Introducción: La Nueva Derecha[1]

Preludio

A principios de este año, Crisis and Critique conmemoró su décimo aniversario. Hasta la fecha, hemos publicado veintitrés números (entre ellos el que están a punto de leer), y ya estamos trabajando en otro número cuya aparición está prevista para finales de este año. En cuanto proyecto, Crisis and Critique se está expandiendo más allá de su idea inicial, tanto en su alcance como en la gama de elementos que la conforman.

Ni el concepto de «crisis» ni el de «crítica» han perdido un ápice de su inmensa importancia política y filosófica. Partimos de la premisa de no precipitarnos a suponer que ya sabemos lo que significan esos dos conceptos ni atribuir a ninguno de ellos una sustancia demasiado estable. Sobre esa base, a la hora de preparar cada número invitamos a los autores a que examinen el tema de sus contribuciones desde la perspectiva del presente, ya que asumimos que ni «crisis» ni «crítica» poseen un estatus trascendental o transhistórico y, por tanto, no les atribuimos una condición preconcebida ni predeterminadamente inmutable.

El principal objetivo de Crisis and Critique es servir de plataforma en la que se aborden y debatan abiertamente los más acuciantes temas filosóficos, teóricos, políticos, científicos, psicoanalíticos, religiosos y artísticos. Nuestra política editorial tiene como propósito atenerse a principios académicos estrictos y rigurosos, en virtud de los cuales cada autor, lejos de representar a un grupo o una identidad, se exprese en exacta consonancia con su pensamiento, es decir, por sí misma y por sí mismo.

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Según no pocas descripciones del mundo político contemporáneo, nos enfrentamos a un nuevo fenómeno político, algo a lo que a veces se le da el nombre de nueva derecha, por lo que quizás deberíamos —teniendo en mente aquello de nouveau riches— hablar de una derecha nouveau. Pero ya desde la nomenclatura comienzan los problemas. ¿Es realmente nueva esta derecha y, de serlo, qué tiene de nuevo? A partir de un determinado momento en la historia —1789— las categorías de «derecha» e «izquierda» comenzaron a utilizarse para describir posicionamientos políticos (en realidad, al principio la distinción hacía referencia al orden de los escaños en la Asamblea Nacional Constituyente, en la que los «radicales» se sentaban a la izquierda y los aristócratas a la derecha). Sin embargo, a menudo se ha puesto en tela de juicio la validez de esos términos, que en décadas más recientes se han catalogado de efectivamente —es decir, prácticamente— inútiles y teóricamente desorientadores. No todo lo que se mueve es rojo —tout ce qui bouge n’est pas rouge, como en su momento solían decir los franceses— ni de izquierda. ¿Es el actual resurgimiento de una «tendencia de derecha», de un novedoso «extremismo de derecha» (Adorno) otro ejemplo de esa prolongada desorientación?

Se dice que en una ocasión Walter Benjamin apuntó que la irrupción de cualquier fascismo era resultado de una revolución fracasada y, por tanto, causada por ella. Si nos sirviéramos de ello como base para un análisis, entonces nos veríamos abocados a deducir que la irrupción de la nueva derecha habría sido resultado directo del fracaso o la desaparición de los intentos revolucionarios o de la política emancipadora desde el declive de la Unión Soviética (sin duda desde antes de 1989), fracaso que para los medios de comunicación encarnara en la caída del Muro de Berlín en 1989. Según esa lectura, el auge del populismo de derecha es síntoma de la debilidad de la actual política de emancipación y, por tanto, no lo es —o a decir verdad no lo es solamente— del poder de la derecha. No obstante, la irrupción de la nueva derecha plantea cuestiones y preguntas adicionales: aquellas relativas a su relación tanto con «la izquierda» como con la derecha «anteriormente» existente o la derecha «precedente».

Al mismo tiempo que «la izquierda» se antoja hoy un significante sin sentido, la «derecha» nos pone delante del extraño espectáculo de una particular vuelta de tuerca en la desorientación. La izquierda no representa ni articula ni una alternativa ni un peligro para el capitalismo y sus más recientes suplementos ideológicos y mecanismos de defensa. Cabría hacerse eco de Marx y aventurarnos a afirmar que la nueva derecha conjura el lenguaje de la izquierda y muchos de los temas de conversación de anteriores posiciones emancipadoras, se los apropia y los transforma en políticas no emancipadoras que más tarde —a diferencia de anteriores intentos emancipadores— incluso se llevan a la práctica y se hacen realidad, de modo que provocan un cambio real en el mundo (en lo que Alain Badiou describe como un «no-mundo»). Hoy en día, son los (líderes) de extrema derecha quienes hablan de la clase obrera y para ella, quienes abordan la explotación, la pobreza, la liberación nacional, la ruptura del dominio de las grandes corporaciones, etcétera, mientras que el horizonte último de la política para la izquierda parece encarnar en la idea de reconocimiento (de las identidades). Si bien el reconocimiento no es necesariamente una categoría de por sí problemática, el problema con esa categoría en el mundo en que vivimos emana de la interpretación dominante según la cual debemos tratar de obtener reconocimiento de quienes nos gobiernan. ¿Adónde vamos a parar con todo ello, sin embargo, cuando quienes gobiernan no son los nouveau riches, sino la derecha nouveau, y si nos gobiernan es sólo por el fracaso de la izquierda? Una vez más la situación se nos presenta patas arriba.

Además de esos componentes de desorientación, la irrupción de la nueva derecha también plantea la cuestión de su relación con la anterior (encarnación de la propia) derecha. ¿Qué nos ayuda a entender, retroactivamente, la «nueva» derecha sobre su iteración anterior? ¿No nos enfrentamos aquí a una paradoja peculiar: suponer que hay algún tipo de novedad en una posición que representa la ausencia de novedad? En este punto, parece esencial apelar a la cautela metodológica: cuidarnos de percibir y reconocer con demasiada rapidez en viejas categorías algo nuevo que no se le conforma, al menos sin un análisis adecuado. Puede que forme parte de una desorientación general, si se calificara inmediatamente de fascista a la «nueva» derecha, ya que es precisamente ese mismo concepto el que a veces llega a oscurecer y a ofuscar la novedad de los fenómenos políticos, ideológicos o culturales a los que nos enfrentamos. O tal vez simplemente estemos ante algo muy diferente y cuyos promotores podrían ser figuras pertenecientes a un fenómeno ideológico propiamente nuevo o a una reinvención. ¿Y si fuera el caso que (también) careciéramos de la terminología correcta para nombrar a esa corriente o que en última instancia la nueva derecha no es sino un espectro ideológico? ¿No podría transformar también las posiciones y la ideología de la derecha clásica, incluido el fascismo, y producir una mezcla ideológico-política que agrave todos sus componentes? Con ello no pretendemos relativizar posiciones ideológicas y políticas altamente reaccionarias y peligrosas. Más bien esa nueva corriente, que se extiende tan rápidamente por el mundo y adopta múltiples y diversas formas, podría resultar también verdaderamente catastrófica (y ya ha empezado a demostrar su fuerza destructiva en todo el planeta).

Pero es ahí que nos tropezamos con algo que la distingue de los fascismos anteriores: en el siglo XX, los regímenes fascistas abolieron la democracia representativa formal e impusieron despiadadamente su nuevo orden. No es ese todavía el caso de la nueva derecha. Podría ser (al menos parcialmente) consecuencia de la incoherencia política e ideológica que supone no querer deshacerse del orden establecido e imponer su propia visión —pues a menudo no parecen tener ninguna—, y más bien pretender erigirse en el nuevo orden dentro del marco existente en forma de restauración de un orden (más) antiguo (que a menudo no es más que una tradición inventada, según la certera expresión de Eric Hobsbawm). Tal vez por ello una de las características de la «nueva» nueva derecha sea el aplazamiento de la consecución de sus objetivos centrales (construir un muro, etc.). Lo cual no significa que no estén haciendo nada, sino que el retraso y el aplazamiento son aspectos inherentes a su actividad política.

Sus proponentes habitan una esfera creada por la saturada oposición entre los liberales y el «Estado profundo», entre los «izquierdistas» y las élites corruptas, aunque la nueva derecha sea con frecuencia bastante cercana (o idéntica) a estas últimas. ¿Cómo un cúmulo de elementos ideológicos tan incoherente y desorientador logra asumir la representación de una (falsa) política para y del pueblo? ¿Es esta política contemporánea un nuevo opio de las masas? Y, en ese sentido, ¿es el populismo un componente crucial de la nueva derecha? Este se presenta a sí mismo como escéptico por principio respecto de la representación política y, por tanto, también de la democracia representativa, pero —paradójicamente— en nombre de una (falsa) referencia al pueblo y a la nación (a la que hay que devolverle su grandeza). De ese modo, la nueva derecha pretende hablar directamente en nombre del pueblo y ello afecta incluso a la forma del propio discurso público general: la nueva derecha utiliza repetidamente el lenguaje presuntamente vulgar de la gente común, viola las reglas discursivas —implícitas— siempre que puede y, con ello, se apropia de lo que una vez fuera subversivo privilegio de la izquierda. Pero ese falso discurso del vulgus, en que la subversión deviene conservación, empieza a afectar a todo el edificio político, a todo el universo discursivo de la política. ¿Qué hacer con este cúmulo político-ideológico?

El presente número de Crisis and Critique se propone abordar este problema desde diversos ángulos y aborda diversos fenómenos internacionales. Hemos tratado de reunir a pensadores con el coraje suficiente para afrontar este cambio ideológico-político en el mundo y para aportar sus propios enfoques, respuestas y problematizaciones.

Frankfurt/Pristina, junio de 2024.

[1] «Nouveau» en el original. Atendiendo a la falta de concordancia a que en español daría lugar el uso –que se repite en el texto de esta Introducción–de «nouveau» delante de «derecha», hemos optado por traducirlo por «nueva» en algunos de esos casos, cuando nos ha parecido suficiente dejarlo tal cual en otros lugares. [N. del T.]

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