La política climática en los tiempos del trumpismo
Alberto Toscano, Andreas Malm, Wim Carton
Nov 25, 2025

“The Overshoot Presidency and the State of Climate Politics”, de Alberto Toscano, en conversación con Andreas Malm y Wim Carton, apareció originalmente en In These Times el 17 de noviembre de 2025. Se tradujo al español y se publica ahora en Communis con la autorización de ese medio y del autor.

Andreas Malm y Wim Carton analizan, en conversación con Alberto Toscano, qué significa la caracterización de Trump como «presidente del rebasamiento», en qué punto se encuentra la política climática de Estados y gobiernos y en cuál los movimientos sociales por la mitigación de los efectos del cambio climático, en qué medida las soluciones tecnológicas a la crisis climática —de la geoingeniería al adaptacionismo— no hacen sino posponer la confrontación con el capital fósil y cuánto de útil y digno de imitarse está haciendo el gobierno de Gustavo Petro en Colombia.

 

Con anterioridad a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2025, o COP30, que se celebrara entre el 10 y el 21 de noviembre en la ciudad brasileña de Belém, puerta de entrada al río Amazonas, el Secretario General de las Naciones Unidas, António Guterres, hizo declaraciones en las que puso al desnudo la situación en que nos encontramos: «Reconozcamos nuestro fracaso. La verdad es que no hemos logrado evitar un rebasamiento de 1,5 °C en los próximos años. Y que las consecuencias serán devastadoras.»

Guterres pronunció esas palabras en los mismos instantes en que una de las más poderosas tormentas en toda la historia de la cuenca atlántica, el huracán Melissa, tocaba tierra en Jamaica. Y ello tras un año de otros hitos sombríos: los devastadores incendios forestales que azotaron a Los Ángeles en enero y a Canadá en mayo; las mortíferas crecidas registradas lo mismo en Argentina que en Texas; y las olas de calor en India y Pakistán, que hicieron que las temperaturas se elevaran hasta los 49 °C (120 grados Fahrenheit), con la consiguiente pérdida de cosechas. Según el informe Lancet Countdown 2025, patrocinado por la Organización Mundial de la Salud, las muertes relacionadas con el calor han aumentado un 23 % desde la década de los noventa, mientras que el cambio climático ha incrementado el número de víctimas de la inseguridad alimentaria.

A pesar de todo, el negacionismo climático goza de buena salud. A finales de septiembre, en su discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, el Presidente Donald Trump arremetió contra la «estafa de la energía verde» y la «farsa del calentamiento global», al tiempo que advertía de que los países europeos se estaban destruyendo a sí mismos a manos del «monstruo de dos cabezas» que supone la transición a fuentes de energía sostenibles y la tolerancia de la inmigración masiva. (Declaraciones que llevaron al presidente chino Xi Jinping, en la misma reunión, a responder que la transición energética era «la tendencia de nuestro tiempo», independientemente de que «algunos países actuasen en contra».)

Por su parte, el filántropo multimillonario Bill Gates, quien no hace tanto había proclamado la «urgencia de lograr la meta de cero emisiones», respondió a la advertencia de Guterres fustigando la «visión apocalíptica del cambio climático» y arguyendo que, en lugar de centrarse excesivamente en las metas relativas a las emisiones, la comunidad internacional debería enfocarse en prevenir la pobreza y las enfermedades (como si estas pudieran desvincularse del calentamiento global).

¿Cómo entender entonces la dinámica política planetaria que nos ha llevado a este momento crítico de «rebasamiento», término que utilizan los científicos climáticos para referirse al umbral de 1,5 °C de calentamiento planetario establecido por el Acuerdo de París de 2015? ¿Cuáles son los posibles escenarios políticos del colapso climático y cómo intentarán las grandes empresas y los Estados sacar provecho de la crisis medioambiental o convivir con ella? ¿Y cuáles son las tareas y las perspectivas de un movimiento climático que actualmente parece abrumado tanto por la continuación del consuetudinario extractivismo liberal como por el poder cada vez mayor de una política «fascista fósil» de negacionismo o repudio?

Tal como exploran el académico y activista sueco Andreas Malm en su libro de 2021 White Skin, Black Fuel: On the Danger of Fossil Fascism —Piel blanca, combustible negro: los peligros del fascismo fósil (Capitán Swing, 2024) — (en coautoría con el Colectivo Zetkin), el auge mundial de la extrema derecha está íntimamente ligado a una política racista y autoritaria que culpa a los inmigrantes de la degradación medioambiental, al tiempo que celebra a las industrias que extraen y consumen combustibles fósiles, cosa que no hará sino intensificar la represión contra los migrantes climáticos cuando ya no se pueda negar la catástrofe climática.

El pasado mes de octubre, Malm volvió a abordar el tema con ocasión de la publicación de su nuevo libro, The Long Heat: Climate Politics When It’s Too Late, escrito en colaboración con su colega y activista Wim Carton. The Long Heat es el segundo volumen de una serie de dos partes que se iniciara en 2024 con el libro de ambos autores Overshoot: How the World Surrendered to Climate Breakdown.

En ambos libros, Malm y Carton desentrañan la historia de nuestro catastrófico presente y explican el vínculo indisoluble entre el capital y los combustibles fósiles. También describen las soluciones tecnológicas que se están poniendo en práctica mientras el planeta sigue calentándose, al tiempo que demuestran cómo probablemente los planes para adaptarse al calentamiento global o revertirlo provoquen desastres aún mayores y conduzcan a un futuro de falta de libertad y sufrimiento masivos que sólo movimientos ecosocialistas en gran escala serían capaces de evitar.

Durante este otoño, Malm y Carton se sentaron a conversar con In These Times. La entrevista que sigue es una versión abreviada y modificada de esa conversación.

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Alberto Toscano

The Long Heat se centra fundamentalmente en la crítica ideológica y la previsión de tres tipos de «soluciones» tecnológicas a la emergencia climática: la adaptación, la eliminación de carbono y la geoingeniería. ¿En qué consisten esas soluciones y cómo agravan los ya catastróficos efectos del rebasamiento?

Andreas Malm

Empezaré por lo que ocurrió el verano pasado en Europa. En Francia, durante las oleadas de calor, el tema que acaparaba la conversación era que Rassemblement National, el partido de extrema derecha de Marine Le Pen, había propuesto la instalación obligatoria de aire acondicionado en los edificios públicos de todo el país. Claro está, si se va a cubrir el país con aparatos de aire acondicionado, se va a consumir mucha energía. Es evidente que, a largo plazo, no va a resolver el problema. Pero por lo demás es indicativo de este momento en que los desastres climáticos inmediatos no suscitan ningún esfuerzo por abordar las causas de la crisis, sino sólo los síntomas.

Lo mismo ocurre en España, donde el gobierno socialista reaccionó a los violentos incendios forestales hablando de la necesidad de una mejor preparación y de la puesta en marcha de mejores medidas de emergencia, por no mencionar a Repsol, gigante español de los combustibles fósiles que no deja de echar leña al fuego.

En Francia, la situación es similar. Nadie habla de la multinacional energética y petrolera TotalEnergies.

De modo que lo que se ha visto este verano en el sur de Europa son manifestaciones de la crisis climática que desencadenan debates sobre diversos tipos de adaptación que, a largo plazo, no tendrán ninguna posibilidad de mantener la habitabilidad de esos países si no se aborda el problema subyacente.

En este momento, nos encontramos en lo que algunos llaman un círculo vicioso, en el que los brotes de desastres climáticos no llevan a la gente a tratar de poner bajo control la situación allí donde se origina el problema, y que en cambio la empujan a hablar de otras cosas, como la adaptación.

Alberto Toscano: Te has referido a Trump como al «presidente del rebasamiento». Pero la amplia aceptación por parte de la clase política de lo inevitable de que se incumpla la meta del 1,5 °C tuvo lugar durante el gobierno de Biden. ¿En qué se diferencian el trumpismo, y su agresiva identificación con los imperativos del capital fósil, de la política habitual de Estados Unidos? ¿Y ha afectado Trump 2.0 al «solucionismo» tecnológico que parece haber sustituido a los esfuerzos por mitigar el calentamiento global?

Andreas Malm: Cuando caracterizamos a Trump como presidente del rebasamiento, nos referimos al hecho de que encarna a plenitud la esencia de la coyuntura en ese sentido, es decir, el desprecio total por los límites y la negativa a acatar cualquier restricción en el sistema climático. Se trata de una tendencia estructural, basada en profundas estructuras materiales y en el modo capitalista de producción que, como todo lector de Marx ha de saber, no puede tolerar ningún límite.

Pero Trump personifica esa tendencia. Ni siquiera finge reconocer ningún límite, simplemente va a por todas en todos los frentes, incluido el desmantelamiento de las energías renovables en Estados Unidos. Ello se fusiona con las tendencias fascistas de su política y la del Partido Republicano, sobre las que escribiste de forma muy elocuente en Fascismo tardío. Se trata de todo un paradigma político que abarca la política climática, pero también muchos otros frentes.

En cuanto a cómo todo ello afectará al tipo de soluciones tecnológicas que tratamos en The Long Heat, la gran pregunta que hay que hacerse es cuándo adoptará el gobierno de Trump una posición clara sobre la geoingeniería.  No pocos han especulado sobre la posibilidad de que, de repente, la respalde, sin creer necesariamente en la existencia de la crisis climática.

Por otro lado, y hablando de la locura total del momento, vemos emerger ahora en el Partido Republicano una política en materia de geoingeniería que se basa en cosas como la teoría de la conspiración sobre las estelas químicas. De modo que hay iniciativas legislativas en varios niveles contra formas ficticias de geoingeniería. Después de las inundaciones en Texas, varios republicanos las achacaron a una geoingeniería inexistente. Algo completamente irracional.

Wim Carton

En cuanto a la eliminación de carbono, no está muy claro cuánto de lo que ya se había estipulado se va a mantener. En el «Big Beautiful Bill» la desgravación fiscal por la eliminación de carbono fue una de las pocas cosas que no se desechó de la Ley de Reducción de la Inflación promuldada por Biden. Luego, están los centros especializados de captura directa de aire establecidos por Biden. No está claro si seguirán recibiendo financiación. Todas las empresas que siguen a la espera de recibir ese dinero están en vilo, muy preocupadas por lo que pueda suceder. Al igual que con la geoingeniería, no está nada claro.

Hablamos de esas tecnologías como formas de mantener a raya al espectro del varamiento de activos [es decir, al desmantelamiento de la infraestructura de combustibles fósiles]. Pero ahora mismo ni el Partido Republicano ni Trump necesitan hacerlo. O bien niegan por completo el cambio climático o, como el Secretario de Energía Chris Wright, dicen que sí, que el cambio climático es real, pero que es uno de los efectos secundarios inevitables de la construcción de un mundo moderno. Básicamente, lo que están diciendo es que sabemos que es real, pero que nos da igual. Tendremos que vivir con ello.

No está muy claro cómo vamos a hacer, pero es obvio que, si tienes un presidente que sigue impulsando la extracción de combustibles fósiles y se niega a aceptar límites, esas tecnologías, a largo plazo, se vuelven cada vez más necesarias. Llegará un momento en que, de una forma u otra, habrá que hacer algo al respecto. Y el peor escenario es la geoingeniería. Pero también podría adoptar la forma de un adaptacionismo catastrófico y agresivo, como hubimos de explorar en el libro.

Es esa la tragedia del rebasamiento: cuanto más se ignoran los límites, más se imponen esas tecnologías.

Alberto Toscano: Un aspecto distintivo del libro es cómo en él se entrelaza el análisis de la política climática con ideas psicológicas o incluso psicoanalíticas, como en el paso de la negación literal del calentamiento global y la catástrofe climática a los intentos de «reprimir» el cambio climático, tanto en sentido psicológico como material.

Andreas Malm: La predicción de que la negación literal está llegando a su fin es errónea. Hubo quienes durante el gobierno de Biden sostenían esa idea, entre ellos académicos por quienes siento una gran admiración, como Adrienne Buller en The Value of a Whale. Es un libro maravilloso, pero su punto de partida es que ya nadie puede negar la realidad de la crisis climática, por lo que tendremos un capitalismo verde. Pero sólo unos años después, Trump ha vuelto al poder y el partido que más votos ha recibido en Alemania, país que había sido el eje del proceso de descarbonización en Europa, es Alternativa para Alemania (AfD), que sigue siendo tan negacionista como siempre. Así que esas fuerzas están volviendo a un primer plano.

Ahora bien, en lo que respecta a la geoingeniería, la hipótesis es que, en algún momento, podría resultar imposible ignorar los efectos de la crisis climática si los desastres son de un impacto y una magnitud suficientemente grandes. No es algo difícil de imaginar. Incluso si para ese momento hubiese negacionistas ocupando cargos públicos —una figura como Trump en Estados Unidos o la AfD en Alemania—, no habría que descartar que tuviesen que hacer algo al respecto de esas manifestaciones del colapso climático. Y la tecnología de que se dispone para reducir rápidamente la velocidad del calentamiento, y tal vez detenerlo por completo, o incluso reducir las temperaturas, es la geoingeniería solar.

De modo que nuestra hipótesis «freudiana» es que podría pasarse de la negación a algo parecido a una represión de la crisis climática —de sus síntomas— ante la existencia de una tecnología que promete suprimir el calentamiento global, pero a costa de crear todo tipo de contradicciones y posibles desastres dentro del sistema climático.

Alberto Toscano: ¿Qué lugar ocupa la eliminación de carbono en esos escenarios de crisis?

Wim Carton: A ese respecto se observa la misma dinámica que con la adaptación. Si se superan esos límites de 1,5 °C y se quiere revertir las temperaturas, estamos ante una necesidad biofísica. Probablemente necesitaremos algún tipo de eliminación. El problema es que esta se conjuga con esfuerzos para reducir los combustibles fósiles y llevar a cabo una mitigación total.

En el libro hablamos de esa explosión cámbrica de tecnologías, desde soluciones basadas en la naturaleza, como el uso de polvo de roca para eliminar el CO2 de la atmósfera, hasta formas industriales de captura directa del aire. Pero todas esas tecnologías amenazan con agravar los problemas energéticos y de recursos a que ya nos enfrentamos, habida cuenta de los enormes efectos secundarios que podrían generar, especialmente en la escala planetaria en la que se están concibiendo.

El mayor problema político es que se conciben como cualquier cosa menos como una inversión que se sumaría a una descarbonización radical. Se consideran una forma directa de compensación —créditos por concepto de eliminación de carbono, que benefician principalmente a empresas como Microsoft, que logran así compensar sus emisiones— o una producción directa de materias primas, lo que significa que se planea hacer cosas como producir combustibles sintéticos con CO2 capturado.

Por supuesto, el carbono es el componente básico de casi todo, pero la gran mayoría de esas materias primas no son duraderas, por lo que el CO2 acabará volviendo a la atmósfera. Y, luego, está la recuperación mejorada de petróleo, que es la principal forma en que se ha desarrollado la eliminación de carbono, o al menos el almacenamiento de carbono.

Todas esas son oportunidades de continuar con la extracción de combustibles fósiles. Desde el principio, toda esa noción de eliminación del dióxido de carbono ha estado ligada al hecho de que la eliminación gradual de los combustibles fósiles se consideraba imposible, al menos a medio plazo. La idea de sustituir la eliminación gradual de los combustibles fósiles por esas tecnologías está profundamente arraigada en nuestra comprensión de lo que se supone que esas tecnologías sean.

Alberto Toscano: La manera en que ustedes describen la política de eliminación de carbono y la geoingeniería difiere en aspectos importantes. Ustedes abogan por la posibilidad, o incluso la necesidad, de las tecnologías de captura directa del aire como parte de una respuesta progresista a la crisis climática. Y, sin embargo, describen la geoingeniería como intrínsecamente desastrosa.

Andreas Malm: Wim y yo llevamos varios años trabajando juntos en esas cuestiones, y uno de nuestros puntos de partida fue darnos cuenta de que hay un exceso de CO2 en la atmósfera, que no deja de aumentar. Lo cual significa que se necesitan tecnologías para eliminar el carbono y retirarlo de la atmósfera.

Cuando empezamos a investigar, yo albergaba esperanzas un tanto ingenuas en la captura directa de aire como tecnología viable para eliminar el CO2. Pero cuando uno lee sobre los avances científicos, resulta que hay todo tipo de problemas. Wim, por ejemplo, está estudiando la cuestión de la mineralización, con la que puede que no sea tan fácil convertir el CO2 capturado en piedra como nos han hecho creer las empresas que se dedican a ello. Hace unos días se publicó en Nature un artículo que mitigaba enormemente las predicciones sobre la cantidad real de almacenamiento geológico factible de realizarse, además de que están surgiendo todo tipo de problemas con la captura directa del aire.

Ello no nos lleva a descartar por completo ese tipo de captura, pero tenemos que matizarla con muchas advertencias. Al igual que con cualquier otra tecnología de eliminación de dióxido de carbono, si somos capaces de lograr algo, será en una escala muy limitada.

Y, sin embargo, ello sí nos lleva a la conclusión de que lo que tenemos que hacer de forma urgente y absoluta es poner freno a que se sigan produciendo más emisiones para no llegar a una situación en la que el reto que se nos plantee sea insuperable, como lo sería la imposibilidad de eliminar la cantidad de CO2. En resumidas cuentas, no hay tecnología capaz de hacerlo.

Pero en este caso el enfoque es diferente al de la geoingeniería.

Wim Carton: La diferencia entre la eliminación de carbono y la geoingeniería es que, aunque la eliminación de carbono no resuelve el problema de fondo, sí tiene el potencial de reducir las concentraciones de CO2 en la atmósfera. La ingeniería de la energía solar es algo muy diferente, ya que se ocupa sólo de los síntomas y, en ese sentido, no es más que una forma de represión.

La principal diferencia es que no vemos ninguna perspectiva de programa político progresista para la ingeniería solar, debido a todos los retos geopolíticos que plantea y a todas las oportunidades de centralizar un poder enorme en manos de unos pocos actores capaces de transformar los parámetros básicos de la vida terrestre y social, incluida la propia luz solar. Se necesitaría a algún tipo de superhumano a cargo de lo que es una tecnología extremadamente peligrosa.

En The Long Heat exploramos los numerosos y aterradores efectos secundarios que podría conllevar esa tecnología, incluido el «choque de terminación» [el rápido y potencialmente catastrófico aumento de las temperaturas globales que se produciría si se detuviera la geoingeniería después de haberla aplicado durante algún tiempo].

Alberto Toscano: Al inicio de The Long Heat, describen ustedes una lucha en torno a los esfuerzos de «adaptación» impulsados por el Estado en el movimiento francés Soulevèments de la Terre, que protestaba contra la creación de gigantescos embalses («megabases») que podrían utilizarse para el riego de cultivos en un contexto de aumento de las temperaturas y sequías más frecuentes. Esas protestas aglutinaron a una coalición diversa, que comprendía a pequeños agricultores para quienes esos proyectos beneficiaban sólo a la gran agricultura, así como a activistas preocupados por su impacto medioambiental negativo. Pero también puede que presagien nuevas luchas por venir en torno a diferentes «soluciones» al cambio climático. ¿Dónde encajan movimientos climáticos como esos? ¿Pueden converger en una lucha global contra los combustibles fósiles?

Andreas Malm: Creo que la «batalla de Sainte-Soline» en marzo de 2023, cuando los manifestantes contra los proyectos de embalses se enfrentaron a la policía, podría interpretarse como una señal de la aparición de un frente de política climática relacionado con proyectos de adaptación en Europa. Pero podría haber sido pura coincidencia.

Para ser sincero, si nos fijamos en Europa, no creo que el movimiento climático jamás se haya visto en un estado tan lamentable desde que empecé a participar en él hace 20 años. El contraste con la situación de hace seis años es simplemente increíble. Básicamente, ha desaparecido como fuerza política.

No puedo predecir si veremos más brotes de lucha social en esos frentes secundarios, porque hay tanta destrucción en el mundo que no se cuestiona. El estado de los movimientos sociales en general es terrible, mientras que las energías que hoy en día quedan en Europa se consagran a luchar contra el interminable genocidio en Palestina. La presencia de Greta Thunberg en la flotilla es un ejemplo perfecto. Es obvio que está haciendo lo que hay que hacer, pero es esa una de las razones por las que ahora no tenemos un movimiento climático potente: porque si eres alguien decente que quiere hacer activismo político en las actuales circunstancias, no puedes sino sumarte a la protesta contra ese maldito genocidio.

Por otro lado, en lo que respecta a la eliminación de carbono, tal vez nada de esto llegue a suceder. Puede que no haya sido sino un gran castillo en el aire que hizo que la gente desatendiera la mitigación y que, al final, no haya sido otra cosa que puro revuelo. En lo que respecta a la geoingeniería, podría ocurrir algo similar.

Si alguna vez fueran a producirse auténticas batallas en esos frentes, se necesitarán actores con experiencia política que puedan intervenir con mensajes claros y programas tácticos disruptivos. Es lo que Soulèvements de la Terre logró hacer en Francia.

Alberto Toscano: ¿Existen oportunidades para una política más radical de mitigación y transición energética?

Andreas Malm: Colombia tiene un gobierno increíblemente impresionante, con un nivel muy alto de conciencia política sobre el clima, y también sobre el genocidio en Gaza. Está diciendo con voz clara y firme que el desastre climático debe combatirse desde la raíz y que debemos eliminar gradualmente los combustibles fósiles.

La economía de Colombia se basa, en gran medida, en la extracción de petróleo y de carbón. Pero desde 2022, por primera vez, hay allí un gobierno de izquierda, bajo la presidencia de Gustavo Petro, quien ganó con el apoyo de los sindicatos. Y les ha dicho que vamos a abandonar los combustibles fósiles.

La relación de Petro con los dos grandes sindicatos del sector extractivo —la Unión Sindical Obrera (USO), que es el sindicato de trabajadores petroleros, y Sintracarbón, el sindicato de trabajadores del carbón— es compleja y contradictoria. El presidente de la USO, por ejemplo, se ha pronunciado a favor de que se continúe con la fracturación hidráulica (fracking).

Cuando los sindicatos dicen que las energías renovables no generan tantos puestos de trabajo, no dejan de tener razón. Se instalan unos cuantos paneles solares, se cuenta con unos cuantos trabajadores que los mantienen, pero a diferencia de los combustibles fósiles la extracción de energía solar no genera un número sustancial de empleos. Por tanto, existe un profundo vínculo estructural entre los sindicatos de ese sector y la extracción continua de combustibles fósiles.

Así y todo, también hay corrientes opuestas que apoyan el programa de transición para abandonar los combustibles fósiles. Es una situación muy contradictoria. Pero sigue siendo el único caso en el mundo en el que hay un país productor de combustibles fósiles gobernado por personas que dicen que quieren acabar con ese tipo de combustibles y que tienen una relación orgánica con el movimiento sindical.

Lo cual nos lleva a la no menos fascinante cuestión del boicot al carbón de Israel. El boicot fue iniciado por Sintracarbón, que exhortó a iniciarlo en respuesta al genocidio en noviembre de 2023. Eso puso la bola en movimiento. Pero, luego, hay una parte de Sintracarbón, concretamente la parte del sindicato con sede en las minas de Drummond —Drummond es esa empresa tan horrible de Alabama que siguió enviando carbón colombiano a Israel después de que se anunciara la prohibición— y esa parte de Sintracarbón está en contra del boicot.

Es muy complicado, como suele ser la política sindical. Algunos en la izquierda sostienen que a los trabajadores les conviene apoyar las transiciones, pero es mucho más complicado que eso. Existen vínculos reales entre los sindicatos y las industrias de combustibles fósiles que son muy difíciles de romper, y hacerlo requiere un alto grado de conciencia política.

Si te interesa la política sindical y lo que los sindicatos puedan hacer con respecto a los combustibles fósiles, no se me ocurre un lugar más importante desde el punto de vista político que la Colombia de estos días, porque allí están sucediendo cosas de las que personas como nosotros llevamos hablando muchos años.

 

 

Featured image: Activists from Soulèvements de la Terre during a public demonstration on 25 March 2023 in Sainte-Soline, a commune in Western France. Photo: Sipa. Courtesy of Le Dauphine libéré.

Translated from the original in English by Rolando Prats.

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