«Crosshairs», de Abdaljawad Omar, apareció originalmente en inglés en Rusted Radishes el 14 de diciembre de 2023. Se publica en traducción al español para Communis con la autorización del autor y de RR.

«Vivir en la mirilla es acostumbrarse a ser “indeseable” e “intocable”, salvo mortalmente por las bombas y las balas disparadas a diario desde lejos. Resistir es, de hecho, afirmar la preeminencia del presente, dar prioridad a la inmediatez del aquí y ahora. Por tanto, si nos preguntáramos si resistir es una forma de locura, habrá que responder que sí, es una locura resistirse a la supremacía de las matemáticas y las máquinas. Sin embargo, no hay necedad en ese toque de locura, pues es la única forma de afirmar la existencia.»
— Abdaljawad Omar

Al-Naba’a. Hussein Nassereddine

El francotirador es como un espectador solitario que observara desde la sombra, mientras halla placer en su falta de apego por quienes en cada momento sean su blanco. Semejante a un espectador que presenciara la riña de una pareja, por unos breves instantes percibe a sus objetivos como reflejos de sus propias y triviales peleas con su amante. A todos nos es dada la experiencia del distante observador que, con aire despreocupado, se place en posar la mirada en algún desconocido sentado a alguna mesa del mismo café o repara en la llegada, a altas horas, de algún vecino. El primer placer del francotirador es el placer que le proporciona la distancia.

Sin embargo, la afinidad del francotirador con su objetivo termina donde comienza la parte más animada de su misión. Con escalofriante precisión, selecciona su objetivo, su atención toda centrada en la inminente presa. El francotirador encuentra un oscuro placer en el acto de imponerse, empeñado en posar como ángel de la muerte. Pese a desempeñar su papel dentro de una rígida jerarquía militar, se atribuye exclusivamente el mérito de sus acciones, convencido de su singular destreza y de su maestría en el oficio. Como un poeta que se deleitara con el anonimato y el aislamiento, el francotirador se crece con las historias de los demás, sin jamás abandonar la posición del Dios-espectador. De vuelta al santuario del cuartel, la euforia comienza a disiparse y tal vez sólo entonces se pregunte por la razón de sus actos. ¿Son el blanco de sus acciones algo menos que humanos o simplemente son enemigos? ¿No serán acaso meros esqueletos desprovistos de alma? A veces, el mero placer de un certero disparo supera la necesidad de cuestionarse o de someterse a examen moral alguno.

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Hace casi una década, la bala de un francotirador colonizó mi carne, en una íntima invasión durante la cual el frío metal rozó mi tobillo. Hubo una perversa suerte en el hecho de haber podido cruzar la mirada con el agresor, de ser testigo de la euforia que le provocaba su acto y su alegre choque de manos con su compañero de armas, mientras alardeaba del éxito de su golpe de gracia, espejo tan extraño y oscuro del rostro del hombre. Su deleite fue una cruda revelación, mientras en mi sonrisa se duplicaba casi su euforia, reacción a la inquietante figura de quien estuvo a punto de convertirse en mi asesino.

Antes de perforarme la piel, la bala se había anunciado con un zumbido por el que declaraba sus intenciones con repulsiva precisión. En ese momento suspendido, las normas del reglamento israelí sobre el uso de armas de fuego se cristalizaron en un único punto de mira: la parte inferior de mi cuerpo. Durante aquellos años, Israel hacía hincapié en mutilar en lugar de matar. Marcado para recibir el impacto, me convertí en una nota fatal en una sinfonía de trivialidades, no era yo entonces más que el «animal humano» de caza en el extremo de la firme empuñadura de un joven soldado, demasiado generoso para no recibir el abrazo del rifle. Por algún golpe de piadosa fortuna o por mero descuido, me libré del «impacto en la parte superior».

Toda la vida me han dicho que soy demasiado sensible, que me hiere demasiado fácilmente la indiferencia del mundo. No pocos a mi alrededor insisten en que debo protegerme de las espirales burocráticas que te exprimen con la fría y meticulosa precisión de la indiferencia, como aquella vez en que la administración de mi escuela me acusó de robar 2,5 shekels (setenta céntimos) cuando en realidad había sido yo quien los hubiese donado, o aquella otra en que la Autoridad Palestina me acusó de pedir limosna cuando no estaba yo sino protestando contra la normalización de semejante práctica, o cuando los soldados israelíes me pisotearon los pies y me dejaron a la intemperie con los ojos vendados, tras haberme acusado de «terrorista», cuando no estaba yo sino protestando por el robo de un manantial. «No te lo tomes a pecho» —me reprenden. Me dicen que cuando una gran maquinaria burocrática toma una decisión, es sólo eso: una orden sumaria e insensible. Y así, cuando te alcanza una bala, no eres tú el verdadero blanco. El soldado restringe tu libertad de movimiento y el agente de inteligencia te somete a tortura, pero no es a ti a quien realmente persiguen. Es sólo a lo que aparentas ser.

Mientras caía al suelo, con mi alto cuerpo sostenido por dos jóvenes y la sangre brotando de mi herida, sentí una extraña calma. Los niños que se reunían en el campamento de refugiados cercano no me veían como a uno de los suyos. Me preguntaban una y otra vez de dónde era. «Soy de aquí» —fue todo lo que atiné a decir, aunque quizás debería haber añadido: «Soy de aquí y ahora.» De hecho, algo dentro de ti se transforma cuando empiezas a verte a ti mismo como «objetivo».

En ese momento, no convocas al pasado ni te asalta un torrente de recuerdos, todo eso que te hace recordar quién eres. En ese momento tan peculiar, tampoco hay futuro del que hablar, ni aspiraciones ni alucinaciones. Estás presente en la conciencia de que apareces como objetivo. Es de imaginar que todo palestino haya tenido que hacer frente a un momento similar.

Después del «incidente», poco a poco cada hueso de mi precario cuerpo absorbió al vigilante ojo del francotirador. Aprendí a soportar el peso de su mirada, a no llevar una vida de estudiante, ni de profesor, ni una vida marcada por el montón cada vez mayor de mentiras que tejo cotidianamente, ni por las verdades que me son caras y a las que me aferro, ni por las despiadadas fuerzas que pugnan por moldear mi ser, dentro y fuera de mí.

A los ojos del francotirador, no soy el hijo de mi madre, la alegría de mi padre ni el blanco persistente de las bromas de mi hermana menor. En ese momento, me di cuenta de que soy tanto una marca como un objetivo: mi propio ser, un lienzo para el torcido deleite de quienes hieren y matan.

El rancotirador, figura solitaria en el gran teatro de la guerra, es la clásica encarnación de la muerte a distancia, es quien ejecuta desde lejos los siniestros dictados de la muerte por asesinato, figura fantasmal en la que se entrelazan armas y deseo. Paradójicamente, en medio de la devastación que tiene lugar hoy en Gaza, el papel del francotirador ha evolucionado hasta convertirse en una de las formas más personales e íntimas de combate letal.

La guerra, horror visceral de carne y hueso, aparece hoy desinfectada por la afinidad que la maquinaria bélica occidental siente con la distancia, ese atesorado vacío en que se dictan sentencias de muerte lejos del caos del enfrentamiento físico. Ese distanciamiento dice mucho de la alienación que impera en las sociedades posmodernas, donde la barbarie de la guerra se canaliza ahora a través de drones, algoritmos y datos, y no se libra en los campos de batalla, sino en las pantallas de las esterilizadas salas de reuniones de Tel Aviv. Los avances tecnológicos de la modernidad, con su búsqueda de sistemas autónomos, celebran nihilistamente la apropiación del algoritmo como forma de calcular a quién y a cuántos y qué matar en Gaza. Muerte por asesinato por medio de mil «ecuaciones» arrojadas sobre nosotros desde el cielo, apilando un número sobre otro.

Han salido a la luz revelaciones sobre el despliegue por parte de Israel de un complejo sistema de inteligencia artificial para designar y producir objetivos en Gaza, conocido por el ominoso nombre de «The Gospel» (El Evangelio). Un sistema nacido de la mezcla de venganza y paranoia —al que se le ha colgado la etiqueta de lo que en su día significaba «Buena Nueva»— precipita hoy la muerte, con ayuda de algoritmos que calculan fríamente el destino de quienes son condenados a morir. Las matemáticas aíslan de sus víctimas al colonizador y facilitan el acto de matar sin rendir cuentas, mientras a los cuerpos y los hogares palestinos se les asigna un número y se los introduce en un sistema que abarca a cientos de miles de «archivos de objetivos». Para la maquinaria bélica israelí, la guerra es el nexo entre el castigo y la conquista, siempre dirigida a la rápida superación de los obstáculos, la carrera hacia la meta. En su avance, la maquinaria puede perder a algunos de sus pasajeros (soldados), pero esa pérdida es siempre una excepción. Para los palestinos, la guerra presupone un rítmico alineamiento con la existencia, que se hace eco del soplo del viento y de los rayos del sol. Similar a ese aliento solitario en un día frío y solemne de invierno, cuando cada soplo se pliega dentro de ti como si estuvieras inhalando el universo. La guerra es el nexo entre el sacrificio y la existencia; sacrificio que trasciende la cuestión de su utilidad inmediata. Es esa, quizás, la distinción más clara entre la resistencia palestina y la maquinaria de muerte israelí: el hecho crudo de que cuando los palestinos matan, casi siempre se enfrentan a la muerte por sus actos, o hasta se suicidan en el acto. Todo palestino que cometa un acto de desobediencia también se expone a la posibilidad real de su muerte inminente y su encarcelamiento.

Lo que sigue siendo inequívocamente manifiesto es que Palestina ha estado marcada durante mucho tiempo y que los palestinos son perpetuamente estigmatizados y reducidos a datos que alimentan sistemas de categorización y de control, diseccionados y destilados en ecuaciones. Vistos desde arriba, o a través de la lente de un francotirador, los palestinos permanecen bajo la mirada inquisidora e invasiva y corruptora de un oficial de inteligencia o un asesino uniformado, o en muchas ocasiones de un civil vestido de civil que siembra el caos en las colinas de la Ribera Occidental. Son el punto receptor de toda una maquinaria que construye la lógica mediante la cual se los convierte en objetivos para después apuntarles con incesante furia y regocijo. Estamos condenados a la muerte, al encarcelamiento o a una existencia condicional y restringida. Para quienes recorren esos siniestros paisajes, lo que podría parecer una turbia revelación no es ninguna sorpresa; es la experiencia vivida por quienes habitan en lo que, trágicamente, es un vasto campo de objetivos.

Sin embargo, quizás no exista nada más revelador que el acto de delegar en un mecanismo artificial la selección de objetivos humanos. Pensemos, por ejemplo, en los palestinos, quienes forjaron una fusión entre ser humano y máquina en forma de bomba humana, en la que la persona que lleva encima el artefacto explosivo lo detona, dando así paso al caos y, a la vez, pereciendo en el acto.

El hombre y la máquina reinaban supremos, fusionados en un solo dispositivo.

Para Israel, la lógica algorítmica de la máquina de IA Hasbora disimula la cruda realidad de su guerra contra Palestina: la borradura, la depuración étnica y la selección indiscriminada de palestinos como objetivos. Esa lógica facilita que los operadores de esos sistemas se distancien de la adopción de decisiones, al hacer que las máquinas seleccionen y produzcan los objetivos. Luego, cuando los operadores ejecutan el acto de matar, emplean otra máquina para protegerse, no sólo de posibles daños, de la posibilidad incluso de su propia muerte, sino también y sobre todo de la culpa asociada con la comisión de un acto de homicidio. En ese caso, tanto la decisión como la acción se externalizan. El humano protegido en una oficina para personal ejecutivo no hace sino observar cómo se activan las máquinas. No queda nada más que el placer voyeurista de presenciar un asesinato maquínico. No hay habilidad, ni oficio, ni siquiera la poética de matar y que te maten.

Las matemáticas y la máquina reinan supremas.

Moon. Hussein Nassereddine

Recuerdo ahora las veces, cualquier domingo apacible, cuando no era más que un niño de doce años, en que trepé por los altos muros de la escuela para correr detrás de un balón junto con mis compañeros de travesuras. El guardián de la escuela era nuestro silencioso cómplice, que hacía la vista gorda ante nuestras travesuras y sellaba con un guiño y un gesto de asentimiento el pacto tácito que existía entre nosotros mientras reclamábamos como nuestro el campo. En pleno apogeo de la Segunda Intifada, como niños rebosantes de ganas de imitar, nos imaginábamos como los Zidane y los Ronaldo de una modesta y polvorienta cancha.

Los palestinos son como mediadores evanescentes para que el colonizador pueda paliar la ansiedad por el robo perpetrado, hacer aparecer el robo como legítimo.

Aquel día, los habituales pleitos infantiles envueltos por el polvo del campo de fútbol se vieron bruscamente interrumpidos, desterrados por una riña más fea. Las balas esculpían sus veloces y afilados argumentos en el aire por encima de nuestras cabezas, antes de grabar sus mortíferas conclusiones en el suelo que nos rodeaba. Nuestro juego se detuvo; sin sospechar nada, nos convertimos en blanco en un momento absurdo en el que se activó la energía de la supervivencia y nuestra agilidad juvenil mutó bajo la sombra de una amenaza incomprensible. Los más lentos entre nosotros, impulsados por la invisible mano del miedo, se convirtieron en los más rápidos. Sólo cuando encontramos refugio, pudieron estallar nuestras risas, no por alegría, sino por el oscuro reconocimiento de nuestra propia fragilidad, sarcástico eco de la ciega misericordia del tanque.

Ese día, quien habría podido convertirse en nuestro asesino permanecía oculto, conocido sólo por la hostil imprecisión de su ausencia. Habíamos podido palpar el horror de sus intenciones, pero no al hombre ni sus ojos; ni sus manos abrazando al rifle, ni su rostro iluminándose tras un certero disparo. Su presencia era una sombra que nos envolvía, instándonos a perecer allí mismo, en ese mismo momento.

Se nos negó la vista de su placer ante nuestra caótica danza de evasión. No fuimos partícipes del tormento de su fracaso cuando, por suerte para nosotros, erró el disparo. Nos quedamos sólo con las réplicas, los ecos apagados de una violencia que no tiene rostro ni nombre, ni siente remordimiento. Es exactamente así como se nos presenta la maquinaria bélica israelí: una máquina que protege de la muerte a quien la opere y un francotirador que se regodea en el disparo.

The War. Hussein Nassereddine

La pregunta que en todo el mundo se hacen muchos hoy  —¿qué planes tiene Israel para Gaza?— encuentra su respuesta en el tejido mismo de la existencia palestina: conocimiento tan íntimo como el acto mismo de respirar. Sabemos que el objetivo somos nosotros, marcados de forma ineludible desde el momento en que llegamos a este mundo.

La retórica de los líderes israelíes, los discursos que entretejen relatos sobre enemigos ancestrales y los degradantes calificativos con que se nos describe —«animales humanos»— se despliegan al mismo tiempo que la historia del nacionalsocialismo atraviesa nuestros rostros semíticos. Irónicamente, esos discursos no son una revelación para nosotros. Hace tiempo que se han asentado en el glosario mismo de nuestro ser, convirtiéndose en parte del aire que respiramos, hasta en los silencios y los despaciosos ritmos de nuestra vida cotidiana.

En la quietud, seguimos adelante, cada paso es testimonio de una vida vivida en la mirilla como objetivos reales o potenciales en un complejo sistema matemático, humano y maquínico que nos produce constantemente como objetivos que matar, mutilar, encarcelar, despojar, o incluso como un ataque simbólico que nos pide que nos rindamos y renunciemos. Para Israel, los palestinos debemos actuar como mediadores destinados a desaparecer para que el colonizador pueda ver aliviada la ansiedad por el robo perpetrado, una exigencia constante de que reconozcamos que el robo fue legítimo, que su soberanía es ahora total y absoluta.

Casi que podemos oír a Foucault decir: «Los Estados más asesinos son también los más racistas.» Pero no necesitamos a Foucault para saberlo. ¿No hemos oído una y otra vez a los israelíes proclamar que Palestina y los palestinos son legítimos blancos de muerte por aseinato? ¿No hemos visto la moderna maquinaria de la guerra convertir esa matanza en un sitio industrial de pavor y espanto? ¿No hemos visto también los discursos de la alta modernidad celebrar las (im)precisas masacres perpetradas desde el aire, empleando para ello inteligencia artificial y produciendo objetivos en masa? Se nos dice que esa forma de matar es más humana, más racional, más propia del hombre y la mujer civilizados.

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 En Israel se experimenta con nuevos códigos y se reformula toda la arquitectura del imperio basado en normas mediante la transgresión de su propio poder normativo.

La esencia del cazador se entrelaza con la de la presa, y en ese entrelazamiento hay un sentimiento de reverencia por la naturaleza primitiva de la presa, un sentimiento de asombro ante su espíritu indómito. La naturaleza peligrosa de la caza no viene sino a amplificar su atractivo. En la complicada danza entre el cazador y la presa, tal como se describe en la serie israelí de Netflix Fauda, observamos de cerca la psique del cazador. Nos hacemos partícipes de la vulnerabilidad del cazador y de la necesidad que se le impone de lidiar con las limitaciones de la ley, restricciones contra las que el cazador arremete repetidamente en una rebelión abierta y airada, mientras grita: «¡La jungla de la Ribera Occidental, Gaza y el Líbano no entiende nada del derecho civilizado!». ¿No es esa una de las funciones más auténticas que desempeña Israel en el «orden mundial»: la de ser un lugar en que experimentar con nuevos códigos y nuevas regulaciones y codificaciones, un Estado revisionista que reformula toda la arquitectura del imperio basado en normas, dotándolo de novedosas prácticas y formas de transgredir su propio poder normativo? De hecho, en la Ribera Occidental y en Gaza, donde el imperio es maleable y está en constante cambio, las transgresiones se convierten en ley. Es esa precisamente la razón por la que los palestinos nunca nos tomamos en serio el derecho internacional, o al menos por la que no lo hacemos muchos de nosotros. Sabemos lo que el resto del mundo acabará sabiendo: que esas leyes no cumplen otra función que satisfacer el placer de la caza.

Fauda ofrece a la mirada el proceso psicológico de exaltar a la presa, de reconocer una esencia formidable en su actitud de desafío. Es el retrato de un cazador que obtiene satisfacción, no sólo del acto de matar, sino del conocimiento de que la presa es un adversario digno, un ser o una cosa cuya eliminación no es simplemente un fin, sino la conquista de un igual, la emoción de lograr poner a prueba los límites de la propia capacidad del cazador. La presa, en ese caso, es tanto un obstáculo como un umbral, un lugar para reafirmar el poder y poner a prueba y transgredir sus límites.

Es esa la verdadera emoción de la caza, y es eso exactamente lo que Israel intenta superar con sus nuevos sistemas de homicidio: que la caza se ponga en marcha sin los dilemas y las fragilidades del cazador, al tiempo que se mantengan la vigilancia y la gratificación de observar desde lejos, incluso si su papel activo se ve limitado por un miedo profundamente arraigado a que el cazado se convierta en cazador.

Sin embargo, ello no responde a la pregunta de si hay vida en ser legítimo blanco de asesinato. ¿Cómo vivir en la mirilla?

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Escribir sobre lo que significa vivir en la mirilla, o vivir como objetivo, es una amena ocupación. Semejante estilo de vida requiere estar perpetuamente presente en el momento, sobrevivir a un encuentro con la muerte, sólo para tropezarse con otro a la vuelta de la esquina, cada uno con un novedoso método para matar. Ese juego sucesivo es un juego colectivo, y tiene realmente algo de hilarante, por cuanto no deja de provocar risa ante lo absurdo del cazador, ante las cosas que lo activan. Después vienen las risas por haber estado a punto de morir.

Ser perseguido es vivir como umbral en el umbral, al borde del abismo. No hay futuro, y el pasado no interfiere en la danza rítmica del «atrápame si puedes».

Permítanme contarles una breve historia.

Toda resistencia es una forma de locura:  resistirse a la supremacía de las matemáticas y las máquinas. Pero ese toque de locura es la única forma de afirmar la existencia.

Mi amigo Ibrahim atribuye a la Nakbasu implacable obsesión por la limpieza. Un paño de limpieza es su inseparable compañero; en las raras ocasiones en que lo deja a un lado —para encender un cigarrillo o entablar una conversación espontánea— lo mantiene siempre al alcance de la mano. Con ello se asegura de poder reanudar sin dilación, cada treinta minutos, su ritual de higienización. Con enérgica determinación, elimina los restos de café y el humo del tabaco que quedan después de nuestras largas reuniones.

La casa de Ibrahim no es nada pretenciosa, pero el orden que reina en ella rivaliza con el de las prístinas casas que aparecen en los catálogos de tiendas de muebles, cada detalle minuciosamente atendido. La colocación de los marcos que adornan las paredes es un dechado de precisión; cada semana, se asegura meticulosamente de que los cuadros y las fotografías de personajes históricos de revoluciones de otras épocas estén perfectamente alineados.

A Ibrahim lo mueve una profunda necesidad de mantener el orden y cada uno de sus gestos está marcado por el deseo de que todo esté en su sitio. A menudo compartía ese sentimiento conmigo mientras, con una sonrisa cínica, decía en broma: «Mi desprecio por Israel se debe a que está en el lugar equivocado; simplemente no está donde debería estar»

Una larga noche, que se prolongó hasta las primeras horas de la madrugada, me hizo ver con mayor claridad la profundidad de su compulsión:

La carga mental que arrastran consigo los refugiados es algo que te resulta difícil de comprender, madani, pues eres de la ciudad. Esa carga entraña una profunda culpa y el crudo dolor de haber perdido el hogar original. Es la carga de ese legado de deshonra la que impulsó a mi abuela, y después a mi madre y ahora a mí, a limpiar sin cesar, casi como si al preservar nuestro entorno pudiéramos evitar la pérdida, una vez más, de nuestro hogar. Es nuestra propia redención por el hogar que perdimos.

Ibrahim y yo nos conocimos durante una modesta protesta que tuvo lugar en pleno centro de Ramala. A diferencia de los demás manifestantes, Ibrahim irradiaba determinación en lugar de resignación. Cada mañana, se levantaba antes del amanecer y anotaba meticulosamente en un pequeño cuaderno sus tareas diarias. Abrigaba la creencia, que quizás fuese una ilusión esperanzadora, de que con cada tarea llevada a término se acercaba un poco más al hogar que había conocido a través del rostro de su abuela.

En una ocasión Ibrahim me contó cómo se las había visto cara a cara con un francotirador a unos cien metros de distancia, mientras avanzaba con pasos tranquilos y mesurados, una piedra en la mano, plenamente consciente de que el francotirador había marcado sus movimientos. Enterado ya de que había resultado herido ese día, interrumpí su relato con una pregunta.

—¿Por qué no corriste a refugiarte de las balas?—.

Sin vacilar ni por un instante, respondió:

Me quedé allí, esperando mi destino con la bala del francotirador. En pocas palabras, me faltaba la voluntad y el deseo de moverme o esconderme. En ese momento de mi vida, frente a ese maldito francotirador, escapar me parecía un aferramiento enfermizo a las ilusiones. Sabes, doy gracias a Dios todos los días por que la bala no me alcanzara en la espalda o, Dios no lo quiera, en el músculo que se encuentra inmediatamente debajo. ¡Imagina convertirte en blanco de tus propias bromas por haber recibido un disparo en el culo!

Y continuó diciendo:

Llevamos dentro a un íntimo francotirador, del mismo modo que cargamos con el peso del encarcelamiento. Algunos califican de pragmatismo a ese compañero sin cuartel que llevamos dentro, otros lo llaman realismo. Puede que me tomes por loco —afirmó Ibrahim— pero recuerda que nada tiene de malo un toque de locura. Mientras esperaba la trayectoria inevitable de la bala rumbo a mi curpo, no me vino a la mente ningún recuerdo de mi madre, ni mi vida se desplegó toda ante mis ojos, ni la nostalgia me llevó de vuelta a mi alegre infancia. En ese preciso instante, todo estaba en su sitio: el francotirador, la bala y yo. Al caer al suelo, no pude evitar sonreír.

Memory. Hussein Nassereddine

Vivir en la mirilla es ceder ocasionalmente a la dominación ejercida por la lente del francotirador. En ese ámbito, se reconocen dos tipos de sumisión. La primera consiste en esquivar, reconocer la omnipotencia del francotirador, protegerse de la muerte y perseverar dentro de los límites del campo de la mira telescópica. La segundo es mantenerse desafiante, con un toque de locura, sin preocuparse por la contemplación meticulosa del pasado o el futuro. Es consagrarse por completo al presente, un momento de sumisión absoluta al ahora.

Vivir en la mirilla es acostumbrarse a ser «indeseable» e «intocable», salvo mortalmente por las bombas y las balas disparadas a diario desde lejos. Resistir es, de hecho, afirmar la preeminencia del presente, conceder prioridad a la inmediatez del aquí y ahora. Por tanto, si nos preguntáramos si resistir es una forma de locura, habrá que responder que sí, es una locura resistirse a la supremacía de las matemáticas y las máquinas. Sin embargo, no hay necedad en ese toque de locura, pues es la única forma de afirmar la existencia.

Imagen destacada: El soldado israelí Mor Ostrovski publica una foto de un niño palestino en la mirilla de un rifle de francotirador. (Instagram/The Electronic Intifada). Cortesía de The Irish Times.

Tradujo del original en inglés Rolando Prats.

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