El día de Año Nuevo, pocas horas después de que un hombre embistiera con su auto a una multitud que festejaba en la calle Bourbon de Nueva Orleans —dejando tras sí un saldo de 14 muertos y numerosos heridos—, comenzaron a circular por Internet imágenes de otro atentado: un Tesla Cybertruck aparcado frente al vestíbulo del Hotel Trump en Las Vegas y envuelto por las llamas.
En un primer momento, se pensó que la explosión era un atentado contra MAGA: un vehículo producido por el centimillonario de derecha Elon Musk, hecho estallar frente a un hotel que llevaba el nombre del presidente electo. Pero lejos de tener como blanco a Donald Trump o a su principal recaudador de fondos, la explosión —llevada a cabo por el boina verde Matthew Livelsberger, quien había urdido su plan con la ayuda de ChatGPT— era un tributo, un exvoto del siglo XXI a la idea de los hombres soberanos. En un «manifiesto» enviado por correo electrónico a un oficial de inteligencia retirado del Ejército, Livelsberger escribió: «Consideren este último atardecer del 24 y mis actos el fin de nuestra enfermedad y el inicio de un nuevo capítulo de bienestar para nuestro pueblo. Aglutínense en torno al [sic] Trump, Musk, Kennedy, ¡y súbanse a la ola que ha de levantarlos hacia la más alta hegemonía para todos los estadounidenses! No somos segundos de nadie.»
Al parecer, Livelsberger había imaginado que su acto sería el disparo de arrancada de una purga de líderes antiestadounidenses y del renacimiento de la virilidad del país: sueño febril de hombres poderosos que habrán de purificar al Estado, liberando de paso a hombres como el propio Livelsberger. Puede que semejante visión resulte extrema, pero ha dejado de ser inusual. En toda la cultura de derecha, asistimos a una furiosa reafirmación de la masculinidad que atraviesa y empalma lo doméstico y lo nacional.
Sin embargo, no estamos ante un caso de mera nostalgia reaccionaria. Esas fantasías patriarcales son un reflejo de transformaciones políticas y económicas concretas a las que deberá enfrentarse toda impugnación progresista del autoritarismo. Una de ellas es la erosión de todo grado de control público sobre el capital y los mercados. La otra es el crecimiento descontrolado de un Estado de seguridad nacional en que el poder ejecutivo gobierna por decreto, elude al poder legislativo y suspende repetidamente las libertades civiles.
En el interior de ese orden, el imperio de las finanzas y el imperio de la fuerza se ven encarnados, casi invariablemente, en formas beligerantes y narcisistas de masculinidad: hombres poderosos que creen poseer cualidades únicas para sacar de alguna crisis a la nación —esto es, en el caso de Trump, la «masacre de América» , que presuntamente afectaría de manera simultánea al género, la cultura, la economía y el Estado.
¿Tenemos el vocabulario para nombrar y analizar ese tipo de poder, que no respeta fronteras entre lo político y lo económico? ¿Corremos el riesgo de quedar hipnotizados por la especulación con fines de lucro y el troleo, distraídos de las realidades sociales más profundas que han dado lugar a esos autócratas capitalistas? Más allá del horror y del ridículo, ¿qué hacer con estos soberanos del siglo XXI? ¿Y cómo calibrar los efectos sociales y geopolíticos de una forma de poder que no se origina en los mecanismos impersonales del mercado ni en las burocracias estatales, sino en las veleidades de un puñado de hombres?
El retorno del Rey
En vísperas de la toma de posesión de Trump, y tras más de 15 meses de genocidio en Gaza perpetrado con el respaldo de Estados Unidos, entró en vigor un alto el fuego largamente esperado. Transparentemente programado para bruñir la imagen de Trump como negociador, el acuerdo fue supuestamente orquestado por el nuevo enviado del 47º presidente al Oriente Medio, el promotor inmobiliario Steve Witkoff, quien ejerció una persuasión al estilo de Los Soprano: primero, haciendo caso omiso de la insistencia de la oficina de Benjamin Netanyahu en que el primer ministro no celebraba reuniones en Sabbath, y, luego, agitando el dedo en pleno rostro de Netanyahu y, según se dice, advirtiéndole: «No la cagues.».
El contenido de fondo del alto el fuego sigue siendo incierto: su anuncio se vio acompasado por nuevos ataques contra civiles palestinos, no pocos temen que sea el preludio de la anexión de partes de la Ribera Occidental y tanto Trump como Netanyahu han insinuado la posibilidad de una depuración étnica de facto por medio del traslado de los gazatíes a Egipto u otros países. No obstante, en términos de relaciones públicas, significó una victoria para Trump, quien vio así resaltada su pretensión de ser alguien que logra que las cosas se hagan, incluso antes de asumir el cargo.
Una vez investido, Trump se precipitó a consolidar esa imagen, tras haber anunciado en su discurso de investidura un cúmulo de órdenes ejecutivas, por medio de las que declaró una infundada «situación de emergencia energética», rescindió el reconocimiento gubernamental de las personas trans, se retiró de la Organización Mundial de la Salud e indultó a más de 1.500 personas implicadas en los disturbios del 6 de enero.
El primer mandato de Trump se vio ostensiblemente lastrado por las debilidades y la ineficacia de su administración: su caótica gestión, sus rencillas internas y su incapacidad para someter plenamente al Partido Republicano. El reconocimiento por parte de la derecha de esas deficiencias motivó la voluminosa agenda de la Heritage Foundation para un segundo mandato de Trump, el Proyecto 2025; esta vez no desaprovecharían su oportunidad.
En la sección del plan relativa a la oficina y los poderes del presidente, Russell Vought, estratega de derechas y autodenominado nacionalista cristiano que fuera escogido una vez más para dirigir la Oficina de Gestión y Presupuesto (OMB), describió las transformaciones institucionales que próximamente se llevarían a cabo para arrebatarles el poder a los funcionarios («la burocracia woke e instrumentalizada») y debilitar al Estado administrativo. Luego de proclamar la «necesidad existencial de hacer un uso agresivo de los vastos poderes de la rama ejecutiva para devolver el poder… al pueblo estadounidense», Vought recabó «determinación para quebrar a la burocracia si esta no se plegaba a la voluntad presidencial». (Al final de la primera semana completa de Trump en el cargo, Vought impartió órdenes a la OMB para que suspendiera todas las subvenciones y los préstamos federales, dando así muestras del alcance de semejante extralimitación ejecutiva, pero la reacción pública y las impugnaciones judiciales llevaron a la administración a rescindir la orden en cuestión de días).
A la hora de interpretar la Constitución, Trump prescinde de esas sutilezas. Como tristemente declarara en un discurso de 2019 en Turning Point USA: «Cuento con un Artículo II que me da derecho a hacer lo que quiera.»
Más sucintamente aún, Elon Musk, encaramado en su pedestal a la cabeza de un recién creado organismo federal, marcó la toma de posesión de Trump con la proclama de que «el Rey había regresado».
Grandes hombres que deshacen la historia
A principios del siglo XX, el término «cesarismo» se impuso tanto en la izquierda como en la derecha para describir la aparición del autoritarismo en las democracias de masas tecnológicamente avanzadas.
Para el líder comunista italiano Antonio Gramsci —quien, desde las cárceles de Mussolini, analizó la derrota del movimiento obrero y el surgimiento del fascismo—, los césares modernos se presentaban como árbitros providenciales situados por encima de la refriega del conflicto, a la vez tribunos del trabajador olvidado y aliados de los capitalistas hartos de regulaciones. Lo hacían bajo múltiples formas —desde presidentes y primeros ministros hasta titanes de la industria— y podían encontrarse en regímenes que iban de las democracias parlamentarias a las dictaduras manifiestas. La esencia de su atractivo residía en su capacidad para actuar como agentes de una especie de estasis o parálisis revolucionaria, en que se reestructuraban las formas políticas y, al mismo tiempo, se preservaba el dominio de clase.
El conservador alemán Oswald Spengler veía en el cesarismo una tendencia inevitable (y bienvenida) inscrita en los ciclos de la historia. Spengler profetizó que, a medida que disminuyera el dinamismo de la civilización occidental —y los medios de comunicación de masas y el poder de las finanzas socavaran la autoridad política—, llegarían a dominar la sociedad hombres singulares que no estarían constreñidos por compromisos ideológicos y que ostentarían un poder político personal sin precedentes.
Puede que a primera vista todos sean hombres fuertes, pero los chistes de Duterte sobre violaciones, el celibato de Modi y la imagen cultivada de paternidad viril de Erdoğan son tan distintos como los proyectos autoritarios que cada uno encarna.
Basta con echar un vistazo al panorama político mundial para percatarse no sólo de la prominencia cada vez mayor de la política reaccionaria y autoritaria, sino también de la profusión de autoproclamados hombres de destino, todo un bestiario de césares del siglo XXI. Bastarían los últimos meses para que nos proporcionaran numerosos ejemplos de las patologías del poder personalizado, de la soberanía conferida a individuos extremadamente falibles, perversos y, a veces, con rasgos propios de personaje de farsa.
En Corea del Sur, el Presidente Yoon Suk Yeol se vio impugnado, detenido e inculpado tras instigar un efímero golpe de Estado, que pretendió justificar alegando la existencia de una «quinta columna» comunista que actuaba al servicio de Corea del Norte.
En Israel, Benjamin Netanyahu ha diferido el ajuste de cuentas que sobre él hace pender su permanente impopularidad —por sus maniobras antidemocráticas, por su corrupción y, sobre todo, por los errores de seguridad del 7 de octubre—, para lo cual ha encabezando una campaña de genocidio y desestabilización regional.
En otras latitudes, perduran los hombres fuertes. Adeptos del turbocapitalismo, la demagogia y la represión, los Presidentes Javier Milei, de Argentina, y Nayib Bukele, de El Salvador, son bendecidos por la derecha trumpiana. En la India, la «mayor democracia del mundo», Narendra Modi sigue implantando un autoritarismo neoliberal etnocrático de rasgos fascistoides. En Rusia, la autocracia de Vladímir Putin persiste a pesar de la brutal sangría de la guerra contra Ucrania y los frecuentes pronósticos de inestabilidad. El colapso de la dictadura siria se ha calificado de uno de los logros más destacados de un césar rival, el Presidente Recep Tayyip Erdoğan, tras dos décadas en el pináculo de la vida política turca.
Por su parte, durante los preparativos para su toma de posesión, Trump dejó entrever la posibilidad de una adquisición hostil de Groenlandia, el Canal de Panamá e incluso Canadá, sin dejar claro si se trata de adquisiciones, fusiones o confiscaciones violentas. Desde que asumió el cargo, Trump no ha cejado en su expansionismo, como demuestran los informes sobre su conversación telefónica de finales de enero con la primera ministra de Dinamarca, en la que Trump exigió a ese país que permitiera a Estados Unidos apropiarse de la isla autónoma del Ártico.
Como escribiera el fallecido historiador radical Mike Davis, al reflexionar sobre lo que en su último ensayo denominara «la edición pesadilla de “Los grandes hombres hacen la historia”»: «Nunca se ha puesto tanto poder económico, mediático y militar fusionado en tan pocas manos.»
Crisis y autoridad
En todos los líderes mencionados se conjuga, por un lado, la exhibición de alardes públicos de masculinidad, y, por otro, el recurso al chivo expiatorio de sus enemigos y a la pretensión de ser figuras providenciales que salvarán de la crisis a la nación. Pero aunque gran parte del planeta sufre bajo esa plaga de hombres fuertes (a menudo debilitados), estos también son producto de contextos marcadamente diferenciados.
El sociólogo Cihan Tuğal ha demostrado que, si bien a Modi, Erdoğan y el ex Presidente de Filipinas Rodrigo Duterte les es común una política de derecha masculinista de redención nacionalista, sus alianzas de clase, movimientos políticos y visiones económicas revelan formas diversas de gobierno capitalista autoritario. Puede que en la superficie todos sean hombres fuertes, pero los chistes de Duterte sobre violaciones, el celibato de Modi y la imagen cultivada de paternidad viril de Erdoğan son tan distintos como los proyectos autoritarios que encarnan, que Tugal define como «autocracia hegemónica en Turquía, autocracia étnica en la India y autocracia oligárquica en Filipinas».
Contrariamente a los argumentos antiautoritarios esgrimidos por numerosos liberales, la conclusión que se desprende de todo ello es que, en realidad, en ningún caso nos enfrentamos a un autoritarismo genérico o a hombres fuertes fascistas cortados con el mismo molde, sino a figuras singulares de poder personalizado que aprovechan su propia biografía para sacar partido de las crisis, insertándose como árbitros, solucionadores de problemas, hombres del momento.
Un rasgo común, sin embargo, es que su aparición disruptiva suele ser propiciada por decisiones que aumentan los privilegios y el abuso de la autoridad ejecutiva.
Las declaraciones hechas por Trump en 2019 de que el Artículo II lo autorizaba a hacer lo que quisiera, aun cuando sea una interpretación constitucional carente de todo matiz, quedó efectivamente certificada por el fallo de la Corte Suprema en 2024 en el caso Trump c. Estados Unidos, que decretó que la inmunidad judicial presidencial se extendía a todos los actos oficiales de un presidente, incluidos aquellos dirigidos a anular los resultados de las elecciones. Incluso antes de la decisión de los magistrados, durante décadas el halo de impunidad se había cernido ya sobre la presidencia.
No estamos frente a hombres fuertes cortados con el mismo molde, sino ante figuras singulares de poder personalizado que aprovechan su propia biografía para sacar partido de las crisis, insertándose como árbitros, solucionadores de problemas, hombres del momento.
En Estado de excepción, el filósofo italiano Giorgio Agamben, tras recordar el historial de gobierno por decreto de emergencia en Estados Unidos, de Abraham Lincoln a Franklin Roosevelt y administraciones posteriores, arguyó que el Presidente George W. Bush había transpuesto un umbral determinante cuando utilizó su prerrogativa como comandante en jefe para dejar flotando en un limbo jurídico a los «combatientes ilícitos» detenidos indefinidamente en Guantánamo. Los años de Bush II también fueron testigos del auge de la «teoría del poder ejecutivo unitario», interpretación neoconservadora radical de la Constitución según la cual el presidente tiene autoridad exclusiva sobre el poder ejecutivo.
Pero no fue sólo Bush. La entusiasta adopción por parte del Presidente Barack Obama de un programa de asesinatos por medio de naves aéreas no tripuladas consolidó aún más el vínculo entre el poder ejecutivo y la proyección global de una soberanía imperial no sometida a control alguno, valiéndose a ese fin del pretexto de que con ello se protegía la seguridad nacional. La administración del Presidente Joe Biden no tuvo reparos a la hora de eludir al Congreso mediante decisiones de emergencia para acelerar la transferencia de armas que Israel ha utilizado para volver inhabitable a Gaza.
La lección que podemos extraer de estos ejemplos bipartidistas es que la recurrencia del cesarismo no se debe a una compulsión atávica que nos haga caer inexorablemente en brazos de «grandes hombres» Más bien, como consignaron Gramsci y Spengler, concierne a la relación entre gobierno individual y crisis, ya sea política, económica o militar, pero sobre todo la crisis prolongada y sistémica de las modernas democracias capitalistas de masas.
Es decir, el afianzamiento del gobierno ejecutivo de emergencia como forma permanente de gobierno es un paso previo a la aparición de gobernantes autoritarios. Los marcos en que hacen acto de aparición los césares modernos no constituyen retrocesos al feudalismo, las monarquías absolutas o la antigua Roma, sino que son, sobre todo, producto de la crucial expansión en el siglo XX de vastos y complejos Estados, los cuales han aprovechado las emergencias militares, económicas y sanitarias como justificación aparentemente inexpugnable para consolidar el poder ejecutivo. Razonamiento este último que hoy ha sido adoptado mucho más ampliamente por la extrema derecha contemporánea, cuyos líderes afirman que el poder ejecutivo libre de todo control es necesario para reducir el Estado administrativo y liberar al individuo.
Da la casualidad de que algunos de esos individuos —aquellos que cuentan— son más ricos que varios países juntos.
Directores ejecutivos que quisieran ser reyes
Mientras Trump hace suya la noción de presidencia imperial, su propia primacía se ha visto puesta en entredicho por el ascenso de otro modelo de exorbitante poder individual: Elon Musk. A mediados de diciembre de 2024, en lo que muchos observadores interpretaron como un esfuerzo por asegurar sus propios intereses empresariales en China, Musk presionó al Congreso para que abandonara el acuerdo presupuestario bipartidista que tanto le había costado alcanzar y para ello recurrió a una frenética campaña de publicación de mensajes en X, en los que amenazaba con tomar represalias contra cualquier representante republicano que no se mantuviera a raya. A finales de mes, Musk aprovechó su peso para terciar en disputas intestinas de MAGA sobre el alcance de las medidas represivas contra la inmigración —¿se debería deportar en masa sólo a los trabajadores agrícolas y los repartidores, o también a los ingenieros informáticos de Silicon Valley? —, con lo cual relegó a los márgenes la línea nacional-populista asociada con Steve Bannon, quien había sido el estratega principal de Trump, y llevó a los antagonistas liberales a provocar a Trump con lo de «Presidente Musk».
El poder de Musk no se detiene en la política interior estadounidense. Tras cultivar una amistad con la primera ministra italiana «posfascista» Giorgia Meloni, Musk pasó rápidamente a propagar un pánico moral racista sobre la violencia sexual en Gran Bretaña y a invertir su capital político y mediático en la promoción del partido de extrema derecha alemán Alternative für Deutschland (AfD), a cuyo propósito declaró recientemente ante una audiencia de partidarios de la AfD que los alemanes deberían dejar de sentirse culpables y, en su lugar, abrazar el orgullo nacional en lugar de un «multiculturalismo que lo diluye todo». Tras el saludo nazi de Musk durante el acto de investidura de Trump, es este un paso más allá del troleo y hacia la adopción programática de una política nacionalista blanca.
Lejos de constituir una anomalía, en el ascenso de Musk —si aún no a rey, al menos a poder detrás del trono— se escuchan ecos de las profecías y los deseos de los intelectuales de extrema derecha.
Para Gramsci, el cesarismo era síntoma del precario interregno entre el gobierno burgués tradicional y un posible futuro socialista —en que «lo viejo muere y lo nuevo tarda en nacer»—, período en que «se verifican los fenómenos morbosos más variados».
En su visión del cesarismo de principios del siglo XX, Spengler señalaba que algunos césares podrían surgir de las filas del capital y no de la clase política. El ejemplo supremo de Spengler era el magnate minero imperialista Cecil Rhodes, quien había consolidado el dominio racista del capital extractivo en el sur de África al tiempo que adquiría estatura mundial como filántropo. No es por azar que Musk, el megadonante de derechas Peter Thiel y su colega David Sacks, capitalista de riesgo convertido en donante de Trump, tengan profundas raíces en el mundo creado por Rhodes.
Más recientemente, el bloguero reaccionario Curtis Yarvin ha expuesto su propia visión del capitalista como soberano. En una entrevista de podcast de 2021 con Michael Anton, asociado superior del Claremont Institute (think tank de MAGA) y actualmente director de planificación política de Trump, Yarvin habló largo y tendido sobre la necesidad de un «César estadounidense» y señaló que —a pesar de que la Constitución lo hace inelegible— Musk, nacido en Sudáfrica, podría encajar en el proyecto.
En una entrevista reciente con The New York Times, Yarvin — conocido sobre todo por sus propuestas de «jubilar a todos los empleados del gobierno» y reemplazar al gobierno democrático por la autocracia— afirmó que la autoridad gubernamental debería conferirse a una realeza neoliberal moderna, dirigida por un director general. Tal forma de «monarquía personal», continuó diciendo Yarvin, se ha inscrito en el ADN institucional de Estados Unidos desde que FDR respondiera a la situación de emergencia planteada por la Gran Depresión gestionando «el New Deal como si fuese una start-up».
Se trata de una osada afirmación para un país cuyo documento fundacional se define a sí mismo contra un príncipe al que llama tirano, por no hablar ya de que lo dicho por Yarvin pone patas arriba el uso transformador que hiciera FDR de las órdenes ejecutivas para regular la relación entre capital y trabajo. La utopía que Yarvin imagina esgrimiría ese poder para permitir una dictadura del capital sin traba alguna.
Por ahistórica que sea, sin embargo, la visión de Yarvin ha dejado de ser marginal. Marc Andreessen, capitalista de riesgo y asesor de Trump, se ha hecho eco de las insinuaciones de este último sobre la posibilidad de una presidencia monárquica, mientras que el Vicepresidente JD Vance ha citado ampliamente a Yarvin entre sus influencias ideológicas.
Por ahora, aunque se sientan cada vez más cómodos ejerciendo su influjo en la escena mundial, los hombres más ricos del mundo siguen dependiendo del poder ejecutivo. Contrariamente a las opiniones de algunos comentaristas, ello no significa que figuras como el fundador de Amazon, Jeff Bezos (quien, en octubre, impidió que The Washington Post apoyara a Kamala Harris), o el fundador de Meta, Mark Zuckerberg (quien recientemente abandonó las políticas de verificación de datos de Facebook e Instagram, para alinearse con una versión derechista de la libertad de expresión), se estén «poniendo de rodillas» al alinearse con MAGA.
Estos amos del universo de las grandes tecnologías no sólo moldean la opinión y la gobernanza mundiales, sino que también son contratistas gubernamentales globales que tienen un poder sin precedentes sobre la comunicación pública y la infraestructura digital, vitales para el comercio, la seguridad y la guerra. Sus acciones están dictadas por el reconocimiento de que, especialmente en un mundo multipolar fracturado y asolado por guerras comerciales y por la inestabilidad, su poder monopólico depende del Estado como desregulador y contratista, mientras que su animadversión por los trabajadores, alimentada por el ánimo de lucro —luchar contra la sindicalización y tratar a los empleados de «bajo rendimiento» como desechables—, se ve mejor servida por una agenda política que movilice el descontento económico generalizado para afianzar aún más la desigualdad.
Una época de fenómenos morbosos
Mientras Spengler veía en el cesarismo una tendencia inevitable inscrita en los ciclos de la historia política, Gramsci diagnosticó que se trataba de un fenómeno de transición: el sello de un equilibrio inestable en el que ni las fuerzas progresistas ni las reaccionarias podían imponerse. Un síntoma —escribió— del precario interregno entre el gobierno burgués tradicional y un posible futuro socialista —en que «lo viejo muere y lo nuevo tarda en nacer»—, período «[en que] se verifican los fenómenos morbosos más variados».
Irónicamente, al comparar a Apple y Google con la colonial Compañía Británica de las Indias Orientales en el prólogo del reciente libro de Kevin Roberts, presidente de la Heritage Foundation, originalmente subtitulado «Quemar Washington para salvar a Estados Unidos», Vance nombra claramente aquello a lo que nos enfrentamos: «un monstruoso híbrido de poder público y privado». Un vistazo a los invitados de honor a la toma de posesión de Trump, entre quienes se encontraban Musk, Zuckerberg y Bezos, así como los directores ejecutivos de Apple, Google y TikTok, desmiente rápidamente la afirmación de Vance de que la derecha es el antídoto contra ese «poder híbrido». Más bien, la derecha actual parece estar consolidando la apoteosis de ese poder: verdadero interregno de fenómenos morbosos.
Ahora bien, Gramsci sostuvo igualmente que, si bien el gobierno de los césares modernos podría durar décadas, su voluble mezcla de conservadurismo y revolucionarismo —una revolución del statu quo, que lo cambia todo para que nada fundamental cambie— jamás podría proporcionar soluciones duraderas a los males sociales subyacentes. A juicio de Gramsci, para ello era necesario que surgiera un partido político de masas, capaz de superar las crisis por medio de una transformación social total. Ese camino revolucionario parece muy lejano hoy. Lo cual no es razón, sin embargo, para tolerar a los «monarcas personales» de nuestro tiempo.
Las tradiciones de la izquierda nos dictan que hay que deponer a déspotas y reyes, pero también que vale la pena abolir la realeza, especialmente en sus formas contemporáneas: el gobierno por decreto ejecutivo, siempre justificado por crisis reales o imaginarias. Pero el mero hecho de desafiar al poder ejecutivo no sirve de nada si no se enfrenta también al poder dictatorial y personalizado del capital.
En tiempos en que la extrema derecha normaliza ambas formas de poder monárquico, la izquierda debe recordar una vieja verdad: que la justicia social no es posible sin equilibrar la colosal acumulación de riqueza y de poder que pone en ridículo la idea de que vivimos en democracias.
Tradujo del original en inglés, “Kings of Capital” (In These Times, 18 de febrero de 2025), con la autorización expresa del autor y la publicación de origen, Rolando Prats.
Imagen: Ilustración de Fabio Consoli para In These Times.





