“The Secretary of All Wars”, de Alberto Toscano, aparecerá próximamente en la columna del autor en In These Times. Se tradujo al español y se publica en Communis con la autorización del autor y de ese medio.
«Hegseth ha logrado plantar una insidiosa noción indefinida de guerra en el corazón mismo del régimen MAGA. Mientras se unge grotescamente a Trump como “Presidente de la paz” por haber presuntamente puesto fin a siete conflictos armados, su Secretario de Guerra promueve una concepción de la guerra que es una embriagadora mezcla de la guerra contra el woke, la guerra contra las drogas, la guerra contra la inmigración “ilegal” y la guerra librada por verdaderos guerreros como él. Como él mismo escribiera una vez: “Alimentar una máquina de matar bien engrasada, eso es lo mío.”»
— Alberto Toscano
El 5 de septiembre, el Presidente Donald J. Trump firmó la orden ejecutiva número 200 de su segundo mandato, titulada «Restablecimiento del Departamento de Guerra». Trump eludió su aprobación por el Congreso, constitucionalmente requerida para cambiar por completo el nombre del Departamento, para lo cual presentó la nueva designación como «secundaria». Siempre preocupado por el poder de los nombres (¿recuerdan el Golfo de América?), en la orden ejecutiva de Trump se expone el objetivo que se persigue con el cambio de nombre: dar a conocer «la voluntad y la disponibilidad» de Estados Unidos «para librar una guerra a fin de asegurar lo que es [suyo]». En el acto público durante el cual firmó la orden, Trump se refirió a la desaparición del Departamento de Guerra en 1947 como un punto de inflexión que marcara el final de un siglo y medio de victorias militares estadounidenses: «Y entonces nos dio por ser woke y le cambiamos el nombre por el de Departamento de Defensa». Los millones de víctimas de las guerras libradas por Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XX, desde Corea y Vietnam hasta Iraq y Afganistán —guerras a las que no habría podido añadírseles ni una justificación racista más para el asesinato en masa—, sin duda se sorprenderían si se enteraran de que habían caído víctimas del «woke» (Trump parece haber olvidado su propia identificación con el ficticio teniente coronel Bill Kilgore en su tristemente publicación en las redes sociales «Chipocalypse Now»). El relato caricaturesco y revanchista de Trump ignoraba el hecho de que el cambio de nombre, en gran medida eufemístico, de «Departamento de Guerra» a «Departamento de Defensa», respondía a un fenómeno global posterior a la Segunda Guerra Mundial, a raíz de la prohibición por parte de la Carta de Núremberg de los «crímenes de agresión» o «crímenes contra la paz».
La idea de que el poderío militar de Estados Unidos se ha visto mermado por la conciencia social es fundamental para la ideología MAGA y es la razón por la que los trumpistas no pueden hablar de conflictos armados, ni siquiera librarlos, sin vincularlos a guerras culturales y evocar escenarios de guerra civil. El Secretario de Guerra, Pete Hegseth, ha construido su imagen política en torno al deslizamiento entre esos diferentes significados de la guerra. De pie junto a Trump en el Despacho Oval durante la firma de la orden ejecutiva, recitó unas bochornosas pero reveladoras líneas rimadas: «Pasemos a la ofensiva, dejémonos de estar a la defensiva. Con máxima letalidad en vez de con tibia legalidad. Que sea violento el efecto, políticamente incorrecto.»
Esas rimas trasuntan lo esencial de la posición que Hegseth lleva años defendiendo de viva voz y por escrito. En su libro de 2020 American Crusade: Our Fight to Stay Free, aprovechó el hecho de que el lenguaje de la guerra pasa fácilmente de lo material a lo figurativo, así como de los enemigos externos a los internos, y escribió: «Ármate, metafórica, intelectual y físicamente. Nuestra lucha no es con armas. Todavía no.» En el libro que le siguiera en 2024, The War on Warriors: Behind the Betrayal of the Men Who Keep Us Free, ahondó en la tesis de que los avances logrados por la izquierda en las guerras culturales habían maniatado la capacidad de Estados Unidos para librar guerras reales (con hombres reales). Hegseth, veterano de las invasiones y ocupaciones ilegales de Iraq y Afganistán por Estados Unidos, y quien también estuviera apostado en Guantánamo, vincula constantemente la imagen que tiene de sí mismo con la del soldado cristiano-nacionalista que lucha contra los «islamistas» al son del tropo de la puñalada por la espalda que la izquierda «marxista» ha infligido a los abnegados guerreros de la nación. El ascenso de MAGA vendría a ser, de ese modo, una venganza por una traición. Como declarara el propio Hegseth de forma amenazante: «Ocupados en matar a islamistas en países de mierda, para después verse traicionados por nuestros propios líderes, nuestros guerreros tienen todas las razones del mundo para dejar que se desvanezca la dinastía estadounidense. Los izquierdistas nos han robado mucho, pero no dejaremos que se la carguen. Ha llegado la hora del segundo asalto: no perderemos esta guerra.» A menos que se logre la victoria en esa guerra cultural, las guerras y los guerreros estadounidenses estarán condenados: «No se equivoquen: la izquierda quiere destruir a la única institución que se interpone entre ellos y el control total: el ejército de Estados Unidos. La izquierda se hizo rápidamente del ejército, y debemos recuperarlo a un ritmo aún más rápido. Debemos lanzar un ataque frontal. Un contraataque rápido, a plena luz del día.»
Habiendo alcanzado una posición de poder, Hegseth se mantiene fiel a ese polémico programa. Además de amordazar a los medios de comunicación, su cruzada contra la castración de la clase guerrera se centra en dos enemigos: la diversidad y la legalidad. El Pentágono se ha sumado a la campaña contra las políticas y los programas de diversidad, equidad e inclusión (DEI) y la «ideología de género» con sus propias prohibiciones de libros y purgas de contenidos en sitios web. En fecha reciente, eliminó el Comité Consultivo de Defensa sobre las Mujeres en las Fuerzas Armadas. La portavoz del Departamento de Guerra, Kingsley Wilson, declaró en X que el Comité «tenía como misión central promover una agenda feminista divisiva que resultaba perjudicial para la preparación combativa». En The War on Warriors, el más fuerte de sus silbatazos, Hegseth había reprendido duramente al gobierno de Biden por promover «reclutas woke y “diversos”» y marginar a «jóvenes estadounidenses colmados de patriotismo, fe y valor». Tal como lo ve Hegseth, el ejército podría convertirse en una «máquina de desradicalización». A ese respecto, declaró: «Queremos que esos reclutas diversos, con la mente llena de vacunas e ideologías aun más venenosas, compartan el entrenamiento básico con estadounidenses en su sano juicio.» Mientras que las universidades, que al parecer Hegseth tiene por uniformemente «marxistas», son simplemente lugares donde «los niños desfavorecidos aprenden a codearse con las élites», Hegseth imagina al ejército como la institución en la que «potenciales miembros de Antifa aprenden lo que realmente significa usar la fuerza por razones justas y honorables».
En la visión que del mundo tiene Hegseth, justicia y legalidad («tibia») no son sinónimos, mientras que la animadversión que siente por la diversidad es sólo comparable con su hostilidad hacia los abogados que frenan la proyección violenta del poder estadounidense. Antes de incorporarse al gabinete de Trump, Hegseth ya había arremetido contra los auditores militares generales (JAG, por sus siglas en inglés, a quienes Hegseth se refiere despectivamente como «jagoffs», es decir, idiotas), cuya función es proporcionar al ejército asesoramiento independiente sobre la legalidad de las acciones militares. Para Hegseth, es culpa de esos auditores que Estados Unidos no haya ganado ninguna guerra desde la Segunda Guerra Mundial. Una vez en el cargo, ha cumplido su promesa y ha despedido a los principales auditores del Ejército, la Armada y la Fuerza Aérea, alegando que eran «obstáculos al cumplimiento de las órdenes dadas por el comandante en jefe». Al abogado personal de Hegseth, Tim Parlatore, quien lo representara en un caso de agresión sexual y trabajara para Trump en los casos de los documentos clasificados de Mar-a-Lago y del 6 de enero, se le ha encargado que investigue a los JAG, mientras Hegseth trata de reasignar a cientos de ellos como jueces temporales de inmigración.
El amordazamiento de los auditores militares encaja perfectamente con el giro del Departamento de Guerra hacia una noción hemisférica de la «patria» que revela el nexo entre el envío de tropas a Los Ángeles para proporcionar apoyo al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) —decisión recientemente calificada de violación de la Ley Posse Comitatus, que prohíbe el uso del ejército con fines de política interior— y el asesinato extrajudicial de presuntos narcotraficantes a bordo de embarcaciones frente a las costas de Venezuela. La proteica noción de «narcoterrorismo» se está empleando para expandir a México y Centroamérica la justificación que ya se utilizó para autorizar y justificar las guerras con drones de Obama contra Al Qaeda y sus sucesores. Hegseth ha reflexionado sobre la posibilidad de atacar a los cárteles dentro del territorio mexicano. Entretanto, la idea espuria de que el presidente venezolano Nicolás Maduro es el jefe del Cártel de los Soles y está aliado con la banda Tren de Aragua, así como la noción infundada de que Venezuela es una ruta central para el tráfico de fentanilo y otras drogas hacia Estados Unidos, se están utilizando para justificar un aumento de la presencia naval en el Caribe, en una clara amenaza de cambio de régimen. Se están estableciendo paralelismos evidentes con la invasión de Panamá por George Bush en 1989, justificada por la detención del expresidente Manuel Noriega, antiguo cliente de Estados Unidos, por cargos de tráfico de drogas. En el Congreso circula un proyecto de ley que otorga a Trump poderes para ordenar acciones militares en una «guerra contra el tráfico de drogas». El profesor de la Facultad de Derecho de Harvard y exfuncionario de George W. Bush, Jack Goldsmith, se ha referido a ello como a «una autorización de guerra indefinida contra un número indeterminado de países, organizaciones y personas que el Presidente pueda considerar dentro del ámbito de su poder de decisión».
Hegseth se siente profundamente a sus anchas con esa concepción expansiva y amorfa de la guerra. En su intervención en la conferencia sobre seguridad centroamericana celebrada en abril en la ciudad de Panamá, vinculó la penalización de la migración y la lucha contra los cárteles de la droga con la idea de que «ha llegado a su fin la era de la capitulación ante la coacción de los comunistas chinos», haciendo así referencia al «control creciente y hostil que la República Popular China ejerce sobre territorios estratégicos e infraestructuras vitales». Esa beligerante actualización de la Doctrina Monroe se presentó como respaldada por una restauración del «ethos guerrero» y se resumió en el eslogan «Para poder dar prioridad a Estados Unidos, tenemos que dR prioridad a las Américas». Al parecer, esa proyección del poder militar estadounidense en toda la región «no es globalismo ni intervencionismo», sino una «edad de oro de intereses nacionales compartidos» («Hagamos grandes de nuevo a las Américas»). En una entrevista con Fox tras el ataque en aguas del Caribe contra una lancha rápida que causara la muerte de sus once pasajeros, Hegseth ahondó en esa idea, para lo cual arguyó que garantizar la seguridad de la patria equivalía a garantizar la seguridad del hemisferio y que era así y donde debía proyectarse el poder estadounidense, y no en «lugares lejanos con una relación nebulosa con nuestra propia seguridad en suelo patrio».
Como me dijera el historiador Greg Grandin, lo que estamos presenciando en este giro hemisférico es a una potencia hegemónica regional que intenta asegurar sus zonas de influencia en un mundo fracturado. En su opinión, el «partido de la guerra» del actual gobierno —Hegseth, el Secretario de Estado Marco Rubio, el Director de la Administración de Control de Drogas Terry Cole y el Vicepresidente J. D. Vance— cree «que la clave en la región es derrocar a Maduro, tras lo cual caerían Nicaragua y Cuba, y entonces sería más fácil manejar a los centroizquierdistas más independientes que le venden su soja y su cobre a China». Aún está por ver si ese partido de la guerra logra imponerse, pero si lo hace, las consecuencias serán sin duda catastróficas.
Entretanto, Hegseth ya ha logrado plantar una insidiosa noción indefinida de guerra en el corazón mismo del régimen MAGA. Mientras se unge grotescamente a Trump como «Presidente de la paz» por haber presuntamente puesto fin a siete conflictos armados, su Secretario de Guerra promueve una concepción de la guerra que es una embriagadora mezcla de la guerra contra el woke, la guerra contra las drogas, la guerra contra la inmigración «ilegal» y la guerra librada por verdaderos guerreros como él mismo. Como escribiera una vez: «Alimentar una máquina de matar bien engrasada, eso es lo mío.»
No debemos olvidar que para este hombre, cuyo «propósito planetario» llegó a ser, en sus propias palabras, «destruir a radicales islamistas», la imagen de la guerra —a diferencia de lo que sería para el notoriamente irreligioso Trump— no es en última instancia secular, sino una cruzada. En su oración fúnebre a Charlie Kirk («un guerrero por el país, un guerrero por Cristo»), Hegseth declaró: «Esta no es una guerra política, ni siquiera es una guerra cultural, es una guerra espiritual.» Sólo que para un nacionalista cristiano, o mejor dicho, para un imperialista cristiano como Hegseth, nunca ha habido distinción real entre esos diferentes significados de la guerra: la «máquina de matar bien engrasada» está siempre impregnada de «espíritu» y acompañada por discursos sobre Dios, la civilización, la nación, la masculinidad, la patria, incluso cuando lo que realmente la impulsa es el desesperado y cada vez más violento intento por valerse del poder militar para reforzar el poder económico en declive de Estados Unidos y desviar la atención respecto de las causas fundamentales de sus crisis sociales internas.
Featured image: War Secretary Pete Hegseth during an Oval Office announcement on Sept. 2, 2025. Photo: Al Drago/Bloomberg via Getty Images. Courtesy of CNN.
Translated from the original in English by RolandoiPrats.





