En las afueras del centro de Sofía se alza un hotel de hormigón de gran altura, visible desde muchas direcciones y cuya silueta se recorta contra el monte Vitosha, la imponente montaña situada en las afueras de la capital búlgara. En esa parte del mundo abundan los hoteles brutalistas, pero éste es algo diferente: más elegante, pero también visiblemente prefabricado. Guarda un ligero parecido con un hotel «cápsula» japonés, lo cual no es casual. En sus comienzos, fue el Vitosha New Otani, diseñado en 1974 por el célebre arquitecto Kisho Kurokawa, cofundador del Movimiento Metabolista y, en su día, simpatizante del Partido Comunista Japonés, y quien por entonces era más conocido por la recientemente demolida Nakagin Capsule Tower. El hotel Vitosha se construyó en colaboración con Mitsubishi y se financió en parte por el gobierno japonés. ¿Qué demonios hace en Sofía? A primera vista, hay pocos lugares tan incongruentes, tan poco propensos a estar vinculados, como Bulgaria y Japón, y pocas economías tan disímiles como la de los Balcanes orientales —dedicada ahora al turismo, la agricultura y los servicios de bajo valor— y la de Asia oriental, con sus industrias punteras de alta tecnología y sus futuristas infraestructuras públicas.
El nuevo libro de Victor Petrov, Balkan Cyberia, muestra, sin embargo, que entre los años sesenta y ochenta, la Bulgaria socialista de Estado se había empeñado en convertirse en el Japón del Pacto de Varsovia, y casi lo consigue. En su revelador relato revisionista, Petrov, profesor de historia moderna de Europa en la Universidad de Tennessee, evoca un pasado casi olvidado en que Bulgaria llegó a convertirse en uno de los principales fabricantes, diseñadores y exportadores de ordenadores del mundo, estableciendo para ello vínculos comerciales con Asia oriental y meridional. En su apogeo, las empresas informáticas de Bulgaria superaron con creces a algunos de sus competidores estadounidenses, en parte gracias a sus estrechos lazos con Japón, país que el dictador búlgaro Todor Zhivkov pensaba que podía servir de modelo nacional. A pesar de la sobriedad de su tono, Balkan Cyberia es un libro extravagante, que reescribe por completo la historia de los primeros tiempos de la informática personal de masas, en cuyo centro se sitúa a Bulgaria. Basándose en una densa investigación de archivo, así como en entrevistas con programadores informáticos, ingenieros y promotores búlgaros, el libro traza el ascenso —y la caída— de la industria tecnológica del país durante la Guerra Fría y examina sus efectos en todo, desde la ciencia ficción local hasta las especulaciones utópicas de los comunistas búlgaros.
Después de 1989, algunos, como el estadounidense Charles Maier, especialista en historia de Alemania, afirmaron que entre las razones del colapso del «socialismo realmente existente» estaba la insuficiencia de las industrias informáticas del bloque oriental, que le impidió participar en la tercera revolución industrial y la «sociedad de la información». La mayoría de los países socialistas tenían importantes fabricantes estatales de electrónica: entre los más grandes estaba Electronika, en la URSS, y Robotron, en la RDA (Yugoslavia, como era habitual, hizo algo un poco diferente, con el ordenador de autoensamblaje Galaksija —todavía hoy objeto de cierto culto). Pero tendían a ser poco originales e ineficaces. Es algo que Petrov admite en los casos de la Unión Soviética y Alemania oriental, si bien demuestra que Maier y otros buscaban en los lugares equivocados. En 1989, el hardware y el software en Europa del este y en el sistema conexo del CAME no estaban dominados por la RDA o la URSS, sino por Bulgaria, que había conquistado el mercado de la informática de bajo costo («para disgusto de Alemania del este»).
Balkan Cyberia se sitúa entre los libros recientes sobre las esperanzas que los gobiernos socialistas depositaron en la informática: From Newspeak to Cyberspeak (2004), de Slava Gerovitch, que trata de la cibernética soviética; How Not to Network a Nation (2017), de Benjamin Peters, sobre los esfuerzos fallidos de la URSS por desarrollar su propia Internet; y Cybernetic Revolutionaries (2014), de Eden Medina, sobre el sistema de planificación asistida por ordenador Proyecto Cybersyn, desarrollado por el gobierno de la Unidad Popular en Chile a principios de los años setenta. Son, sin embargo, historias de fracaso, en los casos soviéticos, o de sueños aplastados por el neoliberalismo y la dictadura, como en el libro de Medina sobre Chile. En cambio, Balkan Cyberia es la historia de un éxito espectacular, dentro de ciertos límites.
A principios de la década de 1960, Bulgaria —y, de forma diferente, la más estridentemente nada cooperativa Rumania— se valió del bloque económico del CAME para desafiar los planes soviéticos que los habrían mantenido como reservas agrícolas subdesarrolladas, con la industria de alta tecnología favorecida en países más prósperos como Checoslovaquia o la RDA. Los países balcánicos lograron imponerse en ese debate interno, y Bulgaria, bajo el mandato de Zhivkov, pasó con sorprendente rapidez de la industria pesada a la ligera, especialmente en sectores —como la informática— que sus vecinos más ricos aún no habían desarrollado plenamente. A partir de 1959, Bulgaria firmó acuerdos comerciales con la industria electrónica de Japón, que introdujeron al país balcánico en el mercado internacional; los japoneses pudieron así compartir tecnologías estadounidenses a las que de otro modo los búlgaros no habrían podido acceder. Aunque fiel a su compromiso con la alianza estadounidense a nivel político, Japón —según dice Petrov— estaba ansioso por expandir su propio imperio comercial, ayudando a los búlgaros a abrir una brecha cada vez mayor en la Cortina de Hierro.
Ingenieros, programadores, políticos y escritores búlgaros se enamoraron de Japón. En Bulgaria se publicaron libros sobre el «milagro económico» japonés posterior a 1950, y Zhivkov, en particular, se convirtió, como dice Petrov, en «un weeaboo», que visitaba con frecuencia el país y se relacionaba con él, proceso que llevó a Kisho Kurokawa y Mitsubishi a diseñar y construir un hotel de lujo en Sofía con vistas al monte Vitosha. Lo que más les fascinó fue la aparente realidad, por debajo del brillo futurista, de una cultura en la que la planificación aparentaba ser eficaz y dinámica en lugar de una camisa de fuerza económica semidisfuncional. Como demostró el libro de Peters How Not to Network a Nation, la informática soviética en particular se vio gravemente perjudicada por la falta de una planificación cohesiva y colectivista, con ministerios y burocracias rivales en Moscú y Kiev que estaban envueltos en mezquinas luchas por recursos y favores, mientras que el desarrollo de la electrónica en Massachusetts y California durante el mismo período era un proceso profusamente financiado por el Estado, relajado y cooperativo. Los búlgaros tenían plena conciencia de ello y consiguieron, durante un tiempo, escapar a la trampa de la competencia anárquica.
En los años ochenta, Bulgaria era uno de los principales exportadores mundiales de hardware, no sólo a Europa del este (donde había acaparado casi la mitad del mercado), sino también a India —donde la electrónica búlgara fue decisiva para el desarrollo de lo que hoy es una de las principales industrias tecnológicas del mundo—, así como a Oriente Medio y a África subsahariana, aprovechando en beneficio propio, en ambos casos, los vínculos comerciales del movimiento de países no alineados y del CAME. Bulgaria, al igual que Japón, Corea del Sur, Singapur o Taiwán —los países de Asia oriental a los que emulaba conscientemente— había adquirido su ventaja tecnológica creando versiones más baratas, rápidas y compactas (aunque no necesariamente mejor fabricadas) de los sistemas estadounidenses. La mayoría de sus ordenadores eran copias: su ordenador personal más vendido, el Pravetz, llamado así por la pequeña ciudad donde se fabricaba, era una imitación del Apple II. Ello supuso una regresión significativa con respecto a la era utópica y experimental de la informática socialista de los años sesenta, cuando la URSS y Polonia en particular intentaron desarrollar sus propios sistemas independientes de los del mundo capitalista; en los años setenta, se consideraba en general más barato y eficiente limitarse a copiar a IBM, Apple y, no sea que nos olvidemos, el ZX Spectrum británico financiado por el Estado y que fuera clonado como Didaktik en Checoslovaquia y Elwro 800 en Polonia.
El de Petrov no es, pues, un relato utópico. Sin duda, los intelectuales comunistas búlgaros y algunos políticos habían imaginado un socialismo cibernético en el que la informática podría resolver las ineficiencias de la economía dirigida y la robótica liberaría a los trabajadores para que pescaran por la mañana y ejercieran la crítica por la tarde. Lo que se materializó en su lugar fue poco romántico: el desarrollismo. El encaprichamiento de Zhivkov y sus camaradas con Asia oriental revela una afinidad electiva pocas veces analizada. En ambas regiones, países abrumadoramente rurales cuyas economías se basaban en la agricultura y la extracción se transformaron en sociedades urbanas, industriales y educadas a la velocidad del rayo. Entre los años cuarenta y ochenta, todos eran regímenes de partido único, dotados de fuerzas policiales secretas muy activas, que oscilaban entre la idea de incorporar a la clase obrera y la pulsión de disciplinarla despiadadamente —los fabricantes de ordenadores se quejaban de que los sudorosos dedos de los proletarios búlgaros estropeaban sus componentes—, al tiempo que favorecía economías en las que una planificación cuidadosa produjera eficazmente productos básicos innovadores y baratos susceptibles de venderse en el mercado mundial. Que la esfera soviética tenía de hecho su propia versión de un mercado mundial es uno de los argumentos más importantes de gran parte de esta reciente investigación: en ningún momento esas economías estuvieron «cerradas». Como señala una de las fuentes de Petrov, Architecture in Global Socialism (2020) de Łukasz Stanek, en los años sesenta y setenta Asia (y África) se convirtieron en regiones en que los europeos orientales pudieron conocer y adaptar las tecnologías occidentales.
En 1989, Bulgaria había logrado cosas que habrían parecido improbables en 1959, pero los avances se distribuyeron de forma desigual. Como describe Petrov, pueblos donde las carreteras aún no estaban asfaltadas coexistían con una ciencia y una industria muy avanzadas. En Bulgaria y Asia oriental, al igual que en Estados Unidos, las personas que estaban a la vanguardia de la industrialización de la alta tecnología tendían a considerarse librecambistas: los profesionales búlgaros de la informática fueron —como señala Petrov— los primeros admiradores de Bill Gates y Steve Jobs; algunos de ellos incluso conocieron a esos dos influyentes privatizadores de la informática. Sin embargo, en la práctica actuaron como capitalistas estatales desarrollistas, trabajando en un mercado deliberadamente distorsionado y beneficiándose de inmensas subvenciones y patrocinios estatales. Por desgracia, los liberales búlgaros parecen haber creído que la retórica del libre mercado de California se correspondía con la realidad, y Palo Alto sustituyó a Tokio como gemela imaginaria de Sofía. Tras el colapso del comunismo, la industria informática búlgara se privatizó antes de desmantelarse a toda velocidad, proceso que Petrov no describe ni explica con tanto detalle como podría haberlo hecho, aunque parece que la retirada del apoyo estatal fue un factor decisivo. Los cuadros superiores de la industria informática búlgara, entre ellos el padre de Petrov, se trasladaron a Estados Unidos; quienes ocupaban un lugar más bajo en la cadena abrieron centros de llamadas; y sus miles de trabajadores calificados de las fábricas fueron simplemente arrojados al basurero. La inusual preponderancia de programadores calificados en la Bulgaria capitalista la convirtió en un buen lugar para la subcontratación informática, y todavía hoy cuenta con un importante sector tecnológico, pero el proyecto de desarrollo a través de la electrónica había llegado a su fin.
Las dictaduras desarrollistas de Asia oriental fueron derrocadas en los años ochenta y principios de los noventa, al igual que ocurrió en Europa oriental. Lo cual nos lleva a hacernos una pregunta: ¿por qué Corea del Sur o Taiwán siguieron dominando la fabricación y la investigación electrónicas a escala mundial, mientras que Bulgaria se convirtió en un nodo más de la subcontratación estadounidense y europea occidental? La respuesta seguramente tiene algo que ver con el continuo apoyo estatal a la industria de Asia oriental y con la arraigada creencia, compartida por los liberales y conservadores de Europa del este posteriores a 1989, de que todo lo producido en el antiguo sistema seguramente carecía de valor; sin embargo, Petrov, deseoso de no mostrar políticamente sus cartas, se rehúsa a especular. No critica explícitamente el capitalismo búlgaro más de lo que critica al «socialismo realmente existente», pero está claro que el culto de la carga neoliberal implantado tan ampliamente en Europa del este después de 1989 era un modelo mucho menos adecuado para aprovechar las ventajas del sistema anterior que el capitalismo de Estado de Asia oriental; uno de los profesionales informáticos a quienes Petrov entrevista comenta con nostalgia que Bulgaria podría haberse convertido en Singapur si no hubiera destruido su propio Estado desarrollista.
Aburridos y subempleados, los ingenieros y programadores búlgaros entraron a su manera en el nuevo sistema de libre mercado. A partir de 1989, una oleada de virus —muchos con nombres derivados de la banda británica de metal Iron Maiden, como «Eddie» y «Number of the Beast»— infectó ordenadores de todo el mundo. Según estimaciones del New York Times, a finales de 1990, el 90% de todos los virus informáticos se fabricaban en Bulgaria; el más terrible de todos, Dark Avenger, supuso el 10% de todas las llamadas a los especialistas en antivirus McAfee durante la primera mitad de los noventa. Esos programadores nihilistas quizás sean los antepasados de los actuales ciberatacantes rusos, como los que destruyeron los sistemas informáticos de la Biblioteca Británica a finales del año pasado. Los programadores del «socialismo real» nunca crearon el comunismo cibernético, pero la ejecución de sus sueños utópicos podría haber hecho alguna pequeña contribución a la distopía tecnológica actual.
Sigue leyendo: Timothy Erik Ström, ‘Capital and Cybernetics’, NLR 135.
Featured image:Vitosha Park Hotel, Sofia, Bulgaria.
Translated from the original in English by Rolando Prats. Sidecar on Communis is possible thanks to a collaborative partnership between Communis and New Left Review.
