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La justicia a juicio

En cierto sentido, toda causa judicial es política. Algunas, sin embargo, se politizan de modo manifiesto. De Antígona a Sócrates, de Martín Lutero a Alfred Dreyfus, la historia está repleta de acusados —y de partidarios suyos— que revierten la situación y terminan acusando a los procesos judiciales de distorsión sistemática y politizando así lo que la ley presume incontestable: las reglas de su propio juego. Para esos iconoclastas, se supone que la verdadera justicia reside fuera de la práctica del derecho y de los procedimientos establecidos. Las críticas radicales que desde el siglo XIX se han dirigido contra la «justicia burguesa» encajan en ese molde. Los anarquistas que se veían arrastrados a los tribunales en los años ochenta y noventa del siglo XIX, por ejemplo, condenaban en voz alta el carácter de clase de las instituciones jurídicas. Esa forma de lo que Otto Kirchheimer denominó «justicia política» —«el uso del procedimiento jurídico con fines políticos»—, en virtud de la cual el acusado se apropia de la capacidad de acusar, juzgar y dictar sentencia, es el tema de Le Procès Goldman, la película más reciente del director francés Cédric Kahn.

El acusado, Pierre Goldman, es un personaje de la vida real, detenido en abril de 1970 por el asesinato de dos farmacéuticos en París. Nacido en Lyon, en 1944, de padres judíos polacos, había sido dirigente estudiantil comunista, antes de eludir el servicio militar obligatorio y huir a Cuba. Desdeñoso de los événements de 1968 en Francia, viajó a Venezuela para unirse a la lucha armada, donde también participó en el atraco a un banco. De regreso en Francia, bordeó la línea que separaba al revolucionario que hacía un mal cálculo del gánster presumido, hasta que lo detuvieron. Mayo del 68 había inaugurado un período de sostenida militancia de izquierdas, la policía antidisturbios mantenía una presencia permanente en las calles y el gobierno de Pompidou se mostraba inclinado a los excesos en su tratamiento judicial de los activistas. En ese contexto, Goldman se convirtió en una cause célebre de la Rive gauche. Destacados intelectuales y el nuevo diario Libération salieron en su defensa. Goldman encarnaba el turbulento ethos de la época: itinerancia, reputación guerrillera, criminalidad politizada, asco por el Estado carcelario, pero también la premonitoria sensación de lo que su amigo Marc Kravetz denominó vida «después del izquierdismo».

Goldman admitió sin reservas una serie de robos a mano armada, pero negó tener nada que ver con los asesinatos. Permaneció en prisión durante cuatro años antes de ser juzgado y finalmente ser condenado a cadena perpetua. Pero la publicación de las memorias de Goldman, Souvenirs obscurs d’un juif polonais né en France (1975), junto con una sostenida campaña en su favor, suscitaron suficientes dudas sobre su condena como para justificar un nuevo juicio en 1976. La dramatización de Kahn, aunque comprime material de distintas fases del caso Goldman, se centra en ese segundo proceso. Más allá de la clásica batalla entre el ministerio fiscal y la defensa, la película pone de relieve las tensiones entre el revoltoso Goldman y sus exasperados abogados, así como entre el inquebrantable juez y un desfile de testigos. En el sistema judicial francés, los jueces están facultados para dirigir los procedimientos con sus propias interpelaciones, fungiendo como una especie de segundo nivel de acusación, en este caso, junto al fiscal del estado y el abogado que representa a las familias de las víctimas.

Aun cuando se enfrenten entre sí, el juez y los fiscales y los abogados defensores comparten su adhesión a las reglas del juego judicial. Uno de los aspectos en los que la película insiste más empecinadamente —y de los menos convincentes— es la incertidumbre epistemológica acumulada tras la larga procesión de testigos: psiquiatra, padre, amante, policía, transeúntes, amigos. Por momentos, los testimonios parecen nunca acabar; por supuesto, los recuerdos son incompletos, sesgados y fragmentarios. En sus alegatos finales, los abogados de Goldman denuncian la «religión de los testigos» y cómo «el propio mecanismo del testimonio es aterrador». Sin embargo, se está planteando una cuestión más importante: la credibilidad de los testigos de la acusación se da mayormente por sentada, mientras que Goldman, entre otras cosas por haber confesado su participación en otros robos, entra en la sala sin ninguna verdadera «presunción de inocencia». El acusado parte necesariamente en desventaja; protestar ya es protestar demasiado.

El drama de esos procedimientos sirve de motor a la película, aunque yo no la catalogaría de «fascinante» o «electrizante», como han hecho otros. Dicho esto, la paleta de colores desvaídos del director de fotografía Patrick Ghiringhelli se aviene a la perfección con los setenta, y las interpretaciones de Arieh Worthalter (Goldman), y especialmente de Laetitia Masson (la psiquiatra) y Cholé Lecerf (la amante guadalupeña y futura esposa de Goldman, Christiane Succa) alcanzan una intensidad contenida y apasionante. Succa, a quien el juez blanco interrumpe y reprende con condescendencia, transmite una imperturbable reserva que enmascara un desconcertante fervor. Son esos los momentos en que vislumbramos el verdadero interés de Le Procès Goldman, que no radica en las disputas sobre los hechos, sino en los superpuestos torbellinos de la política, el racismo y el antisemitismo, la identidad judía, la integración francesa, la división generacional y las lógicas del sistema de justicia penal que se refuerzan unas a otras. Es más lo que está en juego que la culpabilidad o la inocencia de Goldman.

La película de Kahn oscila entre la confianza en la facticidad y las fuerzas sociales que se imponen a pesar de los intentos jurídicos de excluirlas de la sala del tribunal. Goldman encarna esa oscilación, ateniéndose a las normas probatorias un minuto y denunciando el juicio como sistemáticamente amañado al siguiente. Sus explosiones desde el banquillo de los acusados y los abucheos y vítores de sus partidarios entorpecen las actuaciones; los demás participantes se afanan porque continúe el espectáculo. El juez insiste en introducir en las deliberaciones la biografía de Goldman. ¿Para contextualizar? ¿Para demostrar su culpabilidad? Lo mismo hace la fiscalía. Ello le ofrece a Goldman suficiente margen para insistir por su parte en que si su pasado y sus opiniones políticas son de alguna importancia, también lo son las de los testigos de cargo. El margen se amplía aún más cuando todos describen al hombre que vieron la noche de los asesinatos como de piel oscura, mediterráneo o de «nariz larga y piel oscura como de árabe», a pesar de que hablaba un francés decente. Se sobreentiende —«ojos muy hundidos»— que evitan decir «como de judío».

A esas alturas, Goldman ya ha declarado: «También yo soy negro… Judío y negro es lo mismo.» Había deseado tener hijos con Christiane: «negros de sangre judía». Y se pone a gritar: «¡Toda la policía es racista y antisemita! El fiscal y los testigos son racistas y antisemitas». El abogado de las familias de las víctimas, como prueba de parcialidad, responde a la acusación de Goldman con el absurdo de que «aunque se demostrara que algún testigo es racista o antisemita, seguiría siendo digno de crédito». Goldman y sus partidarios, en su mayoría blancos, explotan, al tiempo que estos últimos remedan el saludo nazi y simulan con los dedos llevar bigotes de Hitler mientras corean: ¡Policía fascista! ¡Justicia cómplice! Se despeja la sala. Es más difícil vitorear al Goldman de Kahn como héroe de los desdichados de la tierra que a los Siete de Chicago de Sorkin, al Che Guevara de Soderbergh o al Fred Hampton de King. Sin embargo, al poner en primer plano la ley como instrumento tanto de poder como de impugnación, Le Procès Goldman dramatiza no sólo ambigüedades, sino contradicciones.

Ello es especialmente cierto en la trágica y oportuna reflexión de la película sobre los judíos franceses de la posguerra y el radicalismo. Después de que lo sacan de la sala del tribunal a la fuerza, Goldman insiste ante un abogado en que su inocencia es «ontológica». Semejante noción apunta a una mentalidad generacional más amplia. Goldman insiste una y otra vez en que matar a los dos farmacéuticos habría significado contradecir sus propios «principios». Y esos principios tienen un origen preciso: el ejemplo moral de sus padres, una madre comunista que mantuvo su compromiso frente al envilecimiento estalinista y un padre que luchó en la resistencia francesa. «Me rondaba su historia— explica— Quería ser como ellos.» Pero como dice su camarada venezolano Oswaldo Baretto, quien había vuelto a París junto con Goldman, a finales de los 60 «la revolución había terminado». Goldman había nacido demasiado tarde. El dolor de no estar a la altura de sus idealizados padres hace estragos: el ego ideal se convierte en superego auto-lacerante. Como dirá su abogado principal Georges Kiejman (Arthur Harari) en su alegato final, «no nos recuperamos nunca de nuestra infancia». Esa neurosis melancólica se manifiesta en reiteradas referencias a que Goldman es un «suicida», alguien que se precipita perpetuamente hacia su propia destrucción. Atrapado entre la revolución y la delincuencia común y corriente, el alcohol, la prostitución y el gusto por las camisas finas, este rebelde está empeñado en alegar su inocencia esencial mientras socava tanto el proceso judicial como los esfuerzos de sus propios abogados por exonerarlo. Contradicciones.

Durante los preparativos de los abogados de Goldman para sus alegatos finales, uno de ellos interviene con una observación fundamental. Para «salir del gueto», los judíos europeos de mediados de siglo se habían enfrentado a una disyuntiva singular: «sionismo o comunismo». Quienes tomaron este último camino se basaron en un «aspecto fundamental del judaísmo»: su «vínculo con el universalismo, con la historicidad». Goldman es, por tanto, heredero de una tradición de radicales judíos que luchan por la emancipación, y no sólo la de los judíos. De vuelta en la sala del tribunal, esta se ve inundada por la política. El fiscal evoca un peligroso nacionalismo que pretende hablar «en nombre de Francia, de la verdadera Francia». Uno de los abogados de Goldman tropieza con una paradoja republicana, al hacer la alabanza de esa «familia ejemplar, modelo de integración» antes de insistir en que defiende a «todos los judíos, todos los medio-judíos, todos los cuarto-judíos, los gitanos y tanos». La integración es el precio del reconocimiento, mientras que los guiones se asemejan a las clasificaciones nazis, aunque se esgriman en nombre del antisemitismo. Por último, Kiejman, quien hasta ahora se había resistido a invocar el judaísmo de Goldman, cambia de rumbo. Goldman es «ante todo, el fruto de una tragedia real: la tragedia de los judíos de Europa del Este». La justicia del juicio —en el sentido de lo soportado y lo sufrido— une entre sí al abogado y al acusado. Goldman y él «pertenecen a la misma comunidad, la de los judíos polacos, integrada en la sociedad francesa, pero que de ese origen conserva temblores angustiosos y heridas profundas.»

Los hechos del caso están sobredeterminados por la historia. Sin embargo, un jurado no tiene el poder de poner fin a las heridas del odio a los judíos. ¿Debe exonerarse a Goldman a causa de un dolor que no es posible aplacar? ¿Es el sufrimiento judío una circunstancia atenuante, incluso una coartada? Kahn parece consciente de los peligros de semejante interpretación, pues hace a Goldman afirmar en sus observaciones finales ante el tribunal: «No quiero que nadie diga que actué como un judío que insinuó que un no judío no tiene derecho a pensar que un judío es capaz de matar, y que quienes lo hagan son antisemitas.» La matización es débil, por lo que persiste la insinuación. Al final, el rebelde queda exonerado de un delito que afirma no haber cometido. El título provisional de Kahn se tomó de una de las frases de Goldman, Soy inocente porque soy inocente. Cuando el juez lee el veredicto, su voz es ahogada por una bulliciosa celebración. Se pone en evidencia entonces que el sistema sobre el cual Goldman ha acumulado tanto desprecio ha funcionado… a su favor.

Read on: Régis Debray, ‘The Long March’, NLR I/33.

 

Featured image: Still image from the film Le Procès Goldman. Courtesy of Sidecar.

Translated from the original in English by Rolando Prats. Sidecar on Communis is possible thanks to a collaborative partnership between Communis and New Left Review.