«L’union ? Quelle union ?», de Frédéric Lordon, apareció originalmente en La pompe à phynance, el blog de Lordon en Le Monde diplomatique, el pasado 30 de junio de 2025. Se tradujo al español y se publica ahora en Communis con la autorización del autor.
«Vivimos un momento excepcional en el que pensar políticamente no es de carácter facultativo. Se dirá que la dirección de la CGT así lo había comprendido cuando llamó a votar por el Nuevo Frente Popular en julio de 2024. Habrá que decirle que no es suficiente, aunque haya que recordarle que en 1934, ante la amenaza fascista, no dudó en unir sus fuerzas con las de los partidos de izquierda para ofrecer una respuesta unitaria. Como debería volver a hacer hoy: con Francia Insumisa.»
—Frédéric Lordon
A propósito de «la unión»
Es un fetiche y una constante lamentación: «la unión». ¿Para qué? No se sabe. Lo importante es estar «unidos». Todos juntos hacia el talud: iremos a parar en el techo, pero habremos permanecido «unidos» como si nos hubiesen soldado los unos con los otros. El viejo sentido común que, como el tinto barato, mancha, no obstante protesta: «Unidos somos más fuertes que divididos; divididos no llegaremos a nada.» Lo que se dice a nada. En materia sindical, los prodigios de la «unión» permanecen frescos en la memoria y se prestan de lo mejor para no tener que devanarnos los sesos: fue en 2023, con motivo de las jubilaciones. Todo salió a pedir de boca, de tan unidos que estábamos. Con la Confederación Francesa Democrática del Trabajo. Como lo prueba el hecho de que no «llegamos a nada»: pues durante dos meses sacamos a millones de personas a la calle para, al final, perder lo imperdible. Por haberse alineado la «unión» con la molicie política, la incomprensión de las situaciones históricas y la ineptitud estratégica. Todos juntos… en la derrota. Pero ojo, no cualquier derrota, sino una derrota triunfal, unánimemente celebrada. Por la burguesía, y la prensa de la burguesía, toda ella embelesada: lo que se dice una verdadera unión, de esas que jamás ocasionarán perjuicio alguno.
¿Acaso no es urgente replicar en el ámbito político lo que tan mal ha salido en el sindical? Es lo que opina la misma prensa; y ello, incluso más que en el caso anterior. En este caso tampoco escatimaremos al viejo sentido común tan dado a dejar manchas (como el tinto barato) y cuya impronta en las organizaciones consagradas a la renegación no puede ser más obvia. Las mismas que tan decididas se muestran a doblegar a golpe de sentido común a los recalcitrantes: Francia Insumisa. Con tan mala pata, pues FI es a la vez la de mayor peso y la menos ingenua.
«La unión» según las urnas
Si realmente quisiéramos dar algún crédito a la «unión», al menos podríamos tomarnos la molestia de hacer un mínimo análisis táctico. Que comenzaría por diferenciar las elecciones. Por ejemplo: ¿elección presidencial? Afortunadamente, FI nunca ha sido tan tonta como para embarcarse con la tomadura de pelo de las primarias populares/ciudadanas/de la izquierda/de toda la izquierda/o incluso del centro/y más allá —de haber afinidades—, o de cualquier otro tipo de candidatura común, «totalmente abierta»; siempre que no recaiga en FI. Son muchas las razones para no querer seguir viéndoselas con las inclinaciones autocráticas de la Quinta República, pero por el momento no tenemos otra. Por tanto, el juego (electoral…) se analiza en función de las limitaciones que ella misma impone: en particular, la ultrapersonalización de las elecciones. Ahora bien, independientemente de toda cuestión de línea, en este ejercicio nadie tiene tanto empuje como lo Viejo —Faure, Autain, Tondelier o la alianza de los «tours» y los «bourgs»—: personalidades «destacadas», si se quiere, pero sobre todo por su mediocridad intelectual, su consistencia de ectoplasma y el carisma de un cucharón.
¿Elecciones legislativas? Historia por completo diferente, a no dudarlo. Esta vez, la necesidad de formar alianzas es mucho mayor. Pero hay que saber distinguir: unas elecciones legislativas que sucedan a unas elecciones presidenciales en las que se haya ganado ofrecen un impulso que propicia que la unión se forme al amparo de una hegemonía, situación en la que no hay por qué esconderse si se tiene en cuenta lo podrido que está el entablado por sobre el que hay que caminar. Ejemplo (sin victoria): la Nueva Unión Popular Ecológica y Social; la que, por cierto, ha confirmado ampliamente el estado en que se encuentran los tablones. Y que quizás incluso nos haya dado ganas, en retrospectiva y de cara al futuro, de convertirlos en aserrín.
Última configuración: unas elecciones legislativas «sorpresa». Es el peor de los casos. Ni la ventaja comparativa de la personalización, ni el impulso de unas presidenciales bien negociadas: no queda sino el follón estilo Nuevo Frente Popular, apenas enderezado por el estado de las fuerzas en el momento de la disolución; a saber, tras unas elecciones europeas que hasta ahora nunca han sido particularmente memorables para FI. Lo único cierto es que extraer conclusiones «presidenciales» de tan atípicas elecciones legislativas es la mayor de las estupideces.
Socialdemocracia: cierre por liquidación
Aun así, hay que seguírselas viendo con la cuestión del carisma, y con la cuestión de la línea. En ese sentido, decir que el Partido Socialista «traiciona» es un enunciado carente ya de todo sentido. Para empezar, tendría que ser de izquierda para que sus posiciones revistieran carácter de traición. Lógicamente, no se traiciona a la izquierda cuando se es de derecha. El PS no traiciona nada: es lo que es. No falta sino acabar con ese efecto de persistencia retiniana que se empeña en verlo a la izquierda.
La radicalización de la burguesía ha anulado el espacio socialdemócrata del «compromiso» desde el momento en que la mutación de las estructuras del capitalismo ha dado al capital la libertad estratégica de rechazar todo compromiso.
Se preguntará, sin embargo, ¿no es socialdemócrata el PS? Es eso lo que afirma el propio PS. Y la socialdemocracia, ¿no es «de izquierda»? Si se quiere, pero para calificarla de alguna manera sería necesario, sobre todo, que todavía existiera… la socialdemocracia. Pero precisamente ahí es donde está el problema. La radicalización de la burguesía ha anulado el espacio socialdemócrata del «compromiso» desde el momento en que la mutación de las estructuras del capitalismo (alias «globalización neoliberal») ha dado al capital la libertad estratégica de rechazar todo compromiso. Cuando se desvanecen los márgenes del compromiso, ¿qué les queda a los partidos del compromiso? Aceptar la desaparición del compromiso y convertirse a la derecha. Una derecha pasiva, una derecha por defecto, una derecha por la pendiente más pronunciada, para empezar, por cuanto nunca se sabe hasta dónde puede llevar la pendiente más pronunciada.
Por lo demás, algo ya se sabe, viendo hasta dónde ha llevado a algunos: privación de la nacionalidad, estado de emergencia por conveniencia, desacato de las autoridades, delito de apología del terrorismo, etc. De hecho, la pendiente —irresistible— es la objeción definitiva a la hipótesis estratégica de la falsa izquierda, según la cual, entre «los extremos» abandonados a la suerte de sus radicalismos simétricos (cuando no idénticos, ya que es sabido que «convergen»), se recrearía en toda su amplitud el espacio de la sensatez, del compromiso y del valor de los matices. Lamentablemente, ese espacio tiene forma de mantel de punto y redistribuye a un lado u otro todo lo que lo atraviese, sin poder mantener nada en su inestable equilibrio. Y, por defecto, hacia la extrema derecha.
Porque no hay —ya no hay— centro, espacio central ni bloque central. No hay más que una caída en cadena de todas las fuerzas hegemónicas hacia el polo de la extrema derecha, como demuestra una vez más Bayrou, hasta ahora figura tutelar del centro amable, cuyo gobierno, entre Betharram–vs–Averroès y Retailleau-Darmanin, habrá propiciado los avances más notables del racismo sistémico de Estado y la fascistización general. Trágico efecto gravitatorio de «la pendiente»: salvo que se disponga del arsenal ideológico opuesto, único capaz de hacernos llegar al otro lado, todo seguirá deslizándose hacia el peor de los destinos. De ahí que ya nadie sea capaz de distinguir entre la Agrupación Nacional y Les Républicains, ni tampoco entre estos dos y el macronismo real.
«La unión», engañabobos
En cualquier caso, por no tener idea alguna sobre el capitalismo, el PS no corría ningún riesgo de tener la menor idea sobre la crisis orgánica del capitalismo. Tampoco, como partido burgués por excelencia, estaba en condiciones de calibrar la radicalización de la burguesía, es decir, la inclinación de la pendiente. Decidida a todo con tal de salvar su orden, la burguesía muestra, como es siempre el caso en épocas de crisis, su verdadero rostro. Y ello, en una coyuntura que lleva al extremo el callejón sin salida estratégico del PS —al que, a decir verdad, se había ido a parar hace mucho tiempo —, tal como nos lo ha hecho saber con sus pretensiones de gobernar una farsa esencial, confirmada, repetitiva y, por desgracia para el PS, muy susceptible de discernimiento por el electorado, que ya ha «tratado» a Jospin, Holland, Hamon e Hidalgo. De modo que, bajo el único criterio de la eficacia, que es el único argumento de los unionistas, el fracaso está más que garantizado.
La adhesión de la prensa burguesa al orden burgués es tal que no tiene nada que ocultar ni que confesar: que la izquierda sea de derecha es algo natural.
Por lo general, llegados a este punto, deberíamos empezar a medir la vacuidad esencial del propósito de forjar, con fuerzas que son de derecha, una «unión de fuerzas de izquierda». Y es que, en algún momento, hay que decidirse a llamar por su nombre ese grotesco vicio que convierte a la «unión» en un engañabobos que no es secreto para nadie: tiovivo para una feria de atracciones. De seguro, del tipo de atracción que prefiere la prensa burguesa que —a mano siempre la ayuda que le prestan los sondeos— se afana sin desmayo por rellenar su «unión de la izquierda» con farsa de la derecha. Empresa que, por supuesto, jamás confesará. En realidad, la adhesión de esa prensa al orden burgués es tal que no tiene nada que ocultar ni que confesar: que la izquierda sea de derecha es algo natural. Por eso se queda boquiabierta, atónita, cuando se le dice lo contrario. No es que sea para ella cuestión de lógica o de contradicción formal: es simplemente un vacío. ¿Acaso no ha defendido durante mucho tiempo la existencia del gamusino y le ha caído detrás al «ala izquierda del macronismo»? En ese caso, evidentemente, Valls, Cazeneuve, Delga, Lombard, Moscovici, Cambadélis, Hollande, Vallaud, etc., todo eso,es-la-izquierda. Entretanto, Marine Tondelier, con sus tulipanes a las Compañías Republicanas de Seguridad y sus coreografías al pie de la torre Total, es-la-izquierda. Fabien Roussel, con sus pasiones carnívoras y su «racismo antiblanco», es-la-izquierda. ¿En qué punto nos encontramos con respecto a toda noción de lo que significa ser de izquierda cuando llegamos al extremo de proclamar, como hace Libération, que «[e]ntre los dos, Raphaël Glucksmann y François Ruffin forman un candidato de izquierda que no tiene desperdicio»? Podemos imaginar la fisonomía del personaje reconstruido, entre cuadro de Boucher y monstruo de Frankenstein: todo él costuras y el andar algo rígido.
Otra unión
Es todo lo que encontramos en el fondo del vórtice «La unión», ese sumidero de energía y palabrería inútiles, lugar ridículo del que salir a la carrera sin el menor remordimiento. O más bien, que trasladar, que reinvertir en otro lugar. Porque si hay una unión que considerar, pero de otro tipo, es allí hacia donde nadie está mirando: en la constitución de un arco de fuerza antifascista. En particular, en torno a sus principales componentes, designados por su capacidad de movilización, los más poderosos del momento: FI y la Confederación General del Trabajo (CGT).
En este caso, esa unión, que no es obvia, merita cierto esfuerzo. En primer lugar, un esfuerzo de imaginación, porque al no andar ocupada con programas, circunscripciones y desistimientos, hay que concebirle unos objetivos originales. En lo esencial, contenidos de coordinación en los discursos, las consignas y, más aún, en la movilización, es decir, en la creación de oportunidades de movilización. De modo que al final nos salgamos con una concentración de FI en Place de la République contra la extrema derecha un domingo, una concentración de la CGT en Place de la République contra la Agrupación Nacional el domingo siguiente, una manifestación por Palestina de FI un sábado y una manifestación por Palestina de la CGT una semana después.
El trabajo de «organización», o más bien de organizaciones, vendrá después, y sobre todo. Porque a priori todo parece oponerse a ese acercamiento, que no tiene, precisamente por ello, nada de orgánico. No se puede decir que FI se haya afanado mucho por disimular su propensión a instrumentalizar a los sindicatos y su fuerza de movilización. De sobra se sabe que sus relaciones con la CGT, en particular, rápidamente se torcieron. Sin embargo, es difícil reprochar a un partido tan comprometido con la conquista del poder institucional que se desvíe de sus objetivos para alcanzar sus fines electorales: ello forma parte de su concepto. Del mismo modo, no se puede reprochar a la CGT, ni a su dirección ni a sus militantes, que se resistan a verse objetivamente involucrados en empresas que no son las suyas: es su legítimo derecho. Seguramente, para romper el mano a mano entre FI y la CGT, habrá en el arco —en cualquier caso, tiene que haberlas— otras fuerzas políticas. Tampoco hay que exagerar sus respectivos poderes de «dilución»: FI es un bocado demasiado grande.
«Política» son las elecciones, los partidos, los diputados, las mociones de síntesis, el debate en segunda vuelta, las urnas, los ministerios, la cafetería de la Asamblea Nacional. No las cuestiones sociales. Un solo grupo social tiene interés en mantener esa concepción escandalosamente restrictiva: el capital.
En realidad, el principal obstáculo no está, o al menos no lo está tanto, donde se cree: no en la propensión a afiliarse a una organización política que, por naturaleza, funciona por medio de la afiliación, sino en el hecho de que una organización sindical considere acertado «no hacer política», en plena época de fascistización. Punto de agobio: en la dirección de la CGT, parece que todavía no se entiende el significado del término «política». Más exactamente, se entiende como lo entienden los periodistas. «Política» son las elecciones, los partidos, los diputados, las mociones de síntesis, el debate en segunda vuelta, las urnas, los ministerios, la cafetería de la Asamblea Nacional. En cambio, las cuestiones sociales no son política. Porque son cuestiones sociales. Los sindicatos tampoco son política, porque si lo fueran serían partidos (¡por favor!).
Un solo grupo social suele tener interés en mantener esa concepción escandalosamente restrictiva de la política: el capital, por supuesto, cuyo esfuerzo constante ha estado siempre dirigido a negar rotundamente que lo que ocurra en cualquier empresa, y más en general en «la economía», tenga el más mínimo carácter político. Han sido necesarias todas las interpretaciones erróneas, las derivas y la obsolescencia de la Carta de Amiens, pero aún más el triunfo de la ideología de los «interlocutores sociales», para llevar a los sindicatos a hacer suya esa negación de la política. El hecho es que ni siquiera en la CGT se permite a la dirección sindical «hacer política», para gran disgusto de no pocos militantes, como los estibadores de Marsella que se niegan a cargar armas para Israel, sus homólogos del aeropuerto Charles de Gaulle por el mismo motivo, o los sindicatos de profesores de Île de France que convocaron a una huelga el 17 de junio contra el genocidio en Gaza: evidentemente, todos ellos persisten ejemplarmente en sus luchas reivindicativas sin por ello abandonar las perspectivas políticas, y piensan «políticamente» al mismo tiempo que piensan «sindicalmente».
Por desgracia, vivimos un momento excepcional en el que pensar políticamente no es de carácter facultativo. Se dirá que la dirección de la CGT así lo hubo de comprender cuando, armándose de valor, cruzó el Rubicón y llamó a votar por el Nuevo Frente Popular en julio de 2024. Lo peor es que, en relación con sus propios estándares, sí, la CGT ha hecho algo «excepcional». Habrá que decirle que no es suficiente, aunque haya que recordarle su propia historia, la de febrero de 1934, época en la que comprendía mejor lo que significaba «política», tal vez auxiliada por su sojuzgamiento al Partido Comunista…, pero también porque la perspectiva revolucionaria no había desaparecido de su ideario. De modo que entonces, ante la amenaza fascista, no dudó en unir sus fuerzas con las de los partidos de izquierda para dar una respuesta unitaria. De eso mismo es de lo que habrá que convencerla que vuelva a hacer hoy. Sí: con los partidos de izquierda. En este caso, con el principal de ellos: FI.
Lo que resulta un poco aterrador en la despolitización del sindicalismo, como en el caso de la CGT, es la falta de conciencia del peligro —que se considera fuera de su ámbito, por cuanto se supone que sea un asunto «electoral»— y, lo que es peor, aunque no sea más que una consecuencia de lo anterior, la falta de conciencia de la responsabilidad política que le incumbe. Es entonces que, en lo que sin duda es un segundo cruce del Rubicón, en su llamamiento por el Primero de mayo la CGT menciona a «Trump», a «la internacional reaccionaria» y a «la extrema derecha». Desafortunadamente, para después volver al silencio político el resto del tiempo, toda vez que el primero de mayo tiene la mala costumbre de caer un solo día al año.
No es concebible, en un período tan peligroso, que una organización de izquierda tan poderosa como la CGT no se redefina, de la manera más explícita, como componente de un arco antifascista, o incluso como fuerza antifascista pura y simple, declaración que, por ello mismo, denotaría su disposición a trabajar con todas las fuerzas políticas que se definan de manera similar, independientemente de su naturaleza, incluida la partidista.
Dos fuerzas de izquierda, FI y la CGT, tienen en sus manos nuestro destino político. Si tenemos energía para exhortar a la «unión», es en ello que debemos emplearla, y que sean otros los que empleen la suya en ferias de atracciones. Que esa unión sea perfectamente heterogénea con respecto a las coordenadas habituales de la «unión», que tenga que superar considerables obstáculos, que exija inventar nuevas prácticas, todo eso se entiende. Al menos vale la pena intentarlo.
Se busca «artillería pesada»
Vale más que la pena: vale la urgencia. El alcance y la intensidad de la amenaza son tales que habría que plantearse muchos otros cambios en el funcionamiento habitual de las organizaciones. Al menos por precaución. Por ejemplo, porque la burguesía estará dispuesta a todo para impedir la llegada de la izquierda al poder, hasta a distorsionar, o incluso a pisotear, el propio proceso electoral, por el que siente respeto sólo si este respeta los intereses de la burguesía. Hasta su golpe de fuerza del verano de 2024, el macronismo habrá sido un ensayo general.
En un caso similar, en que la mentira institucional y electoral queden expuestas a la luz del día, vendría bien estar en condiciones de sacar la «artillería pesada». Veamos: ¿con qué «artillería pesada» contamos? En realidad, no con mucha. Básicamente con dos cosas.
En primer lugar, están los disturbios de tintes insurreccionales, al estilo de los chalecos amarillos o de Nahel, o cualquier combinación convexa de ambos. Pero nadie sabe cómo funcionan ni cómo se desencadenan, si es que, frente a sus virtudes, también se tienen en cuenta sus riesgos y peligros. El segundo artículo es mucho más interesante: se titula «movilización masiva del campo del trabajo». ¿Tampoco sabemos en ese caso cómo funciona? No es del todo falso, pero tampoco del todo cierto: por ejemplo, el 16 de marzo de 2023, cuando un 49,3 llevó a su punto de ebullición a un cuerpo social presa de la rabia: ese día se presentó una oportunidad política e histórica para convocar a una huelga general. Que quedó abandonada a las corrientes de aire.
De todos modos, esa ya no es la cuestión. En contra de todos los sociólogos realistas de las organizaciones sindicales, hay que poner el problema patas arriba: no desde la crítica mecánica de la «incitación a la huelga general», sino desde la coyuntura, que es histórica, y el peligro sin precedentes bajo la Quinta. Es de ahí de donde hay que partir. Es eso lo que tiene la sartén por el mango, lo que las organizaciones deben pensar imperativamente. Es la sensación de peligro lo que hace que se encuentren los recursos. Y mover cielo y tierra para hacer posible lo que hasta ese momento se consideraba imposible, pero que se revela imperiosamente vital. Aun así es necesario que la sensación de peligro se experimente con la intensidad requerida…
Ya no existe la izquierda sindical y la izquierda partidista, las luchas de unos y de otros, las reivindicaciones y las elecciones: existe la izquierda y la extrema derecha.
Que el campo del trabajo se implique políticamente en un arco antifascista es algo defendible desde el punto de vista sindical. Debería quedar bastante claro que el fascismo no es precisamente su aliado. Las leyes antisindicales más controvertidas ocupan un lugar muy importante en su agenda: normalmente, ello sería motivo más que suficiente para que las confederaciones se movilizaran en serio; sería estúpido verse aniquiladas sólo por no haber querido «hacer política».
Por lo demás, el argumento es válido para todas las organizaciones, tanto sindicales como políticas, que se sentirían contrariadas de tener que apoyar a uno de los componentes del arco: lo que se avecina para 2027 es lo suficientemente grave, de hecho lo suficientemente peligroso, para todos. Porque las disoluciones y las persecuciones políticas, las mismas de las que el macronismo nos ha dado ya una muestra, se nos vendrían encima tan rápidamente como las leyes antisindicales. Normalmente, no debería ser demasiado pedir que se imagine lo lejos que se puedan llevar las cosas, para convencernos de hacer todo lo posible por evitarlo.
En cualquier caso, sabemos dónde estamos con sólo escuchar a Retailleau, quien considera que «la Agrupación Nacional es muy de izquierda», pausa, «en materia económica», combinación más que acertada para a la vez indicar en términos generales su más auténtica inscripción en la dinámica fascista del momento y lo que esos términos generales conllevan en materia social.
Hacer visible el vínculo entre las dos luchas, la política y la sindical, construir una disposición —a participar de una práctica seguramente inusual— es una cuestión de línea, confederal. Y de discurso. Que recae en la dirección, ya que, si se lee correctamente, es la dirección la que se encarga de marcar el rumbo. Nos gustaría mucho que la CGT comprendiera que, en este momento histórico, se encuentra, lo quiera o no, ante una responsabilidad histórica. Que va un poco más allá de un primer comunicado «Nuevo Frente Popular» entre las dos vueltas —o de un segundo, aterrador, para exhortar junto con la Medef a la «estabilidad»… Hay momentos en los que el sindicalismo sindical de los «interlocutores sociales» simplemente no es sostenible. Ya no existe la izquierda sindical y la izquierda partidista, las luchas de unos y de otros, las reivindicaciones y las elecciones: existe la izquierda y la extrema derecha.
Featured image: The Corkscrew, a new roller coaster, makes its debut at Cedar Point, Sandusky (OH) on May 15, 1976 | Bettmann via Getty Images. Courtesy of Popular Mechanics.
Translated from the original in French by Rolando Prats.





