Artículo de opinión aparecido originalmente en portugués con el título «A revolução derrotada» en el sitio web de la publicación brasileña Révista Forum, el pasado 25 de abril de 2025, con ocasión del 51º aniversario de la Revolución de los Claveles.
Las libertades democráticas nacieron del vientre de la revolución, cuando todo parecía posible. Pero el régimen democrático semipresidencialista que existe hoy en Portugal no surgió del proceso de lucha que se inició el 25 de abril de 1974.
Dos guantes en la mano izquierda no hacen un par de guantes.
Dos medias verdades no hacen una verdad.
Si el recipiente no está limpio, todo lo que viertas en él se agria.
— Horacio (65-68 a.C.) Epístolas 1.2.
Según la tesis sobre el destino de la revolución portuguesa que sigue prevaleciendo cincuenta años después del 25 de abril —pues la historia la escriben los vencedores—, el Partido Comunista Portugués (PCP) intentó tomar el poder en pleno Proceso Revolucionario en Curso (PREC) durante el «verano caliente» de 1975. Esa tesis se basa en la idea de que una «embriaguez» revolucionaria o un «vértigo» insurreccional se había apoderado de la dirección del PCP —que habría estado preparando un «golpe de Praga», en alusión al proceso de Checoslovaquia en 1948— y sostiene que la Revolución de los Claveles fue una revolución victoriosa que logró a la vez derrocar al régimen fascista e impedir una revolución socialista.
La revolución habría salido victoriosa gracias a la campaña de movilización democrática de masas dirigida por el Partido Socialista que dividiera al Movimiento de las Fuerzas Armadas (MFA) y allanara el camino para la caída del Quinto Gobierno Provisional y gracias a que, ante la amenaza de guerra civil que se cernía sobre la sociedad portuguesa, en la madrugada del 25 de noviembre el levantamiento de los paracaidistas se viera neutralizado por la operación militar bajo el mando del general Ramalho Eanes. Semejante relato carece de todo rigor científico desde el punto de vista histórico y no es más que una operación ideológica reaccionaria.
En el presente artículo sostengo que el 25 de abril inauguró un proceso revolucionario que se interrumpió el 25 de noviembre de 1975. La revolución social que nació del vientre de la revolución política fue derrotada. Quizás sorprenda su caracterización como revolución social, pero toda revolución es un proceso de lucha, una disputa, una apuesta en la que reina la incertidumbre. En historia, no se puede explicar lo ocurrido fijándonos solamente en el resultado. Es ese un enfoque anacrónico, una ilusión óptica del tiempo histórico.
Las libertades democráticas nacieron del vientre de la revolución, cuando todo parecía posible. Pero el régimen democrático semipresidencialista que existe hoy en Portugal no surgió del proceso de lucha iniciado el 25 de abril de 1974. Surgió tras un autogolpe de los altos mandos de las Fuerzas Armadas organizado por el Grupo de los Nueve el 25 de noviembre de 1975. La reacción triunfó tras las elecciones presidenciales de 1976. Fue necesario recurrir a métodos contrarrevolucionarios en noviembre de 1975 para restablecer el orden jerárquico en los cuarteles y disolver al MFA que había llevado a cabo el golpe del 25 de abril. Es cierto que, valiéndose de tácticas democráticas, la reacción prescindió de un cuartelazo que apelase a métodos genocidas, como había ocurrido en Santiago de Chile en 1973. Sin embargo, no fue por azar que el primer presidente elegido resultara ser el general Ramalho Eanes, quien encabezara el autogolpe del 25 de noviembre. La revolución fue derrotada.
La presencia de un partido comunista en los gobiernos europeos era un tabú que permaneció intacto durante los años de la guerra fría, incluso en Italia, donde la orientación «eurocomunista» fue todavía más lejos en su distanciamiento crítico de Moscú. La única excepción se produjo en la lejana Islandia en 1971, donde el Partido Comunista de ese país pasó a formar parte del gobierno en 1973.
En todo el mundo se recibió con sorpresa la noticia de que a Cunhal se lo había nombrado ministro sin cartera en el primer gobierno provisional dirigido por Palma Carlos y Spínola. En el espacio de doce meses, el PCP vio aumentar a un ritmo vertiginoso su peso en la escena política, mientras su membresía pasó de unos pocos miles a algo más de cien mil militantes activos, con lo cual alcanzó una influencia al menos diez veces mayor. En términos proporcionales, era uno de los mayores partidos comunistas del mundo.
La autoridad moral y política de su dirección en los sectores más activos de las masas populares obedecía al hecho de que el PCP había sido, durante casi cincuenta años, la principal organización de oposición a la dictadura y a la guerra colonial. Los años combinados de encarcelamiento a que se condenara a miembros del Comité Central del PCP superaban, asombrosamente, los dos siglos. La militancia del PCP desempeñó un papel decisivo en la organización de las movilizaciones populares posteriores al 25 de abril, habiendo llegado a conquistar puestos de dirección en los sindicatos y las asociaciones populares.
Pero Cunhal, líder indiscutible del PCP, carecía de toda estrategia para llevar a cabo una revolución socialista en Portugal. Tampoco el PCP volaba en solitario en relación con Moscú. De hecho, fue esa la extravagante acusación que presentara la diplomacia alemana, dirigida por los socialdemócratas, y la embajada estadounidense, dirigida por Frank Carlucci, quien después fuese embajador en Nicaragua durante el primer gobierno sandinista. La estrategia del PCP era una fórmula algebraica —por tanto, con una incógnita— de revolución democrática y nacional.
El PCP defendió la legitimidad de los gobiernos provisionales, apoyados en una alianza política y social basada en la fórmula Pueblo-MFA, que consolidaría el sector público de la economía, el cual representaba más del 65 % del PIB tras las nacionalizaciones, incluidos los bancos, allanaría el camino para un proceso de reformas que ampliaría los derechos de los trabajadores, sobre todo de las Unidades de Producción Colectiva que expropiaran a los latifundios en el Alentejo, y garantizaría la independencia de las colonias, en particular mediante un proceso que asegurase el traspaso del poder al Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) en Angola.
El PCP era consciente de que el ritmo de los acontecimientos en España era demasiado lento, de que no se vislumbraba ningún derrocamiento revolucionario inminente del franquismo, de que la situación de radicalización posterior a 1968 en Francia se había revertido con la elección de Valéry Giscard-D’Estaing frente al candidato del Partido Socialista, François Mitterrand, y de que el impasse italiano era profundo. Pero, sobre todo, de que una revolución socialista en un país europeo, miembro de la OTAN, no sería posible sin una guerra civil.
Contrariamente a la paranoica invención contrarrevolucionaria de que el PCP sería el partido de la «guerra civil», el PCP fue una fuerza consciente de contención en el fragor de la crisis revolucionaria. Cunhal no era Lenin. Pero no sería injusto comparar a Mário Soares con Kerensky. Vasco Gonçalves, mucho más que Otelo Saraiva de Carvalho, nos recuerda el heroísmo de Chávez.
Cunhal no tuvo ninguna responsabilidad en la formación del V Gobierno Provisional sin el Partido Socialista, sino todo lo contrario. El PCP advirtió a Vasco Gonçalves de que el equilibrio de poder en el seno del MFA había cambiado desfavorablemente debido a la formación del Grupo de los Nueve y trabajó para favorecer un acuerdo entre Vasco Gonçalves, Melo Antunes y el Partido Socialista. Ese posicionamiento táctico sufrió pequeñas oscilaciones debido a la presión de las fuerzas «gonçalvistas», como la firma de adhesión durante tres días al Frente de Unidad Revolucionaria (FUR) por uno de los cuadros históricos del PCP, Octávio Pato.
La burguesía estadounidense y europea reaccionó estupefacta y aterrada no sólo a la permanencia del PCP en los siguientes gobiernos provisionales, sino también al significativo aumento de la influencia de este último hasta la caída de Vasco Gonçalves en la Asamblea del MFA en Tancos el 5 de septiembre de 1975. El imperialismo temblaba de miedo ante la posibilidad de perder por completo el control sobre la clase dominante portuguesa y ante la incertidumbre total sobre el desenlace de la situación revolucionaria, tras el ímpetu anticapitalista de las decisiones adoptadas en los días posteriores al 11 de marzo. Ya para el mes de junio había comenzado a conspirar con el Partido Socialista.
Soares se apoyó en los resultados de las elecciones a la Asamblea Constituyente de abril de 1975, en las que el Partido Socialista había obtenido el 37,87 % de los votos, y en la movilización contrarrevolucionaria que, en el norte del país, diera lugar a la ocupación y al incendio de las sedes de sindicatos, asociaciones populares y partidos de izquierda, sobre todo del PCP. Pero sabía que no era suficiente con ello. Se libraba una batalla por el poder, pero al calor de una situación revolucionaria en la que existían embriones de poder popular por todo el país. Tendría que dividir a la clase obrera y arrastrar consigo a la mayoría de las clases medias. En condiciones normales de dominación política de la burguesía en un régimen democrático-electoral, la legitimidad del proceso electoral, es decir, del voto, incluso cuando las reglas favorezcan clara e indiscutiblemente a los partidos que defienden los intereses de los capitalistas, es incuestionable. Pero al calor de una revolución, a pesar del resultado de las urnas, se impone otra vara de medir lo que es legítimo y lo que no lo es.
El bando de la revolución contaba con el apoyo del 20 % de la población, como quedó demostrado en la votación a la Asamblea Constituyente del 25 de abril de 1975, un mes después del 11 de marzo. Pero ese porcentaje constituía la quinta parte políticamente más activa, ferviente y movilizada, y su fuerza social arrastraba a muchos más. Hasta en una situación revolucionaria hay una mayoría de personas que permanecen inactivas y que se limitan a observar los acontecimientos.
Las temibles repercusiones que el papel del PCP suscitaba en la burguesía europea siguieron aumentando, pues durante el V Gobierno Provisional, en el verano caliente de 1975, el Partido Socialista, dirigido por Mário Soares, acusó a Cunhal de tramar una insurrección militar apoyada por una movilización obrera y popular dirigida a la tomar del poder. Soares desafió la hegemonía de la movilización callejera detentada hasta entonces por el PCP, sacando a la calle a muchas decenas de miles de personas en la Alameda de Lisboa y en todo el país, especialmente en la región centro-norte, contra el gobierno de Vasco Gonçalves, en defensa de la democracia.
Pero para «emponzoñar» la conciencia de millones de personas era necesario utilizar el espantajo de la amenaza de una insurrección inminente y el anuncio del peligro de guerra civil. Todo lo cual era falso. Ninguna de las fuerzas políticas más importantes de la izquierda, empezando por el PCP, pero teniendo en cuenta también las corrientes radicalizadas del MFA, estaba dispuesta a llevar las cosas al extremo de una ruptura, que podría resolverse sólo midiendo fuerzas por las armas. Se trataba de un espantajo, de la manipulación de un miedo imaginario.
No obstante, ninguna operación política para manipular a las masas —lo cual requiere comprometerse y salir a la calle— puede prescindir de un «grano» de verdad. Ese «grano» de verdad radicaba, por un lado, en la audacia de la acción directa de muchas decenas de miles de activistas que agitaban a las masas para efectuar ya un cambio de vida, y, por otro, en la firmeza táctica de la contrarrevolución, que estaba dispuesta a llegar hasta la guerra civil, como dejó claro Kissinger.
En ese proceso, Soares buscó el respaldo político de la jerarquía eclesiástica, la embajada estadounidense y los gobiernos europeos, estimulando una escisión en el MFA, la cual se expresó a través de la formación del «Grupo de los Nueve», liderado por Melo Antunes y Vasco Lourenço.
Así y todo, tuvo que enfrentarse a cuatro obstáculos: a) la legitimidad del MFA, que había derrotado las ambiciones cesaristas de Spínola y dos intentonas golpistas, expresada en la fracción militar que aún ofrecía apoyo al gobierno de Vasco Gonçalves; b) la realidad institucional que otorgaba a la Asamblea Constituyente la legitimidad necesaria para redactar la nueva Constitución, pero no para gobernar; c) la ausencia física de la mayor parte de la clase dirigente, que había caído presa del pánico tras la derrota del golpe del 11 de marzo y huido a España y Brasil; d) la experiencia de una intensa democracia directa a partir de un proceso de radicalización social y de dualidad de poderes, aunque atomizado, que se expresó en centenares de comités de trabajadores en las mayores empresas del país que se habían nacionalizado, en asambleas populares, en unidades colectivas de producción en la región afectada por la reforma agraria, especialmente en el Alentejo y, lo que es más grave, en los cuarteles.
Meses más tarde, cuando el movimiento militar liderado por Ramalho Eanes, en la madrugada del 25 de noviembre de 1975, tomó de hecho el poder por la fuerza —haciendo lo que denunciaba que el PCP estaba preparando—, Melo Antunes defendió la participación del PCP en la «estabilización democrática» cuando subrayó, de forma dramática, que la democracia portuguesa sería inconcebible sin el PCP en la legalidad para dejar claro que el golpe no sería una «pinochetada» y que se había llevado a cabo para evitar lo que, en el calor de aquellos días, se interpretaba como el peligro de una guerra civil, y no para provocarla.
Consiguientemente, admitió que el Sexto Gobierno Provisional y el Consejo de la Revolución estaban llevando a cabo una intervención armada en los cuarteles (un autogolpe clásico), pero afirmó que ello se hacía en defensa propia, para mantener la legalidad del régimen que buscaba apoyo en la Asamblea Constituyente, no para subvertirla. Aunque se preservaron las libertades democráticas civiles, se suprimieron las libertades políticas en los cuarteles. Aquello fue la antesala de la erradicación del MFA y del restablecimiento de la jerarquía de la cadena de mando militar. Desde el punto de vista operacional, el «autogolpe» del 25 de noviembre fue dirigido por el general Ramalho Eanes, pero legitimado políticamente por Melo Antunes, quien —a diferencia del general elegido presidente en las elecciones presidenciales de 1976— podía hablar en nombre de un ala del MFA. La intervención al servicio del Sexto Gobierno Provisional, con el pretexto de reprimir la sublevación de los paracaidistas, invirtió el equilibrio de poder militar, allanando el camino para el fin del Comando Operacional del Portugal Continental (COPCON) dirigido por Otelo Saraiva de Carvalho, y de la Quinta División dirigida por el coronel Varela Gomes. La derrota militar fue irreversible.
Toda revolución tiene su propio vocabulario. A medida que el péndulo de la política osciló hacia la extrema izquierda, el discurso de la derecha osciló hacia el centro, y el del centro hacia la izquierda. El travestismo político —el desajuste entre las palabras y los hechos— hace irreconocible el discurso de los partidos. Pero en Portugal, las fuerzas de la burguesía superaron lo inimaginable. Desde el Partido Popular Democrático (PPD) de Sá Carneiro, hoy el Partido Social Demócrata (PSD) de Calos Montenegro, hasta el Partido Popular Monárquico (PPM), todos reivindicaron alguna forma de socialismo, lo que explica el lenguaje socializante de la Constitución, que aún hoy produce estupor.
La contrarrevolución había intentado dos veces un bloqueo bonapartista bajo la dirección de Spínola, el 28 de septiembre de 1974 y el 11 de marzo de 1975, y fracasó. Recurrió entonces a otros dirigentes y a otros métodos. Una combinación de espada y concesiones. Utilizó la espada, cuidadosa y selectivamente, el 25 de noviembre. Utilizó los métodos de la reacción democrática con las elecciones presidenciales de 1976, la negociación de préstamos de emergencia que los países miembros de la OTAN concedieron, e incluso recurrió a la formación de un gobierno en solitario del Partido Socialista dirigido por Mário Soares.
Después de noviembre de 1975, con la destrucción de la dualidad de poderes en las Fuerzas Armadas, el proceso adquirió una dinámica lenta pero ininterrumpida de estabilización del régimen democrático liberal. La derrota de la revolución portuguesa no requirió derramamiento de sangre, pero sí consumió muchos miles de millones de marcos alemanes y francos franceses. La posterior integración en la Comunidad Económica Europea, con acceso a fondos estructurales y enormes transferencias de capital para modernizar las infraestructuras y construir un pacto social capaz de absorber las tensiones sociales que siguieron a la salida de Salazar, permitió que el capitalismo y el régimen democrático se estabilizaran en los años ochenta y noventa, antes de verse hoy amenazado por el ascenso de la extrema derecha de André Ventura.
El aroma del romero era difícil de encontrar. Pero quedaron los libros de Saramago, las hermosas canciones de Zeca Afonso, Sergio Godinho, Fausto y tantos otros.
Imagen: Una joven coloca un clavel en la boca del cañón de un fusil al hombro de un soldado del Movimiento de la Fuerzas Armadas durante la Revolución de los Claveles del 25 de abril de 1975 en Portugal. Foto de archivo. Cortesía de RTVE.
Tradujo del original en portugués Rolando Prats.





