«La muerte ha muerto en Gaza» es la traducción al español de “Death has died in Gaza”, de Abdaljawad Omar, pieza original en inglés escrita para Communis.

«Desaparezcamos de una vez […] para que los árabes que no nos soportan, que confiesan odiarnos, puedan por fin liberarse del dolor de cabeza, del residuo obstinado en que nos hemos convertido. Para que puedan festejar con los israelíes, bailar en los cielos de la normalización, libres de nuestro insistente reclamo. Desaparezcamos de una vez, para que el Mundo […] no tenga que enfrentarse a su verdad, no tenga que verse arrastrado al embarazo de escuchar las insoportables sílabas que cargamos con nosotros. Para que Alemania pueda quedarse tranquila: su respaldo a otro genocidio más no una crueldad, sino una cortesía, el favor que se le hace a un pueblo que, en su momento, también llegara a susurrar: hacedlo rápido, despachadnos de una vez […] Sin embargo, flota, persistente, la fantasía de desaparecer juntos en lugar de solos, en lugar de uno por uno.»
— Abdaljawad Omar

Desde hace algún tiempo mi apuesta ha sido que nadie se apresta a declarar: Me voy, por tanto, para respirar. ¿Quién osaría? ¿Dónde se alojaría semejante léxico, qué institución podría archivarlo? En nuestro rutinario mundo de movimientos repetitivos, ¿qué es la cuenta regresiva del hábito —lugares, escenas, encargos— sino una búsqueda desesperada de sobreestimulación, una sacudida anestésica para compensar la monotonía? Y, sin embargo, jamás lo confesaríamos. Envolvemos nuestras partidas en la jerga burocrática del deber, en los itinerarios de conferencias, seminarios, amigos, familiares. Tal vez todos nos marchemos para respirar, pero en Palestina la frase se ha vuelto literal, casi idiomática. Es nuestro lenguaje, nuestra contraseña. Me voy para tomar aire, pero volveré pronto.

No decimos, quizás no podamos decir: Tengo que irme porque los colonos han espesado la atmósfera con sus encierros, porque la claustrofobia de la fijeza se rehúsa a ceder, porque la inmovilidad se ha vuelto intolerable. Nos vamos porque la repetición nos marea, porque nuestra propia imagen, devuelta sin cesar por el espejo de viejos conocidos, se vuelve insoportable. El problema no es sólo su mirada, sino su rechazo: su insistente no al cambio al que te has arriesgado o fingido arriesgarte. Ven sólo el retrato estático, jamás la mutación, el vacilante intento de desinstalarse del programa que nos hace a todos los mismos. De modo que la apuesta sigue en pie: viajamos para respirar, mientras nos vemos obligados a renegar del aire tras el cual andamos.

Pero marcharse también nos pone ante el temblor de una pregunta que no nos deja en paz: ¿podré volver? No sólo si podré tomar el vuelo de vuelta o encontrar aún las llaves girando en la cerradura, sino si la puerta seguirá existiendo o si, en mi ausencia, la habrán desinstalado silenciosamente, borrado de las coordenadas del lugar o bombardeada hasta hacerla polvo. Porque, de Palestina, jamás se parte inocentemente. Nunca se lo ha hecho. Cada paso hacia afuera se ve ensombrecido por la posibilidad de no volver a entrar, por el pavor de que los umbrales y las puertas que se nos seguían abriendo —esos precarios salvoconductos de la pertenencia— se hayan rediseñado o revocado mientras estabas fuera. Jamás hay garantía de regreso; el regreso es algo que se gestiona, y nada más. Uno no regresa en sus propios términos. Las puertas están bajo la vigilancia policial de una figura que ha prescrito tu exclusión, cuya intención es borrarte, cuya labor consiste precisamente en hacer que tu regreso sea imposible. ¿Qué podría detenerla? Nada, no cuando el mundo mismo, agotado por nuestras voces, cansado de nuestra insistencia en sobrevivir, comparte tácitamente su deseo de que desaparezcamos. El silencio, la complicidad, la extenuación: son esos sus cómplices. Pues así nadie tiene que soportar la vergüenza, el embarazo de ver arder tu hogar, de ver anulada tu vida, de contemplar las ruinas de tu trance.

Es más fácil para este mundo, quizás incluso preferible, que simplemente no estés donde estás. Tu ausencia le ahorraría la molestia de la responsabilidad, lo liberaría de la carga de ser testigo. Desaparecer es absolver a los demás de la incomodidad de tener que mirar, reconocer, responder. Por eso, cada vez que se va uno, apuesta no sólo por el aire, no sólo por el aliento, sino por la posibilidad preservada de un lugar al que poder volver, en el que poder reentrar, para reclamar, por precario que sea, el hecho de habitar. Por eso, se apuesta por los umbrales, por las puertas, por la frágil continuidad del hogar. Y, sin embargo, se trata de una apuesta tal vez perdida de antemano, anulada antes de hacerse.

Aun así, tengo un amigo que se va constantemente, cada mes, en ocasiones hasta dos veces, como si quisiese ensayar el exilio hasta que se convierta en rutina. Medio en broma, medio en serio, le digo que ya ha emigrado, que lo que aún no ha hecho son los trámites consigo mismo. Se lo ve muy bien, hasta animado, aun cuando sepamos que las apariencias no son sino un código de superficie, una coraza que oculta sus fisuras. La sonrisa es una máscara, las profundidades se han cifrado, son ilegibles sin claves de acceso. ¿Qué se acumula bajo esas reiteradas partidas? ¿Qué fracturas, qué dolores silenciosos se pliegan en sus itinerarios, se introducen de contrabando en el equipaje de mano? Marcharse tan a menudo: ¿es eso libertad, una especie de entrenamiento de vuelo autoadministrado? ¿O es lo contrario: el síntoma de una asfixia radical, rehusarse a respirar en el lugar de donde partimos, no poder hacerlo? Se va, regresa. Las puertas, por ahora, siguen consintiendo en abrirse. ¿Coraje, entonces? ¿O sólo el cultivado arte de la retirada, la pericia de escabullirse antes de que el nudo se ciña un poco más? ¿Está corriendo hacia algo o más bien huyendo de algo? ¿Acaso sigue siendo válida esa distinción, cuando el lugar y el desplazamiento colapsan en las mismas coordenadas? Desaparece, reaparece, un destello. A veces me lo tropiezo en Ramala, el cuerpo vibrándole de tránsito, su presencia algo espectral, como si la llegada no fuera otra cosa que una puesta en escena. Para entonces volver a desaparecer. Sus idas y venidas no son de su sola propiedad; encarnan aquello que nos condiciona a todos: no estar jamás del todo en este lugar, no estar jamás tampoco a salvo en otro. En el constante ensayo de la partida, en la incertidumbre, siempre, del regreso.

Es esa idea de la desaparición la que sigue atormentándome: desaparecer no en cuanto poética de la huida, ni en cuanto romántico desvanecimiento en el éter, sino en cuanto estigma por ser de sobra indeseado, excedente en la contabilidad del mundo. Paria borrado del libro mayor de la existencia. Nulidad que, sin embargo, escandaliza al insistir en el lenguaje, al hablar cuando ya se le ha asignado el silencio. Desaparecer porque la propia supervivencia se vuelve vergonzosa: vergüenza por haber vivido cuando otros no lo hicieron, vergüenza por soportar lo que no debería soportarse. Desaparecer porque la rabia corroe la voluntad de persistir, porque la persistencia comienza a antojarse complicidad en un mundo que permanece inmóvil, indiferente, inflexible, mientras la maquinaria de la muerte sigue su curso. Después de todo, ¿para qué afirmar la vida en semejante mundo? ¿Para qué seguirla transmitiendo? ¿Para qué imaginar hijos, continuidad, linaje, cuando la promesa de la vida se ha desfigurado tanto, se ha traicionado tanto? Insistir en la vida en este lugar podría hasta parecer obsceno, una parodia de la afirmación. Y, sin embargo, abandonar por completo la vida, dejarla desaparecer sin dejar rastro, corre el riesgo de rendirse al mismo guion impuesto por quienes desean que desaparezcamos.

Pero es esa desaparición, ese ensayo de desaparición, lo que me ronda en estos días. El coqueteo con la disolución, la tentación de salirse del encuadre, de borrar las coordenadas del reconocimiento: estar sin ojos, sin oídos, sin los sentidos que nos condenan a padecer lo que hay que padecer, a soportar lo que hay que soportar. Ser testigo —siempre testigo— de lo que devasta, y sentir, o no sentir, la insoportable oscilación entre el afecto y su suspensión. Y, sin embargo, como muchos de nosotros descubrimos, marcharse no es una liberación. Jamás se deja atrás la carga. El cuerpo pasa de contrabando sus propias reincidencias, la mente pasa de contrabando sus propias compulsiones. Cargamos con lo que cargamos, reproduciendo sin cesar la cinta.

Pero ¿cómo, exactamente, desaparecer? ¿Alguna vez es una técnica, una disciplina ensayada, o sólo una fantasía puesta en escena al borde del agotamiento? ¿Habrá, vaya escándalo, belleza en desaparecer? ¿Un secreto consuelo en retraerse, en envolverse en una manta enorme, lo suficientemente grande como para cubrir a la vez tres cuerpos, abrazándolos en un solo y mismo olvido?

Hay días en los que el deseo aflora, obsceno en su lucidez: que el genocidio no se repartiera en cuotas, que no escalonara su crueldad a lo largo del calendario, sino que llegara de una vez por todas: súbito, cataclísmico, de un solo golpe. No habría entonces jerarquía en la muerte, no tendrías que esperar tu turno, no perderías a tus seres queridos antes de perderte a ti mismo. La igualdad concedida sólo al borde de la aniquilación. ¿No es precisamente esa la fantasía del fin inscrita en las escrituras? En el Corán, en la Biblia: el Día del Juicio, el Rapto, representado siempre como un intervalo abrupto —más que prolongado—, condensado, catastrófico. El sufrimiento no se dilata indefinidamente, sino que se nos viene encima a toda velocidad, de forma totalizadora, en breves ráfagas de tiempo apocalíptico. Incluso las palabras —Rapto, Juicio— anuncian la brevedad del intervalo. La crueldad es absoluta, pero no se prolonga. Todos desaparecen en un solo instante, iguales por fin. La igualdad deferida a la aniquilación. ¿No sería eso algo, algo tan aterrador como para tomarse por consuelo, aterrador en medida suficiente como para ser aterrador? Deseo que no se atreve a hacerse escuchar, excepto en la borradura, excepto como ironía. Sin embargo, flota, persistente, la fantasía de desaparecer juntos en lugar de solos, en lugar de uno por uno.

Una amiga de Gaza concluye su mensaje con una frase que no logro apartar de la mente: No te preocupes, pronto no tendrás que saber nada de nosotros. Como si el silencio fuera un regalo, como si la borradura pudiera ahorrarme la molestia de escuchar. Ojalá fuera tan fácil: imaginar que la muerte de Palestina, la aniquilación de su pueblo, la destrucción de sus ciudades y huertas, se pudieran resolver pulsando el botón de silencio, extirpados como ruido de fondo, abjurados sin dejar residuo. Por supuesto, sabía ella lo que decía y lo que no decía. Sus palabras no eran de resignación, sino de reproche: dirigidas a nosotros, en la Ribera Occidental, donde la parálisis se hace pasar por supervivencia. Sus palabras pusieron al desnudo nuestra incapacidad para actuar, para romper filas, para provocar la confrontación que podría destruirnos, para resistir. Quería que hubiese igualdad al menos en la muerte, la destrucción como denominador común, la dignidad de perecer junto con los demás. ¿Qué podía responderle? Nada de lo que pudiera escribir, nada de lo que pudiera ejecutar con palabras, podría llegar a ella, podría concederle el consuelo que se negaba a sí misma. Quería decirle: tu vida importa, tus historias perdurarán, tu penetrante mirada y tu sueño de viajar, de estudiar, de respirar en otro lugar… nada de eso se borra, y la esperanza permanece. Pero la frase que me dijo —pronto no tendrás que saber nada de nosotros— sellaba de antemano la conversación. El silencio estaba listo, la desaparición se había ensayado y la aguda sensación de convertirse en una carga para el mundo, y en una carga para el otro íntimo en Ramala. Así que le respondí con una sola palabra, o más bien, con una frase reducida a lo esencial: No te preocupes, desapareceremos después que ustedes. Como si el consuelo pudiera forjarse a partir de la secuencia de la desaparición, como si el consuelo residiera en prometer que nuestra borradura seguiría a la suya, obedientemente, tardíamente, como el eco de un disparo. ¿Qué tipo de consuelo es ese? Una solidaridad perversa, una nana invertida, un voto de fe en la aniquilación. Pero tal vez era el único lenguaje que me quedaba, las únicas sílabas que aún no estaban comprometidas, la única respuesta que no sonaba a traición. Hablar de supervivencia, de resistencia, de futuros, era imposible, casi obsceno, ante sus palabras. Así que fue eso lo que le ofrecí: la seguridad de que también nosotros estamos ensayando la desaparición, de que nuestra desaparición no dejaría de sumarse a la suya. Una promesa de que nos ausentaremos juntos, secuencialmente, uno tras otro.

Sí, son esas algunas de las conversaciones que hoy tenemos. No todas, para ser precisos. Hay otras que se inclinan obstinadamente, a veces hasta el absurdo, hacia un mundo que podría ser otro. Un mundo apostado al subjuntivo, cosido con la gramática rota de la esperanza. De la esperanza, hasta cuando se derrumba bajo su propio peso, hasta cuando cojea y tartamudea, hasta cuando nos traiciona día a día. Lo confieso: soy de quienes todavía insisten. No porque crea, exactamente —la creencia es demasiado ingenua, demasiado pulida—, sino porque rehusarse requiere su propio oxígeno, sus propios pulmones. Sobrevivir es respirar no sólo el aire, sino también las sílabas rotas de un futuro que se niega a ser anulado. Incluso cuando todo conspira para que desaparezcamos, nos aferramos a la posibilidad de algo diferente, aunque sólo sea en las ruinas, aunque sólo sea en el intervalo antes de que surta efecto el botón de silenciar.

Y así, coqueteamos con el PUM! —o quizás, para mayor escándalo todavía—, lo deseamos. ¿Quiénes son, de todos modos, ese nosotros? Vacilo en el mismo instante en que lo escribo, pues en este caso la inclusión jamás es inocente. Pero me han llegado los ecos de las desperdigadas lamentaciones, como escombros escuchados por azar: una madre que oscila —siempre oscila— entre «vámonos» y el deseo más oscuro, susurrado con una despiadada lucidez, «quizás nos maten a todos». Lo mismo que un taxista, hace poco, en lo que se suponía que fuese un corto viaje, una rápida diligencia. Pero en este paisaje la brevedad es una ficción; las horas se dilatan, las frases se alargan, el tiempo mismo se atasca. Murmuró la misma apuesta, como entre dientes, pero dirigida a mí, mientras aguardaba por mi asentimiento o mi rechazo. Esos estribillos —mitad confesión, mitad conjuro— siguen dando vueltas. Representan su propio relevo: irse/quedarse, respirar/ahogarse, desaparecer/insistir. El PUM!, en cuanto catastrófica fantasía, se convierte en la obscena abreviatura de la igualdad, del fin de la crueldad escalonada en cuotas. Sólo que con nombrarlo, se corre ya el riesgo de ser cómplice de su seducción, de esa extraña manera de fascinarnos.

Desaparezcamos de una vez, entonces, para que los árabes que no nos soportan, que confiesan odiarnos, puedan por fin dispensarse del dolor de cabeza, del residuo obstinado en que nos hemos convertido. Para que puedan festejar con los israelíes, bailar en los cielos de la normalización, libres de nuestro insistente reclamo. Desaparezcamos de una vez, para que el Mundo —así, con mayúscula— no tenga que enfrentarse a su verdad, no tenga que verse arrastrado al embarazo de escuchar las insoportables sílabas que cargamos con nosotros. Para que Alemania pueda quedarse tranquila: su respaldo a otro genocidio más no una crueldad, sino una cortesía, el favor que se le hace a un pueblo que, en su momento, también llegara a susurrar: hacedlo rápido, despachadnos de una vez. Para que incluso se vea a salvo, libre de deshonra, reasegurada en su libro de cuentas histórico.

Desaparezcamos para que los gobiernos puedan desembarazarse de su torpe pantomima en el teatro de la democracia, sin verse ya obligados a arrestar a sus propios ciudadanos y a mantener bajo control el disenso. Para que los titulares dejen de tropezar embarazosamente con la palabra Palestina, atragantándose como si tuvieran una piedra alojada en la garganta. Desaparezcamos sin memoria, sin residuos, para no convertirnos en lo que se han convertido nuestros enemigos, para que nuestros nombres no puedan ser instrumentalizados en la matanza de otros. Desaparezcamos sin dejar rastro, para que quienes queden puedan seguir adelante, sin el lastre de la pérdida de Palestina, aliviados incluso del duelo.

Quizás exista un deseo perverso. No es el único, pero es uno que persiste, alojado dentro de cada uno de nosotros como una esquirla. El deseo colectivo de muerte. Uno que circula silenciosamente, negado a la luz del día, susurrado en los márgenes. No precisamente porque anhelemos la muerte, sino porque la muerte, al menos, promete igualdad, una nivelación cuando todo lo demás colapsa en jerarquía y aplazamiento.

Perverso porque nos aterroriza y nos seduce al mismo tiempo; porque articularlo entraña el riesgo de ser cómplices, de insinuar la rendición, la colaboración incluso con la maquinaria que ya ha escrito el guion de nuestra borradura. Sin embargo, ahí está, obstinadamente asentado en el cuerpo, rehusándose a ser desalojado. Un deseo de que la destrucción, si tiene que llegar, llegue de una vez, no por partes, no de forma escalonada, no medida en cuotas. De que nuestro silencio sea un alivio, de que lave todos nuestros pecados. Y que no se puede equiparar con ningún nihilismo, con ninguna incólume poética del martirio. Ese deseo es algo más turbio: un rechazo a la cruel prolongación del sufrimiento por parte del mundo, una impaciencia con su teatro genocida en cámara lenta. Un deseo de acabar con la insoportable espera, de acortar el intervalo entre la pérdida y la propia desaparición. Un deseo de muerte, sí, pero colectivo, casi utópico en su retorcida forma: que si debemos desaparecer, desaparezcamos juntos.

Lo sé, lo sé, que lo que digo pareciera un brusco viraje hacia lo demasiado oscuro, lo demasiado indulgente con la catástrofe, lo demasiado inquebrantable en su aceptación del triunfo de la maquinaria militar. Pero entonces, ¿adónde más encaminarnos? Sí, hay luz al final del túnel, aunque nadie se ponga de acuerdo sobre si es la luz del tren que se aproxima y terminará por aplastarnos, o si es la luz de la tierra prometida que hemos estado ensayando. En cualquier caso, habrá alivio. (Uno aprende a ser promiscuo con el alivio, a acogerlo en cualquier forma). Una amiga de Gaza resumió el asunto con su cristalina crueldad: Aquí, la muerte ha muerto. Sentencia tan insoportable que de inmediato revierte a la claridad. Como si dijera: lo que ustedes llaman el fin, nosotros ya lo padecemos.

Featured image: Mark Rothko, Black on Maroon, 1958, oil, acrylic, glue tempera and pigment on canvas, 8′ 9″ × 12′. From the Seagram murals, 1958–59. © Kate Rothko Prizel and Christopher Rothko. Courtesy of Artforum.

Translated from the original in English by Rolando Prats.

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To hear Palestine is to realize that what echoes there is not theirs alone, but already your own.