«Dispatches from Beirut (II)», de Nadia Bou Ali, apareció originalmente en Communis el 13 de abril de 2026. Lea también en Communis «Noticias desde Beirut (I)».

«La pregunta que ha de hacerse la Resistencia Islámica no es por cuánto tiempo habremos de morir, sino más bien por qué no podemos morir lo suficiente, por qué todas nuestras muertes no pueden igualar el sacrificio mayor de Hussein. El chiismo como cristianismo gnóstico, Cristo replicado en Hussein… lo reprimido no deja de regresar. Perdónanos por haberte abandonado en el momento de mayor menester, seguimos muriendo y todas nuestras muertes no bastan para expiar la culpa. […] El silencio inquietante que envuelve al mundo, la ausencia de condena cuando edificios enteros repletos de civiles son arrasados en un segundo sin previo aviso, una ciudad aterrorizada por cinturones de fuego, amenazada con más de lo mismo. Algo se ha podrido sin remedio, y no sólo en Dinamarca.»
—Nadia Bou Ali

Esta última semana en Beirut no ha traído sino más horror. El miércoles 8 de abril, Israel lanzó un cinturón de fuego de cien ataques simultáneos sobre la ciudad en el lapso de diez minutos. Según el último recuento, al menos 380 personas murieron en el lapso de diez minutos. Durante esos ataques, la ciudad sintió una serie de ondas de choque, de un estruendo y una fisicalidad tangibles: a quienes no perecimos, un escalofrío nos recorrió la espalda, una sensación de pavor ante lo que parecía acercarse. O de que acabábamos de esquivar por los pelos el silbido de una bala. Luego, llegaron las sirenas, las ambulancias; el polvo aún no se había asentado y ya comenzaba la búsqueda de los cuerpos de los desaparecidos entre los escombros. Las imágenes circulan más rápido que el tiempo necesario para sondear las profundidades del alma. En uno de los reportajes, vi una biblioteca esparcida entre los escombros: La fragilidad del Estado libanés, y Las desventuras del joven Werther, de Goethe. Más tarde supe que una poeta había muerto en su casa, y tal vez esa fuera su biblioteca. Los escombros de nuestra existencia bajo el bombardeo aéreo son una escena familiar que evoca las descripciones de Sebald sobre la destrucción de Dresde y de Hamburgo. El bombardeo aéreo aliado puede haber derrotado a los nazis, pero también instruye a los fascistas contemporáneos en técnicas de combate.

Se dice que en su día Mahmoud Darwish vivió en uno de los edificios de apartamentos que han sido arrasados por los aviones de combate israelíes, donde escribió junto a Ma’an Bseiso Carta a un soldado israelí, más conocido hoy en día como Nuestro asedio es largo, y que se publicara en el ya desaparecido periódico As-Safir el 24 de julio de 1982. Vale la pena recordar el poema en su totalidad, pero citaré aquí solo algunos de sus versos:

Beirut dentro de Beirut: en pie.

[…]

Te escribimos

antes de que un proyectil nos prenda fuego o te prenda fuego;

una carta del último asediado al último asediador.

Escribimos desde una esquirla que has enviado para que te lleve

de la oscuridad del gueto a nuestros cuerpos.

Te escribimos para preguntarte:

¿Hasta cuándo la isla estará en guerra con el mar?

¿Hasta cuándo nos arrancarás manzanas de las costillas

y jazmín de los ojos?

¿Hasta cuándo habrás de hinchar la tumba

y de habitar en ella?

[…]

¿Hasta cuándo te esperaremos,

y esperaremos el momento de nuestra explosión

en el momento de tu explosión?

¿Hasta cuándo esta agua será muerte entre nosotros

y hasta cuándo el pan será muerte entre nosotros?

¿Hasta cuándo moriremos?

¿Hasta cuándo moriremos

como si fuéramos dos rostros

de un mismo cadáver, y entre nosotros el diluvio?

[…]

Darwish y Bseiso interrogan la máquina de la muerte, se preguntan: ¿cómo hace la máquina de la muerte que el soldado israelí esté más seguro? ¿Acaso todo este saqueo, todos estos asesinatos y toda esta matanza aumenta la seguridad? Seguridad, inmunidad, impunidad… un trastorno autoinmune, un trastorno de auto-impune. El descombobulador como la nueva arma secreta del imperialismo, o eso nos dicen.

El asedio de Beirut en 1982 está más presente que nunca en la memoria del presente, para quienes puedan recordarlo. No son muchos quienes lo recuerdan; el Líbano bien podría ser el emblema mismo de una conciencia sin ayer, similar al presente perpetuo de un pez.

El poema sigue planteando preguntas difíciles: ¿Se puede leer y escribir en un tanque? ¿Se puede hacer el amor en un tanque? ¿Es posible pensar en los tanques, en los aviones de combate, en estas máquinas protésicas de matar? ¿Es la guerra una forma de pensar? El asedio de Beirut en 1982 está más presente que nunca en la memoria del presente, para quienes puedan recordarlo. No son muchos quienes lo recuerdan; el Líbano bien podría ser el emblema mismo de una conciencia sin ayer, similar al presente perpetuo de un pez. Hoy no somos más que un pez en el mar de Darwish, en el mar que simboliza el potencial infinito de la libertad, de navegar por las olas de la atrocidad y seguir adelante. El Líbano es sintomático de la enfermedad contemporánea de la falta de conciencia histórica, a pesar de su vida artística y cultural y su excesiva fetichización de la guerra y la memoria, al convertir la memoria en un objeto mercantilizado que circula en un bucle de instalaciones, objetos y nuevas experiencias de exaltación de la ignorancia. La verdad está allá afuera… y la memoria se esfuerza mucho por reprimirla. El Líbano se enfrenta hoy de nuevo a un ajuste de cuentas existencial… los aviones de combate, heraldos de la muerte y de los estampidos sónicos, de la destrucción y del saqueo… están provocando una erupción de la lógica de la guerra civil. Es irónico cómo la fatalidad inminente no provoca ninguna rebelión contra ella, el estamento político se retrae a su estado de guerra, el contrato se atrofia, se desintegra, igual que los edificios residenciales pulverizados; en un instante, la construcción se erosiona en espacios que buscan seguridad, cantones temerosos del vecino. «Ama a tu prójimo como a ti mismo» da para mucho acá: su lectura por Freud mantiene toda su fuerza. Amar a tu prójimo como a ti mismo significa renegar de cuánto odias a tu prójimo como a ti mismo. Es demasiado idealista reclamar a ese propósito una ética radical, pero en ningún caso se trata de descartar todo idealismo: el prójimo tiene un inconsciente igual que yo, amarlo es amarlo como sujeto del inconsciente… Bahumbug.

El sonido estridente de las explosiones, las ráfagas dobles, las ráfagas triples, las oleadas, los estruendos, el zumbido constante de los drones MK como gigantescos insectos ballardianos con su chirrido agudo y punzante que jamás se desvanece, ojos vigilantes, ojos de armadura pulida, fríos e inexpresivos, pero necesitados. Vivimos bajo la vigilante mirada de los guardias ociosos y quejumbrosos que hacen de los tristemente célebres cielos azules del Líbano una amenaza. La pregunta de Darwish, por supuesto, acecha nuestro presente: ¿por cuánto tiempo más habremos de morir? Sin embargo, nuestra muerte ahora parece menos grave que el retorno a la guerra civil. El vecino amenazante contagia al Líbano con su enfermedad, su enfermedad sectaria… ¿cómo es posible que los ojos de múltiples lentes de los insectos-drones, nuestros demonios vigilantes en el cielo, reflejen ahora los mil puntos fracturados de la identidad? En las calles, los coches circulan con los sonidos del radud, recordándonos a todos que aquí abajo, donde se supone que viven las alimañas tan codiciadas por los insectos voladores, hay una causa por la que morir. La pregunta que ha de hacerse la Resistencia Islámica no es por cuánto tiempo habremos de morir, sino más bien por qué no podemos morir lo suficiente, por qué todas nuestras muertes no pueden igualar el sacrificio mayor de Hussein. El chiismo como cristianismo gnóstico, Cristo replicado en Hussein… lo reprimido no deja de regresar. Perdónanos por haberte abandonado en el momento de mayor menester. Seguimos muriendo y todas nuestras muertes no bastan para expiar la culpa. La muerte culpable no deja de tener sus propios problemas, pero de vergüenza no se está muriendo nadie. El silencio inquietante que envuelve al mundo, la ausencia de condena cuando edificios enteros repletos de civiles son arrasados en un segundo sin previo aviso, una ciudad aterrorizada por cinturones de fuego, amenazada con más de lo mismo. Algo se ha podrido sin remedio, y no sólo en Dinamarca.

La lucha de clases no se esconde tras el sectarismo; lo que el sectarismo produce y reproduce es un Estado burgués sectario, una estructura colonial que reproduce condiciones de injusticia y opresión.

Nuestro momento exige, por supuesto, un análisis político objetivo: el Estado sectario libanés es un aparato ideológico que se reproduce a través de antagonismos identitarios, pero, como cualquier aparato ideológico, tiene un punto de ruptura sintomático. La relación política adopta una forma sectaria, sí, claro, pero la contradicción política es también el único ámbito en el que librar la lucha de clases. La política es todo lo que tenemos. Se ha escrito mucho sobre esa relación entre secta y clase: la secta no oculta la clase; la ideología no actúa como un velo de ocultación. La lucha de clases no se esconde tras el sectarismo; lo que el sectarismo produce y reproduce es un Estado burgués sectario, una estructura colonial que reproduce condiciones de injusticia y opresión. La relación política sectaria hace que parezca como si no hubiera ninguna lucha de clases que librar o como si ya estuviera en marcha. La afirmación de que el Líbano se ve arrastrado para siempre a la guerra de otros, ya sean los palestinos o los iraníes, parece pasar por alto que la guerra de otros es en este caso también la guerra del imperialismo global, de Israel. La divisa de la «guerra de otros» niega la guerra que libra el imperialismo; esta guerra adopta una forma sectaria en el Líbano, una y otra vez. La desaparición de la izquierda libanesa ha hecho posible olvidar que la resistencia contra el imperialismo y sus fuerzas no puede darse únicamente a través de la política sectaria. La sectarización de la resistencia, su secuestro bajo la ideología islámica, ha llevado lamentablemente a una separación entre la lucha real que tiene ante sí el pueblo del Líbano: las condiciones de miseria en las que vive la población parecen estar separadas de la lucha contra el sionismo.

Se han perdido los vínculos entre por qué la vida es tan tortuosa en el país y la disposición a seguir muriendo y a no morir lo suficiente. A quienes luchan hoy, los héroes en la batalla contra la ocupación, el estamento político los hace sentir abandonados, igual que a Hussein. Este abandono generará rabia, una necesidad de venganza. Jamás atormentes ni hurgues en la culpa, jamás imagines que el proyecto de la culpa hasta la muerte se convertiría, de otro modo, en una praxis. Pero no la atormentes. Tenemos una receta para el desastre desplegándose ante nuestros ojos y los drones engendrarán avatares sobre el terreno… David y Goliat se convierten en Caín y Abel. Sin embargo, la disyuntiva no podrá estar entre la seguridad y la dignidad. Seguridad que signifique paz con un vecino que nunca la quiso. Dignidad que signifique vivir una vida digna en el sentido mínimo de tener agua, aire, refugio y comida.

Decisiones imposibles requieren el surgimiento de una forma de política que pueda restituir el abismo que se abre en el Líbano sin repetir como un disco rayado que es necesario volver al Acuerdo de Taif, que se ha convertido en la escena primigenia del Estado sectario, la desafortunada historia de su nacimiento y constante renacimiento. Si el sur del Líbano cae y la ocupación sale victoriosa, el país de todos modos estará perdido, porque la ocupación se replicará dentro de la nación; si la batalla continúa y la resistencia queda acorralada internamente, golpeada desde dentro y por sus vecinos, volveremos al punto de partida: la guerra es siempre la guerra del otro, el otro dentro de mí. Ningún deseo de paz y justicia debería renegar de esa misma verdad.

Featured image: Ayman Baalbaki (Odeissé, Lebanon, 1975). Ici et ailleurs | 2009 | acrylic on canvas | 180 x 250 cm. Courtesy of OneArt.

Translated from the English original by Rolando Prats.

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