Resumen: El fascismo del siglo XX tenía como bases fundamentales a la juventud, la expansión, el futurismo. Hoy en día es expresión más bien de la impotencia de una población blanca envejecida y en declive.

Palabras claves: Fascismo, población, Occidente, guerra

 

 

 Fascismo sin futurismo

Tengo setenta y cinco años. En los últimos años, me he convertido en el tema principal de mis propias investigaciones. No porque sea yo especialmente egoísta o narcisista, sino porque creo que comprender la senectud es la mejor manera de llegar al meollo de la psicosis occidental.

 

La razón por la que he decidido reflexionar acerca del proceso en virtud del cual nos convertimos en nada, la lenta e inexorable desintegración del cuerpo, la percepción disfórica del yo corporal, la desesperación que acompaña a la pérdida de autonomía… no es (sólo) personal.

 

Hasta donde sé, las implicaciones psicopolíticas del envejecimiento sin precedentes de la población blanca media no han sido tema abordado por filósofos o pensadores políticos de nuestra época.

 

Hace un siglo, en los años que siguieron a la desintegración del Imperio de los Habsburgo, Oswald Spengler escribió un libro sobre la decadencia de Occidente, Der Untergang des Abendlandes.

 

Le interesaba la decadencia espiritual, tema ampliamente tratado por los escritores y artistas del Finis Austriae.

 

Mi interés no estriba tanto en la dimensión espiritual como en la dimensiones corporal y psicológica de ese declive.

 

He emprendido este embarazoso autoanálisis porque creo que en ello reside una clave importante para entender el descenso contemporáneo del mundo blanco occidental en una especie de marasmo psicológico que explicaría decisiones autodestructivas como las guerras iniciadas por los Estados Unidos en el Afganistán y el Iraq y la todavía más desastrosa guerra en Ucrania y que explicaría igualmente algo del giro reaccionario del espectro político de los parlamentos de Europa y, lo cual es más importante aún, de la población de los países europeos. Aunque no sólo de estos últimos.

 

El efecto conjunto de la prolongación de la vida y la disminución de la natalidad han creado una situación sin precedentes en el plano psicológico, pero también en el de las actitudes políticas: la pérdida de la memoria, la confusión mental, el marasmo y, por último, una feroz agresividad por la humillación y la impotencia que ha provocado la pérdida de energía.

 

En los Estados Unidos, la campaña presidencial está marcada por el cruel espectáculo de dos ancianos que intercambian insultos al borde de la demencia senil: es la mejor representación del descenso en una caótica pesadilla.

 

Desde finales del siglo XX, los estrategas occidentales han hecho de Ucrania el punto de una confrontación final con la decadente potencia de Rusia, destruida por el efecto conjunto de la reforma neoliberal y el saqueo de los recursos nacionales. Entonces llegó Putin, quien resolvió revertir a toda costa el declive de Rusia; por lo que desde 2014 la cuestión ucraniana se convirtió en el banco de pruebas de la autoafirmación rusa.

 

Poco antes de la invasión rusa, en una entrevista televisiva, Hillary Clinton prometió propinarle al presidente ruso un nuevo Afganistán, en venganza por el apoyo que el Kremlin había prestado a Donald Trump. El nuevo Afganistán, por supuesto, estaba situado en Ucrania.

 

El pueblo ucraniano era carne de cañón en ese juego político estadounidense.

 

Por otro lado, la guerra en la frontera oriental de Europa era una oportunidad que el gobierno de Biden no podía darse el lujo de desaprovechar: el conflicto facilitó la ruptura de las relaciones económicas entre Rusia y Europa, en particular entre Rusia y Alemania.

 

Al final, la guerra en Ucrania se ha convertido en una catástrofe para Zelensky, para los instigadores estadounidenses y para los patrocinadores europeos.

 

En primer lugar, es una catástrofe humana para el pueblo ucraniano, cuyo futuro ha sido destruido en nombre de rancios ideales de orgullo nacional.

 

En segundo lugar, es una catástrofe económica para los países europeos, en particular para Alemania, mientras que la economía rusa se ha recuperado rápidamente y se ha transformado en un sistema de economía de guerra.

 

Por último, es una catástrofe estratégica para Occidente en su conjunto, pues ha acelerado la convergencia entre los enemigos de Occidente, Rusia y China, al tiempo que no ha conseguido aislar a Moscú en el plano internacional.

 

La guerra en Ucrania es un conflicto entre blancos, que opone al «mundo libre», por un lado, y al russky mir, por el otro; dos mundos en similar declive en términos demográficos, dos mundos en los que la senectud se ha convertido en la principal tendencia en los planos cultural y psicológico.

 

La desesperación de la cultura blanca en todo el mundo (la pérdida de energía y la pérdida de concentración mental, dos rasgos bien conocidos de senilidad inminente): es ese el trasfondo mental del ascenso (aparentemente) indetenible del movimiento ultra-reaccionario en todas partes.

 

 

Dinámica de la ola nazi-liberal

 

Para interpretar el auge de los partidos de derecha en la mayoría de los países de Occidente, politólogos y comentaristas emplean las categorías que tienen a su disposición: democracia, liberalismo, socialismo, fascismo, y así sucesivamente.

 

Pero esos términos no aprehenden la esencia del proceso, que no es tan nuevo en el plano de los enunciados ideológicos, pero si lo es de manera radical en su dimensión antropológica y psicocognitiva.

 

La dinámica tradicional de la democracia parlamentaria y de la lucha social parece haberse superado, como si un ciclón de una fuerza sin precedentes barriese a su paso con las defensas que la sociedad construyera tras la Segunda Guerra Mundial.

 

Pero el ciclón no está hecho (sólo) de retórica nacionalista o de valoraciones racistas: también lo está de desesperación senescente y de feroz venganza contra la humillación senil. La impotencia de la voluntad frente a fenómenos ingobernables como la migración masiva, el cambio climático y la precarización del trabajo: he ahí el combustible de esa rabia.

 

¿Podemos calificar lo que está ocurriendo de retorno del fascismo histórico? No lo creo: el fascismo y el nacionalismo son la retórica, la ideología, las posturas, etcétera. Pero la sustancia psicopolítica de ese movimiento está muy lejos de la audaz y agresiva postura futurista.

 

El futurismo era la proyección estética de una población joven de machos agresivos, conquistadores, invasores, que pretendían ser los portadores de la civilización. Hoy en día la postura es la inversa: la del miedo a ser invadidos por hordas de emigrantes, la del miedo al futuro, la del agotamiento. Y la del pánico.

 

Lo que vemos aparecer ante nuestros ojos es un fenómeno de alcance gigantesco, que no puede explicarse en términos políticos, ya que hunde sus raíces en la mutación tecnoantropológica.

 

Podría reprochárseme la insistencia en la senectud como clave para entender la ola reaccionaria alegando que son muchos los jóvenes que votan por Trump, por Meloni y por Javier Milei. De hecho, cuando el 10 de diciembre de 2023 Milei festejó su triunfo, la plaza frente a la Casa Rosada estaba colmada de jóvenes que coreaban ¡Libertad! ¡Libertad!

 

Ello es cierto. Pero mi definición de senilidad no se limita a la edad cronológica.

 

Me refiero a la enfermedad que impregna la esfera cultural, la disforia que impregna la autopercepción en los planos social y sexual, como ha observado Paul Preciado en Disphoria mundi.

 

Me refiero a las psicopatologías que se extienden entre el conjunto de la población occidental, en particular entre los jóvenes, claramente visibles en la explosión del consumo de drogas como el fentanilo.

 

En los últimos años, los psiquiatras han denunciado un aumento sin precedentes de la ansiedad, la depresión y el síndrome de pánico entre los nacidos en el nuevo milenio.

 

Sin duda, la pandemia de Covid ha acelerado la tendencia, alimentando el malestar disfórico, la soledad y una especie de sensibilización fóbica hacia el cuerpo de los demás.

 

Al mismo tiempo, la mutación conectiva de la tecnología, en particular de la tecnología de las comunicaciones, ha provocado un efecto de angustia mental y perturbación cognitiva.

 

La mente post-alfabética es cada vez menos capaz de discriminar entre enunciados verdaderos y enunciados falsos: la difusión generalizada de noticias falsas no constituye una novedad en la historia de la política y la comunicación. Lo que sí es nuevo es la incapacidad de la mente social para distinguir lo que es información de lo que es embuste.

 

La mente post-alfabética es cada vez menos capaz de abrirse una senda individual para procesar la información y la experiencia vivida. De hecho, esa capacidad depende del tiempo disponible de procesamiento, y el tiempo escasea, ya que el flujo incesante de información destruye la capacidad de procesamiento crítico.

 

En el caso de los jóvenes que pasan seis, ocho horas en entornos electrónicos, el tiempo para el procesamiento crítico y para la elaboración emocional de la información de entrada se reduce a cero.

 

La distinción entre verdad y falsedad de las afirmaciones no sólo se hace difícil, sino que además se torna indiferente, como cuando se está en un entorno de juego. En semejante entorno carece de sentido aprobar o desaprobar la violencia de los hombres verdes que invaden el planeta rojo. Hacerlo no llevaría sino a perder la partida.

 

La configuración conectiva de la mente contemporánea es cada vez más indiferente a la distinción entre lo verdadero y lo falso, entre lo bueno y lo malo.

Es ese, a mi juicio, el marco antropológico de una mutación que no puede reducirse a la política, y que no se curará (sólo) con la acción política.

 

2 de junio de 2024

Traducido por Rolando Prats.para Communis del texto en inglés para Crisis and Critique.

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