«La casa y la bestia» es la traducción al español de “The Homely and the Beast”, pieza original de Abdaljawad Omar para Communis como parte de su columna “The border within”.
«No estoy seguro, pero tal vez el hogar sea donde se cuentan historias, narradas en susurros, transmitidas como ocultas transcripciones. El tipo de fragmentos que circulan por la noche, que se intercambian en la cocina, o que se prensan entre amigos que saben que no los deben repetir. Y, sin embargo, esos mismos fragmentos se reproducen más tarde, distorsionados, convertidos en arma: el oficial de inteligencia israelí te los recita en el interrogatorio, como si la memoria misma fuera contrabando. El hogar se convierte tanto en el origen de la historia como en el lugar de su traición, el terreno en que nacen las palabras sólo para volverse en tu contra.»
— Abdaljawad Omar
El año pasado me deshice de lo que quedaba de mis muebles, no tanto a modo de obsequio como de desalojo, callado exilio en mis propias habitaciones. Se los llevó uno que vive en Gaza, atrapado en la larga réplica del Ṭūfān, varado sin papeles en Ramala, un cuerpo suspendido entre dos borraduras. Las camas, la mesa, las pequeñas cosas de algún valor, banales en su repetición, de repente cargaban con el peso de lo heredado. Pasaban de una precariedad a otra, ya no eran mías, tampoco eran completamente suyas, pertenecían en cambio a ese intervalo sin solución de continuidad en que los objetos comienzan a hacerse eco del peso de su partida. Vuelvo al gesto, y el gesto vuelve a mí. ¿Regalé lo que ya se me escapaba de las manos? Los muebles esperan, y lo hacen dentro de la espera del otro. Esperan en habitaciones en las que nunca entraré, sometidos a la callada disciplina de la necesidad, cada silla cargada con el sedimento de reuniones que ya no son posibles.
Los objetos no son inertes; conservan la forma de las manos que los han conocido, las calladas razones de la llegada y la partida. Durante algún tiempo dormí en uno de los sofás, exiliado de una cama que era simplemente demasiado grande para un solo cuerpo, y en ese desplazamiento los muebles adquirieron otra gravitación. El sofá guardaba el arco de mis noches como un libro de contabilidad, al que añadiera huellas dactilares y suspiros, y poco a poco la habitación aprendió a ser menos un lugar y más un testigo. Es ahí donde reside la magia: en las cosas que nos recuerdan cuando ya no podemos recordarnos a nosotros mismos. En la habitación del otro hacen lo que siempre hacen los objetos: desempeñar su función; pero también llevan consigo una acumulación, otra historia injertada sobre la mía, otra cronología que perturba la clara línea de la propiedad.
Los muebles dan testimonio de su propia inutilidad, y hablan antes de que se los silencie, antes de que se los lleve a la suspensión de la borradura. Las sillas se acumulan, las mesas extienden sus superficies, pero no queda sino un solo cuerpo para moverse entre ellas. Se mantienen en pie como testigos que esperan el regreso de invitados que han desaparecido, cuya ausencia se multiplica en el peso de la madera y el acero. Alguna vez, esas habitaciones albergaban el tumulto de un sinfín de voces, el eco de todas, y cuando digo todas digo todas, pero ese sonido se ha roto, se ha desmantelado en órbitas más pequeñas de retiro. Cada recinto se retrae en su propia gravitación, y permanece a la espera, suspendido o absorbido ya por esa otra presencia que se rehúsa a dejarse ir. Algunos han desaparecido en el tiempo simultáneo de los calabozos, otros en el pesado silencio del no lugar de los mártires, donde la reunión persiste sin fin, más allá del alcance de los muebles y de su falsa promesa de regreso. Algunos lo lograron en el exterior con sus historias y con la alegría del éxito que circula a cuestas de la agonía de su ausencia. Y la mayoría se despidió y pasó al trabajo del matrimonio. A veces los veo con sus recién nacidos aprendiendo a deshacerse de sí mismos para criar a otro.
Durante casi un año, el apartamento ha permanecido casi desamueblado: un escritorio, una cama, una pequeña mesa de cocina, una silla. Disposición dictada por la necesidad, aunque hasta la necesidad lleva consigo un lenguaje. El sofá que falta se ha convertido en su propia presencia. Al principio, era cuestión de retraso, alguna diligencia dejada sin terminar, alguna decisión pospuesta. Pero la negativa se endureció. La comodidad se volvió sospechosa, la indulgencia aparentaba entrañar algún peligro. Lo provisional se hizo permanente. ¿Qué significa que los muebles se conviertan en algo político? La ausencia de un sofá habla no sólo de pereza o vacilación, sino de una condición: la imposibilidad de la comodidad bajo el peso de un mundo que se resiste a la suavidad. ¿Compras algo nuevo cuando en Gaza los apartamentos se derrumban como castillos de naipes? ¿O mantienes ese minimalismo impuesto, que exigiría muy poco, si tu edificio se convirtiera en el próximo blanco?
Me dejo llevar por tan sombríos pensamientos; estos terminan por devolverme el favor. No queda ningún otro oído, sólo la habitación, que guarda sus secretos en las piedras de mármol, en la tela de los cojines que ceden sin testigos. Se sientan frente a mí como invitados que se han quedado más tiempo del debido, que esperaran aún por una comida que no llegará mientras ensayan la ausencia en su lengua más paciente. Les respondo como se le respondería a un pariente que estuviese del otro lado de una pared —sin entusiasmo, avergonzado casi de dar prueba de que se está vivo— y me retiro de nuevo al silencio que se espesa a mi alrededor. No me malinterpreten: amo la soledad. Quizás demasiado, quizás con el tipo de hambre que hace que una prisión sepa a refugio. Pero incluso en la soledad, el niño que se demora dentro de mí llama a la puerta, y exige la más simple de las afirmaciones, un gesto de reconocimiento. Lo que vuelve es sólo la crueldad del eco: me repite fielmente, pero despoja a la réplica de su calidez, devuelve sólo lo que está en falta. Después de todo, a veces la soledad no hace sino cubrir el desamparo.
Justo es decir que mi relación con este apartamento no es amable. Es incómoda, a veces diríase que hostil. El espacio se me resiste tanto como me resisto a él. Su tamaño es un diario recordatorio de que vivo solo en una ciudad en que la soledad rara vez se elige. En Ramala, los apartamentos se construyen para familias, para la densidad de la vida doméstica, la superposición de voces, comidas, discusiones. Las familias necesitan el espacio; lo llenan de ruido, del ordinario peso de la vida, aunque ese peso también pueda oprimir demasiado a quienes vivan dentro. Yo no. Por lo que las habitaciones permanecen vacías. Se hacen eco de mi presencia, amplificándola hasta que me siento demasiado y no lo suficiente. Lo que debía ser un hogar se convierte en cambio en un registro de sustracciones: muebles regalados, comodidades pospuestas, un futuro imaginado pero jamás acontecido.
Sin embargo, para mí no se trata de esa excavación que desciende hacia el interior del trauma, ni del minucioso trabajo para el que el psicoanálisis se vale del escalpelo de la memoria, del catálogo de patrones como si pudieran explicar la herida. No creo que el hogar se pueda reducir a un diagnóstico, ni a la fatídica repetición de aquello de lo que nos advirtiera Ziad Rahbani: de mujer en mujer, no haces otra cosa que retroceder. Aunque todo ello sea cierto también para mí. Para mí, no se trata tanto de rastrear la patología como de rastrear el pulso: cómo la casa insiste en vivir en mi interior hasta cuando intento abandonarla. El hogar no es sólo una herencia de dolor, aunque lo contenga; es también el frágil ritmo de la supervivencia, los momentos en que el hambre se sacia con pan, en que el silencio es roto por el ruido de los platos, en que la devoción se expresa en gestos demasiado pequeños para que la historia los registre. El hogar no es estudio de caso del psicoanalista, ni monumento del mártir, sino algo a medio camino: un tejido que siempre se deshilacha, siempre se vuelve a tejer, una palabra que se estira entre la aflicción y la ternura, el colapso y la resistencia. ¿En qué otro lugar sino en casa desplomarse sin avergonzarnos? ¿En qué otro lugar sangrar de su verdad, sin intermediarios, sin adornos? ¿Y en qué otro lugar despegar las máscaras, esas pesadas máscaras teatrales que exige el mundo exterior, excepto en ese lugar que revela más de lo que esconde?
Y es precisamente por ese pulso que las ruinas se resisten a verse archivadas. Lo que en nosotros vive se rehúsa a que lo allanen en prolijos catálogos o lápidas conmemorativas; se dispersa como polvo, perdura como aliento en el pecho de los vivos. La destrucción de hogares en Gaza —barrios enteros reducidos a escombros— no se puede apresar con estadísticas o con la fría repetición de números. En Gaza la pérdida no es sólo del orden de la magnitud, sino también de la intimidad: la almohada de la que no se ha borrado la traza de una cabeza, la olla en la que alguna vez hirvió la sopa de lentejas más deliciosa del mundo, el zapato de niño incrustado en el hormigón roto. Y las zapatillas que las madres solían arrojarles a niños traviesos. ¿Qué nube, o qué archivo, puede alojar todo esto? Ampliarlo corre el riesgo de borrar su pulso; reducirlo es la única forma de honrar su verdad. Y, sin embargo, incluso las cosas más pequeñas llevan consigo el recuerdo de la intrusión. Por cada objeto que da testimonio de ternura, hay otro que lleva la marca de la fuerza: el pestillo roto, el marco astillado de la puerta, el umbral que ya no separa interior y exterior.
Para mí, el hogar es también la cronología de las muchas veces que el ejército israelí entró en él, rompió las puertas que protegían lo que había dentro de lo que había afuera. Mi primer hogar, aquel en el que mi infancia hubo de moldearse, sufrió no poco de esos embates. Algunos tuvieron lugar antes de que yo naciera, otros continuaron después. Una de esas historias permanece conmigo, alojada dentro como una imagen de lo que debería ser…
«Los golpes en la puerta bastaron para paralizar a cada uno de los presentes en la habitación. Los susurros se apagaron en la garganta y los cuerpos de tres jóvenes se quedaron inmóviles. Todos sabían quiénes eran. Soldados. Chirriaron las sillas, se entremezclaron los papeles, aumentó el pánico. Alguien murmuró: «No tenemos escapatoria.»
Fue en ese momento que uno de ellos se levantó. Con calma, demasiada calma. Miró a su alrededor antes de posar su mirada en la mesa. Sus ojos fijos en algo en lo que hasta entonces ninguno de los presentes había reparado: dos polvorientas botellas de un barato coñac.
La puerta volvió a verse sacudida por los golpes de pesados puños. Se acercó a las botellas. Sin dar explicaciones. Descorchó una y bebió de ella, a toda velocidad, sin pensarlo dos veces, media botella de un solo trago. Pasó la otra a sus compañeros, instándolos a que bebieran a su vez. La ironía era evidente: los llamados infieles comunistas, como solían referirse a ellos los islamistas, se aferraban al coñac como a una frágil amnistía, una efímera ancla, un salvoconducto con que escapar del terror del instante.
Sus compañeros se horrorizaron. Fue entonces que sonrió, balanceándose ligeramente. Es mi cumpleaños —susurró, como para recordárselo a sí mismo—. Su documento de identidad así lo corroboraba. Y qué otra cosa podíamos hacer allí sino celebrar el cumpleaños.
Cuando los soldados irrumpieron con sus rifles en alto, el aire ya estaba cargado de alcohol y risas forzadas. No estaban irrumpiendo en una reunión secreta, sino en un planificado jolgorio, tal como se lo había propuesto el camarada. Y, al menos por esa noche, la prisión no apestó sino a coñac: sus rejas se cerraron sobre aquel a quien habían venido a buscar, mientras los demás se escabullían ilesos, su libertad comprada con ironía y vapores.
Más tarde, en la prisión central de Ramala, el oficial de inteligencia israelí esperaría a que llegara el momento. Les gritaría a los soldados, por supuesto que les gritaría, por ser unos imbéciles, todos unos imbéciles, que no habían seguido las instrucciones, que no habían comprendido el más mínimo detalle de lo que se les había ordenado hacer. La ira del oficial llenaba el pasillo, su voz rebotaba contra los muros de piedra.
Y me pregunto si Abu Mazen todavía la escucha, la voz, no la suya, sino la autoridad quebrándose contra sí misma. La confusión de los soldados que había hecho que algunos escaparan; la ira del oficial de inteligencia, rehusándose a dejarse ir. ¿Seguirá resonando esa voz bajo las cortinas, las banderas presidenciales que se afanan por borrar la piedra? La prisión, rebautizada palacio, no puede remodelarse tan fácilmente. Lleva consigo residuos: gritos almacenados en sus paredes, puertas cerradas de golpe en la memoria, botas de firmes pisadas en las escaleras… archivo que ningún título es capaz de borrar.
Pero es ese también el peligro, el atractivo mortal, de las pequeñas victorias: hacen que las grandes victorias parezcan posibles. Y, sin embargo, cuando resistimos, siempre queda ese residuo: fragmentos dispersos de triunfo, frágiles y fugaces, pero que no se pueden negar. Engaños, astucia, pequeños sabotajes como gestos de guerrilla. Escombros de relatos que se deslizan en la memoria, alzados como trofeos en susurros, en bromas, en la risa repentina que estalla incluso bajo la sombra de un nuevo asentamiento y otro mártir.
Te atraen hacia el Ṭūfān, hacia lo que mi profesor —una de esas raras luces en un mundo oscurecido— llamaba el intervalo. El intervalo de los últimos dos años, el intervalo de lo impropio, apostado por la posibilidad de convertirse. Como si todas las pequeñas victorias, asediadas, empobrecidas, dejadas pudrirse bajo el sol, se rehusaran a desaparecer. En cambio, se espesaron, se acumularon, hasta hincharse y desbordarse. Habitar aquí es rendirse a una corriente sin orilla, sentir la desintegración de lo que creías que eras. Y, sin embargo, en esa suspensión, en esa frágil apuesta, parpadea un horizonte. No la llegada aún, ni la ruina aún, apenas el trémulo espacio donde lo posible insiste en sí mismo.
¿Y si, para empezar, jamás lo familiar hubiese estado a resguardo? ¿Y si lo extraño no fuera retorno de nada sino el propio suelo que se holla? Las baldosas sudorosas, el marco roto que dudo en arreglar, para poder recordar la energía de la juventud y los abusos a manos de los amigos.
¿No les he dicho ya que la ausencia es el ánimo de la hora? Persiste como el polvo en el aire, renuente a asentarse. Es el niño que perdió su infancia, violado en prisión a los dieciséis años, condenado a crecer a la sombra de lo que podría haber sido. Es el cinismo de un amigo, su única armadura contra la podredumbre del mundo, aun cuando el propio cinismo a veces lo traicione, demasiado agudo, demasiado concentrado, cuando podría haberse difuminado, suavizado, incluso superado. Son los ojos que no se apartan, y que en cambio te sostienen la mirada y, al hacerlo, te recuerdan que escuchar también es un arte que hemos olvidado. Después de todo, ¿cómo escuchar —cómo de veras escuchar— la voz allá dentro o las voces allá afuera? Los disparos se han convertido en ruido de fondo. La noticia de otro mártir nos llega como el pronóstico del tiempo. La detención de tu vecino apenas se consigna, la desaparición de tus amigos, su hambre en la cárcel, su humillación, apenas te conmueven. ¿Cómo escuchar cuando el mundo insiste en ensordecerte? ¿Cómo escuchar la memoria, esos fragmentos de cosas que no llegaron a suceder? Los gestos abortados antes de consumarse, las palabras tragadas antes de convertirse en sonido, los futuros suspendidos y dejados marchitarse a la intemperie. ¿Cómo escuchar lo que no queda sino como residuo, como si la ausencia misma estuviese hablando? ¿Y cómo habitar la prisión del hogar cuando ya también está encadenada por hombres en atuendo «de faena»?
No estoy seguro, pero tal vez el hogar sea donde se cuentan historias, narradas en susurros, transmitidas como ocultas transcripciones. El tipo de fragmentos que circulan por la noche, que se intercambian en la cocina, o que se prensan entre amigos que saben que no los deben repetir. Y, sin embargo, esos mismos fragmentos se reproducen más tarde, distorsionados, convertidos en arma: el oficial de inteligencia israelí te los recita en el interrogatorio, como si la memoria misma fuese contrabando. El hogar se convierte tanto en el origen de la historia como en el lugar de su traición, el terreno en que nacen las palabras sólo para volverse en tu contra. Esos malditos teléfonos, que nos succionan, que nos atraen. Espías adictivos, todos y cada uno de ellos. Adicción no sólo al resplandor, al desplazamiento sin fin, sino a la vigilancia ya integrada en sus circuitos. Dispositivos que nos deshacen desde fuera, que llegan al interior como si conocieran nuestro pulso mejor que nosotros mismos. Cada llamada, cada mensaje, cada fotografía: recopilados, archivados, reproducidos en contra nuestra. Lo que creíamos que era conexión es ya confesión.
El hogar es aquí algo extraño. En verdad lo es. Inmensamente hogareño, intensamente hogareño. Te asfixia con historias, recuerdos y risas de un espesor tal que no puedes ya salir de ellos, recuerdos que te abrazan, que te susurran que no te vayas. Y al mismo tiempo te asfixia de tanto trauma, y presiona con tal fuerza contra tu pecho que lo único a lo que atinas a pensar es en cómo escaparte. Quedarse es insoportable, marcharse es inconcebible. El hogar es tanto una jaula como un abrazo, tanto un ancla como un exilio, que te ata en contradicciones que no logras desenredar.
El otro día conté las baldosas, una por una, las paredes sudorosas, gota a gota. No estoy loco; simplemente tenía tiempo, nada que hacer dentro del interminable flujo de la escritura. Conté baldosas y sudor hasta que llamé a mi propia puerta. Es curioso: el timbre ya no suena. ¿Para qué arreglarlo? Nadie llamará. Ni soldados ni amigos.
En los últimos tiempos me han despertado a sacudidas dos veces: una a las cinco de la mañana y otra alrededor de las diez de la noche. La primera vez fue un capitán israelí y sus hombres. Fue durante la pandemia de COVID; dormía yo en el viejo sofá que terminé por regalar y al que me iba porque la cama me parecía demasiado grande. El capitán se paró frente a mí, la máscara bien ajustada al rostro y las botas aún húmedas por la suciedad de la escalera. Detrás, se movían los soldados; sus rifles apoyados contra el marco de la puerta, su silencio decía más que cualquier orden. Me cubrí con la manta, no por el frío, sino por lo absurdo de que me encontraran así: medio despierto, medio dormido, vestido sólo con unos calzoncillos. Me sentí extrañamente aliviado por los calzoncillos, aunque dudo que me hubiera avergonzado mucho más sin ellos. Los ojos del capitán se deslizaron sobre mí como si fuera yo un mueble, como si del sofá hubiera brotado un cuerpo. El silencio de los soldados pesaba más que sus rifles. Por un segundo pensé que podría disolverse, un sueño febril del que despertaría. La humedad de sus botas en el suelo decía lo contrario. Cargaron conmigo, aun cuando les hubiese mirado a los ojos, aun después del encuentro cara a cara. En ese instante pensé: qué clase de idiota era Levinas.
La segunda vez eran las diez de la noche: el timbre, oxidado por años de desuso, sonó de repente. Me quedé paralizado. ¿Quién demonios vendría a esas horas? Barajé mentalmente las posibilidades: ¿quién me exigiría el tedioso ritual de la charla trivial, la sonrisa forzada, la obligatoria preparación de café o, peor aún, de té de hierbas? Por un momento, lo absurdo casi eclipsó el miedo. Pero aquí, un golpe en la puerta o un timbrazo jamás anuncia sólo una visita. Es siempre el inicio de algún tormento.
Freud creía que lo siniestro se presentaba como doble: fantasmas, muñecas, repeticiones. Pero jamás tuvo que sentarse a que le vendaran una y otra vez los ojos en un frío día de primavera.
Y tal vez por eso los niños me pesen tanto. Son otros sus golpes en la puerta. Sus risas interrumpen el silencio al que nos hemos acostumbrado y nos perturban más que las botas de los soldados. Los niños preguntan y no sabemos responder. Los niños juegan y no logramos sonreír. Los niños le dicen la verdad al poder todo el tiempo, y el mundo finge no escucharlos. Su risa es más afilada que cualquier discusión, sus juegos exponen lo que ocultan los discursos. Quizás por eso nos perturben hasta los juegos infantiles, porque son como el espejo en que sorprenden su imagen nuestros silencios, porque nombran lo que no soportamos nombrar. ¿Acaso no valdrá la pena volver, a veces, a ese niño interior?
Sonó el timbre, y no había nadie. Habría podido ser triste, si no fuera porque resultó ser un alivio. Mejor la escalera vacía que la carga de la hospitalidad, mejor la ausencia que la intrusión, mejor niños que transgredan que soldados que jueguen con la vida y la muerte. Aquí, hasta el silencio puede parecer misericordia, y hasta el vacío, un regalo.
Lo siniestro o lo inquietante —decía Freud— es el retorno de lo reprimido, lo familiar que se torna extraño. Pero ¿y si lo familiar, para empezar, jamás hubiese estado a resguardo? ¿Y si lo extraño no fuera retorno de nada, sino el propio suelo que pisamos? Las baldosas sudorosas, el marco roto que vacilo en arreglar, para poder recordar la energía de la juventud y los abusos a manos de los amigos.
El hogar ya es de por sí siniestro. Sus paredes se hunden con los recuerdos, su silencio se hincha con las ausencias, la risa y el llanto se congelan en el aire. Las bestias se mueven dentro y afuera, acechan como drones, dan vueltas, disparan a voluntad. Una vez como recordatorio de que el hogar te ahoga porque se te parece demasiado, y otra vez porque no se te parece en nada. A veces las paredes hablan en hebreo; otras veces pronuncian ح (ḥ) y ع (ʿayn) con inquietante precisión. A veces, el hogar es un montón de ruinas, viscerales, verdaderas, y otras veces es un refugio de la crueldad allá afuera. A veces está como vacío, sólo contigo y con tus propios ecos, y otras veces se llena de los gritos de jóvenes que arrojan piedras a los vehículos militares desde el exterior. A veces es tu futuro y otras veces es aquello de lo que te despides, sin saber si volverás a verlo. A veces es una tienda de campaña y otras veces una prisión.
El hogar sofoca con intimidad; sofoca con amenazas. Freud creía que lo siniestro se presentaba como doble: fantasmas, muñecas, repeticiones. Pero jamás tuvo que sentarse a que le vendaran una y otra vez los ojos en un frío día de primavera, ni a presenciar que en su puerta se duplicaran lo soldados, cada uno de ellos su doppelgänger; el fantasma de tu propio nombre leído en voz alta durante el interrogatorio; las amenazas de un oficial de inteligencia enfadado. Para Freud, lo extraño interrumpía lo ordinario. Para nosotros, lo extraño es lo cotidiano. Lo inquietante no es lo familiar convertido en extraño, sino la imposibilidad de distinguirlos. Lo hogareño y lo bestial se funden en uno solo. El golpe en la puerta: amigo o soldado, broma o redada, juego de niños o arresto, muerte por quemadura o muerte por los cielos. Lo inquietante no es un rompecabezas filosófico, es el ánimo del paisaje.
Featured image: Youssef Issa, 21, uses fabric to cover a hole in a destroyed wall in the Jabaliya refugee camp in the northern Gaza Strip, Feb. 7, 2025. (AP Photo/Abdel Kareem Hana). Courtesy of AP.
Translated from the original in English by Rolando Prats.





