«The Days Before», de Samera Esmeir, apareció originalmente en In the Midst, el blog de Critical Times: Interventions in Global Critical Theory, el 21 de agosto de 2025. Se tradujo al español y se publica en Communis con la autorización de la autora y de Critical Times.

«En un mundo en el que los palestinos no son ni desechables ni redimibles, pero en el que su existencia en suspenso y su resistencia están en entredicho, ¿quién detendrá al Estado que encarna la redención de Occidente en la segunda mitad del siglo XX? Si algo nos han enseñado los últimos veintidós meses es que un mundo así no puede desear sino que desaparezcan los palestinos. Sólo entonces las almas dejarán de atormentarse por la resistencia o el sufrimiento palestinos. Pero si semejante conclusión fuera remotamente cierta, entonces es a ese mismo mundo al que hay que ponerle fin.»
— Samera Esmeir

No hay nada que decir. El cerco a la ciudad se tiende por el sur y por el norte en preparación para el ataque. «Gideon’s Chariots II» es la señal que nos avisa de que la destrucción y la demolición proseguirán su curso. Lo único que cabe esperar para Gaza, y lo que queda de sus barrios, es una copia exacta de lo que ha ocurrido en Jabaliya, Zeitún, Tuffah, Shujaiya y Rafah: una enorme devastación, que convertirá en ruinas para roedores lo que fueran vibrantes barrios. En medio de esa devastación, un millón de personas se ven consumidas por pensamientos, ansiedades y miedo al futuro; suspendidas entre la tierra y el cielo. Se dan cuenta de que si se quedan no los espera otra cosa que la muerte, mientras que una existencia de desplazados no es otra cosa que vivir con la muerte. Todos aguardamos a que la mano del destino o algún milagro haga que todo esto se acabe. Y lo digo no por pesimismo, sino porque es la realidad que ninguno de nosotros tiene derecho a embellecer para poner a resguardo sus sentimientos.

— Youssef Fares, 20 de agosto de 2025, Gaza. (Traducción del inglés, al que a su vez se tradujo del árabe.)

Las negociaciones para un alto el fuego se han convertido en una tecnología complementaria para arrasar con Gaza. Constatación que ya el año pasado tenía visos de credibilidad. Hoy constituye una certeza. Es poco probable que, por sí solas, esas negociaciones conduzcan de mutuo acuerdo a un alto el fuego que no resulte efímero, sobre todo si se tiene en cuenta que el genocidio exterminador no ha hecho más que avanzar. Por un lado, el poder exterminador no enfrenta ya sino una resistencia militar menguada, mientras se ve reforzado por partidarios tanto voluntarios como renuentes; por otro lado, ese poder no puede lograr el objetivo de hacer que se vacíe el territorio al que aspira. Sólo la rendición total de los palestinos, preferiblemente mediante su autodestrucción, satisfará a esa fuerza exterminadora. Pero ninguna negociación puede tener como objetivo hacer que una de las partes desaparezca. Negociar es deliberar con el otro, comprometerse a detener la violencia, dar un paso atrás y establecer un alto el fuego. Negociar es también avanzar por un terreno distinto del militarismo del poder exterminador, por un terreno de buena fe. Por mucho esfuerzo de imaginación que se haga, y por muy desiguales que sean, las negociaciones no pueden perseguir la desaparición de un pueblo sometido ni celebrarse mientras una de las partes busca que la otra desaparezca. Esas no son negociaciones, ni siquiera en presencia de ufanos mediadores que interceden para atemperar a los palestinos, es decir, para forzarlos a que cedan. Ni siquiera esos magos regionales pueden forzar semejante resultado. Sin que por ello renuncien a la esperanza de lograrlo. Por tanto, se necesitan otras fuerzas para lograr un alto el fuego —para abrir un resquicio— y un alto en este capítulo de exterminio genocida. Por sí sola, ninguna negociación bastará para lograrlo.

Que las negociaciones prosigan y que los palestinos de Gaza mantengan la esperanza de un alto el fuego no es señal de ingenuidad, sino de almas que se aferran a la posibilidad de un milagro: un acontecimiento que supere los límites de este orden internacional, uno de cuyos momentos fundacionales fue la creación de Israel. Pero la razón sabe más: que Israel se detendrá cuando decida hacerlo o cuando se vea forzado a hacerlo. A falta de la decisión de detenerse, ¿quién lo obligará? En un mundo en el que la realidad se limita a Occidente en cuanto proyecto moral y político, y que ni siquiera se atreve a imaginar la gradual materialización de Palestina, y mucho menos su liberación, por muy digna que sea la actuación de una Autoridad Palestina obligada por Oslo, ¿de dónde vendría la decisión de detenerse? En un mundo en el que los palestinos no son ni desechables ni redimibles, pero en el que su existencia en suspenso y su resistencia están en entredicho, ¿quién detendrá al Estado que encarna la redención de Occidente en la segunda mitad del siglo XX? Si algo nos han enseñado los últimos veintidós meses es que un mundo así no puede desear sino que desaparezcan los palestinos. Sólo entonces las almas dejarán de atormentarse por la resistencia o el sufrimiento de los palestinos. Pero si semejante conclusión fuera remotamente cierta, entonces es a ese mismo mundo al que hay que ponerle fin, en cuyas realidades habrá que abrir un resquicio o hacer que otras posibilidades aumenten. La visión que se tiene desde ese mundo —«un mundo que no es para nosotros», para citar a Ghassan Kanafani— no se debe totalizar.

La resistencia de Gaza en la faz de este mundo se debe principalmente a las posibilidades que inaugura la lucha de su pueblo. Abandonada por amigos (sólo los amigos nos pueden abandonar, no los enemigos ni los espectadores) que no están dispuestos a correr el riesgo de acercarse demasiado a su destructibilidad, Gaza ha venido acumulando instrucciones de sus cientos de días ante el mundo. Esos días nos instruyen en una inexplicable capacidad no sólo para sobrevivir, sino también para replicar imágenes de vida entre los escombros, reiterar una precaria anterioridad, encontrar aliento antes de la muerte, cantar vacilantemente al ruido de los drones, recuperar con arrojo los cadáveres y darles sepultura, adelantarse al desmayo mientras se opera a alguien, pasar hambre para alimentar a otros, arriesgar la vida para llevar comida, abrir una escuela en una tienda de campaña… y escribir, no para que se reconozca la humanidad propia, sino para poner entre paréntesis la totalidad de la destrucción (para hacer lo que las negociaciones no pudieron y lo que el derecho internacional es incapaz de obligar a hacer a los «amigos»). Pero, ahora, Gaza también está extenuada. Los días que faltan están extenuados.

Los días que faltan de Gaza no se asemejan en nada al día después de la comunidad internacional, ni siquiera al futuro de la liberación (cuando llegue ese futuro, Gaza ya lo habrá acogido; la idea de ese futuro estará, por tanto, teñida de tristeza y de dolor). Pero la distinción entre los días que faltan y el día después no debe hacerse en función de la distinción entre humanitarismo y sufrimiento, por un lado, y política y reconstrucción, por otro. Lo que podríamos ver, si no fuera por el alma rota del observador que retrocede horrorizado, son días de arduo afán y uso de los cuerpos, la tierra y los escombros. Si el adjetivo «político» sirviera aún de algo, debería servir para marcar los días que faltan, no los que vendrán después, aunque sólo sea porque los efectos del genocidio exterminador habrían sido mucho peores de no haber sido por el ingenio de los palestinos de Gaza. Y si el pueblo (genos) que está en el centro mismo del concepto de genocidio es una categoría política por excelencia, entonces los habitantes de Gaza son los actores políticos protagónicos de este momento histórico. Tampoco es que les importe que se los tenga por tales.

Y, sin embargo, los días que faltan son precisamente los días que más importan, los que nosotros, el resto de los habitantes de esta tierra que estamos con Gaza, ya no somos capaces de sostener, acrecentar o tocar con nuestras manos. Nuestra protesta política colectiva ha menguado en no pocas partes del mundo. No porque no nos importe, sino porque fracasamos. También nos ha proscrito un poder exterminador, cuyos dictados han atravesado los océanos. Puede que nuestra protesta sea todavía capaz de influir en el futuro, pero no en los días que faltan. Es lo que solemos llamar política. Por el camino, nos damos cuenta de que el mundo que nos es común y que compartimos en su limitada realidad nos condena al exterminio. Si realmente pertenecemos a este mundo, entonces también nosotros somos cómplices. Y como es difícil ver más allá —y antes— de este mundo, nos retiramos horrorizados y condenamos el genocidio para marcar distancia. Sólo unos pocos todavía sabemos cómo actuar en los días que faltan. Pero quizás estemos todavía a tiempo de liberar a Gaza de sus horrores, tanto en la realidad como en nuestros pensamientos, y de extraer lecciones de la lucha de la vida destructible. Difícil de soportar que sea Gaza la que nos dé lecciones, precisamente cuando Gaza sufre las pruebas más insoportables. ¿Podremos asimilar sus lecciones? ¿O aprenderemos sólo a repetir, una vez más, nunca más?

Featured image: “The Gaza We Leave Behind.” Photograph by Larry Towell / Magnum. Courtesy of The New Yorker.

Translated from the original in English by Rolando Prats.

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