Resumen: A menudo se asocia a Michel Houellebecq con el populismo de derecha, pero sus escritos y su pensamiento se resisten a semejante categorización. Si examinamos los principales temas de su obra, como la religión, el amor, el erotismo y la liberación, podremos darnos cuenta de su intervención crítica tanto contra el liberalismo simplista como contra los populismos. Una generación después de que Michel Foucault alabara las transgresiones de Georges Bataille, Houellebecq se pregunta qué significa escribir, pensar y organizarse cuando la transgresión se ha vuelto impotente.
Palabras claves: Michel Houellebecq, Georges Bataille, religión, deseo, erotismo, soledad
Tesis sobre Houellebecq
Michel Houellebecq se codea con la nueva derecha, pero no pertenece a ella.
Houellebecq no es un conservador. No es un populista. No es un libertario. No es un influencer. Pero cabe asociar a Houellebecq con cada una de esas etiquetas. Houellebecq afirma ―en su propia voz y en la voz de sus personajes― simpatizar con los trabajadores, los nacionalistas y los defensores de la libertad de expresión. Houellebecq es una celebridad, aunque no tenga precisamente discípulos. Resulta tentador tratar de explicarlo: Houellebecq es un artista, no un ideólogo. Expresa y canaliza el sentimiento popular de una manera que se sitúa a distancia de ese sentimiento. Ello es cierto, pero demasiado fácil. Es verdad que los artistas no son ajenos a las corrientes políticas del momento, pero se sitúan perpendicularmente a ellas, del mismo modo que es verdad que los artistas suelen dar traspiés, a veces de forma grotesca, cuando hablan del significado político de su obra. Pero la nueva derecha tiene una notable capacidad para atraer hacia sí a quienes le son afines. A ello se suma su desinterés por el arte, lo que hace que la posición de Houellebecq sorprenda e intrigue. Así, la capacidad de Houellebecq para mantenerse en una posición ambivalente con respecto a la nueva derecha es una invitación a pensar con recaudo tanto a Houellebecq como a las formaciones políticas contemporáneas que atraviesan él y su obra.
La transgresión vuelve a ser moneda corriente.
El carisma de los populistas de derecha, aquello que los distingue de los populistas de izquierda ―si hemos de utilizar esas burdas abreviaturas―, es que su don singular —su magnetismo— está relacionado con su poder de transgresión. En sus fabulaciones, alguna vez la sociedad fue saludable, antes de adoptar los excesos de los años sesenta, que en realidad no eran sino nuevas formas de dogma bajo la etiqueta de la libertad, por lo que la misión del patriota previsor y amante de la libertad es hoy quebrantar esos dogmas y llevarnos de vuelta a la grandeza de antaño. La misión del líder político es servir de modelo de lo que significa quebrantar los dogmas: con palabras incisivas, burlas e ironía y con símbolos selectos del pasado. La nueva derecha se complace en transgredir la calcificada «liberación» de las élites, disfruta de las contradicciones que pone al descubierto y, así, acumula ella misma poder. Houellebecq parecería hacer suyas esas fabulaciones y ese comportamiento, aunque sin interés alguno por el poder. En todo caso, el gesto houellebecqiano desemboca en la indigencia. Su magnífica habilidad para descifrar las contradicciones del liberalismo desencadena una especie de placer frío, no el placer caliente (y el eros) desencadenado y canalizado por la nueva derecha. Pues el desafío de Houellebecq a la promesa de liberación no se alimenta del placer de la transgresión, sino del agotamiento de la transgresión. Para él es necesario jugar con los límites y las paradojas de nuestras supuestas libertades, pero los símbolos del pasado son tan ridículos como las certezas del presente. Cualesquiera que sean el placer y el poder que nos prometa, la transgresión no tiene adónde ir; la transgresión es flácida.
Al igual que Georges Bataille, Houellebecq encuentra poder crítico en lo erótico.
Como cualquier otro movimiento, la nueva derecha es propulsada por la organización del deseo en cuanto medio para organizar a las personas. Los hombres aspiran a ser hombres, fuertes y viriles; las mujeres, a ser mujeres, fuertes y tiernas. Los poderes fácticos, abreviados como «liberalismo», bloquean esas aspiraciones, haciendo blandos y débiles a los hombres y obligando a las mujeres a elegir entre la fuerza y la ternura. La apelación a la energía sexual tiene incluso más fuerza que la apelación a la nostalgia, que en última instancia está subordinada a ella; lo cual ha sido algo obvio a lo largo de la historia de la derecha, que en cada época se ha manifestado de forma diferente. Es esa la razón de que a Bataille se lo confundiera tan a menudo con sus contemporáneos fascistas: para él, desatar la materialidad del deseo, las partes del cuerpo que anhelan y transgreden y profanan, tenía el poder de reorganizar la sociedad y, ancilarmente, la historia. Pero Bataille describió esas fuerzas como esencialmente destructivas, capaces de deshacer la subjetividad y la soberanía. La atracción erótica del fascismo era ―y es― constructiva y fortalece el cuerpo social a través de la atracción libidinal para someterse a un todo mayor y deleitarse en él. A ese respecto, Houellebecq está junto a Bataille en contra de los fascistas. Algo como lo erótico está claramente presente en toda la prosa de Houellebecq. Del mismo modo que en el caso de Bataille, es la materialidad de lo erótico lo que impregna la prosa de Houellebecq, descripciones cuasi anatómicas de partes del cuerpo y sus configuraciones. La materialidad de lo erótico, en Houellebecq, es una reducción de lo erótico a lo material. Sin embargo, al igual que para Bataille, en las novelas de Houellebecq el encuentro con lo erótico desemboca en la desmitificación y aparta de las ilusiones que hacen plausible un todo social.
A diferencia de Bataille, Houellebecq no describe lo erótico como un camino que conduzca más allá de lo social.
Bataille, como él mismo advierte, es un teólogo al revés. Se aparta de la sabiduría del mundo en favor de algo mejor, más verdadero y bello, pero el camino que emprende es del descenso más que el del ascenso, el de la transgresión más que de la pureza. (La nueva derecha no es ni teológica ni ateológica; es esencialmente egoísta, moviliza trozos de la imaginación teológica para contar una historia sobre la satisfacción de los deseos del yo). Houellebecq escribe en una época en la que lo erótico se ha vaciado de sentimiento incluso cuando su presencia ha proliferado. Las aplicaciones de citas, los clubes de sexo, el turismo, los proyectos artísticos: todos ellos difunden lo erótico y, al hacerlo, lo someten a la lógica del mundo social en su conjunto. Lo que una vez fue promesa de trascendencia se ha vuelto algo calculado, un conjunto de opciones y accesorios entre los muchos que el mundo nos ofrece. En consecuencia, las desigualdades sociales se reproducen en el dominio de lo erótico. La distribución del placer sexual es como la distribución del dinero: hay quien tiene mucho y hay quien tiene poco, y hay una profunda arbitrariedad en todo ello. La materialidad de lo erótico fluye libremente a través de las fronteras raciales y nacionales, pero no sin reproducir las asimetrías que esas fronteras marcan en todos los ámbitos. En resumen, lo que para Bataille era un singular camino hacia la liberación se ha convertido, medio siglo después, en una forma más de reforzar la constricción de nuestras formas de vida por el capitalismo.
A Houellebecq le importan mucho más los años sesenta que la nueva derecha.
De hecho, son los liberales quienes más ponen en el legado de los años sesenta, junto con el número cada vez menor de conservadores tradicionales. Barack Obama, Tony Blair y muchos de los otros liberales que saltaron a la fama con la llegada del nuevo milenio se presentan a sí mismos como personas que han superado con acierto los excesos de los años sesenta. Obama lo dice explícitamente en uno de sus libros: los sesenta fueron una época de división porque fueron la época de la rebelión contra el padre autoritario. Algunos hijos imitan al padre, otros rechazan todo lo que dice. Ya hemos crecido: podemos tomar lo que necesitamos del pasado y dejar atrás lo que no. Podemos llegar a ser nosotros mismos. Podemos hacer nuestras las nuevas libertades para expresarnos, para vivir como queramos, sin vivir en comunas ni quemar sujetadores ni tarjetas de reclutamiento. Lo que Houellebecq y muchos otros señalan es que de esa dinámica emerge no un adulto bien balanceado, como en los años cincuenta, pero mejor. Al contrario, lo que emerge es un nuevo tipo de ser humano, uno que ha interiorizado la lógica del libre mercado, la lógica de la empresa: la libertad de buscar más para uno mismo en un contexto de escasez. El nihilismo que tan a menudo se atribuye a Houellebecq es en realidad un indicador de los límites de nuestra imaginación, ya que Houellebecq rechaza al hombre neoliberal, al hombre de los años cincuenta y las dos posturas opuestas de los años sesenta: sólo que esas cuatro posiciones no tienen por qué conformar los límites de nuestra manera de ver el mundo. A ese respecto, una vez más, Houellebecq difiere de la nueva derecha, pues ese movimiento no ve sino continuidad entre los años sesenta y la actualidad y ve en el sujeto del deseo capitalista al salvador de ambos. Los ochenta son los sesenta de la nueva derecha. Reagan y Thatcher fueron los auténticos modelos de libertad y de los excesos de la libertad. Ahora que hemos madurado, podemos ver que no necesitamos abrazar o rechazar rotundamente el libre mercado; de hecho, el libre mercado puede estar reñido con el sujeto del deseo capitalista. Con ese sujeto, ahora maduro, siempre al frente y en el centro, la nueva derecha se propone dar forma a los mercados en interés del trabajador-capitalista, del agricultor-capitalista, del ama de casa-capitalista, y renegar de sus verdaderos beneficiarios: los ricos.
Para Houellebecq, sólo la religión promete felicidad, pero es una promesa vacía.
Para Bataille, lo erótico y la religión eran inextricables. Bataille no rechazaba la religión, sino que ofrecía una religión mejor, a la que accedía atendiendo al modo en que la religión desata, en lugar de regular, el poder de lo erótico. Para Houellebecq, con la llegada del nuevo milenio, de lo erótico ya se ha extraído todo lo que podía ofrecernos, pero la religión sigue siendo una fuente de energía. Cuando el secularismo y el capitalismo marchan al unísono, la religión es la única fuente de auténtica transgresión. Es una idea con la que Houellebecq juega a partir de las diversas formas que adopta hoy la religión o de sus tipos ideales: catolicismo, islam y New Age. Cada una promete felicidad, y cada una decepciona: pero cada una lo hace a su propia manera. Todas estimulan. El poder y la posibilidad de la religión no residen tanto en su defensa de la tradición, ni siquiera en su sociabilidad, sino más bien en su promesa y en la percepción de esa promesa. El capitalismo promete placer; la religión promete felicidad. Lo que en verdad equivale a decir: la religión, en el mejor de los casos, separa el placer de la felicidad. La religión ―a ojos de Houellebecq, especialmente el islam, pero en última instancia todas las religiones― fracasa en ese empeño, pero este sigue siendo esencial. Bataille carece de recursos para distinguir entre el placer y la felicidad: si a sus ojos hay alguna diferencia lo es cuantitativa más que cualitativamente. La nueva derecha tampoco hace esa distinción: la religión sanciona y organiza el placer, y el resultado es, supuestamente, la felicidad. Depende de cada uno elegir qué religión, qué régimen de placeres tiene más sentido, aunque no se necesite uno, no sea que se retroceda al mal infinito de la libertad sin límites.
Aunque a juicio la promesa de la religión eventualmente decepciona, Houellebecq mantiene su compromiso con la fe y, en consecuencia, con algo como el amor.
A todas luces, es falso decir que Houellebecq escribe historias de amor, pero no es menos obvio que ello es cierto. En medio de un eros vaciado de sentimiento, en una época en que los humanos son poco más que sujetos del deseo capitalista, la fuerza de la religión proviene de la forma en que sanciona la acción que no está motivada por la razón o el deseo. Es esa también la ruina de la religión, pues sacrifica el misterio para explicarse a sí misma en términos de razón y deseo. Lo que Houellebecq busca ―él mismo, en su práctica literaria y sus personajes― es la fe misma, la motivación para persistir a pesar de la existencia de sólidas razones para darse por vencido. En otras palabras, Houellebecq hace algo más que jugar con la fe por considerarse ello en nuestra época una transgresión, como a menudo parecen hacer Žižek y una generación de teóricos europeos y norteamericanos. Houellebecq presenta la fe como algo parecido a una extraña virtud, un hábito que se fomenta a pesar de las fuerzas sociales circundantes y no a partir de ellas. Es un hábito que tiene como requisito la eliminación de las mistificaciones. Ante el espectáculo de un mundo tan al descubierto, como llegan a hacer los protagonistas masculinos y adultos de Houellebecq, la pregunta apremiante es por qué persistir, y la práctica que resulta de ello es la persistencia, no de forma glamorosa ni aventurera, pero persistencia al fin y al cabo. Mezclada con esa persistencia se encuentra, la mayoría de las veces, el amor heterosexual, su recuerdo y su promesa perdida. El amor les recuerda a esos hombres, de un modo bastante cristiano, que tal vez la fe no sea razonable o deseable, pero está justificada, porque el sujeto capitalista no es todo lo que existe. Aquí nos encontramos ante un paisaje enteramente nuevo en comparación con el de la nueva derecha, que esencialmente trafica con mistificaciones y sus símbolos, fabricando una razón y un deseo totalmente opuestos a la práctica de la fe (y bloqueando la posibilidad de un amor auténtico).
Houellebecq es, a fin de cuentas, un filósofo del derecho.
Por extraño que pueda parecer, entre los pensadores franceses de la primera mitad del siglo XX quien se acerca más a Houellebecq no es Georges Bataille sino Simone Weil. Bataille posee una visión totalmente instrumental del derecho: este es un instrumento que permite trascender y, por tanto, transformar el mundo a través de su transgresión. Según Weil, la ley ―paradigmáticamente para ella, las leyes de las matemáticas―, es decir, lo que hay que hacer, es todo a lo que podemos y debemos aferrarnos. La misión, para Weil, consiste en despojarse de las mistificaciones de lo social para sólo hacer lo que hay que hacer. Cuando en ello consiste nuestra práctica, estamos abiertos a la gracia. No podemos salvarnos a nosotros mismos. Que la gracia sea algo que experimentemos o no, se encuentra más allá de nuestro control. Lo único que podemos hacer es trabajar sobre nosotros mismos, una y otra vez, para discernir y purgar la forma en que nuestros deseos y razones son moldeados por la gran bestia que es la sociedad. Lo mismo ocurre con Houellebecq: en sus personajes y en su estética, la misión consiste en despojarse de las ilusiones para ver a las personas haciendo lo que hacen, haciendo lo que hay que hacer. (Tales acciones, por supuesto, no están aisladas de lo social, pero lo importante es que no están justificadas por lo social; son hechos en bruto, leyes en bruto). Estéticamente, Houellebecq lo expresa a través de una prosa plana y mecánica, en todo escenario o época. En esencia, Houellebecq se confía a la primacía de la sociología, frente a la psicología y la teoría crítica. No aspira a desenmascarar las mistificaciones para mostrar su causa genuina, en alguna patología mental o social. Las desenmascara para entrar en el terreno del derecho puro. Plantea, pues, la siguiente pregunta ― filosóficamente digna pero tan a menudo desestimada por juvenil―: una vez que nos damos cuenta de que la mayor parte de lo que hacemos es tan sólo lo que hacemos, ¿cómo continuar? Al igual que Weil, la respuesta de Houellebecq es someternos a la ley, hacer lo que se hace, porque se tiene fe, que tal vez exista algo parecido a la gracia, cimentada en el amor.
El reto político de esta época es demostrar que la soledad no tiene por qué ser apolítica o antipolítica.
Ello está muy claro en el caso de Weil, cuya época no es tan diferente de la nuestra. En el caso de Houellebecq, el rechazo de la política es un componente del rechazo de la mistificación y, por tanto, del sojuzgamiento capitalista. Sin embargo, no se debe confiar en el artista como intérprete de su propia obra y resulta bastante embarazoso cada vez que intentan desempeñar esa función. Las novelas de Houellebecq en realidad no tratan de la soledad, ni de la alienación del senescente hombre europeo. Tratan de la constatación de que, casi todo el tiempo, estamos haciendo lo que se debe hacer. Houellebecq no necesita presentar argumentos contra las mistificaciones de la época; no necesita criticar. La representa, con una voz que complementa el contenido representado. Es algo en lo que ha tenido un enorme éxito. De hecho, Houellebecq es el gran novelista francés de su generación. Y sus libros se leen. Son tremendamente populares. La cuestión de tan sólo hacer lo que se hace resuena ampliamente, no sólo entre los senescentes hombres europeos. Las novelas de Houellebecq no son populares por sus escenas de sexo, ni por sus romances, ni por su ciencia ficción. La razón de su popularidad es la combinación de una estética y un contenido que reflejan la época actual y dan voz a la frustración respecto de las opciones que se nos ofrecen, las opciones marcadas como políticas. Sería engañoso decir que los lectores de Houellebecq forman un nuevo tipo de comunidad, una comunidad de singularidades, en el sentido analizado por Maurice Blanchot y Jean-Luc Nancy. Más bien, la popularidad de Houellebecq marca una insatisfacción con el paisaje político tal como se nos presenta, una apertura a voces y prácticas que reconfigurarían de forma radical nuestro mundo. Es ese precisamente el momento que crea una apertura para la nueva derecha.
Houellebecq nos invita a leer en contra de la transgresión, no a favor de la transgresión.
Desde que Houellebecq alcanzó la popularidad, el carisma de lo transgresor ha alcanzado cotas, o profundidades, aún mayores. Las redes sociales han pasado del texto a la imagen y al vídeo, al tiempo que los principales medios de comunicación integran cada vez más las prácticas de las redes sociales en sus plataformas. Esa dinámica alimenta a la nueva derecha, cuyo revuelo aumenta a medida que los influencers y sus seguidores se quedan boquiabiertos ante las aparentes transgresiones de la izquierda y las contradicciones de los liberales normcore. De la misma manera, pero a la inversa, alimenta a la izquierda. Y los moderados ―es decir, los liberales y conservadores tradicionales― se sienten más satisfechos de sí mismos al contemplar lo que consideran como extremos. De Las partículas elementales a Sumisión y más allá, Houellebecq enseña a sus lectores a poner entre paréntesis la sacudida emocional que produciría la transgresión y a fijarse, en cambio, en lo que se hace, en lo que se debería hacer. Al inicio de Plataforma, Michel, el protagonista, se disculpa ante un inspector de policía por ser «un testigo decepcionante». El inspector responde: «Todos los testigos son decepcionantes.» A lo que Michel añade: «Me quedé meditando sobre ese aforismo. Ante nosotros se extendía la interminable monotonía de los campos.» En medida nada negligible, ese intercambio apunta a la médula de la escritura de Houellebecq y a su relación con los lectores. Todos los testigos son decepcionantes, que no es lo mismo que decir que los testigos deberían dejar de mirar o hablar, o que los inspectores deberían dejar de grabar. Más bien, es desde ese lugar de frialdad desde donde encontramos, no la revolución o la complacencia, sino el cálculo científico atado a la imaginación salvaje. Desde ese lugar, aprendemos a vivir para siempre, nacidos de nuevo en un mundo que ya no depende del poder articulado de lo viejo.
Houellebecq no tiene por qué ser un hombre blanco.
El escalofrío que el nombre de Houellebecq provoca en algunos círculos está directamente ligado a la sensación de que su obra es tan blanca, tan europea, tan masculina (o tan misógina, si ambas cosas no se tienen por sinónimos). Es esa al menos la mitad de la razón por la cual se asocia a Houellebecq con la nueva derecha: también esta sería culpable de excesos en ese sentido. Resulta obvio que Houellebecq reúne ciertas características demográficas y puede que también lo hagan sus lectores. Pero, del mismo modo, Houellebecq aborda, de forma directa, el diálogo con los estudios negros, decoloniales, feministas y queer, conversaciones que en cierto modo están volviendo de nuevo a los años sesenta, o a una era de transgresión y que, en consecuencia, no se ajustan a la experiencia vivida de aquellos a quienes aspiran a representar. Los especialistas en estudios negros, por ejemplo, están entusiasmados con Bataille, pues ven en su obra una forma de deshacer las fuerzas libidinales que estructuran el racismo antinegro mediante formas ilícitas de deseo que desafían el entrecruzamiento del yo soberano, el Estado soberano y la supremacía blanca. Los teóricos queer, un par de etapas más allá, se preguntan qué viene después de la antinormatividad, a la que han considerado fundacional durante tanto tiempo que han terminado por considerarla como definitoria de lo queer, mientras pugnan por responder a esa cuestión en formas teóricas y políticas que no sean crudamente pragmáticas. En esos diversos campos, la teorización se aleja de la experiencia y trae como resultado algo muy parecido al descrito por Houellebecq con respecto a la Europa occidental burguesa. En ambos casos, un campo político congelado cuyas opciones no dicen nada a nadie más allá de una élite intelectual, entre cuyos miembros, incluso, no es más que falsa conciencia. ¿A qué negros estadounidenses describe realmente la «fugitividad» y a qué vidas queer se refiere realmente la «negatividad»? Cuando las opciones políticas desentonan dramáticamente con la experiencia, el terreno es fértil para que surjan nuevos movimientos políticos, para que surja la nueva derecha. Las prácticas de lectura y, por decirlo de un modo harto romántico, las prácticas ascéticas que describe Houellebecq, y la fe que alaba, podrían ser la única defensa contra la siguiente fase en el desarrollo de la nueva derecha, que ya se nos viene encima: su adopción del multiculturalismo.




