«A Conversation with Alberto Toscano» apareció originalmente en el número 48 (Pseudo) de trans magazin, en su edición en alemán e inglés (gta Verlag, 1 de marzo de 2026), pp. 44-48. Se reproduce en Communis en su versión original en inglés y en traducción al español con permiso de Alberto Toscano y de trans.
“Debemos encontrar formas de vincular los enclaves, las prisiones y los muros con la ocupación de vastas extensiones de la Tierra para actividades puramente especulativas, como los centros de datos o la minería de bitcoin. Un campo de análisis político que abarque la crítica arquitectónica, el urbanismo crítico y la geografía crítica resulta fundamental para comprender tanto la base material como los instrumentos materiales de esas formas de fascismo. Esos fenómenos —proyectos energéticos y logísticos— no son en absoluto secundarios, sino que constituyen, de hecho, elementos definitorios de la dinámica del imperialismo y la extracción.”
—Alberto Toscano
Notas manuscritas repartidas en tres cuadernos; pensamientos y recuerdos entresacados de conversaciones a lo largo de varios meses. Todo ello a la vista sobre nuestros escritorios de Zúrich y Bruselas, cuando nos conectamos por teléfono con Alberto Toscano para conversar con él mientras echa a andar su día en Vancouver.
Trans Team
En tu libro de 2023 Late Fascism[1] sostienes que lo que generalmente se entiende por fascismo —es decir, los regímenes italiano y alemán entre los años veinte y cuarenta— fue consecuencia directa de siglos de colonialismo de asentamientos. En él describes, además, cómo el fascismo no desapareció en 1945, sino que se mantuvo vivo en las democracias liberales de la posguerra como compañero inseparable del orden capitalista. Citas la observación del académico Cedric Robinson de que «el fascismo fue y es una disciplina social moderna que, al igual que sus predecesores genéticos —el cristianismo, el imperialismo, el nacionalismo, el sexismo y el racismo—, proporcionó los medios para el ascenso y la preservación del poder de las élites»[2]. Para quienes aún no hayan leído el libro, ¿cómo el análisis de escritos históricos sobre el fascismo puede propiciar una mejor comprensión del discurso político actual?
Alberto Toscano
En los últimos años, con la reaparición de movimientos autoritarios y de extrema derecha, el tema del fascismo ha hecho entrada en los debates que dominan la escena, especialmente en Estados Unidos. Sin embargo, cuando en 2016 empecé a trabajar en el libro, el discurso sobre el fascismo parecía estancado en un bucle estéril en torno a cuestiones de analogía y diferencia, por lo que me tracé el objetivo de ir más allá de esa fijación. Más allá de rastrear los orígenes del fascismo europeo en la historia de los métodos del imperialismo y del capitalismo racial, mi objetivo era también explorar la conexión del fascismo con los regímenes políticos que han acompañado al orden capitalista o liberal de la posguerra.
Ya en las décadas de los veinte y los treinta del pasado siglo, intelectuales de la diáspora, negros y colonizados establecieron vínculos muy explícitos y políticamente trascendentales entre el fascismo, la realidad imperialista contemporánea y la historia del colonialismo y la esclavitud. En las décadas siguientes, las obras de Hannah Arendt y Primo Levi advirtieron del posible retorno del fascismo bajo una apariencia muy diferente y a menudo irreconocible. Al identificar algunas de las herramientas intelectuales y conceptuales que nos permiten pensar el fascismo en cuanto proceso, potencial o tendencia, quise conceptualizarlo como algo mutable y no simplemente congelado. En la forma que adoptó en la década de los treinta, el fascismo estaba, por supuesto, vinculado a un momento concreto de crisis capitalista y a la experiencia de la Primera Guerra Mundial: trauma colosal, pero también escenario en que muchos habían aprendido a ejercer la violencia.
Sin duda, en Italia y Alemania, fueron a menudo los veteranos y su amargura por las secuelas de la guerra quienes hicieron posible ese impulso político.
TT Es en momentos de crisis —ya sea migratoria, económica, climática o social— que la política fascista encierra promesas de cambio, hoy en tanta medida como a principios del siglo XX. Sin embargo, sostienes que el fascismo no es más que una parodia del cambio social, o un discurso pseudoclasista promovido por un movimiento que se considera a sí mismo antisistémico, pero que en última instancia es conservador.
AT Lo de «pseudo» puede ofrecernos un marco muy interesante y fructífero para analizar el fascismo, al que ya en 1922 el pensador anarquista italiano Luigi Fabbri denominó por primera vez «contrarrevolución preventiva»[3]. Tras la Primera Guerra Mundial, se produjo una apropiación parasitaria de toda una serie de temas de la tradición socialista revolucionaria, y tanto el fascismo italiano como el nazismo alemán se presentaron como revoluciones nacionalistas. Sin embargo, ya desde el principio, la izquierda marxista y anarquista se mostró muy dispuesta a desenmascarar como simulacros y simulaciones tales «contrarrevoluciones preventivas».
Ahora bien, esa relación mimética del fascismo con la izquierda era muy diferente a la actual, ya que el fascismo de entreguerras había surgido tras la derrota de las ocupaciones de fábricas italianas y se había presentado como un antídoto preventivo contra una revolución bolchevique. Mientras que hoy no existe una masa política revolucionaria activa cuyas energías la extrema derecha esté tratando de desviar; derecha que, en cambio, aplica un enfoque mayormente represivo. Por supuesto, sigue necesitando presentar como subversivas cosas que no lo son: las iniciativas de diversidad, equidad e inclusión pueden ser disruptivas, pero no son precisamente revolucionarias y, aunque las protestas por el asesinato de George Floyd tuvieron una dimensión anticapitalista y antiautoritaria, grupos antifascistas a los que hoy se cataloga de terroristas no son comparables —como ha hecho repetidamente el gobierno de Trump— con redes del grado de sofisticación que llegara a tener Al Qaeda.
No se trata, pues, tanto de una energía pseudorrevolucionaria como de una forma de conservadurismo extremadamente nostálgico lo que ocupa un lugar central en el fascismo tardío. Incluso en Estados Unidos se ha producido un giro, desde las visiones simplistas y supremacistas blancas del fordismo —con sus trabajadores suburbanos de la Guerra Fría y sus familias nucleares con dos automóviles, elementos centrales de la retórica visual del primer gobierno de Trump— hacia la actual producción del Departamento de Seguridad Nacional en redes sociales, en las que celebra la violencia actual y se alimenta la nostalgia por el colonialismo fronterizo del siglo XIX. Sin embargo, figuras como JD Vance y Steve Bannon sí presentan elementos de un discurso pseudoclasista y aluden cínicamente a una clase trabajadora blanca olvidada del Medio Oeste estadounidense, no por su importancia electoral, que es marginal, sino por su poder simbólico.
En ese sentido, lo que estamos presenciando es una forma cada vez más cruda de revanchismo y xenofobia que ni siquiera intenta articularse como un discurso pseudoclasista, sino que hace suyos los intereses de la clase multimillonaria. Se convierte en una celebración de la riqueza criptográfica, de la desregulación de la IA y de la facilitación de monopolios mediáticos de un tamaño incomprensible, hasta llegar a distopías neocoloniales, como la llamada reconstrucción de Gaza. Se trata de imaginarios tecnológicos y arquitectónicos que adoptan su forma más consumada en las llamadas «ciudades milagrosas de Oriente Medio», por citar las palabras de Trump, allanando el camino para una aceptación más explícita y directa de políticas plenamente autoritarias e hipercapitalistas.
TT Mientras que a nivel mundial los debates sobre la definición del fascismo han llegado a ocupar el centro de la atención, lo que observamos en Suiza, en cambio, es una lenta erosión y un aumento de las críticas respecto de uno de los constructos centrales del modelo suizo: la neutralidad. ¿Qué significa la neutralidad para un país atrapado en las redes de empresas extractivas globales, especialmente en tiempos de genocidio?
AT En la misma medida en que gran parte de la política de estos tiempos adopta una especie de «Machtpolitik» —política de poder, pero también de impunidad—, anula la hipocresía liberal que se adhiere de palabra a nociones como derecho internacional o derechos humanos. El desmoronamiento de ese marco simbólico en favor de crudas verdades sobre el poder capitalista y la geopolítica está interrelacionado con el genocidio en Gaza, la invasión rusa de Ucrania y el secuestro de Maduro y la incautación por Trump del petróleo venezolano. Dado que todo el sistema que hizo posibles conceptos como la neutralidad suponía un particular equilibrio entre lo simbólico y lo jurídico, no puede funcionar si no existe algún tipo de orden internacional jurídicamente legitimado.
Estamos hoy en presencia de una forma cada vez más cruda de revanchismo y xenofobia que ni siquiera intenta articularse como un discurso pseudoclasista, sino que hace suyos los intereses de la clase multimillonaria. O lo que Ranajit Guha denominó «dominio sin hegemonía».
Dentro de ese orden, por supuesto, la neutralidad puede servir de pantalla a maniobras políticas y financieras. A largo plazo, confiarse exclusivamente a la impunidad y el poder y descartar la hipócrita pretensión de actuar en nombre de algún bien vagamente universal a fin de acceder a una legitimación más amplia conlleva un riesgo enorme. Sólo que hoy en día, la política europea no es otra cosa que una formación completamente residual, sumida en posturas hipócritas cada vez más absurdas; por ejemplo, si observamos el caso de Israel o los esfuerzos neocoloniales de Francia en África. Lo que estamos presenciando es lo que el historiador y teórico de los estudios subalternos Ranajit Guha denominó «dominio sin hegemonía»[4] en referencia a la importancia de Antonio Gramsci para el estudio de las formas coloniales de poder[5].
En última instancia, una política de pura dominación no busca forjar alianzas y se sustenta en la desilusión con las políticas residuales de centroizquierda sobre la igualdad social que no son otra cosa que promesas vacías, incluso para personas que no están necesariamente enamoradas de los líderes de extrema derecha. Sería un error pensar que esta última gana elecciones porque todo el mundo anda entusiasmado con el fascismo. Existe un nivel de desafección, desafiliación y, en última instancia, desaliento, subyacente a gran parte de todo eso. Es cínico seguir a quienes prometen una porción mayor de un pastel que se encoge en un juego de suma cero, en consonancia con una situación socialdarwinista de escasez, acechada por la catástrofe climática y un estancamiento económico sin fin. Ese tipo de política es profundamente disruptiva porque no intenta construir ninguna forma reproducible de hegemonía.
TT Hablando de darwinismo social y ciudades contemporáneas, mientras continuamos nuestra reflexión sobre el fascismo como promesa, queríamos examinar contigo el papel del movimiento moderno como promesa. En tu libro de 2015 Cartographies of the Absolute, reflexionas sobre el surgimiento de la ciudad neoliberal progresista en la década de los setenta —sobre todo en Nueva York y Detroit— e incluyes un diagrama que muestra cómo se extrae la renta de la clase trabajadora negra del centro de la ciudad hacia los ricos suburbios blancos[6]. En arquitectura, el movimiento moderno es la materialización de la hipocresía que acabas de mencionar, que se basa en la materialidad del vidrio y en promesas incumplidas de transparencia, rendición de cuentas y accesibilidad. ¿Cuáles son las raíces del giro neoliberal en la planificación urbana y cuál es la promesa de la ciudad neoliberal hoy en día —o, al menos, qué queda de ella?
AT Esa pregunta me hace pensar en el debate que tuvo lugar entre el teórico urbano Mike Davis y el filósofo Fredric Jameson sobre el hotel Westin Bonaventure de Los Ángeles, diseñado por el arquitecto posmoderno John Portman. Mientras elaboraba su noción de cartografía cognitiva, Jameson describió la experiencia de desorientación espacial que provocaba ese hotel y la consideró una experiencia corporal alegórica dictada por la imposibilidad de comprender el lugar que uno ocupa en la totalidad social bajo el capitalismo. Toda esa temática de la cartografía cognitiva se reinterpretó a partir de La imagen de la ciudad[7] de Kevin Lynch. En 1985, Mike Davis escribió un artículo en New Left Review titulado «Urban Renaissance and the Spirit of Postmodernism»[8], en el que sometía a crítica las deficiencias de Jameson a la hora de analizar por qué el hotel adoptaba una forma similar a una fortaleza y ocultaba su entrada. Según Davis, ese tipo de edificios se construyen en contra de una clase trabajadora multirracial que se presentaba como una amenaza para la acumulación financiera y el espectáculo de la riqueza.
El hotel se convierte en un monumento de cristal en una «Ciudad de cuarzo»[9], donde se erige como escenario de un conflicto espacial y arquitectónico entre una clase trabajadora migrante y una élite financiera en la época de la Reaganomics. Esa historia nos permite entender las contradicciones y las patologías del diseño urbano y arquitectónico en California como una guerra de clases racializada. Ello guarda relación también con los relatos sobre el diseño represivo de las escuelas públicas de Los Ángeles y sobre el complejo industrial-penitenciario que analizan el propio Mike Davis, Ruth Wilson Gillmore y Peter Linebaugh en el documental «Safety Orange». Más allá de la Reaganomics, la década de los ochenta es una cuyos ecos, en no pocos casos, resuenan en la actualidad: desde la invasión israelí del Líbano hasta la invasión estadounidense de Granada y Panamá, acontecimientos que prefiguran directamente el discurso que estamos viendo hoy en día con respecto a Venezuela.
TT Si consideramos la prisión como una «zona de exclusión interna»[10], ¿ qué otras «zonas» te vienen al espíritu y cómo se viven de manera diferente según los ejes de género, clase y raza?
AT Los muros son, por supuesto, una obsesión de la extrema derecha contemporánea, pero también lo son los enclaves, las comunidades cerradas y otras formas de fortificación, exclusión racial, salida o microsoberanía. Si observamos los extremos del paisaje neoliberal contemporáneo, veremos ciudades charter, Estados en red —imaginarios y construcciones espaciales cuyas historias están profundamente vinculadas al colonialismo de asentamientos. No es por azar, pues, que gran parte de la crítica arquitectónica más importante de las últimas décadas haya surgido de análisis del régimen de apartheid en Israel y Palestina, desde Hollow Land[11] de Eyal Weizman hasta la obra de Alessandro Petti y Sari Hanafi.
Uno de los rasgos distintivos de la política fascista contemporánea es la celebración y el espectáculo explícitos de las estructuras materiales de represión que ya formaban parte del Estado capitalista liberal, todo lo cual se monetiza y se hace figurar en los folletos para inversionistas.
Como ya mencioné, uno de los rasgos distintivos de la política fascista contemporánea es esa celebración y ese espectáculo explícitos de las estructuras materiales de represión que ya formaban parte del Estado capitalista liberal: centros de detención y de asilo, recintos de retención en los aeropuertos, jaulas en la frontera y vigilancia electrónica. Todos esos elementos se solían presentar como necesidades desafortunadas o secretos sucios que debían minimizarse bajo el régimen liberal y ahora son objetos explícitos de celebración y espectáculo. Los medios gubernamentales y las redes sociales se han convertido en pornografía visual de la represión: cadenas, jaulas, Alligator Alcatraz y la llamada Fundación Humanitaria de Gaza. Incluso la prisión de máxima seguridad CECOT en El Salvador recibe visitantes, se documenta en línea y se presenta como una arquitectura de dominación sin freno. Aunque las dinámicas que hacen posibles esos espacios son las que nos resultan familiares, desde el estado de excepción hasta diversas formas de dictadura, todo eso se monetiza hoy explícitamente y se incluye en los folletos para inversionistas. Por tanto, no es nada fortuito que el presidente Bukele sea tanto la figura detrás de ese régimen carcelario extremo como un criptoempresario.
Supongo que todo esto, junto con las representaciones de la reconstrucción de Gaza, forme parte de una lógica familiar en la arquitectura: la de la creación y destrucción perpetuas de mundos, incluso cuando no está claro cuánto interés concreto hay en llevar a buen término esas ordenaciones espaciales. Al gestionar esos imaginarios, se produce una orientación hacia un futuro determinado y hacia el cierre de otros futuros. En ese sentido, y hablando de lo «pseudo», hay algo a la vez sintomático y siniestro en cómo esos imaginarios neocoloniales del espacio hipercapitalista van invariablemente acompañados de simulaciones de bazofia IA. Personas habituadas a mantener una mirada crítica de la estética política de los futuros arquitectónicos y urbanos tienen hoy un papel importante que desempeñar, porque están familiarizadas con las causas y las consecuencias de ese lenguaje visual, que se está utilizando con fines cada vez más represivos.
TT ¿Cuál es, entonces, el papel de la arquitectura en todo eso hoy en día? Podemos verla como una forma de crear y deshacer mundos, más allá de su materialización real —por ejemplo, el proyecto NEOM en Arabia Saudita, que se está viniendo abajo a pesar de las 21.000 muertes de trabajadores en las obras y una miríada de proyectos renderizados que todo el mundo sabe que no se llevarán a término. Al fin y al cabo, se trata de proyectar. Ahora bien, en Cartografías de lo absoluto, también describes cómo el capitalismo convierte a las personas y los paisajes en mercancías para consolidar aún más su dominio. Las imágenes de Lewis Baltz de los parques industriales de Irvine, California, documentan la saturación de un paisaje a través de cajas anónimas donde el trabajo y los flujos se vuelven invisibles[12]. Se le imprime así al paisaje destruido por la especulación y plagado de desigualdad la apariencia de algo suave y fluido ¿Es ese entonces el papel de la arquitectura? ¿Crear y deshacer, pero también suavizar y engrasar toda esta maquinaria?
AT Hace unos meses, me puse mirar una extraña rueda de prensa que Trump ofreció junto a los directores ejecutivos de OpenAI, Oracle y SoftBank, en la que se presentó como el presidente que se ha puesto a la cabeza de una revolución postindustrial de la IA que aseguraría la supremacía de Estados Unidos. Lo que me llamó especialmente la atención fue que le dieran tanto bombo a los centros de datos propiamente dichos. Por supuesto, la perspectiva de Trump es la de un promotor inmobiliario, uno además genuinamente obsesionado con la remodelación y la decoración de interiores, especialmente si incluye mármol, por lo que su enfoque no se centraba realmente en la inteligencia artificial, sino en el hecho de la construcción en sí. Al hablar de los metros cuadrados y del número de campos de fútbol a los que equivalían, transmitía el razonamiento residual que equipara los edificios con los trabajadores y el trabajo y, por tanto, con la salud de la economía. Pero, claro, desde un punto de vista general, el número de personas empleadas por un centro de datos es relativamente insignificante. Mientras veía el vídeo, pensaba en una frase de Lewis Baltz sobre esos parques empresariales, donde, si miras esas cajas anónimas, «no sabes si están fabricando medias o megamuerte».
Una de las cosas que no tratamos adecuadamente en el libro es toda la dimensión ecológica y energética de esos proyectos, algo extremadamente crítico para los discursos actuales sobre la inteligencia artificial y el «fascismo fósil», por tomar prestada una terminología de Andreas Malm y el Colectivo Zetkin[13]. Debemos encontrar formas de vincular los enclaves, las prisiones y los muros con la ocupación de vastas extensiones de la Tierra para actividades puramente especulativas, como los centros de datos o la minería de bitcoin.
Un campo de análisis político que abarque la crítica arquitectónica, el urbanismo crítico y la geografía crítica resulta fundamental para comprender tanto la base material como los instrumentos materiales de esas formas de fascismo. Esos fenómenos —proyectos energéticos y logísticos— no son en absoluto secundarios, sino que constituyen, de hecho, elementos definitorios de la dinámica del imperialismo y la extracción.
TT Si volvemos a Fascismo tardío, en el capítulo final, señalas cómo las normas reaccionarias se manifiestan en la esfera doméstica íntima, donde las nociones de «Lebensraum» se mezclan con las dinámicas del hogar en una época de pánico de género y grupos supremacistas blancos en línea.
AT Si consideramos el uso actual que hace la extrema derecha del pánico moral, en torno a la migración y la delincuencia, hay muchos puntos de contacto con el racismo de la posguerra, que en Gran Bretaña, por ejemplo, se manifestó en los disturbios de Notting Hill. Podemos decir que, de hecho, hubo un desplazamiento del racismo en el lugar de trabajo —como los llamados disturbios raciales de la década de los veinte— hacia la vivienda. La cuestión de la inseguridad en la vivienda, en particular, es un factor de motivación que se aprovecha para impulsar políticas de expulsión y exclusión, entre otras cosas. La temática de la escasez, de un pastel finito, se moviliza para alejar a quienes puedan reclamar recursos materiales o sociales, normalmente a través de relatos de invasión.
En cuanto a la domesticidad de género, también podemos observar intensos niveles de pastiche y, me atrevería a decir, de posmodernidad. ¿Qué puede haber que sea más cómicamente posmoderno que la tradwife u otros constructos espectacularmente simulados? Es esa también la razón por la que el trumpismo y sus homólogos globales son tan eficaces: hacen suya la lógica de la simulación. Donald Trump es una figura del reality show, la lucha libre, el sector inmobiliario y los casinos. Lo pseudo, en toda su violenta seriedad, es su elemento. Los partidarios conservadores evangélicos cristianos de Trump lo ven como el vehículo imperfecto para su misión: aunque sea un estafador y un acosador sexual, se lo considera el único medio para volver al conservadurismo auténtico.
Es aterrador, ya que esa simulación o pastiche no es menos violenta, algo que también Adorno señala cuando, al hablar del hitlerismo, se vale de una formulación específica, la del «falso fanatismo» y llega a afirmar que «[p]robablemente sea la sospecha del carácter ficticio de su propia “psicología de grupo” lo que hace que las multitudes fascistas sean tan despiadadas e inaccesibles. Si se detuvieran a razonar por un segundo, toda la representación se desmoronaría y se verían todos sumidos en el pánico»[14]. De hecho, quienes simulan su entusiasmo semirreligioso reaccionarán aún con más virulencia cuando sean criticados o se los confronte con su simulación —lo cual, en mi opinión, es una idea muy pertinente para nuestro tiempo.
Notas
[1] Alberto Toscano, Late Fascism, Verso, Londres, 2023. (Véase en español Fascismo tardío, Akal, Madrid 2025. [N. del T.])
[2] Cedric J. Robinson, On Racial Capitalism, Black Internationalism, and Cultures of Resistance, Pluto, Londres, 2019, p. 125. (Salvo indicación de lo contrario, toda traducción es mía. [N. del T.])
[3] Luigi Fabbri, La controrivoluzione preventiva. Riflessioni sul fascismo, L. Capelli, Bolonia, 1922.
[4] Ranajit Guha, Dominance without Hegemony: History and Power in Colonial India, Harvard University Press, Cambridge, 1988.
[5] Antonio Gramsci, Prison Notebooks, ed. y trad. Joseph A. Buttigieg, trad. Antonio Callari, Columbia University Press, Nueva York, 2007.
[6] Alberto Toscano y Jeff Kinkle, Cartographies of the Absolute, Zer0 Books, Alresford, 2015. (Véase en español Cartografías de lo absoluto, Materia Oscura, Segovia, 2018. [N. del T.])
[7] Kevin Lynch, The Image of the City, The MIT Press, Boston 1960. (Véase en español La imagen de la ciudad, trad. Enrique Ruiz Revol, Editorial Gustavo Gili, Barcelona, 2015. [N. del T.])
[8] Mike Davis, «Urban Renaissance and the Spirit of Postmodernism», New Left Review 151 (1985), pp. 105-106. (Véase en español «El renacimiento urbano y el espíritu del posmodernismo», New Left Review 27 (2004) [N. del T.])
[9] Mike Davis, City of Quartz: Excavating the Future in Los Angeles, Verso, Londres 1990.
[10] Nikhil Singh, «The Afterlife of Fascism», South Atlantic Quarterly 105, n.º 1 (2006), pp. 71-93, en p. 79.
[11] Eyal Weizman, Hollow Land: Israel’s Architecture of Occupation, Verso, Londres 2007.
[12] Lewis Baltz, The New Industrial Parks near Irvine, California, Steidl, RAM Publications y Whitney Museum of American Art, Nueva York, 2004.
[13] Andreas Malm & Zetkin Collective, White Skin, Black Fuel: On the Danger of Fossil Fascism, Londres 2021. (Véase en español Piel blanca, combustible negro. Los peligros del fascismo fósil, trad. Victoria Prieto, Capitán Swing, Madrid, 2024. [N. del T.])
[14] «La categoría de “falsedad” puede aplicarse tanto a los líderes como al acto de identificación de las masas y su supuesto frenesí e histeria. Del mismo modo que en lo más profundo de su corazón la gente no cree que los judíos sean el demonio, tampoco cree completamente en el líder. En realidad no se identifican con él, sino que escenifican esa identificación, actúan su propio entusiasmo y, de ese modo, participan en la representación del líder. Es en esa representación que logran un equilibrio entre sus pulsiones continuamente movilizadas y la etapa histórica de la Ilustración a la que han llegado, y que no puede revocarse arbitrariamente. Probablemente sea la sospecha del carácter ficticio de su propia “psicología de grupo” lo que hace que las multitudes fascistas sean tan despiadadas e inaccesibles. Si se detuvieran a razonar por un segundo, toda la representación se desmoronaría y se verían todos sumidos en el pánico.» Theodor W. Adorno, «Freudian Theory and the Pattern of Fascist Propaganda», en Andrew Arato y Eike Gebhardt (eds.), The Essential Frankfurt School Reader, Continuum, Nueva York, 1982, pp. 118-137, en p. 136. (Véase en español Ensayos sobre la propaganda fascista. Psicoanálisis del antisemitismo, trad. Eduardo Giordano et al, Paradiso ediciones y Ediciones Voces y culturas, Buenos Aires y Barcelona, 2005, pp. 21-51, en p. 50. Se ha modificado la traducción [N. del T.])
Featured image: The New Industrial Parks near Irvine, California. Photograph by Lewis Baltz. Courtesy of the Canadian Centre for Architecture.
Translated from the English original by Rolando Prats.





