Condiciones políticas de un nuevo orden mundial
Maurizio Lazzarato
Oct 30, 2024

«Le condizioni politiche di un nuovo ordine mondiale», de Mauricio Lazzarato, apareció originalmente en italiano en Machina, el 29 de octubre de 2024. Se tradujo al español y se publica en Communis con la autorización de Machina y del autor.

«El capitalismo nació de grandes violencias, masacres, genocidios, despojos, guerras, sometimientos. La maquinaria Estado-capital se renueva, se reproduce y se impone a través de una barbarie que no hace sino crecer con el paso de los siglos, en relación proporcional son desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo y de la técnica que, si no se orientan hacia la emancipación mediante revoluciones, convergen en la destrucción no sólo del capital variable o fijo, como reza el marxismo de la crisis, sino de la especie humana y de su mundo.»
— Mauricio Lazzarato

Con los artículos de Maurizio Lazzarato «¿Por qué la guerra?» y de Andrea Pannone «La Bolsa, “el comité de negocios de la burguesía” y la guerra» Machina puso en marcha un debate para reflexionar sobre la guerra y la crisis al día de hoy.

Nuestra actual impotencia política es consecuencia directa de que se hayan excluido de la teoría crítica las guerras y las guerras civiles, resultado a su vez de otra exclusión: la de las luchas de clases, es decir, de la cuestión de la revolución. Plantear el problema de la guerra significa, hoy en día, plantear el problema del mercado mundial.

Ahora que la guerra, la guerra civil, el genocidio y el fascismo vuelven estrepitosamente a nuestras crónicas (y con ellos, paradójicamente, la «posibilidad imposible» de la revolución) nos encontramos impotentes porque, si bien es cierto que esos procesos son obviamente consecuencia de la producción capitalista, resulta incomptensible explicarlos con las únicas categorías de la crítica de la economía política. ¿Qué relación tienen las guerras con el capitalismo y su producción? ¿Son accidentes de su desarrollo o elementos estructurales? E incluso: ¿qué relación existe entre el Estado —que tiene el poder de declarar y gestionar la guerra— y el capital? ¿Sigue siendo válido un concepto de producción que margine al Estado y su soberanía? ¿Puede seguir considerándose al Estado como un elemento puramente funcional subordinado a las necesidades de la acumulación de capital?

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Maestro: Reflexiona, niño, de dónde vienen esos regalos. Nada pues tener por ti solo.

Niño: Lo heredé todo mi padre.

Maestro: ¿Y de dónde lo saca él?

Niño: Del abuelo.

Maestro : Pero no. ¿Y de quién los consiguió el abuelo?

Niño: Los consiguió él.

Capital, Capítulo XXIV

En el artículo anterior vimos cómo la afirmación de la soberanía estadounidense iba de la mano de ese proceso que definimos expeditavamente como la subordinación del Estado a las finanzas. En realidad, el poder soberano, que encuentra su máxima expresión en la guerra, no se da sin el poder de las finanzas. Además, el monopolio económico de estas últimas no puede existir sin el monopolio político-militar de la fuerza que favorece e impone la dolarización, condición indispensable para la existencia tanto del Estado como de las finanzas estadounidenses. La economía y el poder político se presuponen mutuamente, pero en fases como la que actualmente atravesamos, lo político tiene prioridad, aunque en la decisión soberana de la guerra la cuestión de la hegemonía económica sea decisiva. En nuestras sociedades, la acción económica y la acción político-militar están estrechamente vinculadas en la medida en que constituyen una sola máquina Estado-Capital, en la que el primero no tiene una función meramente instrumental y subordinada al segundo. Estado y Capital persiguen fines distintos pero convergentes; el aumento de poder del primero y el aumento de la ganancia del segundo se alimentan mutuamente. No es cierto que haya desaparecido la política, ni que se haya retirado el Estado; el Estado y la política son parte integrante de la maquinaria en la que funcionan conjuntamente la acumulación de ganancias y la acumulación de poder.

La teoría crítica, desde los años sesenta hasta nuestros días, ha situado los conceptos y las realidades del poder y del Estado en el centro de su investigación. Los objetivos perseguidos han sido la crítica del concepto de soberanía y la voluntad de superar la interpretación marxista según la cual el poder se identifica con la producción a la vez que el Estado se reduce a una mera función de los procesos de acumulación de valor. A finales de los años setenta, el concepto de gubernamentalidad de Foucault (conjunto de técnicas disciplinarias, biopolíticas y de control) parece haber logrado su propósito: no sólo agota y margina al poder soberano, sino que intenta contener las relaciones que explican el funcionamiento de los mecanismos de poder en las sociedades contemporáneas, que son irreductibles a la acción tanto de la producción como del Estado. Años más tarde, Agamben corrige esa pacificación teórica y política que elimina la soberanía, conjugando para ello gubernamentalidad y poder soberano, biopoder y Estado, pero haciendo de esas categorías realidades transhistóricas, invariantes que atraviesan los siglos siempre iguales a sí mismas. Uno y otro excluyen el capitalismo, su dinámica, sus contradicciones, a menos que se asuma la «teología económica» de los padres de la iglesia católica como una alternativa eficaz a la crítica de la economía política (lo cual es francamente bastante ridículo) o se identifique el funcionamiento del capitalismo con los primeros capítulos de El capital de Marx, que Foucault utiliza brevemente para explicar la acción disciplinaria.

En resumen, mi tesis es simple: el Estado y su soberanía, su monopolio de la fuerza plenamente manifestado en la guerra, pero también su poder administrativo, deben integrarse con los conceptos marxianos de capital y producción. Intentemos explicar mejor esa relación, que se le escapa tanto a Foucault como a Agamben y que, por el contrario, subyace en la actual coyuntura.

Podemos aproximarnos al problema planteando la siguiente pregunta: ¿cómo definimos la situación que se creó con la crisis financiera de 2007-2008? Su condición negativa es el fin del neoliberalismo y la desaparición de su gubernamentalidad, lo que implica la subordinación de las técnicas disciplinarias y biopolíticas a las necesidades del régimen de guerra que tiene el poder de utilizarlas, suspenderlas o simplemente cancelarlas.

Que la economía puede regularse a través del mercado y de la competencia —aunque jurídicamente definida y activada por un Estado que interviene con la misma intensidad y frecuencia que el Estado keynesiano—, como pretenden los ordoliberales alemanes, ha sido la ideología de los últimos cuarenta años. Gran parte del pensamiento crítico ha dado crédito a esa ideología, reconociendo para ello la teoría de que  mercado y competencia corresponden a algo real.

Fernand Braudel —que no era un pensador marxista— nos enseñó que el capitalismo «siempre ha sido monopolista», que la competencia sirve para eliminar a los adversarios y que en el capitalismo no existe el mercado: lo hay es un «contramercado» controlado por unos pocos sujetos que, precisamente por la competencia, siempre conduce al monopolio.

Según escribió Braudel, los capitalistas «tienen mil maneras de distorsionar el juego a su favor, a través del crédito», la moneda, el poder político, etc.; «¿quién dudaría de que disponen de monopolios o simplemente del poder necesario para eliminar, nueve de cada diez veces, a la competencia?». Sin duda los ordoliberales, los neoliberales, Foucault, Dardot y Leval, todos los estudiosos o admiradores del filósofo francés, los medios de comunicación, los políticos, etc.

¿Cómo explicar que el fin de la gobernanza neoliberal a través del mercado nos haya dado la mayor concentración monopolística en toda la historia del capitalismo y de la humanidad? (Ver artículo anterior). Por el simple hecho de que la centralización económica (como la centralización política) nunca se ha detenido. Al contrario, en el neoliberalismo ha experimentado una aceleración meteórica, velada por la ideología del mercado y la competencia. Mercado y capitalismo no son lo mismo —nos dice Braudel— y confundirlos ha creado y sigue creando una enorme confusión. Se comete un error similar al identificar capitalismo y neoliberalismo.

La condición objetiva para comprender la situación contemporánea es, en cambio, la superposición de acontecimientos: crisis financiera, populismo, nuevos fascismos, guerras civiles, guerra, genocidio. Giovanni Arrighi la definiría como «fase de transición hegemónica» o «caos sistémico». Para intentar ser menos generales, podríamos aventurarnos a decir que la fase política inaugurada por la crisis financiera de 2007-2008, que decretó el fin de los «ciclos hegemónicos» (à la Braudel, Wallerstein, Arrighi), tiene las características de la« acumulación originaria» de que hablaba Karl Marx y del «estado de excepción» de que hablaba Carl Schmitt. Así que tenemos a un «Karl und Carl» diferente del de Mario Tronti, un poco más operativo.

Dos observaciones al respecto: para hacernos una idea del capital y de su relación con la soberanía, que adquiere un papel decisivo precisamente en este periodo, empezaremos no por el principio, sino por el final del primer libro de El capital, es decir, por la acumulación originaria. Marx la describió como la época de la formación de las clases y del Estado (absoluto) en el interior y a través del ejercicio de la gran violencia de las guerras civiles, las guerras de conquista y los genocidios. El revolucionario alemán pensaba, erróneamente, que una vez establecida la producción capitalista, ésta reproduciría siempre sus propias condiciones. Lo cual es cierto de forma limitada (reproduce sus condiciones de existencia dentro de un modo de acumulación concreto hasta que éste entra en crisis) o falso, porque la transición de un modo de acumulación a otro —por ejemplo del fordismo al neoliberalismo— no surgió espontánea e inmanentemente de la producción y el consumo fordistas y del Estado keynesiano. La maquinaria Estado-Capital tuvo que pasar por la organización de una ruptura, una discontinuidad representada por la década transcurrida entre 1969 y 1979 que implicó la intervención del poder soberano y de la fuerza armada cuando fue necesario. Es lo político no sólo estatal, es decir, la guerra, los golpes de Estado, las revoluciones, la lucha de clases y sus resultados, lo que decide la nueva configuración de las relaciones de capital, las relaciones de poder y la forma de Estado. La primera división del trabajo es siempre política y no económica, porque debe producir dominantes y dominados, porque debe dividir entre propietarios y no propietarios[1]. La propiedad privada es un presupuesto del capital, pero la crea y la garantiza el Estado. La organización de la producción y la división del trabajo propiamente dichas —tal como nos las encontramos en El capital,— vienen después a normalizar las relaciones de fuerza definidas por el enfrentamiento político entre clases.

La segunda observación se refiere al concepto de estado de excepción, en virtud del cual las normas jurídicas, productivas y democráticas pueden suspenderse para que el Estado, el uso de la fuerza y la guerra reinen y decidan. Sin embargo, el estado de excepción debe distinguirse —contra de lo que piensa Agamben— de la situación emergencia. La «Patriot Act» de Bush o las medidas impuestas por el Estado durante la Covid son casos de emergencia. Reservamos el concepto de estado de excepción para las épocas de ruptura radical que marcan la transición de un orden económico-político mundial a otro: la Revolución Francesa, que marcó el final del ancien régime (feudal); las dos guerras mundiales que fueron una larga guerra civil y, dentro de ellas, la Revolución Soviética (o China) que, en conjunto, definieron un nuevo orden mundial: la Guerra Fría; la década de los setenta que determinó la transición del fordismo al neoliberalismo mal definido; o, de nuevo, la situación actual que anunció el final de este último y dejó entrever lo «nuevo» que surgiría del propio enfrentamiento en curso.

Quizás sea más apropiado utilizar otro concepto de Schmitt como concepto complementario de la acumulación originaria: el «Nomos de la tierra», acontecimiento histórico en el que la conquista, la guerra, la apropiación —como en la acumulación originaria marxiana— generan y establecen un nuevo orden y un nuevo poder; su realización no necesita normas, éstas se establecerán más tarde. El nomos es un acontecimiento, un lugar y un momento de discontinuidad en que la forma del Estado, de las clases sociales, de las relaciones de poder se decide mediante el ejercicio de la fuerza. Sin la acumulación originaria, es decir, sin El capital, el «Nomos de la tierra» sólo sería algo histórico-político; en cambio, sobre todo desde finales del siglo XIX, pero ya desde la Revolución Francesa, se ha vuelto inextricablemente económico-político, algo de lo que Schmitt es perfectamente consciente: de hecho, ve en la lucha de clases, ahora irreductible desde la ruptura entre 1830 y 1848, la razón principal del fin del Estado tal como lo deseaba, autónomo e independiente de la «sociedad».

El derecho no se origina en la zona de indiferencia entre «dentro y fuera» provocada por la suspensión del sistema jurídico (Agamben), sino a partir de conflictos entre fuerzas con vencedores y vencidos. Así pues, en ningún caso puede llamarse al campo de concentración el «Nomos de lo moderno», su «matriz oculta», ya, al igual que la emergencia, es «sólo» uno de los elementos de las estrategias que destruyen un orden y dan origen a otro. Lo que se convierte en la norma, la gestión cotidiana del poder, es la emergencia y no el Nomos de la tierra, que sigue siendo una excepción. La pandemia no define un nuevo orden mundial, sino la guerra que estalló inmediatamente después. Agamben se agitó mucho durante la pandemia y prácticamente desapareció con la guerra, precisamente porque redujo el Nomos de la tierra al problema del derecho, frente al hecho de la violencia armada, del choque de clases. Lo que nos interesa comprender, en el «vacío jurídico» del estado de excepción, es qué fuerzas luchan entre sí por una nueva hegemonía económico-política o incluso, si es posible, por la revolución imposible.

En la base tanto de la acumulación originaria como del Estado de excepción/Nomos de la tierra, encontramos una conquista, una toma de posesión que es tanto de poder para el Estado como de ganancia para el capital. Es mediante la apropiación, mediante la posesión, como se comunican Estado y Capital. A ese respecto, tanto Karl como Carl nos dicen que, antes de producir, hay que tomar, apropiarse, expropiar (tierra, seres humanos, recursos, medios de producción, riqueza, etc.) y dividir lo que se ha tomado entre propietarios y no propietarios. La producción no crea clases, ni la institución de la propiedad, ni es capaz de organizar la expropiación de los propios medios de producción y de los recursos necesarios para que tenga lugar. Al contrario, presupone la toma, la expropiación y la división entre propietarios y no propietarios, entre dominantes y dominados. Para ejercer la gran violencia necesaria para tomar y dividir, lo que se dirime es el uso de la fuerza, la guerra y la guerra civil. Pero incluso antes de producir el derecho, es necesario tomar y dividir. Mientras que para Marx la violencia es «en sí misma un poder económico», en Schmitt se afirma ambiguamente que se convierte en un poder jurídico —digo ambiguamente porque el verdadero estado de excepción no puede ser un momento regido por el derecho, un momento en el que éste, para salvarse a sí mismo y al Estado, admite la violencia, anexándola al orden; la definición en curso de un nuevo Nomos de la tierra sigue pasando por la fuerza que se convierte a la vez en un nuevo poder económico y jurídico.

En la acumulación originaria descrita por Marx encontramos, como en sus escritos histórico-políticos, numerosos paralelismos, mutatis mutandis, con nuestra propia situación: multiplicidad de sujetos (secuestradores y negreros, aventureros, piratas, rentistas, financieros, capitalistas, campesinos, militares, comerciantes etc.); multiplicidad de modos de producción y explotación (esclavitud, trabajo servil, trabajo asalariado, explotación financiera y crediticia, etc.); multiplicidad de formas de violencia (genocidio de los pueblos indígenas, expropiación de tierras comunales en Europa y de tierras «libres» en el nuevo mundo, guerra de conquista, sometimiento, guerra civil, guerras entre imperialismos, etc.). En esta fase de despliegue de la violencia, el papel central lo desempeña el Estado —«la burguesía en ascenso no puede prescindir de su intervención constante» por la que «todos los métodos de acumulación originaria explotan, sin excepción, el poder del Estado»— no sólo desde el punto de vista militar como detentador del monopolio de la fuerza —«brutal», según Marx— sino también desde el punto de vista económico como gestor del crédito y la deuda públicos, y político/legislativo, capaz de elaborar leyes especiales:  «leyes sanguinarias» contra los campesinos reducidos a mendigos por las expropiaciones.

Del texto se desprende una afirmación marxiana muy importante que, sin embargo, debe prolongarse hasta nuestros días: es el Estado el que precipita violentamente la transición de un orden a otro (en este caso del feudalismo al capitalismo) y acorta, mediante el uso de la fuerza, la fase de transición[2].

El desarrollo del capitalismo introduce un cambio radical en la relación Estado/capital. Si bien es cierto que siempre han estado en una relación de dependencia mutua, desde finales del siglo XIX y sobre todo desde principios del XX, la autonomía relativa del Estado respecto de la economía (Poulantzas) y de ésta respecto del Estado se diluye y ambos se integran en una única máquina bicéfala.

Cómo nació y cómo murió el neoliberalismo

La definición que hemos dado de la situación actual (acumulación originaria y estado de excepción) nos permite disipar todas las ambigüedades y confusiones a las que ha dado lugar el concepto de neoliberalismo. De la experiencia de su nacimiento y de su rápido declive quizá podamos extraer algunas lecciones para la situación en que nos encontramos.

Gracias a mi venerable edad, he podido experimentar y ver con mis propios ojos la alternancia de fases de gubernamentalidad y momentos en que se desata la violencia de la acumulación originaria y del estado de excepción. Las dos guerras mundiales habían afirmado un nuevo Nomos de la tierra, con la hegemonía estadounidense en Occidente y la soviética en Oriente. Posteriormente, gracias a la gubernamentalidad keynesiana, a veces socialdemócrata, se estabilizadaron y normalizaron en el Norte global relaciones de poder sin precedentes. La nueva acumulación de capital dirigida por Estados Unidos entró en crisis ya a finales de la década de los sesenta. La maquinaeria capital-Estado estadounidense lanzó inmediatamente una nueva acumulación original y su estado de excepción que arrasó el planeta de 1969 a 1979, conduciendo a la transición del fordismo al posfordismo. La victoria conseguida por la maquinaria Estado-capital en esa década allanó el camino a una nueva forma de gubernamentalidad, el neoliberalismo, que acompañó a la acumulación centrada en el crédito y las finanzas hasta que ésta también se derrumbó (2008). Una sucesión de crisis financieras, populismo, guerra y genocidio decretó su fin. Ahora nos encontramos en medio de la gran violencia típica de los momentos en que se establece un nuevo orden (si las grandes potencias lo consiguen, ¡porque tampoco es que se trate de una conclusión previsible!)

Intentemos ver más de cerca lo que ocurrió en la décadaʼtranscurrida entre 1969 y 1979, para tener una mejor idea de la forma y la función de la acumulación original y del Nomos de la tierra en el origen de la nueva globalización que comenzó en la década de los ochenta, que ahora se está desmoronando ante nuestros ojos. El ciclo de luchas mundiales que culminó en  el 68 impuso un cambio en la estrategia política de la maquinaria Estado-capital de Estados Unidos, que trató —al principio tímidamente, y después cada vez más segura de su proyecto— de definir una nueva forma de acumulación, primero derrotando y después modificando la composición de clase, construyendo un Estado que fuera una crítica continua del Estado keynesiano, ya que las masas habían conseguido, gracias a las resoluciones del siglo XX, labrarse espacios de contrapoder en su seno. El trabajo de destrucción podía comenzar sólo desde el lugar donde el sujeto político era más fuerte: el Sur Global. Estados Unidos, bajo la guía de Kissinger, organizó una serie ejemplar de golpes de Estado en Sudamérica pore intermedio de militares fascistas. El Estado y su poder para declarar la guerra civil, imponer un estado de excepción y utilizar a los fascistas, también se manifestó dentro del capitalismo maduro, como una reivindicación de la vida y la muerte de miles de comunistas y socialistas. En el Norte, la relativa integración de la clase obrera en el sistema, propiciada por los salarios y el consumo, requirió sencillamente una derrota política; véanse los ejemplos de los gobiernos de Thatcher o Reagan. Se suspendieron las normas jurídicas, productivas, sociales y técnicas que habían regido desde la posguerra hasta  el 68. Sin tocar la constitución formal, ni la ley, la constitución material se trastoca y cambia profundamente. Las relaciones de fuerza, radicalmente alteradas a favor del capital, crean las condiciones para la modificación de facto de las normas jurídicas, de las normas de producción y de las técnicas de poder que no surgen inmanentemente de la producción fordista y del Estado keynesiano, sino que deben construirse mediante el uso de la fuerza armada del fascismo y de la fuerza política del Estado. El objeto principal de la violencia son los procesos de subjetivación revolucionaria. Las nuevas normas no pueden actuar en una situación de «caos» provocada por el desarrollo de la lucha de clases, como en América Latina. Para imponerlas, primero debe establecerse el orden en las subjetividades; sólo los sujetos vencidos estarán dispuestos a asumir nuevos comportamientos, nuevas formas de trabajo, nuevos modos de reproducción.

Tal como se afirma en el pasaje de Marx sobre la acumulación originaria, en los años setenta es el Estado el que precipita violentamente la transición de un orden político-económico a otro y acorta, mediante el uso de la fuerza, la fase de transición[3]. No son los capitalistas quienes, en los años setenta, bombardearon la residencia presidencial de Allende y encarcelaron y torturaron a miles de militantes socialistas y comunistas —o quienes asesinaron a cuadros de los Panteras Negras, organizaron la estrategia de la tensión en Italia, etc.—, sino los capitalistas los que, una vez adquirido el poder del Estado, han podido hacerse con el control del orden político y económico. Pero una vez conseguida la victoria sobre la revolución, los economistas neoliberales se sientan junto a los militares fascistas en los gobiernos sudamericanos. Sólo después de que la «situación» creada por los golpes se haya normalizado por completo («soberano», dice Schmitt, «es quien decide definitivamente si ese estado de normalidad reina realmente»), los neoliberales podrán gobernarse a sí mismos imponiendo nuevas normas y comportamientos. Tras el restablecimiento del mando de la maquinaria Estado-capital, la situación se normalizará mediante la construcción de un nuevo consenso de los vencedores que pasa por la economía de la deuda y el consumo a crédito y ya no por los salarios y el bienestar.

El resultado político más importante de la nueva acumulación originaria y del estado de excepción será, como siempre en el capitalismo, una nueva configuración de la propiedad privada que ya no se basa en el capitalismo industrial sino en las finanzas: el nuevo principio de distribución de la riqueza ya no ve en su centro a los productores, sino a los propietarios de acciones, bonos y activos financieros.

Sólo después de que la maquinaria Estado-capital haya sembrado la muerte política, comienza el neoliberalismo como gubernamentalidad de las nuevas relaciones de poder entre las clases. Sólo ahora el biopoder (disciplina, biopolítica, poder pastoral) se impone la tarea de «gestionar las vidas» de las subjetividades derrotadas y gobernar sus existencias sometidas y subyugadas. El modelo de poder descrito por Foucault (biopoder) ya no tiene como fundamento la violencia estatal, la soberanía, sino la economía. ¿Es entonces también cierto aquí que capitalismo y economía coinciden? El capitalismo contemporáneo, perfectamente encarnado por la depredación financiera, la gran violencia de la apropiación de la acumulación originaria y la guerra de clases entre propietarios y no propietarios, tiene poco que ver con la economía, en que los hombres antropológicamente equipados para el intercambio, para evitar luchar armados entre sí, prefieren competir en la producción y el comercio, según las leyes asépticas de la economía política escocesa. El biopoder hace suya esa imagen pacificada de la competencia y el mercado: no pretende reprimir, sino que alienta, incita, solicita la actividad de los gobernados; no trabaja para la guerra, sino para la paz. Su modelo es el poder pastoral que no conoce ni la violencia ni a los enemigos: «El poder pastoral no tiene como función principal hacer el mal a los enemigos, sino hacer el bien a aquellos sobre los que vela. Hacer el bien en el sentido material del término, es decir: alimentar, proporcionar sustento».

Esa auténtica ideología que opone la gubernamentalidad biopolítica al poder soberano, aniquilando a los contendientes en la lucha de clases (tanto al poder de la maquinaria Estado-capital como al poder de la revolución) ha penetrado hasta el pensamiento crítico, por ejemplo, de la llamada Teoría Italiana, deudora tanto de la gubernamentalidad como del biopoder. Agamben, Negri y Esposito adoptan, de distintas formas, esos conceptos, pero parecen ignorar que su presupuesto, en Foucault, es el abandono de la lucha de clases como modelo de relaciones sociales. La relación de poder ya no es jurídica o bélica, sino gubernamental. No debe buscarse ni en el contrato ni en la violencia y la lucha. La relación amigo-enemigo impuesta por la revolución mundial desencadenada por la desintegración soviética y reproducida hasta los años sesenta y setenta, se ha convertido en una relación inofensiva, pacífica y consensuada entre gobernantes y gobernados: lo máximo que se puede esperar es «dejar de ser gobernado» de esta o aquella otra manera. Es esa la razón del fracaso de todas esas teorías a la hora de anticipar la guerra, la guerra civil y el genocidio, es decir, a la hora de comprender la naturaleza del capitalismo.

Esos relatos pacificadoras se han visto barridos por la propia crisis de la economía, fundamento del biopoder. Lo que nunca había retrocedido reapareció con toda su horrible fuerza: el poder soberano sobre la vida y la muerte, señal de que una nueva acumulación originaria se dispone a crear las condiciones políticas para un nuevo orden mundial. El liberalismo clásico fue aniquilado por la Primera Guerra Mundial, pero el capitalismo siguió reproduciéndose aliándose con el fascismo y el nazismo. El neoliberalismo está muerto, pero el capitalismo continúa con la guerra, la guerra civil y renovando alianzas con nuevos fascismos, asumiendo hoy la gran violencia del genocidio.

¿Un nuevo concepto de producción?

De lo dicho podemos deducir que la acumulación originaria y su gran violencia —así como el estado de excepción o Nomos de la tierra y sobre todo la lucha de clases— deben ser parte integrante del concepto de producción, constituyen sus presupuestos que cada vez deciden su forma. De ese modo se sale definitivamente de las ambigüedades y limitaciones, incluso marxianas, del concepto de producción que a menudo hacen correr a sus epígonos el reisgo de caer en un economicismo vergonzante. La violencia, la guerra, la guerra civil y el genocidio no son un accidente de la acumulación de capital, sino sus elementos estructurales y fundacionales.

En los años sesenta y setenta, se hicieron varios intentos de enriquecer y ampliar el concepto de producción, intentando superar las limitaciones economicistas del marxismo de la época: la economía libidinal (Lyotard), la economía de los afectos (Klossowski), el discurso del capitalista (Lacan), la producción deseante (Deleuze y Guattari), la biopolítica (Foucault) y la ontología spinozista del Ser como producción según Negri. Todas esas teorías parecen dar un paso adelante desde un punto de vista teórico (ya que el capitalismo también funciona a través de los deseos y los afectos), pero desde un punto de vista político dan dos o más pasos atrás, ya que contribuyeron a pacificar el capitalismo al separar la producción de las guerras y las luchas de clases.

El capitalismo nació de grandes violencias, masacres, genocidios, despojos, guerras, sometimientos. La maquinaria Estado-capital se renueva, se reproduce y se impone a través de una barbarie que no hace sino crecer con el paso de los siglos, en proporción al desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo y de la técnica que, si no se orientan hacia la emancipación mediante revoluciones, convergen en la destrucción no sólo del capital variable o fijo, como reza el marxismo de la crisis, sino de la especie humana y de su mundo.

La furia sanguinaria que se apodera de nuestros gobernantes no es un rasgo psicológico, ni una enfermedad mental, ni nada nuevo. Se repite con una regularidad desconcertante y haberla excluido de la definición de capitalismo y capital es sencillamente idiota y suicida. Haber reducido el capitalismo al mercado y el poder a la disciplina, el gobierno y la biopolítica, creyendo que lo uno y lo otro habían decapitado por fin al Leviatán moderno —sujetando con una mano el símbolo del poder político y con la otra el símbolo del poder económico en lugar del religioso—, cuando en realidad sigue, impertérrito, decidiendo sobre la vida y la muerte, es uno de los resultados más desastrosos de la teoría crítica posterior a los años posteriores al 68. La verdad de su ejercicio mortífero es fácilmente comprobable hoy en día, pero la confrontación con lo real de la guerra de clases parece imposible de asumir en un Occidente que se encuentra ahora en sus últimos años crepusculares. La ganancia capitalista y el poder del Estado se alimentan mutuamente, pero en los periodos en que la acumulación originaria continuada actúa en tándem con el estado de excepción, prevalece necesariamente el poder soberano de dar muerte, arrebatar y vender. Un poder que ya no puede identificarse únicamente con el Estado, sino que se refiere a la fuerza política de la maquinaria Estado-capital que decide y guía la estrategia. El reverso de esa situación es lo que, desde el punto de vista de los oprimidos, puede llamarse el momento leninista, es decir, el momento en el que lo imposible puede realizarse (siempre que se den las condiciones subjetivas para ello).

¿Qué es la democracia?

La democracia existió, en Occidente, sólo durante un periodo muy breve, gracias a la lucha de clases y a las revoluciones del siglo XX. Desaparecidas éstas, ha vuelto a ser lo que siempre fue para los liberales: democracia para los propietarios —Marx recordaba que la constitución material en Occidente es la propiedad—, democracia para la guerra y el genocidio, democracia para el fascismo.

Hay un elemento que falta en la acumulación marxiana original, y es el fascismo, que, de hecho, surge sólo con el imperialismo: el capitalismo monopolista, a diferencia del capitalismo competitivo, «ya no desarrolla una tendencia hacia el socialismo, sino, si acaso, hacia la barbarie fascista», sugirió Hans Junger Krahl.

Una de las características más peculiares del fascismo histórico es que, a diferencia de los comunistas y los revolucionarios, no tiene que tomar el poder porque se lo ofrecen en bandeja de plata las clases dominantes aterrorizadas por sus propias crisis, que hacen que la abolición de la propiedad privada —el único valor verdadero de Occidente— esté siempre de actualidad. El fascismo y el nazismo son elementos indispensables para la existencia y reproducción de la maquinaria Estado-capital cuando movilizan la acumulación originaria y el estado de excepción.

Es lo que está ocurriendo, mutatis mutandis, en nuestros días. La «república bananera» francesa es un ejemplo de ello. El Presidente Macron, cuando fue elegido por segunda vez, ya no tenía mayoría y gobernaba mediante decretos, desempoderando completamente al parlamento. Tras perder también las elecciones europeas, su proyecto era llevar a los fascistas al poder, como habían hecho sus antepasados en el siglo XX, porque son la solución ideal en la era de las catástrofes capitalistas: aplican las políticas del capital como los liberales, pero con una gobernanza «antiliberal».

Consideremos las posiciones presuntamente antisistema de los fascistas italianos ya en el gobierno. Una vez en el poder, abandonaron inmediatamente el soberanismo, convirtiéndose en obedientes ejecutores de las órdenes de Europa y servidores del atlantismo; entretanto, se comprometieron a vender la «patria» a los fondos de pensiones estadounidenses. El gobierno prometió a Bruselas 20.000 millones en privatizaciones para 2027. Meloni ha vendido la red telefónica nacional a los estadounidenses de KKR; acciones de los depósitos de Sace; el 3 % de Leonardo al maxifondo estadounidense Black Rock, que ya ha alcanzado el 9 % de Eni y es ya el accionista más importante de la bolsa de Milán; Vanguard ha entrado en Monte dei Paschi. La privatización de Correos es nada menos que un regalo a esos fondos de inversión, ¡para los que se reserva un 70 % de las acciones vendidas! Y se dispone a hacer lo mismo con los ferrocarriles. Las finanzas estadounidenses ven en Italia el eslabón débil para entrar en Europa y saquearla: el 80 % del dinero invertido en los títulos de los fondos acaba en Estados Unidos para comprar títulos estadounidenses y apuntalar su economía hiperendeudada. También se utiliza a Italia para seguir desmantelando la industria alemana, siempre sospechosa de tratos con China; por ejemplo, el trato de Unicredit contra CommerzBank, es financiado por los estadounidenses. El 8 de marzo de 2023, durante la visita de Netanyahu a Roma, los fascistas firmaron un acuerdo para subcontratar gran parte de nuestra ciberseguridad a los israelíes a cambio de pedidos militares. En resumen, Israel nos vigila y nos escudriña cómo y cuándo quiere. Los fascistas, grandes patriotas, abren de par en par sus fronteras a las finanzas «extranjeras» para empobrecer a la «madre patria», mientras las cierran a unos miles de emigrantes o los deportan a Albania. Por su obediente servicio a los amos estadounidenses, Giorgia Meloni fue galardonada por el Consejo Atlántico, cuyo nombre es todo un programa.

El gobierno también ha retirado recursos de la sanidad y las escuelas públicas para favorecer la privatización de todos los servicios públicos, que es precisamente la política de los fondos estadounidenses; ha empobrecido al país, especialmente a los pensionistas, ha aprobado leyes de laissez-faire contra las huelgas y manifestaciones, e incluso ha inventado el delito de resistencia pasiva. No ha gravado los enormes ganancias de los bancos, las compañías de seguros, las multinacionales energéticas y farmacéuticas y los Gafam. Ha aumentado la evasión fiscal legalizada, también llamada optimización fiscal, otra condición previa del capitalismo financiero. Esta enorme transferencia de riqueza a los bolsillos de la patronal ha vaciado las cuentas públicas y ahora los fascistas exigen «sacrificios». Para los próximos siete años, después de haberse pronunciado contra la austeridad cuando estaba en la oposición, Meloni impone recortes de 12.000 millones al año en el gasto público para ajustarse a los parámetros establecidos por el nuevo pacto de estabilidad europeo (también duramente criticado antes de llegar al poder).

Los fascistas son más liberales que los liberales en política económica y fiscal. El único terreno en el que se sostienen las promesas fascistas es la represión de toda disidencia y diferencia. ¿Siguen nuestros colegas franceses in poder llegar al poder mediante elecciones? Macron se encarga de ello, convencido de que disolver el parlamento y convocar nuevas elecciones generales era la mejor manera de allanar el camino a esos aliados más que seguros, pero siempre pueden seguir su propio camino, como hicieron los nazis. ¡Qué mala suerte! Tanto los fascistas como Macron perdieron y la primera fuerza política resultó ser la izquierda. De entrada, el presidente no reconoce los resultados de las elecciones. En una situación de acumulación originaria y Nomos de la tierra, donde sólo cuenta la fuerza, sólo es posible hacer lo que conviene a la maquinaria Estado-capital. Las normas democráticas quedan suspendidas de facto y dependen de la voluntad del «soberano» democrático Macron, que nombra un gobierno en el que está representada toda la derecha, desde los republicanos hasta los fascistas, es decir, las fuerzas que salieron derrotadas en las elecciones. El gobierno existe sólo gracias a la abstención de los fascistas que lo tienen en sus manos y que, al exhibirlo públicamente, se jactan de ello. Una vez abierto el camino político hacia el poder fascista, faltaba el económico. Aquí está: el nuevo gobierno tiene que tapar los agujeros presupuestarios del anterior gobierno de banqueros que dispensó miles de millones a las empresas y a los ricos con enorme generosidad. Ahora hay que recortar 60.000 millones en gastos del Estado, y esto sólo puede hacerse al precio de una austeridad del mismo valor (2% del PIB) que la impuesta a Grecia por la magnánima Europa.

El nazismo no creció en el periodo de entreguerras a causa de la inflación, como dice el cuento democrático de los alemanes, sino a causa de la austeridad impuesta por la crisis de 1929. Se dan todas las condiciones para que los fascistas, rechazados por el «pueblo» en las elecciones, lleguen al poder en un futuro próximo. ¡Voilà la democracia!

Featured image: Courtesy of Machina.

Translated from the original in Italian by Rolando Prats. Machina on Communis is possible thanks to a collaborative partnership between Communis and DeriveApprodi.

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