Trump y el auge de la derecha multirracial
Alberto Toscano, Daniel Martínez HoSang, Joseph E. Lowndes
May 4, 2025

«Trump and the Rise of the Multiracial Right» apareció originalmente en In These Times el 13 de marzo de 2025. Se publica en traducción al español para Communis con la autorización de ese medio.

«Ya casi nadie cree en la idea de que podamos defender este edificio en ruinas del Estado liberal. Así que nos vemos abocados a una situación en la que tenemos que desplegar la solidaridad en torno a necesidades compartidas, sufrimientos compartidos, vulnerabilidades comunes. Y solo entonces podrá abrirse la posibilidad de construir un poder compartido.»
— Joseph E. Lowndes

Daniel Martinez HoSang y Joseph E. Lowndes, en entrevista con Alberto Toscano, sobre la plasticidad de la política racial del actual Partido Republicano

 

En declaraciones hechas a un periódico italiano en enero, Steve Bannon, quien en su momento fuera el principal asesor estratégico de Trump, arrojó el guante a los multimillonarios «globalistas» de Silicon Valley​ por apoyar la concesión de visados H-1B a trabajadores tecnológicos altamente calificados en términos que, viniendo de uno los voceros más prominentes de la extrema derecha, no podían sino provocar sorpresa.

«Ni negros ni hispanos tienen ninguno de esos empleos ni ningún acceso a esos empleos» —se quejó airado Bannon—, al tiempo que señalaba que titanes tecnológicos de extrema derecha como Peter Thiel, David Sacks y Elon Musk, quienes respaldan las excepciones a la inmigración de clase alta, son todos hombres blancos procedentes de Sudáfrica. ​«¿Por qué tenemos a sudafricanos, el pueblo más racista de la tierra —continuó diciendo Bannon—,​ haciendo comentarios sobre cualquier cosa que ocurra en Estados Unidos?»

Tres semanas más tarde, en declaraciones a The New York Times, Bannon dobló la apuesta cuando afirmó que Silicon Valley era por derecho propio un «Estado de apartheid», mientras arremetía contra​ «la clase donante y The Wall Street Journal y los Murdoch», calificándolos de​ «reinas del bienestar que viven de subvenciones empresariales».

Habiendo cooptado el lenguaje de la solidaridad con los negros al tiempo que reciclado la misoginia racista reaganiana para atacar a las élites masculinas blancas —antes de darse vuelta y, al mes siguiente, alzar el brazo en un saludo fascista —, Bannon es un experto a la hora de remezclar raza y clase de formas que desorientan a sus detractores progresistas.

Pero Bannon es también sólo la punta del iceberg de un fenómeno más amplio en la extrema derecha: la coexistencia del racismo extremo con la apropiación de tropos antirracistas en un esfuerzo sistemático por atraer a votantes de color. Antes de noviembre, eran frecuentes entre los comentaristas los debates sobre el atractivo cada vez mayor que en los votantes de color ejercían Trump y el republicanismo MAGA; debates acompañados de no pocos aspavientos por la deserción de​ votantes demócratas «naturales». Tras las elecciones, ha continuado el debate sobre el aumento del apoyo a Trump entre los votantes de color. En realidad, se trata de un fenómeno que ha estado incubándose durante muchos años.

Entre la derecha, Bannon representa la coexistencia del racismo extremo con tropos antirracistas para atraer sistemáticamente a votantes de color.

 

Pocos estudiosos han explorado estas cuestiones con tanta profundidad como Daniel Martínez HoSang y Joseph E. Lowndes, coautores de Producers, Parasites, Patriots, publicado en 2019, en que se aborda la capacidad de la coalición de Trump para movilizar a votantes de color y se emplaza a los críticos liberales y de izquierda a ir más allá de la simple censura del resurgimiento de la supremacía blanca MAGA. En otros lugares, Lowndes y HoSang han explorado múltiples facetas de la relación histórica de la derecha estadounidense con la raza, desde el papel del Sur en la génesis del conservadurismo moderno hasta el retroceso de los derechos civiles en California, y desde las ilusiones del «daltonismo racial» hasta la manera en que la ideología del​ «producerismo»  ha dado forma a la retórica de la derecha en torno a la raza.

Tras la reelección de Trump y el bombardeo de medidas posteriores a la inauguración, HoSang y Lowndes conversaron con In These Times sobre la política de la derecha multirracial y lo que los progresistas e izquierdistas deben volver a aprender en respuesta a ello.

 

Alberto Toscano: ¿Qué han revelado las elecciones presidenciales y sus secuelas en relación con la política de la derecha multirracial?

Daniel Martínez HoSang: Hoy somos testigos del efecto acumulado de cambios mucho más profundos que se han estado produciendo desde hace más de una década. Elemento central de todo ello es la profunda ambivalencia respecto de la política institucional y las propias instituciones, a lo largo de todo el espectro político. En los últimos tiempos, he entrevistado a conservadores de color, y te puedo decir que ahora mismo es difícil observar entre ellos remordimiento alguno. En cambio, la alienación y el puro disgusto con lo que perciben como la parálisis de la política contemporánea son tan agudos que los ves alinearse con gran parte de las bases más extremas de MAGA y prestos a dejar que se desmantele y arremeta contra todo.

En la conferencia que recientemente organizamos sobre la derecha multirracial, rastreamos los numerosos cauces a través de los cuales han ido penetrando esos fenómenos: la religión, el género, el militarismo, la aplicación de las leyes de inmigración, las apelaciones al espíritu empresarial y la frustración con las instituciones públicas. Ninguno de esos fenómenos por sí solo da cuenta del giro de tantas personas de color hacia la derecha.

En relación con todo esto también se plantean cuestiones más amplias sobre el hecho de que el vertiginoso ascenso de una agenda nacionalista y nativista extrema no haya suscitado aún una mayor resistencia. No se trata sólo del temor al régimen o a la amenaza del autoritarismo. Hay una ambivalencia más profunda que debemos dilucidar para comprender este momento.

Joseph Lowndes: Concuerdo con lo que dices. Todo esto ha tardado mucho en llegar y se observan crisis profundas y de larga data en las instituciones y la economía estadounidenses, que se remontan a la época de Reagan o incluso a una época anterior, pero que se han intensificado en las últimas dos décadas.

De hecho, los intentos de los republicanos por atraer a grupos de color tienen un largo historial. Los discursos de George W. Bush estaban salpicados de exhortaciones doctrinales a los estadounidenses negros y latinos, por no mencionar que en la época de Bush el jefe del Comité Nacional Republicano llegó a disculparse por la «Estrategia del Sur». Cuando Bush hablaba de «conservadurismo compasivo» no estaba exhortando a ser más liberales sino a un posicionamiento más universalista del conservadurismo que difería de lo que habían hecho su padre, Reagan, Nixon o Goldwater.

En época más reciente, la derecha ha construido una extraordinaria infraestructura  —que abarca grupos de reflexión, programas de radio, Fox News, medios digitales, grandes fundaciones, actividades de organización dentro del propio partido y de movimientos sociales— de la que no existe una contrapartida real en la izquierda. En esas condiciones, es posible atraer a la política de derecha a todo tipo de personas.

«La derecha ha aprendido a ser flexible y creativa y a ampliar las identidades políticas de manera que las personas se sientan no sólo como en casa, sino que también puedan construir su propia identidad de derecha afroamericana o latina.»

Son diversas las razones por las que alguien que sea vietnamita-estadounidense pueda ser a su vez partidario de Trump: que esa persona o sus padres hayan abandonado Vietnam tras la victoria de los comunistas, o que sea católica y mantenga una postura firme contra el aborto. Son otras tantas las posibilidades de que asiáticos del sudeste, asiáticos del sur, asiáticos del este, latinos de toda América Latina y el Caribe, estadounidenses negros, africanos negros y caribeños negros se sientan atraídos por la política autoritaria o de derecha.

Y la cuestión es que hay lugares a los que la gente puede acudir para organizarse, lo cual constituye el núcleo de eso lo que Dan y yo intentamos hablar en Producers, Parasites, Patriots. La gente puede sentirse atraída por diferentes relatos o políticas, y es eso lo que significa organizarse. Es ese el trabajo de la política. Y lo que la derecha ha hecho tan extraordinariamente bien.

No se trata sólo de que tengan el poder institucional u organizativo, ni de que hayan sabido capitalizar hábilmente todas las crisis del capitalismo estadounidense. Han aprendido a ser flexibles y creativos y a ampliar los espacios en que expandir las identidades políticas para que la gente llegue y no sólo se sienta como en casa, sino que también construya su propia identidad de derecha estadounidense negra o latina. En ese sentido, la derecha se ha convertido en una verdadera gran carpa.

 

Ahora que han pasado algunos meses desde las elecciones, en opinión de ustedes ¿cómo esos realineamientos contribuyeron a la victoria de Trump?

HoSang: En primer lugar, debemos recordar que las elecciones fueron bastante reñidas. Sería absurdo afirmar que existe algún grupo demográfico que por sí solo sea responsable del cambio, y la idea de que ha habido un realineamiento tampoco parece acertada. A ninguno de los dos nos convence el argumento de que esos votantes sean intrínsecamente conservadores o estén reaccionando a alguna extralimitación de la izquierda demócrata. Pero me llama la atención una clara tendencia que vendría en apoyo de la hipótesis de que estamos en presencia de un desalineamiento. La hemorragia de votos provenientes de todos esos bloques, no sólo en las elecciones presidenciales, sino en el resto de las votaciones, es considerable.

Tomemos, por ejemplo, el caso de Miami, donde en 2016 Hillary Clinton obtuvo algo así como el 60 % de los votos, y ahora, por primera vez en una generación, es un bastión republicano. Esto ha ocurrido en todo el espectro electoral, en muchas otras localidades. Muchos conservadores de color con los que he hablado en esos lugares señalan que no sienten ninguna conexión real con el Partido Demócrata. Los aparatos locales del Partido Demócrata no han estado cultivando relaciones con los votantes, mientras que la derecha y el Partido Republicano se han mostrado muy dispuestos a destinar recursos a la experimentación con diferentes cosas, a la creación de grupos de identidad y afinidad.

En la conferencia Turning Point USA nos encontramos con personas que nos contaban que antes se habían sentido atraídas por Bernie [Sanders] u otros proyectos. Y ahora sienten que es este un espacio al que acudir si quieres recuperar la energía y el dinamismo, pero también sentirte como un disidente. La derecha y el Partido Republicano han cambiado realmente de identidad, pasando de protectores de un orden político fallido a insurgentes que hablan con claridad sobre los problemas del sistema. En Turning Point, constantemente escuché decir: «Es aquí donde se habla con franqueza sobre lo que está ocurriendo, mientras que los demócratas se limitan a recitar frases sobre cosas sin importancia que no me afectan.»

Lowndes: La gente de Turning Point no es necesariamente representativa de la gente de color que en general votó por Trump, pero son muy importantes porque son el tejido conectivo. Son como los intelectuales orgánicos de Gramsci: una capa situada entre quienes dirigen las cosas y quienes están más abajo, capaz de enmarcar de otra manera las cosas, interpretarlas e inspirar a la gente. Lo cual es muy importante, y ahora tenemos ese banco bastante profundo de organizadores de color de derecha de varias comunidades que hacen ese tipo de labor.

Desde la toma de posesión, con el bombardeo de órdenes ejecutivas, los nombramientos al gabinete de Trump, la plataforma contra las políticas de diversidad, equidad e inclusión (DEI), los mensajes en clave racistas en torno a los recientes accidentes aéreos —por no hablar de la orden ejecutiva sobre la difícil situación, totalmente imaginaria, de los «refugiados» afrikáner​ y el saludo nazi de Musk— parece que se están reforzando las aristas blanco-nacionalistas de MAGA. Más allá del deseo de​ «humillar a los libs», podría hablarse de una deliberada marginación de los conservadores negros y mestizos sobre los que han escrito ustedes.

Lowndes: Este gobierno tendrá consecuencias para lo que ocurra con la derecha multirracial. Están las tendencias que hemos descrito, que existen desde hace mucho tiempo. Pero lo que está ocurriendo en la cúpula es bastante extraordinario. Tomemos los ataques contra las políticas de DEI. Trump habló de ello continuamente durante la campaña electoral, pero en un sentido superficial y corporativo: programas en los recintos universitarios, que afectan a los mandos intermedios en las administraciones, etcétera. Sin embargo, ahora vemos cómo se están remontando a la Comisión para la Igualdad de Oportunidades en el Empleo y a la Ley de Derechos Civiles de 1964. Quieren eliminarlo todo de Johnson para acá. Ello tendrá amplios efectos no sólo en las élites de color sino en la clase trabajadora. Serán enormes los daños que acarreará todo ello.

Por supuesto, de alguna forma eso ha estado siempre ahí. Pensemos en Bill Buckley, ese ferviente admirador de Sudáfrica y del colonialismo portugués en Mozambique y Angola. En el caso de Buckley, ello estaba ligado a una visión del capitalismo, de la antidemocracia, que ha sido un elemento nuclear del movimiento conservador estadounidense desde finales de los años cincuenta.

«La izquierda creía que cambios culturales, lingüísticos y representativos nos protegerían contra la política autoritaria reaccionaria. La derecha ha demostrado que puede habitar esa política, reestructurarla y hacer que funcione para sus propios fines.»

 

Ahora bien, este asunto de lo sudafricano, con su lenguaje abiertamente pro-afrikáner, también pone de manifiesto la desaparición de todo un movimiento internacional antirracista o anticolonial. Si esto hubiera ocurrido en la época del movimiento contra el apartheid, habría habido hostilidad en las comunidades negras y en todas partes. La ausencia de una respuesta marca lo lejos que estamos de los días de la solidaridad anticolonial.

Además, la forma en que los liberales hablan del racismo del movimiento MAGA gira siempre en torno a sus elementos populistas, cuando en realidad ese racismo proviene del lado libertario tecno-capitalista. Y cuando se hable de la orden ejecutiva contra Sudáfrica, es el lado DOGE, son los oligarcas, quienes realmente presionan con más fuerza para que se hagan ese tipo de cosas.

 

También a mí me pareció sorprendente. Tanto en medio de la escaramuza antes de la toma de posesión de Trump entre la derecha tecnológica y los nacionalistas económicos sobre los visados H-1B, como todavía más en sus comentarios para The New York Times, Bannon se ha presentado como un paladín de la lucha de la derecha multirracial contra el «Estado de apartheid» de Silicon Valley​.

Lowndes: Bannon entiende la manera en que se podría modelar un nacionalismo de derecha multirracial. Pero, en el fondo, las dos cosas que realmente marcan políticamente a Trump son un racismo feroz y una misoginia feroz, que Bannon no comparte del todo. Creo que con Musk, Trump está dispuesto a jugárselas todas en esas cosas y hay muy poca gente en el partido que se atreva a desafiarlo.

HoSang: Para retomar lo que decía Joe, sobre la manera en que la derecha se da cuenta de la desmovilización de los movimientos sociales, saben que puedes decir las cosas más extremas y será muy bajo el precio político que tengas que pagar. Podría decirse que la sombra de un proyecto etnonacionalista no ha dejado de perseguirnos, sin que ello produzca oposición. Lo mismo ocurre con el desmantelamiento de los programas de DEI y hasta de mecanismos de larga data de protección contra la discriminación.

No son muchas las personas que hayan tenido experiencias concretas inmediatas que las lleven a decir: ​«No toquen esos programas, los necesito, me benefician.» Hace algunos años, se propuso una medida para restablecer la discriminación positiva en California que no logróreunir una mayoría de votos, en parte porque la gente no tenía esa experiencia concreta. Hace un par de días, entrevisté a un conservador negro de Milwaukee, quien me dijo:​ «Que hagan lo que quieran con la DEI. No tiene nada que ver con mi comunidad.» En parte está repitiendo como un loro esa retórica. Pero si hubiera habido una conexión más sólida con la vida cotidiana de la gente, veríamos a más personas levantarse para defender las políticas de DEI.

Partidarios de Trump en un acto de su campaña electoral celebrado en el histórico distrito demócrata de South Bronx el 23 de mayo de 2024, en la ciudad de Nueva York. Foto de Spencer Platt/Getty Images. Cortesía de In These Times.

Ustedes han presentado argumentos convincentes sobre la necesidad de que los progresistas no traten las identidades raciales como algo estático y presten atención a cómo la derecha e incluso la extrema derecha se muestran bastante hábiles en el manejo de la plasticidad de la raza. ¿De qué manera deberíamos recalibrar nuestras respuestas en ese sentido y para forjar, como han escrito ustedes, «solidaridad en la diferencia»?

HoSang: La identidad social e incluso la experiencia no son garantía de un análisis político. Una gran parte de la política progresista asumía que la gente de color, al percibirse a sí mismas como minorizadas, se alinearía automáticamente con ciertas agendas políticas —una economía intervencionista, determinadas políticas en torno a la inmigración, el género y la sexualidad— y que, por tanto, no hacía falta hacer una labor real de concienciación en escuelas, organizaciones y sindicatos.

Semejante postura tenía que ver con la idea de que,​ «bueno, mira lo racista y lo misógina que es la derecha. Te rechazan. Esa es toda la politización que necesitas». Pero una vez que se reconoce lo desgastados que están los vínculos de las personas de color con todos esos espacios institucionales en torno a los cuales se forjó la conciencia — los sindicatos, el movimiento por los derechos civiles y otras organizaciones políticas—, nos damos cuenta de que hoy el imperativo es hacer mucho más ese tipo de labor.

Hace veinte años, la idea de que un gran número de latinos y otras familias de inmigrantes recientes se vieran reclutados en apoyo de deportaciones masivas era impensable. Y, sin embargo, hay un gran número de latinos que apoyan abiertamente esas deportaciones. La cuestión es ¿cómo podrían reorientarse sus posiciones y qué otras políticas, marcos e ideologías podrían atraerlos?

Todos esos ataques contra la red de seguridad social, incluido el desmantelamiento de Medicaid y de la educación pública, están golpeando ampliamente a todo tipo de razas, clases y posiciones geográficas. Y una vez más hay que preguntarse: ¿cuáles son nuestros marcos interpretativos?

La izquierda necesita ofrecer explicaciones sobre lo que está sucediendo, dónde está el desajuste y qué se puede hacer al respecto. Y creo que la constante demonización personal de Trump y el recurso a la pregunta​ «¿No ves que es un fascista?» no dejan que la gente establezca conexiones con lo que les está ocurriendo. Voy a reuniones sindicales y oigo a líderes sindicales de la clase trabajadora, realmente calificados y comprometidos, decir que ahora simpatizan con el trumpismo. ¿Cómo es que ha podido suceder todo esto? Parte de la explicación está en que se hizo muy poco dentro de esos sindicatos para ayudar a la gente a entender lo que estaba pasando.

Lowndes: Estamos en una situación en la que tenemos instituciones políticas nacionales que se han vuelto disfuncionales o que sencillamente han dejado de funcionar. El Congreso no está cumpliendo sus funciones de la manera en que se concibió. Es obvio que la Corte Suprema se ha desacreditado. Lo que nos queda es el poder ejecutivo como un ariete que, elegido cada cuatro años, intente abrirse paso a través de la esclerosis para hacer frente a ciertos problemas, o para atender a ciertas fantasías. Y todo esto tiene lugar en una época de desigualdad radical de la riqueza, por lo que de todos modos es una clase oligárquica la que dirige la política nacional en ambos partidos. Tenemos una situación que casi no tiene arreglo, sobre todo si le añadimos una crisis ecológica que nos visita desastre natural tras desastre natural de proporciones épicas cuatro o cinco veces al año.

Ahora que se están desmantelando rápidamente partes de la burocracia federal y del ejecutivo, tenemos la receta perfecta para una política cesarista y autoritaria. La gente quiere que alguien se ocupe de ellos en condiciones en las que la vulnerabilidad es cada vez más aguda. Y cuando tienes un ecosistema mediático que puede contar historias tan profunda y poderosamente favorables a la derecha, es realmente difícil averiguar cómo combatir todo eso.

Tenemos que volver a lo esencial. Ya casi nadie cree en la idea de que podamos venir ahora a defender este edificio en ruinas del Estado liberal. Así que nos vemos abocados a una situación en la que tenemos que desplegar la solidaridad en torno a necesidades compartidas, sufrimientos compartidos, vulnerabilidades comunes. Y solo entonces podrá abrirse la posibilidad de construir un poder compartido.

Lo que ocurre con la raza es que puede articularse en cualquier dirección, sobre todo en ausencia de movimientos sociales. El año pasado había un gran cartel en el estanquillo de​ Blexit («Black Exit») en Turning Point USA: el rostro de Bob Marley y encima la leyenda​ «Emancípate de la esclavitud mental.» En su propia pequeña burbuja, el cartel daba expresión a un sólido compromiso nacionalista negro con la política de extrema derecha. En ese contexto, tenía todo el sentido del mundo.

No es que algo de eso no hubiese estado ya ahí. No hay política pura. En los movimientos de liberación de los negros a lo largo de la historia de Estados Unidos ha habido elementos de conservadurismo, patriarcado, ideologías favorables al mercado y a un Estado represivo, junto con políticas liberadoras, radicales, democráticas, antiautoritarias y emancipadoras. Si queremos movilizar una política en la que el antirracismo signifique anti-trumpismo, estas últimas tendrán que rearticularse.

Por ejemplo, todo el asunto en contra de la DEI. Es una forma de aplastar cualquier control democrático sobre el poder estatal. También es una liquidación de activos en forma de bienes públicos en beneficio de los oligarcas. Y para gente como Trump, es un asalto contra ideologías e identidades a las que es hostil. Lo que esto nos ofrece es la posibilidad de construir algo. Pero tenemos que ser capaces de decir que esa forma de racismo anti-DEI se dirige a todo el mundo. Que los movimientos racistas en Estados Unidos siempre han desempoderado a todo el mundo.

Si queremos desplegar una política antirracista y progresista, tiene que ser una política socialista. Tiene que enfrentarse a la propiedad, la dominación y la jerarquía. Es un proyecto antirracista, pero tiene que articularse en cuanto proyecto socialista, no como simbolismo liberal.

HoSang: La derecha está saturada de referencias a la identidad. Cuando hablé con los activistas de Blexit en Turning Point, se referían a sus eventos​ como a «mesas de liberación». En la inauguración, hubo un baile de gala de la fundación conservadora negra y un baile de gala hispano. No pierden de vista el hecho de que la identidad y el multiculturalismo sigan siendo la moneda de cambio de la política estadounidense.

La izquierda se ha confiado demasiado en que los cambios culturales, lingüísticos y de representación nos librarían de la política autoritaria reaccionaria. Y creo que lo que la derecha ha demostrado es que puede habitar esa política, retocarla y hacer que funcione para sus propios fines.

Lowndes: Pero tampoco debemos exagerar el poder de la derecha. Ellos también meten la pata y el gobierno de Trump también va a meter la pata, y eso puede dar pie a que ocurran cosas. Tal vez separar lo que hace el DOGE del propio Trump sirva para exponer la relación entre oligarquía y supremacía blanca que Musk encarna.

Dan y yo llevamos una década señalándolo y mucha gente no quería oír hablar de que existía una derecha multirracial. Lo que hacía casi imposible mantener conversaciones que valieran la pena. Finalmente, en el último año, se ha convertido en un tema que no se puede ignorar. La gente está ahora tratando de lidiar con lo que todo eso significa, porque no se puede evitar. Y ello abre la posibilidad de imaginar maneras de llegar a la formación política necesaria para hacer algo diferente.

 

Imagen: Miembros de Blexit («Black Exit») marchan en apoyo de la policía tras asistir a una concentración en el jardín sur de la Casa Blanca organizada por Donald Trump el 10 de octubre de 2020 en Washington D. C. Foto de Tasos Katopodis/Getty Images. Cortesía de In These Times.

Tradujo del original en inglés Rolando Prats.

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