«Esondare», de Sandro Mezzadra, apareció originalmente en italiano en EuroNomade el 6 de octubre de 2025. Se tradujo al español, y se publica en Communis, con la autorización del autor. Lea aquí la traducción al inglés del mismo texto.

«Es necesario imprimir una perspectiva de largo aliento al movimiento del que hemos sido testigos y participantes en días recientes, y ello es posible sólo si conjugamos la solidaridad con Gaza con un arraigo más general de la iniciativa política en la vida cotidiana.»
— Sandro Mezzadra

Inundación, rotura de diques: expresiones que —si se toman al pie de la letra— anuncian destrucción y que se prestan bien para capturar lo que vivimos a principios de octubre en los cuatro memorables días de movilización permanente que siguieron al momento mismo en que la Flotilla Global Sumud se viera bloqueada en aguas internacionales por la armada de un Estado genocida. La alegría y la ira se entrelazaron en diversas proporciones en todo el país, mientras una nueva composición social tomaba las calles y bloqueaba puertos, estaciones y autopistas. Se ha transpuesto un umbral e Italia vuelve a marcar el ritmo de la movilización en Europa, de Berlín a Ámsterdam, de Madrid a Lisboa.

«Queríamos liberar a Palestina—podía leerse en una pancarta en Roma—.  Palestina nos ha liberado a nosotros.» Lo cierto es que, en los días que corren, multitudes de jóvenes, mujeres y hombres han visto reflejada en el genocidio de Gaza la injusticia que, de diversas maneras, prevalece en el mundo en que vivimos, y en la liberación de Palestina el nuevo horizonte de una lucha más general, que debe articularse en todos los lugares donde se vive, se trabaja y se sufre. Es una primera indicación de cómo continuar la movilización en los días venideros: es necesario imprimir una perspectiva de largo aliento al movimiento del que hemos sido testigos y participantes en días recientes, y ello es posible sólo si conjugamos la solidaridad con Gaza con un arraigo más general de la iniciativa política en la vida cotidiana.

No hay que olvidar, sin embargo, que a pesar de la poderosa «globalización» de su tragedia, Gaza y Palestina siguen siendo lugares muy concretos, en los que se sigue perpetrando un genocidio y en los que la devastación supera en intensidad a la causada por cualquier otro río que se haya desbordado a lo largo de la historia. Se calcula que si cada día salieran de Gaza cien camiones cargados de escombros, no podría concluirse la labor antes de 2050: tal es la magnitud de la violencia del urbicidio, de la destrucción sistemática no sólo de vidas humanas, sino también de las condiciones que hacen posible la reproducción de la vida. Quienes hablan de «paz» —refiriéndose al «plan Trump»—, deberían tal vez tener en mente las palabras de Tácito: han creado un desierto y lo llaman paz.

En momentos en que Hamás acepta el intercambio de rehenes y prisioneros y parece que se reinician las negociaciones, conviene aclarar en qué consiste el «plan Trump». La propia ambigüedad que caracteriza el plan beneficia en gran medida a Israel, en aspectos cruciales como la retirada del ejército y el «desarme de Hamás». Las operaciones militares de las Fuerzas de Defensa de Israel pueden reanudarse en cualquier momento (de hecho, inmediatamente después de que Trump exhortara a que se suspendieran, continuaron los bombardeos aéreos y de artillería y, para cuando se escribió este artículo, ya se había asesinado a por lo menos once palestinos). El plan no dice nada sobre la Ribera Occidental, donde la penetración de los colonos ha roto desde hace tiempo la unidad del territorio, empujando con ello a la población palestina a zonas bajo cerco que prefiguran auténticos bantustanes conforme a la lógica del apartheid. La libre determinación de Palestina queda así efectivamente eliminada del abanico de posibilidades.

Si el movimiento contra el genocidio y por la libre determinación de Palestina sigue desbordándose, traspasando las fronteras nacionales, también la disparidad de fuerzas comenzará a ponerse en tela de juicio.

La impronta colonial del «plan Trump» es, por lo demás, diáfana, a la luz de su recuperación de la lógica del «mandato» que en 1920 estableciera el control británico sobre Palestina. Recuperación, sí, pero también actualización: el «comité tecnocrático y apolítico palestino» al que se pretende asignar «la gestión diaria de los servicios públicos y de los municipios para el pueblo de Gaza» deberá operar bajo «la vigilancia y supervisión» de una «Junta de Paz», presidida por el propio Trump y con la coordinación ejecutiva de Tony Blair. De este último recordemos las mentiras certificadas para justificar la guerra en Iraq, pero también su activa labor en los últimos años como asesor de varios gobiernos del Golfo (Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos). Y es precisamente el modelo del Golfo lo que el «plan Trump» parece proponer para Gaza: una «zona económica especial» con abundantes inversiones de capital procedentes de esa zona y más allá.

No obstante, la puesta en práctica del plan no está exenta de obstáculos, entre ellos la normalización de las relaciones entre Israel y Arabia Saudita. A ese respecto, me limitaré a destacar la pretensión de «resolver» el conflicto israelo-palestino partiendo de una lógica puramente empresarial, por medio de la simple negación de la existencia de una «cuestión palestina» y la propuesta para los habitantes de Gaza —con la excepción de unos pocos «tecnócratas»— de la disyuntiva entre la condición servil y el exilio. Entrevistado por Al Jazeera, Norman Finkelstein recordó que, desde la época de Jimmy Carter, casi todos los presidentes estadounidenses han presentado un plan para «la paz en Oriente Medio»: el de Trump es el primero en que no se menciona ninguna resolución de las Naciones Unidas ni ningún acuerdo internacional y que se inscribe exclusivamente en el plano empresarial: la circulación y la valorización de capital.

Cabe ver en ello un momento de la coyuntura bélica más general en la que nos encontramos, en la que la reorganización de los espacios económicos es un reto crucial. Pero en lo que respecta al movimiento que ha dado lugar a los cuatro memorables días que acabamos de vivir, las tareas deberían estar bastante claras, aunque no sean nada fáciles de llevar a término: la lucha contra el genocidio, por una Palestina libre, debe profundizarse e ir más allá de las grandes manifestaciones, por muy vitales que estas sean. Si bien el alto el fuego es un objetivo que debe perseguirse por todos los medios necesarios, sabotear el «plan Trump» y hacer que se abran perspectivas para una verdadera paz significa denunciar y boicotear las mil formas de complicidad de que hoy somos testigos en Italia y en Europa con la maquinaria de muerte de Israel. Es un llamamiento a la inteligencia colectiva, al trabajo de investigación y a la capacidad de intervenir de manera eficaz.

Aunque nos haya sorprendido la irrupción del movimiento de masas la semana pasada, somos conscientes de la disparidad de las fuerzas en juego, tanto a nivel interno como internacional; conocemos las dificultades con las que se tropieza a la hora de traducir la explosión de un movimiento de masas en una fuerza política capaz de perdurar; y sabemos muy bien, sobre todo, que la partida no se juega sólo en el ámbito italiano. Pero lo que ha ocurrido en Italia —entre otras cosas, dos huelgas generales políticas en diez días— puede sin duda servir de indicio general, tanto en Europa como en otros lugares. Si el movimiento sigue desbordándose, traspasando las fronteras nacionales, también la disparidad de fuerzas comenzará a ponerse en tela de juicio.

Featured image: Pro-Palestinian demonstrators pass in front of Rome’s Colosseum, October 4, 2025, during a march calling for an end to the war in Gaza. Photo: Alessandra Tarantino/AP. Courtesy of Morning Star.

Translated from the original in Italian by Rolando Prats.

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