En febrero de 2001, el grupo de rock galés Manic Street Preachers ofreció un concierto en La Habana. Era la primera visita, en veinte años, de un artista occidental de renombre a Cuba. Antes del espectáculo, Fidel Castro se reunió entre bastidores con el grupo, ocasión en que estos le advirtieron de que el concierto sería ruidoso. A lo que Castro respondió: «No puede ser más ruidoso que la guerra, ¿verdad?».
Es de imaginar que a principios de 2001, la guerra fuese lo último en lo que estuviese pensando Castro. En 1999, el precio mundial del azúcar había caído un tercio, mientras que el del petróleo se había multiplicado por 2,5. Ya sea el petróleo, el azúcar o la guerra —o probablemente alguna combinación de esas tres cosas— lo que termine por dar al traste con la Revolución Cubana, la conversación sirve para ilustrar la relación sorda, torpe y ciega de la izquierda con la revolución: volumen. Un poco más alto. Subid a tope los amplificadores. Protestad hasta que os den arcadas.
La expansión de la guerra de Palestina a Irán al menos ha logrado disipar el mito de una izquierda universalmente dividida, incapaz ya de superar sus contradicciones internas. Lo que se revela en cambio con cada ataque aéreo de precisión es el espectáculo de la izquierda en todas partes… en el poder; es decir, la izquierda que gobierna el mundo por haberse arrogado la condición de instancia moral suprema; el único poder en el que la izquierda de hoy en día —tanto parlamentaria como «sectaria»— está realmente interesada.
Los cínicos para quienes la oposición a la guerra contra Irán es meramente performativa —una avalancha de entrevistas, análisis y podcasts que proporcionan a los artesanos digitales unos muy necesarios ingresos— no podrían estar más equivocados. El hecho de que el precio del azúcar haya bajado y el del petróleo haya subido —y que en las próximas semanas pueda alcanzar los 200 dólares el barril— es la razón por la que la «economía digital» representa aproximadamente el 15 % o 16 billones de dólares del PIB mundial.
Gobernar es un trabajo duro. La gestión colectiva del Estado —un insulto para los izquierdistas acosados por el espectro del comunismo— obliga a los sujetos políticos 1) a pensar y 2) a actuar en circunstancias que carecen de reconocimiento y de cualquier garantía de reproducción de los medios de vida. ¿Para qué molestarse en actuar o pensar cuando puedes estar sentado todo el día haciendo «periodismo» en Facebook, X, YouTube e Instagram? Si las cadenas nacionales no son más que fondos de cobertura globales, entonces el periodismo ciudadano, que comparte las mismas plataformas y es propiedad de la misma docena de oligarcas, no es más que una parodia de lo que las cadenas nacionales tampoco logran hacer: es decir, periodismo.
La decisión de Jeff Bezos, en febrero de 2026, de despedir a 300 periodistas de The Washington Post y a un tercio de su redacción —esencialmente para transformar el medio en una plataforma publicitaria boutique— se malinterpretó por completo como prueba del deseo de censura del propietario. Lo que daría a entender un nivel inverosímil de educación política entre la clase multimillonaria. Una explicación harto más probable es simplemente que el tráfico de IA hacia el sitio web del Post ha disminuido.
La realidad de la guerra contra Irán, y cualquier intento de la izquierda por mitigar la destrucción de ese país, es exactamente la misma, atrapada en el mismo dilema y enfrentándose exactamente al mismo obstáculo: pulsar el botón «Me gusta». Valorizar. Aumentar la visibilidad y, con ella, los ingresos publicitarios. La izquierda antibélica de hoy se tropieza con su propia impotencia en el espejo de la producción de noticias.
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En diciembre de 1969, tras las secuelas de la huelga general en Francia del año anterior, Jacques Lacan predijo el destino de la izquierda disidente, en términos que hoy en día rara vez se comprenden. En su «Impromptu» en la Universidad de Vincennes, Lacan acusó a su revoltosa audiencia estudiantil de intentar imponer el «discurso universitario», o el discurso del amo perverso, es decir, el deseo de sustituir al amo por un nuevo amo autoritario, es decir, ellos mismos.
Sin embargo, en un aspecto fundamental Lacan andaba errado: la perversión. ¿Es ese el objeto real hoy? Sin duda, la perversión constituye un goce, al igual que la represión constituye un goce. Ahora que la perversión acapara tanto protagonismo y sirve de alimento a tanta «oposición» airada, ¿por qué querría alguien una cura? La izquierda está de plácemes con el escándalo de Epstein, pues ahora por fin puede nombrar su deseo en términos que recuerdan a Saint Just, quien al preguntar «¿Qué quieren aquellos que no quieren ni el Terror ni la Virtud?», bien podría haber estado hablando con Tucker Carlson, Jimmy Fallon o Bad Bunny.
Las aventuras imperialistas se condensan hoy en el laboratorio social de las publicaciones de Facebook hasta verse reducidas a sus elementos mínimos de decencia pública (me gusta) e indecencia (no me gusta). No es que la moralidad se haya vuelto binaria. Más bien, el reflejo binario constituye hoy un imperativo moral. En ese sentido, la guerra contra Irán ya se ha resuelto en el discurso público, al igual que el genocidio en Gaza: sabemos de qué lado de la historia estamos, dicen los buenos, sin ni siquiera darse cuenta de que la historia ya ha terminado. A veces no hay nada que hacer ante una represión abrumadora. Y, sin embargo, cuando las fuerzas combinadas de la izquierda se limitan a marchar calle arriba y calle abajo y a pronunciar discursos, cabe seguir preguntándose qué se ha hecho de la imaginación política.
La oposición (en el poder) se ha vuelto tan experta, y está tan de plácemes con el espectáculo de su propia autoridad moral, que se echará con gusto a la calle, por millones cuando llegue la hora de la verdad, para documentarlo todo en sus dispositivos, antes de evaluar la reacción en X. Aun así, lejos de ser meramente performativa, no se pueden minimizar ni subestimar los efectos reales de semejante activismo. En la primera semana de la guerra contra Irán, los gastos militares de Estados Unidos se estimaron en 11 000 millones de dólares. La relación entre los miles de millones de «usuarios» de Internet (o nodos del sistema) y las plataformas que invierten en el software y el hardware que los alimenta se ha convertido en parte del estado financiero de esta y todas las demás guerras contemporáneas.
La hipótesis de ciencia ficción de que podríamos acabar simplemente apostando por el resultado de un juego de guerra virtual permanente, en el que lo que está por dirimirse es simplemente cuántos créditos recibe cada jugador, resulta inverosímil si se tiene en cuenta que lo que realmente está en juego en la guerra no ha cambiado mucho desde el inicio del mercantilismo en el siglo XVI. Una vez más, la izquierda se engaña a sí misma con su combinación de activismo extraparlamentario (marchas, publicaciones en redes sociales) y agitación parlamentaria (una manifestación más en torno a un candidato de izquierda en busca del unicornio rosa del cargo político), porque sin la economía extractiva que impulsa la democracia liberal, y su valorización mercantil (balanza de pagos), la política se convertiría en una propuesta muy diferente; una con la que se ven obligadas a convivir las poblaciones de Palestina, Líbano, Siria y ahora Irán.
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A principios de septiembre de 2025, cuando la movilización narcisista de la izquierda en torno a Palestine Action alcanzó cotas delirantes —un activismo que hacía que personas ordinarias tuvieran un orgasmo ante el espectáculo de su propia detención—, se estaba produciendo una forma diferente de activismo por todo Londres. Los medios de comunicación no hicieron justicia a ese extraño incidente, aunque el espectáculo hubiera sido de interés periodístico, cosa que no era, porque estaba en todas partes y afectaba a todo el mundo.
Entre el 8 y el 11 de septiembre, la huelga del metro de Londres paralizó toda la red, afectando a 16 millones de viajes de pasajeros. No se hizo ningún intento de mediación, ni hubo intervención del alcalde de Londres para reunir a la administración y a los trabajadores. Simplemente se dejó que la huelga siguiera su curso, mientras los viajeros se apresuraban a buscar taxis y el tráfico se paralizaba.
La huelga general sigue siendo un fenómeno algo indeterminado en la historia de la modernidad, y sus resultados políticos son bastante dispares. No obstante, cuesta imaginar un escenario en el que la izquierda actual pueda superar su TDAH colectivo e «irse a la huelga» con un objetivo singular y universal en mente. No se trata de una falta moral de su parte. En el contexto de la guerra contra Irán, el sarcástico llamamiento a «hacerse con el control de tu país» tropieza exactamente con el mismo obstáculo cuando el régimen corta Internet. Lo cual plantea la pregunta, algo ingenua y desconcertante: ¿qué es exactamente una revolución cuando no se televisa? En realidad, ¿qué vendría a ser ello?
Featured image: Manic Street Preachers playing at the Karl Marx Theatre in Havana in February 2001. Courtesy of Cuba Solidarity Campaign via X.
Translated from the English original by Rolando Prats.





