Ya no verás a un solo perro mear en los parques. Triste día para la tierra. Vaya progreso. La puta que lo parió. Por puro amor a la hierba. Con la clase de sequía que nos ha caído encima.

Subes por Broadway y no ves sonreír ni a un solo heladero. Se les han secado los grifos. Le pregunto a Karif qué hay con la leche y me dice que no es ese el problema, que lo que pasa es que no hay meado con que diluirla. De lo contrario, no rinde. (A veces dice «meado», y otras dice «orina»). Y lo mismo todo el mundo. Estoy empezando a dejar de comer helado. Pero hay que ganarse la vida. Según ha oído Stew decir van a construir en el Hudson una planta desalinizadora. Pongo cara de serio y asiento a cada una de sus sandeces. Como si este maldito gobierno pudiese ni siquiera organizar una mona en una cervecería.

Me voy a Uptown y Tina casi que se tira por la ventana. Está en lo de los tatuajes y necesita montones de líquido. Le está costando una pasta en agua embotellada, sobre todo Perrier. No hay nada más barato—dice—, lo tiene todo requisado la policía de Nueva York. Lo necesitan para su equipo de waterpolo. Cerdos. Mierda. No deja de tener lógica.

Y dale con Jerome y sus tonterías: que si van a construir una presa. ¿Una presa para qué? Más les vale tener algo que represar. Ahora mismo hace 31 grados y estamos en febrero, y necesito hielo. Desde que empezó todo esto, no he dejado de ver de dónde sale el billete. Te apuesto lo que sea a que la mayoría jamás lo ve. Es sólo ahora que empiezas a verlo. Si hubiera hielo. Pero no lo hay. Ha desaparecido junto con los perros.

Trabajo cerca de ese desierto que es Central Park y me estoy muriendo de sed. (Hoy en día te pueden arrestar sólo por intentar mirar a través de la valla de seguridad). Hay como un bullicio en el aire en la 110. Gente vendiendo cosas a la salida del metro. Resulta que es de contrabando. Las venden en esas bolsas de diálisis que te dan en los hospitales. Huele a meado, pero Lisa está convencida de que es sangre de pacientes con ictericia. Tiene lógica. ¿Quién va a vender su propio meado? De todos modos, todo el mundo se lo bebe.

Mamdani busca su reelección y de lo único que se habla es de meado. Meado y más meado. Pero ¿podrá el hombre volverse a ganar la confianza de la gente? No estés tan seguro. Este escándalo le está costando ya bien caro. Debería haber moderado toda esa labia multicultural. Ahora dice que le hicieron una jugarreta. Sí. Bueno. Si vas a importar 25 millones de perros, más vale que te informes bien. Como si después de mandar a importar 25 millones de perros en buques portacontenedores, te pusieras a decir que el tema de la higiene ni te ha pasado por la cabeza. Nada más y nada menos que 25 millones de perros de la India. Incluyendo un lote de Serbia. Lo de la rabia sí es un tema serio. En Nueva York. Puta.

Pero la cosa no acaba ahí. Tienen unas reservas donde meten a la mayoría de los perros y ni siquiera están en el estado. Vale. Pero ¿con qué los alimentan? Resulta que con agua embotellada. Para empezar, ¿para qué molestarse con los perros? ¿Por qué no prescindir del animal que sirve de intermediario y darle a la gente el producto auténtico? Si se prohíbe la soda, entonces bebamos orina. Es ahí donde Mamdani me pierde. Porque según este genio, con los perros el producto es más orgánico. No conozco a nadie que sepa siquiera de qué está hablando. (Se rumora que es porque el agua embotellada no es agua embotellada de verdad, sino que está contaminada con meado de perro. Todo un genio orgánico.)

En fin, no es nada comparado con este último escándalo. Mamdani ya admite que hay un fallo en la cadena de suministro, que es su forma elegante de decir que la gente está bebiendo meado envenenado. La culpa es suya. Pero ahora se rumora que los perros no son auténticos perros de las reservas. (No es que allí, de todos modos, se mantuviesen saludables. Para ahora enteramos de que este Mamdani anda metido en una red de mercado negro que se dedica a importar perros desde México. Así es más barato y más humano. Por ahí anda circulando una caricatura de dos perros en la bodega de un barco de esclavos. Uno le dice al otro que, cuando llegue a América, espera poder beberse su propia orina, y el otro le recuerda que es sólo un perro. No me huelo ahí nada de racista.

Últimamente todos andamos a mil. Todo el mundo anda metido en el asunto. Intercambiando un poco de meado por agua embotellada (lo cual es ilegal). El nuevo producto viene del sudeste asiático y la marca que lleva la delantera es True Drink, seguida de cerca por Anti/Piss. Sólo ya empiezan a circular rumores de que no es auténtico y que, al fin y al cabo, es meado de perro. ¿Y qué? Bueno, sí, no pasa nada, pero desde el escándalo de la orina envenenada la gente se pregunta si la orina embotellada está libre de rabia. Cualquiera aguanta alguna que otra dosis de disentería o tifoidea. Pero con la rabia es otra la historia. Aunque no se pueda contraer ingiriendo ningún líquido, conmigo no cuenten para comprar True Drink ni Anti/Piss. Prefiero ir al seguro y beber mi propia orina. El problema es que nunca hay suficiente y siempre estoy muerto de sed.

Han sacado unos nuevos aparatos. Dicen que pueden extraer agua subterránea. Me parece una farsa. Según los científicos, se necesita un kilómetro de manguera para llegar al primer rastro de líquido. Y, de todos modos, ¿cuánto de eso es agua?

Creo que terminaré mis días en Upstate. Allí hay ríos. De agua limpia. Sin marca. Sin meado. Pura. Limpia. Agua. Si primero filtras los rumores, claro. Desde que empezaron con el asunto de la cría de ganado se supone que la mayoría de los ríos estén contaminados. No con meado. Con mierda. Tiene lógica. La vida es una plasta y después te mueres.

Jason Barker fracasa cada vez mejor

Featured image: “Melt”. An art performance by Noémie Lafrance at the Salt Pile, 74 Pike Slip at South Street, under the Manhattan Bridge in September 2010. Photo courtesy of Seatfiller’ Blog.

Translated from the English original by Rolando Prats.

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