NLR

Lenin en Estados Unidos

¿Qué relación mantener con la tradición leninista? ¿Cómo extraer de ella su verdad? El éxito de Lenin tuvo como base la perfecta adaptación de su estrategia política al terreno histórico de la Rusia zarista tardía, con su estructura agraria aún cuasi feudal, su Estado absolutista y su burguesía indolente. Pero los bolcheviques cometieron el error de extraer de esa experiencia la conclusión de que habían descubierto una fórmula general para la transformación revolucionaria: un partido de cuadros revolucionarios a tiempo completo cuyo objetivo fuera hacerse con el poder del Estado. Semejante generalización constituyó, por supuesto, una distorsión, pues Lenin era un pensador político suficientemente refinado para no comprender la importancia de vincular el proyecto socialista con el movimiento democrático contra la autocracia zarista. Pero tras la revolución se afianzó un cierto esquematismo, especialmente con el establecimiento de la Internacional Comunista y la exigencia de que todos los partidos afiliados se adhirieran a los 21 puntos. Ello impuso un nocivo proceso de escisión que debilitó gravemente al movimiento socialista internacional. (No era esa la única razón de su debilidad: la invasión del naciente Estado socialista por las fuerzas armadas del imperialismo lo obligó a ponerse a la defensiva; la socialdemocracia antibolchevique también había desempeñado su propio papel negativo.).

A la hora de abordar la cuestión de qué tipo de relación debemos mantener con el leninismo debemos considerar la relación que con Lenin mantenía Gramsci. Leninista resuelto, es bien conocido que Gramsci celebró la victoria bolchevique como una revolución no sólo contra el capital, sino también contra El capital. En sus Cuadernos de la cárcel, Gramsci superó la involución tecnocrática del leninismo, en el sentido de que se dio cuenta de su verdad más profunda al tiempo que desechaba su caparazón histórico contingente. Lo hizo en un código construido en forma de una serie de alusiones a Maquiavelo y Bodin. Bodin —señala Gramsci— se había opuesto a Maquiavelo sólo de manera superficial; en realidad, al igual que el florentino, Bodin había sido fundador de la scienza politica, pero lo había sido en Francia, donde lo que estaba en juego no era la fundación del Estado, sino más bien las condiciones del consentimiento con un orden político existente. Tanto Maquiavelo como Bodin habían sido maquiavelianos en el sentido de que cada uno intentó llevar a cabo una estrategia política diseñada para el terreno histórico en el que luchaba. Llevar a cabo una política abiertamente «maquiaveliana» en la Francia del siglo XVI habría sido un anacronismo histórico. O, para decirlo en los términos de otra de las alusiones preferidas de Gramsci, un maquiavelismo explícito en la Francia del siglo XVI habría conducido a un desastre «cadornista»: un despilfarro de tropas lanzadas a un asalto directo contra las trincheras. Durante sus años de cárcel, Gramsci reflexionó sobre el problema fundamental de todo su pensamiento: ¿cuál era la estrategia revolucionaria adecuada para Occidente? Para Gramsci, seguir en Occidente el ejemplo de Lenin consistía precisamente en romper con el leninismo en el sentido fetichizado; partido de masas, no partido de cuadros, y sobre todo una relación productiva y creativa con la cultura política revolucionaria nacional-democrática específica en cuyo marco se opere.

La derecha estadounidense no ha aprendido esa lección. La moda actual entre gente como Bannon, Rufo, etc. de desplegar las herramientas del leninismo en pos de sus fantasías reaccionarias se basa en una comprensión burda y superficial de las ideas de Lenin. Son como el Malaparte de la Tecnica del colpo di Stato; ven en el leninismo una tecnología política intemporal y, por tanto, no son capaces de comprender que una estrategia propiamente leninista en una democracia capitalista desarrollada debe romper con el propio leninismo. No se dan cuenta de que el Lenin estadounidense llegará disfrazado de Jefferson. El Lenin estadounidense desplegará las ideas de autodeterminación, libertad e independencia. Atacará al Estado hamiltoniano subordinado a las finanzas y, cada vez más, al entorno de Trump. Elogiará la dignidad del trabajo independiente, asimilando de algún modo una ideología de simple producción de mercancías a un proyecto socialista. Ese Lenin, sobre todo, será quien «desenmascare» la «corrupción», la cual, sin embargo, deberá transformarse en un concepto social y no en un eslogan periodístico. ¿Podrá la izquierda darse cuenta de ello? De esa cuestión depende mucho más que de prácticamente cualquier otra en este momento de la historia.

Sigue leyendo: Ilya Budraitskis, “La risa de Lenin”, NLR 140/141.

 

Featured image: Fremont’s Vladimir Ilyich Lenin looks over N 36th Street in 2015. Courtesy of the Seattle Municipal Archives & Curbed Seattle.

Translated from the original in English by Rolando Prats. Sidecar on Communis is possible thanks to a collaborative partnership between Communis and New Left Review.