tanto de migrantes como de drogas, todo lo cual, además, se presenta como terrorismo.
Hay antifascismo cuando la gente se rebela contra el ICE u otras formas de represión. Pero también está la cuestión de que puede haber un antifascismo que se oponga a las causas, y no sólo a las consecuencias del fascismo. Toda política verdaderamente emancipadora o socialista debería, por definición, ser antifascista.
El eje principal en torno al cual se produce el enfrentamiento es la respuesta a las redadas del ICE —esas fuerzas federales hipermilitarizadas que llevan a cabo el programa de deportación masiva que hizo que Trump ganara las elecciones—. Cuando miramos la lista de órdenes ejecutivas o escuchamos el relato oficial —que se basa en incidentes aislados como el asesinato de Charlie Kirk—, el objetivo real es desmantelar toda la infraestructura de resistencia cívica y desobediencia civil contra esa maquinaria de deportación.
ÀB !: Cuando el fascismo tardío la emprende con la identidad de género, la teoría crítica de la raza y los derechos de las personas trans —que se presentan como causas del colapso inminente de la civilización occidental—, ¿a qué le teme? ¿Qué está tratando de impedir?
AT: Creo que la idea de una amenaza al orden es crucial en la formación de una especie de subjetividad de extrema derecha. Lo que me parece curioso o sintomático de la hostilidad hacia las personas trans —asunto que se ha convertido en una obsesión para la extrema derecha contemporánea— y que tiene consecuencias concretas y aterradoras para esas personas, sus familias y sus comunidades— es que también se trata de una política hiperabstracta, como suele ocurrir con la forma en que los fascistas construyen la figura del enemigo.
También es una respuesta al hecho de que las luchas colectivas organizadas de las personas trans y queer —así como, por supuesto, las luchas de las personas racializadas y los migrantes— han transformado, a lo largo del último medio siglo, el mundo en que vivimos, en los ámbitos de la vida cotidiana, las instituciones sociales e incluso la distribución del poder y la visibilidad. Se han producido transformaciones muy significativas, aunque desde la izquierda nos quejemos de que esos avances son versiones extremadamente truncas, a menudo cooptadas, de las emancipaciones que nos habría gustado ver o por las que hemos luchado. Creo que lo que presenciamos en la extrema derecha es ese empeño por prometer una especie de abolición de todas esas reformas básicas.
Ello debe entenderse como una demanda endógena dentro de esas formaciones de extrema derecha destinada a producir figuras enemigas que refuercen la cohesión de sus coaliciones y sus proyectos. Los fascistas —o la extrema derecha— necesitan reproducir constantemente ese espectro, para que los persiga. Sin embargo, quienes se consideran comunistas o socialistas pueden, de hecho, ser profundamente pesimistas, o dudar de que la igualdad radical llegue a materializarse en nuestra época. Si la izquierda fuera a tener un programa mínimo tendría que ser el de convertirse en la fuerza que los fascistas creen que la izquierda ya es: es decir, amenazar genuinamente el orden capitalista y transformar genuinamente las instituciones.
ÀB!: En ese sentido, en Fascismo tardío afirmas que la izquierda debe «convertirse en lo que sus enemigos creen que ya es». ¿Qué quieres decir exactamente con eso?
AT: Esa fue una suerte de provocación que planteé para asumir la responsabilidad de reflexionar sobre nuestra relación con la institucionalización de los movimientos sociales y progresistas y, en lugar de adoptar una postura defensiva, preguntarnos hasta qué punto es posible reivindicar los proyectos que la derecha percibe en lo que ella denomina «izquierda». La ironía es que la derecha suele llamar «izquierda» al centro.
Por tanto, dado que todo eso es altamente desestabilizador, en vez de retroceder e intentar unir fuerzas con los liberales para defender lo que inicialmente se tenía por una lamentable forma de compromiso —de diluir el radicalismo—, más vale que seamos marxistas, porque ser centristas no sirve de nada y, en cualquier caso, la derecha ya equipara al centro con el marxismo. Creo que estamos ante una oportunidad para adoptar una postura intransigente. Obviamente, sin embargo, tendrá que ser con el mayor nivel posible de movilización de masas y con la capacidad de aglutinar a la gente en torno a esa postura
Pensadores como Tariq Ali solían hablar, con toda razón, del «extremo centro». Hoy, sin embargo, ese centro se ha derrumbado en muchos sentidos, trátese del Partido Demócrata en Estados Unidos o del Partido Liberal en Canadá y otros lugares. Todavía hay importantes fuerzas sociales y políticas que intentan mantener viva esa forma zombi de centrismo liberal, pero es evidente que no ofrece ninguna resistencia real al auge de la política de extrema derecha.
Que el trumpismo sea posible es algo que, de hecho, está muy estrechamente vinculado con lo que le ha ocurrido al centrismo liberal, al llamado neoliberalismo progresista, que simplemente ya no es una opción.
Creo que en tiempos marcados por una profunda inquietud e insatisfacción, pero también por un cierto cinismo hacia el statu quo —cuando la gente se siente a la vez desesperanzada respecto a su propio futuro y desconectada de las fuerzas sociales existentes—, hay algo muy poderoso en ese discurso del realismo cínico, que ha supuesto una enorme ventaja para la extrema derecha a escala global. Porque el discurso del realismo cínico te dice: «Sí, el mundo está jodido.» Lo cual también se hace eco de la genialidad retórica del fascismo histórico, que consistía simplemente en afirmar una política de poder, impunidad y fuerza.
ÀB !: El antifascismo es hoy blanco de fuertes ataques. En un contexto de represión y criminalización como este, ¿en qué consiste el repertorio de posibles acciones ofensivas?
AT: Si pensamos en la elección de Zohran Mamdani, o incluso, antes que él, en la de Brandon Johnson en Chicago, vemos que, a pesar de todo el nihilismo y el cinismo imperantes, si realmente propones algo que se parezca siquiera remotamente a un programa socialdemócrata —y le añades una dosis de carisma, estrategias de comunicación eficaces y la participación de voluntarios de base—, obtienes resultados bastante buenos, ¿no? Por otro lado, creo que esa estrategia tiene sus límites y que es probable que, sobre todo en lo que respecta a las políticas antirrepresivas, la migración o la solidaridad con Palestina, alguien como Mamdani se topará muy pronto con un muro.
Creo que el núcleo de una política antifascista reside en la organización masiva e institucional de formas de solidaridad verdaderamente efectivas —aquellas que evitan de manera concreta que se detenga, se deporte o se encarcele—. Y es ese un aspecto del discurso que pronunció Mamdani tras ganar las elecciones que me pareció bien astuto, cuando afirmó explícitamente que el objetivo no era simplemente oponerse a Trump, sino desmantelar las condiciones que habían permitido el ascenso de Trump al poder. En Nueva York, esas condiciones incluyen la represión sindical y el inmenso poder de los propietarios.
Por un lado, existe un antifascismo que se manifiesta directamente como tal, por ejemplo, cuando la gente se rebela contra el ICE u otras formas de represión. Pero también está la cuestión de que puede haber un antifascismo que se oponga a las causas, y no sólo a las consecuencias del fascismo. Y, en ese sentido, creo —aunque sin duda esto es un poco retórico— que una política verdaderamente emancipadora o socialista debería, por definición, ser antifascista. Debería consistir, por tomar prestada la hermosa frase de Walter Benjamin, en volverse inútil para el fascismo, o incluso en hacer que el propio mundo del fascismo se vuelva inútil—es decir, en desmantelar las instituciones y organizaciones que le sirven de base. Me refiero, por ejemplo, a la policía de fronteras, pero también al sistema penitenciario. Creo que una política abolicionista verdaderamente coherente es necesariamente parte integral de una política antifascista.
Por eso me gustaría que el antifascismo se considerara desde una perspectiva más amplia, que vaya más allá de los límites del discurso antifascista —el cual se centra sobre todo en la respuesta y la resistencia— y busque deconstruir el mundo, o aquellos aspectos del mundo que permiten que el fascismo eche raíces.
Featured image: Photo by Jessica Paterson (CC BY 2.0). Courtesy of À bâbord !
Translated from the French original by Rolando Prats.





