“Dispatches from Beirut (I)”, de Nadia Bou Ali, apareció originalmente en Communis el 7 de marzo de 2026.

«Sólo de lo negativo podrá surgir otro mundo, no a través del cruel apego a esperanzas perdidas, sino del quedarse en el derrumbe de todos los trascendentales: sin lo sublime, sin ilusión, apenas un quedarse en el medio roto, un permanecer en lo negativo. A pesar del lacerante alarido del maddah, del lamento del narrador, la experiencia de la lucha anticolonial resuena en el silencio, la carga de lo insoportable, lo indecible.»
— Nadia Bou Ali

Optimismo en nuestra lucha contra el colonialismo

La nueva fuerza de la colonización no se asemeja a la de antaño; no hay ya interés en comprender a los colonizados, ni siquiera en pretender que hay que llevarles los beneficios de la ilustración. Más bien, hoy todo es harto simple: no hay otra cosa que exterminio, la arrogancia toda de la coexistencia, de la tolerancia, de las leyes de conversión se ha venido abajo. Exterminar, conquistar, dominar, sin que quede ya recurso a ninguna otra resolución. Dominación que, por supuesto, dispone de un arsenal ideológico. Y, sin embargo, este no es digno ya de crítica ideológica. No hay velo de apariencia que horadar ni que representar, apenas la brutalidad de la guerra y del asesinato en masa. Tampoco hay mucho que sacar con el análisis histórico, la historia tiene sus límites, parece banal frente a la estructura. Reescribir la historia de la colonización, sus secuelas poscoloniales y sus fracasos decoloniales aporta muy poco a la experiencia de la fuerza bruta a la que se enfrentan los pueblos de Palestina, Líbano, Iraq, Sudán, Egipto, Irán y casi cualquier otro lugar fuera de la nueva alianza imperialista. No hay necesidad de explicar la fuerza de la dominación: lo que constituye un enigma o exige alguna reflexión es más bien la resistencia, la persistencia frente a la aniquilación. ¿Por qué resistimos? Por qué resistimos el telos, el determinismo de la experiencia histórica, la suerte de la subyugación. Permanecer, mantenerse con vida a pesar de las seducciones de toda muerte cómoda, toda rendición, toda obstinación ante el retorno al estado de puro reposo que exige el análisis. Se ha escrito mucho sobre el análisis de los mecanismos psíquicos de la dominación, de la fuerza, del poder y del sometimiento, pero se exhibe menos paciencia con la necedad de permanecer allí donde el dolor se niega a suavizarse. Velar lo insoportable, soportar la noche en que todas las vacas son negras.

¿Para qué, ante el desplazamiento, el despojo, la pérdida de dignidad y la prolongada humillación, seguir adelante, resistir la subyugación? No nos precipitemos a descartar esos fenómenos como formas de apego cruel, de atadura al carro de la alienación, obligados a pútridas identidades que se posan sobre el pecho de los vivos como la pobreza (Alp) que temiera Benjamin o una pesadilla de la que no poder salir. La identidad en este caso es más bien un epifenómeno, no sólo en términos fanonianos de epidermalización, sino más bien en el sentido de la espuma de las olas del mar. Puede que algún romanticismo en reversa esté en juego ahí: en cuanto principio, morir por una comunidad imaginaria que no se puede materializar no es lo mismo que morir por una nación capaz de asir el pasado y el futuro, un ideal eterno que obstruya a la eticidad (Sigglickheit) su propio devenir. ¿De qué se habla exactamente cuando se habla de romanticismo en reversa? Quizás de una estética de la desilusión, una suspensión de la autenticidad que se manifiesta cuando parece que habitamos alguna forma de pertenencia auténtica. El goce de pulverizar la pertenencia, algo a lo que hemos tenido acceso con demasiada frecuencia en la propaganda sionista, tiene su lado oscuro: la borradura de una topografía de la pertenencia oculta una negada fantasía que alberga el colonizador, una fantasía que los abyectos, los desamparados, atraviesan y habitan con valor. Valor es precisamente lo que surge allí donde se rechaza la negación; el valor perdura de una forma que el goce envidia.

No hay velo de apariencia que horadar ni que representar, apenas la brutalidad de la guerra y del asesinato en masa. Ni hay necesidad de explicar la fuerza de la dominación: lo que constituye un enigma o exige alguna reflexión es la resistencia, la persistencia frente a la aniquilación.

Los apegos melancólicos, el lamento como pertenencia, no son lo mismo que pertenecer a un organon biopolítico de la muerte, un Leviatán de fuerza que a la vez está muerto y es una máquina de matar. La diferencia no es tangencial: Fanon captó algo crucial sobre la lucha anticolonial: se lucha a la vez contra uno mismo y contra el otro. El más de un millón de desplazados que hay hoy en el Líbano se enfrentan precisamente a esa forma de lucha. La lucha contra la opresión del exterminio colonial y la lucha contra el profundo apego al hogar, a lo familiar, a la familia… la poética del espacio empobrece la pertenencia. La topografía del alma está atada a los espacios, los hogares, las casas, los jardines, los olivares, los pastos, pero también, en última instancia, al maletero de un coche, a un paisaje nómada, a una desesperada falta de hogar capaz de convivir con la ruina de la forma de manera que sacude nuestras comodidades pequeñoburguesas.

La pertenencia desplazada retrocede hacia el pasado, se ha de ver negada, sólo para que la vida continúe en las aceras, en las playas y en los paseos marítimos, en las escuelas públicas que ofrecen un refugio de total abandono. Condiciones de abyección que albergan cierto optimismo: sólo de lo negativo podrá surgir otro mundo, no a través del cruel apego a esperanzas perdidas, sino del quedarse en el derrumbe de todos los trascendentales: sin lo sublime, sin ilusión, apenas un quedarse en el medio roto, un permanecer en lo negativo. A pesar del lacerante alarido del maddah, del lamento del narrador, la experiencia de la lucha anticolonial resuena en el silencio, la carga de lo insoportable, lo indecible. Que es a lo que estamos llamados a ser fieles.

Feature image: Child Standing in Syrian Refugee Camp Amidst Tents. Free Stock Photo by Abd Alrhman Al Darra. Courtesy of Pexels.

Translated from the English original by Rolando Prats.

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