Paolo Virno (1952-2025): filósofo materialista
Alberto Toscano
Dec 15, 2025

“A materialist philosopher. Paolo Virno (1952-2025)”, de Alberto Toscano, aparecerá próximamente en e-flux. Se publica en traducción al español en exclusiva para Communis con la autorización del autor.

«En un mundo forjado por la inmensa acumulación de mercancías y espectáculos, la escandalosa lucha por el cuerpo sensual y sufriente, por la aspiración a la felicidad y a la singularidad irrepetible de los vivos —y, por tanto, de los agonizantes— tenía para Virno que enfrentarse al carácter profundamente abstracto y dislocado de la experiencia contemporánea, a la fragmentación o precariedad de las comunidades establecidas, los hábitos, las cosmovisiones, las identidades o los entornos, pero también al carácter productivo de los códigos, las convenciones, los algoritmos, las reglas impersonales y los sistemas de signos. Irrepetibilidad, individualidad, singularidad, sensación, placer: sí, pero como lo que viene después de la rica totalidad de una infinidad de determinaciones y relaciones tejidas por las abstracciones reales del capital.»
— Alberto Toscano

Hijos de una larga contrarrevolución, muchos de nosotros recibimos nuestra educación de los derrotados.

Uno de esos maestros, Paolo Virno, nos dejó el pasado mes. Una y otra vez, Virno insistió en que la derrota, más que el fracaso —con sus fieles compañeros, su error y su culpa— era la categoría adecuada por medio de la cual volver la mirada a la experiencia política de los «años rojos» en Italia. Para Virno, esa derrota había significado —al igual que para miles de personas atrapadas en las amplias redes de los decretos de emergencia contra el terrorismo— estancias en prisión a finales de los años setenta y principios de los ochenta, seguidas de un itinerario nada atípico por los variopintos mundos del trabajo intelectual: edición, periodismo, guionización de cómics, y hasta el póquer (entre las fuentes de la constante atención que Virno prestara al juego y al virtuosismo como características del trabajo contemporáneo).

Tras graduarse en 1977 de filosofía con una tesis sobre las críticas de la epistemología y la economía política en Theodor W. Adorno y escribir su primer libro de filosofía, Convenzione e materialismo (1986; reeditado en 2011 y traducido al inglés por Lorenzo Chiesa en 2021), en momentos en que a Virno se lo consideraba enemigo del Estado, no comenzó a enseñar filosofía en la universidad hasta cumplidos los cuarenta. Antes y después de ingresar —con ironía, desencanto y pasión pedagógica— en la profesión académica, Virno fue editor de una serie de formidables revistas y publicaciones, lugares de trabajo experimentales y polémicos del pensamiento colectivo: Linea di condotta (1975), Metropoli (1979-1981), Luogo comune (1990-1993), DeriveApprodi (1992-2005), Forme di vita (2003-2007).

Desde la década de los noventa hasta su muerte, publicó más de una docena de libros, que en conjunto conforman un programa de investigación de notable coherencia y carácter multifacético en lo que el propio Virno denominara «antropología lingüística». Si bien los textos que van de L’idea di mondo. Intelletto pubblico e uso della vita (1994; vuelto a publicar con ese título en 2015 en edición revisada y traducido al inglés por Chiesa en 2022) a Avere. Sulla natura dell’animale loquace (2020), pasando por Quando il verbo si fa carne. Linguaggio e natura umana (2003; traducido al español por Eduardo Sadier en 2004 y al inglés por Giuseppina Mecchia en 2015) y Saggio sulla negazione. Per una antropologia linguistica (2013; traducido al inglés por Chiesa en 2018), son libros de filosofía que no requieren de afiliación política alguna para ser apreciados, no es menos cierto que las motivaciones que llevaron a Virno a realizar sus incisivas y penetrantes investigaciones sobre el nexo entre el lenguaje y la naturaleza humana estaban profundamente entrelazadas tanto con la revolución a la que se había lanzado como con la contrarrevolución que sobrevendría.

No se puede comprender una sin la otra. A modo de guía, no sería ocioso volver a dos textos traducidos para una colección en inglés que marcó una época, Radical Thought in Italy: A Potential Politics (1996), de la que Virno fuera uno de los compiladores junto con Michael Hardt: el texto colectivo de los presos políticos de Potere Operaio, «¿Recuerdas la revolución?», y el propio complemento de Virno, «¿Recuerdas la contrarrevolución?». Para Virno, la ola transformadora e insurreccional que había sacudido a Italia durante la «década roja», desde finales de los años sesenta hasta finales de los setenta, supuso un esfuerzo colectivo por derrocar al capital, no desde sus márgenes ni aprovechando sus desigualdades, sino desde sus eslabones más fuertes. Se trataba —en una inversión de la célebre fórmula del joven Gramsci antes de su encarcelamiento— de una revolución no contra, sino con, Das Kapital, para abolir el trabajo asalariado y el Estado capitalista en su forma más avanzada y totalizadora. Estaba en juego la profundidad de la miseria, no la riqueza y la complejidad de las necesidades que el capitalismo producía y, al mismo tiempo, bloqueaba.

De ahí que con frecuencia Virno recordara que su comunismo no era el de «izquierda», si por ello entendemos una tradición —tanto jacobina como socialdemócrata o de la Tercera Internacional— anclada en el punto de vista del trabajo y que aspiraba a la conquista del Estado. En la trayectoria recorrida desde el operaismo hasta la autonomía y más allá, Virno discernió un deseo de rechazar el marco obsoleto del trabajo asalariado subordinado y de reconstruir una «esfera pública no estatal», al tiempo que se abría a la multiplicidad y la singularidad de necesidades, prácticas y deseos que pululaban fuera de la medida del capital y las restricciones del Estado-nación soberano. A lo que se apostaba era a que el impulso subversivo que culminara en el llamado movimiento de 1977 en Italia no era el último suspiro del movimiento obrero, sino el comienzo, por incompleto y fallido que fuera, de una perspectiva revolucionaria diferente. Tras décadas de polémicas marxistas tradicionales contra las herejías obreristas y autonomistas, y sin renegar de las limitaciones prácticas o teóricas de esos movimientos, conviene recordar que esa generación de activistas comunistas que se despidió de la centralidad de la clase obrera industrial lo hizo tras años de organización militante e implacable en las fábricas, curtiéndose en luchas por aumentos salariales, batallas por la salud y la seguridad, huelgas espontáneas, ocupaciones, etc. La suya fue una experiencia vivida de las mutaciones en la composición política y técnica de la clase, nacida de la organización y la lucha en el lugar de trabajo —a la que sus críticos suelen permanecer afortunadamente ajenos—, y no un abandono irresponsable y metafísico de la teoría del valor.

Para Virno, la contrarrevolución capitalista que siguió como una sombra y, luego, aplastó las insurgencias de los años setenta —y que pasó a denominarse de forma abreviada neoliberalismo, posfordismo y posmodernismo, inter alia— no había sido una mera restauración, sino una revolución invertida, que en muchos sentidos hizo suyos las reivindicaciones y el ímpetu de la ola subversiva —entre otras cosas, el debilitamiento del trabajo asalariado como norma social—, pero que lo hiciera en aras de un modelo aún más desenfrenado de dominación capitalista. Del mismo modo, el nuevo fascismo no era una repetición de la patología asesina del fordismo y sus crisis, sino «el aterrador “doble” de los casos más radicales de libertad y comunidad que surg[ían] en la crisis de la sociedad basada en el trabajo» («Tesis sobre el nuevo fascismo europeo», 1993). Fundamentalmente —y es en ello que radica el vínculo entre contrarrevolución y antropología lingüística—, la fuga del capital respecto de la fábrica, su esfuerzo por emanciparse de la clase obrera, supuso que el proceso de producción y la extracción de plusvalía se basaran cada vez más en la movilización rentable —como escribió Virno en su prefacio de 2011 a Convenzione e materialismo— de «algunos rasgos invariables de nuestra especie: la facultad del lenguaje, la flexibilidad vinculada a la falta de un entorno rígidamente definido, la familiaridad con lo posible y lo impredecible, etc.». Esa capitalización de la naturaleza humana, por así decirlo —y no ninguna figura sociológica específica del trabajo inmaterial o el capitalismo cognitivo— es uno de los problemas cruciales por los que Virno indaga en su filosofía, incluso o, a veces, especialmente cuando se despoja de cualquier referente social o político manifiesto.

¿Qué significa que «sólo ahora» —cuando, como afirma el propio Virno con ironía hegeliana firmemente plantada en el canon marxista, el capital ha alcanzado de una vez por todas su concepto— el «siempre ya» de nuestra especie esté siendo empujado hacia el primer plano político y económico? ¿Por qué la metahistoria —esos rasgos que vinculan nuestra subdeterminación biológica, nuestra neotenia, con nuestro sobredesarrollo social— se ha convertido en una cuestión directamente histórica y, por tanto, política? Según Virno, antes de la contrarrevolución capitalista, nuestras capacidades, es decir, nuestra «invariante biológica» (nuestra «no especialización, nuestra neotenia, nuestra falta de un entorno unívoco», como él mismo lo expresara en Cuando el verbo se hace carne), no veían la luz sino en medio de anomalías catastróficas, estados sociales de excepción, es decir, cuando los pseudoentornos inmunizantes y compensatorios proporcionados por la cultura flaqueaban o se derrumbaban. La destrucción de esos pseudoentornos por los fríos cálculos del capitalismo avanzado pone cada vez más de relieve nuestro ser indefinido en cuanto especie, nuestra esencia genérica: «la potencialidad amorfa, es decir, la persistencia crónica de rasgos infantiles, no surge de forma amenazadora en medio de una crisis, sino que impregna todos los aspectos de la más trivial de las rutinas». Y es precisamente en esa situación, en la que se valora especialmente la capacidad de «flexibilidad», donde proliferan las normas (o controles) abstractas y convencionales, que se vuelven cada vez más plásticas y también más insidiosas. Se observa ahí una clara isomorfía con el argumento esgrimido por Marx en los Grundrisse con respecto al trabajo y al dinero, sobre los que Marx escribe: «esa categoría tan simple […] hace su aparición histórica con toda su intensidad sólo en las condiciones más desarrolladas de la sociedad […] cuando se concibe económicamente en esa simplicidad, el “trabajo” es una categoría tan moderna como las relaciones que crean esa simple abstracción.»

Desde su primer libro hasta sus últimas obras, Virno se preocupó por articular un materialismo que pudiera tratar el a priori de la experiencia (la experiencia colectiva e individual, o, por citar a un autor, Gilbert Simondon, que le era caro, la experiencia transindividual), no como una estructura intangible e inmutable, sino como una especie de «materia prima, que desarrolla sensaciones (placenteras o dolorosas), así como la comunicación social en el plano de las «condiciones trascendentales», en lugar de por debajo de ellas» (Convenzione e materialismo). Lo posible, lo potencial, lo universal, lo impersonal, lo abstracto: eran, esas, categorías a las que, en consonancia con la idea de que el ser de la especie (o, para los neoliberales, el «capital humano») era de interés directo para la lucha política y de clases, debió imprimírseles un sesgo materialista. A partir de mediados de la década de los noventa, y especialmente en la primera década del nuevo siglo, cuando congregó a una comunidad de investigadores afines en torno a la revista Forme di vita, ese materialismo del a priori (histórico y metahistórico) adoptó cada vez más la forma de una concepción naturalista del animal humano como primate locuaz, aunque sensible al carácter profundamente ambivalente e indeterminado, peligroso y perfectible, de una naturaleza humana para la que la necesidad es contingente y la contingencia es necesaria. Se trataba de un materialismo para una fase de crisis prolongada, ya que, como recordaba Virno, es en los momentos de peligro cuando uno se veía impulsado a ampliar sus horizontes y abordar los problemas lógicos y éticos básicos de la vida humana.

Ahora bien, al igual que la línea dominante en el movimiento socialista y obrero era para Virno inutilizable para configurar un comunismo entre las ruinas gemelas de la forma salarial y el Estado-nación bélico-asistencialista, un materialismo verdaderamente contemporáneo tenía que componer su tradición a partir de fuentes heterogéneas, aparentemente incompatibles y a veces fisibles. En un notable y revelador ensayo breve de 1998, «La tradición del pensamiento crítico», ofrecía el siguiente inventario, que situaba el origen de esa tradición en 1960 (año que muchos obreristas italianos identificaban como el comienzo de la parábola de la lucha de clases que alcanzaría su punto álgido en el «otoño caliente» de 1969): el operaismo de Quaderni rossi y sus ramificaciones; la crítica situacionista preventiva de Guy Debord a la posmodernidad en La sociedad del espectáculo; el «poder-saber» de Foucault y la «revolución molecular» de Deleuze-Guattari; los escritos de Hans-Jürgen Krahl sobre el trabajo intelectual de masas; la labor histórica de la revista Primo Maggio; el análisis de Alfred Sohn-Rethel sobre la abstracción real, la ciencia y el conocimiento bajo las condiciones del capitalismo (creo que fue el guiño que le hiciera Virno a esa figura menor de la nebulosa de la Escuela de Frankfurt lo que me llevó originalmente a Intellectual and Manual Labour). Para Virno, ese mosaico mutante «marxista y, por tanto, no «de izquierda», fue catalizado por el movimiento del 77 y por la necesidad de volver a pensar el antagonismo contra el capital desde el surgimiento de «figuras del trabajo no industrial, intelectual, intermitente y autónomo». Ello significaba distanciarse de las tendencias gramscianas-togliattianas y «tercermundistas» de la izquierda italiana (lo que no impidió a Virno escribir algunas páginas maravillosas sobre la importancia de Fanon para las luchas metropolitanas en el corazón del capitalismo, al tiempo que se sometiera las reflexiones del líder comunista sardo sobre el lenguaje y la intelectualidad a un provechoso reexamen desde la perspectiva de la propia «antropología lingüística» de Virno).

Paolo Virno distribuyendo periódicos frente a la fábrica Mirafiori en 1974. Foto: il manifesto/Archivo. Cortesía de Bianet.

Pero esa tradición política de la teoría crítica iba a estar acompañada de la genealogía de una tradición materialista sui generis, si no del todo «subterránea», la misma que, cabe señalar, animó muchas de las obras filosóficas de Virno durante las últimas tres décadas, las que también mantuvieron un diálogo cada vez más irreverente y fiel con Platón y Aristóteles, releídos en nuestro propio «momento de peligro». Esa genealogía materialista abarcaba la «lógica de lo heterogéneo» del filósofo marxista Galvano Della Volpe, en cuanto herramienta para pensar las rupturas entre la experiencia sensible y el intelecto lingüístico; el estudio del antropólogo Ernesto De Martino sobre los «apocalipsis culturales» y la disposición ritual del animal humano (fue mientras traducía a Virno que descubrí ese formidable programa de investigación inacabado que es La fine del mondo, de De Martino); el esfuerzo de Sebastiano Timpanaro por articular un pensamiento revolucionario que fuera plenamente naturalista y materialista; y toda la maraña de antropólogos filosóficos, desde Herder hasta Gehlen, que exploraron la naturaleza del ser humano como indefinido, el animal potencial. Pero, sobre todo, la rama materialista de la genealogía de Virno era lingüística y comprendía a aquellos autores «que ha[bía]n identificado en el lenguaje verbal la auténtica huella biológica de nuestra especie» (desde Saussure hasta Benveniste, desde Wittgenstein hasta Leroi-Gourhan). Ya fuera marxista, lingüístico o antropológico (o más bien, en cuanto marxista, lingüístico y antropológico), el materialismo se basaba en la idea de que el origen de la teoría no era teórico. Al igual que su vertiente política, ese materialismo, en su vertiente filosófica —en absoluto unánime en la «izquierda», ni tampoco comunista—, adquirió su pertinencia y urgencia en las transformaciones del capital y las luchas contra él, en la fenomenología del trabajo contemporáneo y las tonalidades emocionales (y psicopatologías) de la vida cotidiana. «Sólo ahora» era su forma de poner en primer plano el «siempre ya» de tal momento y consecuencia.

Sin embargo, el materialismo de Virno también tenía un significado profundamente ético (no moral). Así, le gustaba recordar la observación de Adorno de que el materialismo no era sólo corporal, sino que insistía obstinadamente —para disgusto o consternación de censores idealistas— en los placeres sensuales y en la muerte. En un artículo de 1988, durante su etapa como editor de las páginas culturales del periódico comunista independiente il manifesto (sus escritos de ese período se recopilaron en Negli anni del nostro scontento. Diario delle controrivoluzione, 2022), Virno escribe que el tema preferido del materialismo es «la sombra que el cuerpo proyecta sobre el pensamiento, el lugar que lo sensual ocupa en la abstracción que querría borrarlo. El recuerdo del cadáver, la primacía de los sentidos, la búsqueda de la felicidad»: eso, y no la especulación metafísica o una ontología científica, era el núcleo palpitante de la tradición materialista. La nobleza plebeya del materialismo residía en su teatral y polémica rendición de cuentas contra la tradición idealista, luego de reintroducir el cuerpo deshecho por la muerte en los antisépticos lugares de la lógica y el conocimiento para defender mejor «la aspiración hedonista del cuerpo vivo y sensible». Para Virno, no obstante, en un mundo forjado por la inmensa acumulación de mercancías y espectáculos, la escandalosa lucha por el cuerpo sensual y sufriente, por la aspiración a la felicidad y a la singularidad irrepetible de los vivos —y, por tanto, de los agonizantes— tenía que enfrentarse al carácter profundamente abstracto y dislocado de la experiencia contemporánea, a la fragmentación o precariedad de las comunidades establecidas, los hábitos, las cosmovisiones, las identidades o los entornos, pero también al carácter productivo de los códigos, las convenciones, los algoritmos, las reglas impersonales y los sistemas de signos. Irrepetibilidad, individualidad, singularidad, sensación, placer: sí, pero como lo que viene después de la rica totalidad de una infinidad de determinaciones y relaciones tejidas por las abstracciones reales del capital.

Era contra ese telón de fondo de abstracción y convenciones, códigos y algoritmos, desarraigo y desencanto, de las «malas noticias» y no de las «buenas cosas de los viejos tiempos», que para Virno necesitábamos volver a las preocupaciones del materialismo antiguo, no sólo el placer y la muerte, sino también la amistad y la infancia.

En su notable y penúltimo libro, Avere, Virno escribe sobre el amigo (figura filosófica que, contra Schmitt, no es en absoluto la contraparte simétrica del enemigo, por cuanto carece de toda conexión con la soberanía del Estado) como el doble de ese primate parlante que, caracterizado por tener pero no ser su propia esencia, rasgos y capacidades, está marcado por una dualidad fundamental. La amistad es una cuestión de «espíritu», entendido materialistamente como ese dominio que se encuentra del lado más próximo de la interioridad y la exterioridad, de modo que «la amistad exhibe la fisonomía íntima de lo más público y, a la inversa, el tenor público de toda intimidad conmovedora» (algo que Virno dejó estremecedoramente claro en sus propios obituarios de amigos y compañeros como Lucio Castellano, Luciano Ferrari Bravo, Rossana Rossanda y otros).

Si la amistad está profundamente arraigada en las «condiciones que hacen que la mente humana individual sea superpersonal», entonces una meditación sobre la infancia o la niñez, como observó Virno en un maravilloso ensayo breve de Luogo Comune —«Il linguaggio in mezzo al guado», escrito en 1991 —, se ha vuelto hoy en día aún más indispensable para una filosofía materialista, cuando el capitalismo explota la ausencia de hábitos establecidos, la plasticidad de nuestra cognición y la propensión al juego. Como señaló, con palabras cuyos ecos resuenan hoy con mayor urgencia crítica:

La sociedad de la comunicación generalizada, en la que el trabajo manifiesta una disposición esencialmente lingüística, deberá interrogarse a partir de la experiencia de aquellos que, no dotados del habla, se están iniciando en el lenguaje. La forma actual de la técnica, es decir, la inteligencia artificial que pretende objetivar los procesos cognitivos y la autorreflexión puede entenderse mejor y criticarse más radicalmente si se contrasta con el aprendizaje del mundo por el niño.

Desde esa perspectiva, la sociedad capitalista «madura» no aparece como un escenario infantil para la repetición lúdica y el disfrute de lo singular y lo idéntico, sino que forja un mundo «pueril» marcado por la compulsión de la mercancía a repetirse, generando una multiplicidad infinita de pseudoentornos y sofocando la capacidad del niño para crear y destruir mundos. La infancia se ve sofocada por la infantilización, la inteligencia del artificio por la inteligencia artificial. Para Virno, era políticamente imperioso renovar el sentimiento infantil del lenguaje como algo a lo que aspiramos, del lenguaje como facultad, algo que en sus textos filosóficos hizo con irreverente curiosidad, polémica ironía, aguda perspicacia e inventiva, sobre todo a través de un estilo prosaico inimitable en que se conjugaban una claridad combativa y un juego léxico, a años luz de la tediosa piedad de tantos escritos filosóficos.

Louis Althusser, filósofo marxista y materialista con quien no creo que Virno sintiera afinidad alguna, observó en una ocasión que «nuestra época amenaza[ba] con aparecer algún día en la historia de la cultura humana como marcada por la prueba más dramática y difícil de todas, el descubrimiento y el aprendizaje del significado de los actos “más simples” de la existencia: ver, escuchar, hablar, leer». Virno reinventó y revitalizó el materialismo para nuestra sociedad capitalista tardía al preguntarse por los actos «más simples», los mismos que se estaban convirtiendo en los retos cruciales de una sociedad cuyas fuerzas y relaciones productivas aparecían marcadas por la mayor complejidad, abstracción y volatilidad (situación que tal vez no sea ajena a la definición poética que del comunismo nos diera Brecht: «Es lo simple / Eso es lo que es difícil de hacer.»).

A medida que las malas noticias empeoran, seguimos tejiendo y volvirendo a tejer la tradición viva del materialismo, tanto en la política como en la filosofía. En la singularidad irrepetible de su pensamiento y de su carácter, en su praxis de militancia como producción intelectual colectiva, en su habernos mostrado de qué manera vivir como comunista en tiempos contrarrevolucionarios, Paolo Virno forma ahora parte de esa tradición.

Featured image: Paolo Virno. Photo by Derive Approdi. Courtesy of fanpage.it.

Translated from the unpublished original in English by Rolando Prats.

Related