NLR

Para todo lo demás

A finales de abril, viajé a Dubái para asistir a un concurso de violín. Se trataba de una encomienda para la que no tenía en absoluto las calificaciones necesarias, salvo en un aspecto: deseaba visitar Dubái. El editor de una página web de música clásica se puso en contacto conmigo para ofrecerme una plaza en el viaje después de que otro freelance renunciara a la idea. Me explicó que mi falta de conocimientos musicales no sería un obstáculo. De hecho, hasta podría ser conveniente. El propósito del viaje no era evaluar las actuaciones, sino informar sobre lo que aconteciera, probablemente algo exótico. Mi interés aumentó cuando me enteré de que los gastos de la semana que duraría mi estancia serían discretamente sufragados por el compositor residente del concurso, un acaudalado exoperador de fondos de inversiones ruso-ucraniano que, tras jubilarse por anticipado, se había dedicado a componer obras clásicas ingenuas y a pagar a músicos de prestigio mundial para que las interpretaran. Se antojaba imposible rechazar propuesta tan descabellada.

Palm Jumeirah es una isla artificial situada en el golfo Pérsico, construida en forma de palmera con arena traída desde el Sáhara, visible desde el espacio, pero a la que no se puede llegar a pie. Me trasladé a la isla en un auto conducido desde el aeropuerto internacional de Dubái por un joven de unos veinte años, oriundo de Uttar Pradesh y quien había llegado al emirato tres años antes en busca de trabajo. El emirato, uno de los siete que componen los Emiratos Árabes Unidos, tiene una población de alrededor de cinco millones de habitantes, el 92 % de los cuales son «expatriados». El atractivo de Dubái para los extranjeros puede resumirse en una fórmula cuyas ventajas e inconvenientes dependen del país de donde se proceda y del motivo de la estancia: no se cobran impuestos sobre los ingresos, pero tampoco se goza de derechos laborales ni de libertad de expresión ni se reconocen los derechos de los inmigrantes. Su capital, de cuatro millones de habitantes, es una franja que se extiende ininterrumpidamente entre el desierto y el mar, un paseo marítimo de 4.000 km² de urbanizaciones a cuyo largo se alternan anuncios publicitarios de condominios, Gucci y criptomonedas con vallas adornadas con el rostro de Mohammed bin Rashid al Maktoum, el «jeque ejecutivo».

Más allá de la franja, en el desierto que rodea al aeropuerto, se encuentran los campamentos. La misma autopista que me llevó a un balneario de cinco estrellas también lleva adonde vive una población transitoria y desprotegida de trabajadores, en su mayoría procedentes de la India, Pakistán, Bangladesh y Filipinas, que llegan para trabajar en la construcción, servir y limpiar en beneficio de una población itinerante y protegida de compradores procedentes, en su mayoría, de Rusia, Israel y Alemania. En una reciente entrada de su diario para London Review of Books, Peter Talbot describe las condiciones en las que se alojan los trabajadores: chozas destartaladas en el desierto, rodeadas de cercas, con horarios de comida y raciones que se asignan según criterios jerárquicos de desechabilidad o de presunta falta de valor humano.

El concurso se celebró en el teatro del complejo turístico Zabeel Saray, en el extremo sur de Palm Jumeirah, construido en estilo «otomano», cuyos pasillos estaban repletos de restaurantes panasiáticos, boutiques de trajes de baño y puestos de trenzado de cabello. Llegué a altas horas, la noche antes de que comenzara el concurso, y subí en un ascensor con minaretes dorados hasta una habitación situada en la quinta planta. Me habían dado una suite con vistas al club náutico de Dubái, una bañera del tamaño de un bote y un televisor casi de tantos pies de ancho como los que tengo yo de estatura. Lo encendí y pasé de un canal a otro, de Karl Largerfeld TV y noticias sobre la muerte del Papa a vídeos promocionales de tratamientos de spa y un canal de la televisión estatal china que emitía en árabe, hasta que me quedé dormida con un reportaje en primera línea de Russia Today.

Fuera del hotel se extendía una costanera de madera alquitranada de color rosado en que no había nadie, cuyos bordes ya se estaban derritiendo por el calor que hacía a las siete de la mañana siguiente. Tampoco había nadie en el mar, mientras al oeste se veían las pilas de contenedores de lo que, según Google, era el puerto de Jebel Ali. Alejé el zoom para poder captar mejor en qué punto del mapa me encontraba en ese preciso instante. Abrí otra aplicación, diseñada para rastrear navíos, y me mostró una imagen del mar repleto de embarcaciones procedentes de todo el mundo, colocadas en fila en la línea del horizonte para entrar en el puerto, mientras el tráfico marítimo se extendía más allá de lo que podían alcanzar los ojos. Se escuchó el rugido de una solitaria moto acuática, a cuyo paso se formaban las primeras olas del día. A ambos lados del balneario se estaban construyendo nuevas obras, al parecer otro hotel, en las que cientos de trabajadores indios se movían ya por entre los andamios. A la sombra había un puñado de hombres árabes hablando por sus móviles; tanques de agua estacionados a lo largo de la carretera, con el logotipo de Nakheel, la empresa estatal de desarrollo inmobiliario, estampado en los laterales, en los bloques de hormigón y en la parte trasera de los chalecos de neón que llevaban los trabajadores.

Los viernes y sábados por la noche, el club náutico de Dubái se llena de yates. Al principio, se asoman unos pocos tímidamente, que se ponen a dar vueltas por la bahía plana y calurosa, antes de que aparezca una docena más y se multipliquen, hasta formar como un banco de arena que llenara el golfo. La embotada pulsación de canciones pop remezcladas flota en el aire salpicado de arena y se confunde con la llamada a la oración, el rugido de las motos y el canto entrecortado de los pájaros. En un promontorio oscuro, erigido entre la isla artificial y el horizonte en forma de zigurat del centro de la ciudad-estado, un enorme escenario cobra vida mientras comienza a emitir ondas de color rosa fluorescente a través del cielo lila. Lo observé desde el balcón de mi habitación y busqué el precio de un crucero «de lujo» que salía al atardecer: unos 30 dólares por adulto. El hotel estaba lleno de familias de Moscú, Múnich, Milán y los «-stán». Parecían, en algún sentido de la palabra, normales. A pesar de su reputación de refugio de una turbia élite internacional, Dubái es una propuesta mucho más simple, encarnada en la imagen que tenía ante mí, la de innumerables personas de fiesta que se divertían imitando el estilo de vida de los oligarcas, luego de haber ahorrado durante un año para que unos cuantos esclavos modernos los atendieran por un par de semanas.

*

Me fui a Dubái con una idea equivocada. No aprendí nada y regresé sintiendo náuseas. Había pensado que sería divertido, hasta gracioso, experimentar la desorientación de encontrarme en el punto de articulación entre dos sistemas mundiales. En cambio, no experimenté otra cosa que desorientación, al extremo de resultar nauseabundo. Hay infiernos en la tierra y Dubái es uno de ellos: una creación infernal nacida de lo peor de las proclividades humanas. Su carácter infernal no puede achacarse únicamente a los oligarcas, cuya riqueza Dubái atrae, ni a los tránsfugas de la delincuencia violenta organizada que se van a Dubái para evadir la justicia. Es infernal porque, en cuanto autoproclamada ciudad del libre comercio, ofrece a la gente normal la oportunidad de comprar en su forma más pura el más atroz de los productos: explotar a otros. Si quieres saber qué se siente cuando se tiene esclavos en el mundo de hoy, y que no te culpen abiertamente por ello, vete a Dubái. Pero ten claro que no estarás libre de culpa por hacerlo. Cada mensaje en Instagram, cada vídeo en TikTok, cada mensaje por WhatsApp enviado desde el lujo de Dubái es una abominación. Una campaña de relaciones públicas dirigida por quienes ya han comprado el producto y ahora no quieren sino demostrar que pueden permitírselo.

Me siento avergonzada de haber visitado Dubái. Hay experiencias para las que el periodismo no puede servir de excusa. Haber ido no añadió nada nuevo. Pensé que el viaje me pondría delante de un grotesco tapiz, susceptible de revelar alguna nueva verdad sobre el reordenamiento del mundo. Me superó. Imaginaba que pedir un mojito en ruso a un camarero indio mientras la mirada se dirigiera hacia Irán me recompensaría con alguna estrafalaria revelación. Todo eso es posible, pero nada de ello hace que mi visita haya valido la pena.

No trates de humanizar el lugar, pues terminarás enloqueciendo. No te preguntes qué dejó detrás para poder estar aquí la mujer del puesto de trenzado, ni por qué, pues terminarás enloqueciendo. Si aceptas la amabilidad del personal con quienes haces un insignificante esfuerzo por hablar cada mañana mientras recogen el plato con las sobras de tu desayuno, terminarás enloqueciendo, pues tu propina es la única amabilidad que puedes ofrecer a cambio. No te molestes en recoger tu propia toalla en la piscina, pues verán al hombre que lleva horas de pie bajo un sol abrasador haciéndolo por ti y perderá su trabajo. Que se nos sirva nos convierte en niños crueles. Nos degrada a todos.

Quizás otros estados del Golfo sean igual de infames. Pero qué ironía puede haber en visitar Arabia Saudita y su brutal teocracia. En Qatar, puede que alguna razón relacionada con la prensa sirva de excusa. En los demás emiratos, tal vez el esnobismo cultural, compensado por la necesidad de mejorar los salarios en declive de Occidente, proporcione una razón personal suficiente para entrar en Abu Dabi y consultar a sus jeques sobre su colección de arte, o en Sharjah para escribir el texto del catálogo de la bienal. Pero en Dubái no hay nada que hacer, y cuando digo nada digo nada, salvo sentirse rico y que te atiendan.

Si decidieras ir, y lo haces, como yo, desde Londres, sobrevolarás la región llamada «Oriente Medio». No apartes la vista de las cámaras a bordo. Alla abajo verás Basora. Quizás, como yo, sea esa la primera imagen que tengas de Iraq. La primera vez que esa nación exista como algo real, como una tierra, con ríos y aglomeraciones urbanas, y no sólo como una consigna o un punto de referencia en alguna discusión sobre política. Lo verás, quizás como yo, tal como lo has visto durante la mayor parte de tu vida: una vista aérea, como si estuvieras buscando petróleo o lanzando bombas. Cuando aterrices, te resultará imposible comprender que estás en Oriente Medio. El concurso al que asistí sirvió para corroborar la ocasional perogrullada de que Israel es el Estado de Oriente Medio que tiene lazos culturales más fuertes con el emirato. El sionismo se lava en Dubái para después exportarse al resto del mundo.

Seis semanas después de mi regreso, estalló la guerra en el Golfo. Había estado intentando, infructuosamente, plasmar mi experiencia en Dubái en un relato ingenioso y extenso para una segunda publicación, una revista estadounidense, una especie de «Tár» ruso, un Fitzcarraldo en el desierto. Pero cuanto más avanzaba en el borrador, tanto más me sumía en la desesperación. El artículo no tenía sentido, salvo para demostrar que, hoy en día, hay pocas cosas que el dinero no pueda comprar. En Jumeirah se vende libremente tanto la propiedad humana como la legitimidad a duras penas conseguida en el mundo de la música clásica. Lo sabemos. Pero también sabemos que hay cosas que no deben ni pueden comprarse ni venderse. El amor, la dignidad, la libertad, la creatividad, el respeto por nosotros mismos y por los demás. Si en el mundo que se avecina habrá algo por lo que luchar, será por la creencia de que esos principios son los cimientos innatos de lo que hace que la vida humana valga la pena. Para todo lo demás, está Dubái.

Sigue leyendo: Mike Davis, «Fear and Money in Dubai», NLR 41.

Imagen: Trabajadores migrantes duermen en las calles de Dubái, Emiratos Árabes Unidos, el 7 de julio de 2008. Foto de Ghaith Abdul Ahad/Getty Images. Cortesía de Amnistía Internacional.

Translated from the original in English by Rolando Prats. Sidecar on Communis is possible thanks to a collaborative partnership between Communis and New Left Review.