“The Axis of Chaos”, de Alberto Toscano, aparecerá próximamente en la columna del autor en In These Times.

«No resulta fácil concebir de qué manera la maquinaria bélica estadounidense-israelí pueda verse frenada por cualquier oposición política, ya sea nacional o internacional. Queda por ver si el caos económico cada vez mayor tendrá algún impacto allí donde la política o el derecho no lo tienen; cuesta trabajo imaginar que Israel renuncie a su viejo deseo de quebrantar el Estado iraní.»
— Alberto Toscano

La guerra contra Irán que Israel y Estados Unidos iniciaron el 28 de febrero con la «decapitación» del liderazgo iraní y el bombardeo de cientos de objetivos militares y civiles iraníes —entre ellos una escuela para niñas en Minab, donde fueron masacradas 165 niñas y miembros del personal— se ha transformado rápidamente en una conflagración regional de incalculables consecuencias. Militarmente debilitado por la «guerra de los 12 días» de junio de 2025 —cuando Trump declaró que las capacidades nucleares de Irán habían sido «arrasadas»— y detestado por muchos iraníes tras la sangrienta represión de las protestas y revueltas de principios de este año, el régimen iraní aún no se ha visto socavado por la pérdida de su líder supremo, el ayatolá Jameneí, así como de su Ministro de Defensa y del Comandante en Jefe del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRCG), pilar militar e ideológico del régimen. Anticipándose a la aniquilación de sus élites, Irán ha empleado una estructura de mando descentralizada para organizar ataques no sólo contra objetivos israelíes y estadounidenses —entre ellos Tel Aviv y varias bases estadounidenses—, sino también contra la infraestructura energética y civil de los Estados del Golfo, de la que depende gran parte de la estrategia regional de Estados Unidos, desde los Acuerdos de Abraham hasta la «Nueva Gaza».

Drones y misiles iraníes atacaron la refinería de petróleo Ras Tanura de Saudi Aramco en Arabia Saudita y la planta de gas natural licuado de Ras Laffan Industrial City de QatarEnergy. Ambas instalaciones han tenido que interrumpir sus operaciones, interrupción cuyos efectos han sido inmediatos y probablemente cada vez más graves en los mercados energéticos: QatarEnergy, el mayor productor mundial de gas natural licuado, tiene en sus manos el 20 % del suministro de ese recurso, mientras que Ras Tanura es un centro clave para el transporte marítimo de crudo. También se han visto afectados otros puertos e instalaciones energéticas del Golfo. Han sido atacados además los centros de datos de computación en la nube de Amazon en los Emiratos Árabes Unidos y Baréin. Entretanto, los iraníes amenazan igualmente a todos los buques que atraviesen el estrecho de Ormuz, punto clave para la energía mundial que ya fuera escenario de las «guerras de petroleros» durante el conflicto entre Irán e Iraq en la década de los ochenta. Esto ha llevado a Francia a proponer la creación de una fuerza internacional para evitar un bloqueo de facto que podría tener consecuencias desastrosas para la economía mundial, aunque es difícil ver cómo podría evitar el aumento de los seguros de riesgo marítimo que ya están afectando al comercio en todo el Golfo.

Además del impacto económico que ya se está sintiendo a nivel mundial, la dimensión militar del enfrentamiento se está extendiendo más allá de Oriente Medio, como lo muestra el ataque con drones por Hezbolá contra la base británica de la RAF en Akrotiri, Chipre. Como ha señalado el comentarista político Seamus Malekafzali, los iraníes están empleando tácticas de guerrilla, pero con la capacidad militar de un Estado. El agotamiento de los drones, misiles y suministros antiaéreos por ambas partes se ha convertido en un factor determinante en el calendario y la trayectoria de la guerra. El hecho de que Irán haya centrado sus ataques de represalia en las instalaciones energéticas y los corredores comerciales demuestra, sin duda, que ha aprendido la lección del bloqueo del estrecho de Bar al-Mandab por parte de Ansar Allah en Yemen en respuesta al genocidio de Israel en Gaza, cuando los hutíes —a pesar de haberse convertido en blanco de continuos bombardeos y ataques de decapitación—  aprovecharon su ubicación geográfica y su muy inferior arsenal militar para maximizar su efecto, precisamente infligiendo daños económicos.

El presidente Donald J. Trump expresó su sorpresa ante la voluntad de los iraníes de regionalizar la guerra por medio de ataques a los aliados estadounidenses en el Golfo. Y ello a pesar de que el gobierno de Washington, en consonancia con sus predecesores, ha denostado en los más duros términos al régimen teocrático de Irán por su locura, terrorismo, guerras por el poder y desestabilización. Al igual que con sus otras declaraciones sobre la guerra, lo único coherente en las declaraciones de Trump es su incoherencia. Sus previsiones sobre la duración del conflicto han oscilado entre días, semanas o meses o se han visto matizadas por el hecho de que Estados Unidos puede hacer la guerra «para siempre». Han mostrado una enorme oscilación también los motivos para iniciar la guerra: obligar a Irán a «capitular» por completo en lo que respecta a su programa nuclear, provocar un levantamiento popular y un cambio de régimen, obligar a los iraníes a elegir un liderazgo más dócil, impedir que Irán exporte su revolución a través de apoderados regionales como Hezbolá, sin olvidar el grandilocuente reclamo de que había que atacar al régimen porque este había «declarado la guerra a la civilización misma». Entretanto, el Secretario de Guerra, Pete Hegseth, festejaba el fin de las «guerras políticamente correctas» y la desaparición de las «estúpidas reglas de combate» con el argumento de que lo que parecía incoherencia era en realidad el genio estratégico de Trump, que le permitía «buscar oportunidades, atajos y escaladas para Estados Unidos que crearan nuevas oportunidades para ejecutar lo que necesitamos según nuestro propio calendario». No podía estar más claro.

Semejante incapacidad para ceñirse a un guion estratégico racional ha traído consigo sus propios momentos de humor negro. Mientras musitaba sobre la opción «venezolana» —en la que la destitución de los gobernantes del país anunciaría la aparición de sustitutos serviles—, Trump observó que el ataque había tenido «tanto éxito que eliminó a la mayoría de los candidatos. No va a ser ninguno de aquellos en quien habríamos estado pensando porque ahora todos están muertos. El segundo y el tercero están muertos».

De lo que no cabe duda es que el bienestar y el futuro del pueblo iraní no cuentan para nada en los cálculos bélicos de Estados Unidos e Israel. Como señaló acertadamente el académico Behrooz Ghamari-Tabrizi, excondenado a muerte en la República Islámica, el ataque al régimen, incluido el asesinato de Jameneí forma parte de un «paquete», «porque el asesinato del líder supremo iraní también forma parte del asesinato de escolares iraníes. También forma parte del asesinato de iraníes inocentes. También forma parte del ataque a los hospitales iraníes», lo cual no es de extrañar cuando los ataques los llevan a cabo Netanyahu y Trump, es decir, el «rey del genocidio y alguien en Estados Unidos que anda en serios problemas con el sistema jurídico estadounidense y con el asunto de los archivos de Epstein».

Durante los preparativos para la guerra, Netanyahu trabajó denodadamente para asegurarse de que las negociaciones con los iraníes no frustraran su deseo de acabar con la República Islámica.

Mientras que Trump y su gobierno parecen afectados por una especie de trastorno imperial de déficit de atención, sus socios en esta guerra por elección no tienen reparos a la hora de dar a conocer sus objetivos. El domingo, el Primer Ministro israelí y criminal de guerra a la fuga Benjamin Netanyahu dijo que la participación de Estados Unidos en la guerra contra Irán le permitía a Israel «hacer lo que he estado esperando hacer durante 40 años: asestar un golpe demoledor al régimen terrorista». Durante los preparativos para la guerra, Netanyahu trabajó denodadamente para asegurarse de que las negociaciones con los iraníes no frustraran su deseo de acabar con la República Islámica. Que Israel había fijado el momento y la agenda de la guerra fue algo que dejó entrever el Secretario de Estado Marco Rubio cuando declaró a los periodistas: «Sabíamos que Israel iba a actuar. Sabíamos que eso precipitaría un ataque contra las fuerzas estadounidenses, y sabíamos que si no actuábamos de forma preventiva antes de que lanzaran esos ataques, sufriríamos más bajas.» Más tarde, Trump intentó retractarse de esos comentarios con la doblemente inverosímil alegación de que, en vista de inminentes ataques por parte de Irán, Estados Unidos había «obligado a Israel a actuar».

Queda por ver si el daño económico infligido en el Golfo y en todo el mundo por los ataques en represalia de Irán contra infraestructuras energéticas y logísticas llevará a Estados Unidos a poner fin a la guerra. Tras haber asesinado a su líder supremo y a muchos de sus dirigentes, ¿podría la guerra derrocar al régimen iraní? El registro histórico parece indicar que, a pesar de la extrema impopularidad del régimen entre amplios sectores de la población, una campaña de bombardeos aéreos —que ya está causando un gran sufrimiento a la población civil— no provocará un cambio de régimen. Como ha sostenido el académico Robert Pape, de ello ocurrir, «sería la primera vez en la historia». Muchos de quienes advierten contra el cambio de régimen —no sólo izquierdistas o liberales, sino también críticos cada vez más vociferantes de Trump en la extrema derecha de MAGA— señalan que las aventuras imperiales de Estados Unidos en Iraq, Afganistán y Libia condujeron a diversas formas de colapso estatal con efectos devastadores para la seguridad y los medios de vida de las poblaciones afectadas. De paso se ignora que, a pesar de todas las homilías y los planes de construcción nacional, los neoconservadores que condonaron esas guerras no rehuían la destrucción nacional. En 2006, el general Wesley Clark afirmó haber visto un memorándum de la oficina del entonces Secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, en el que se esbozaba una estrategia consistente en «eliminar» a siete países en cinco años. Esos países eran Iraq, Siria, Líbano, Libia, Somalia, Sudán e Irán. Haya sido por designio, colusión o incompetencia, es difícil ignorar que los objetivos de ese memorándum se han cumplido en su mayor medida.

A pesar de todos los llamamientos directamente dirigidos por Israel al pueblo iraní, si lo fuéramos a juzgar por sus actos, no resulta menos obvio que los objetivos de este último están mucho menos orientados al cambio de régimen que al colapso y la fragmentación del Estado: es esa la política que Israel ha puesto en práctica durante mucho tiempo con respecto al Líbano y que ha promovido y de la que se ha beneficiado en Siria, adversario histórico cuyo territorio ahora puede ocupar impunemente. Con la complicidad de Estados Unidos, Israel prosigue su política de apoyo a los movimientos separatistas entre las minorías étnico-nacionales de Irán (kurdos, baluchíes, árabes). Si ello sirviera para debilitar o eliminar cualquier desafío a su continua opresión del pueblo palestino y a su intento de ejercer un dominio sin control en la región, Israel estaría de plácemes por estar rodeado de Estados desangrados y destruidos, desprovistos de toda capacidad política y militar para oponer resistencia al poder y la impunidad israelíes. Ese horizonte de colapso estatal es el complemento ideal de la ideología colonial-teocrática del Gran Israel que anima a muchos en el gabinete de Netanyahu y que se ha visto recientemente respaldada por el embajador de Estados Unidos en Israel, Mike Huckabee, quien cree que las fronteras del Estado judío fueron fijadas por la Biblia.

Si bien la complicidad de la mayoría de las potencias europeas con el genocidio de Israel en Gaza y su falta de voluntad para hacer valer la orden de detención de la Corte Penal Internacional contra Netanyahu son un hecho probado, no deja de llamar la atención que sigan dispuestas a respaldar una guerra desatada por Israel y Estados Unidos en la que la desintegración de los Estados y las sociedades no es un error del programa, sino una de sus funciones, y que ya está desestabilizando la región y provocando turbulencias económicas a nivel mundial. Semejante actitud puede adoptar la forma de un vergonzoso servilismo, como en la reciente visita del Canciller de Alemania a la Casa Blanca, o la adulación con que Mark Rutte, Secretario de la OTAN, se refiere a su «papá» Trump, «líder del mundo libre». Pero también puede adoptar formas más concretas y trascendentales, como el empeño de Francia, Alemania y el Reino Unido de emprender «acciones defensivas» contra Irán, sin oponer resistencia alguna a una guerra de agresión que a las claras constituye una violación del derecho internacional. El único país europeo que realmente se ha destacado del coro de vasallos y facilitadores ha sido España, cuyo Primer Ministro, Pedro Sánchez, ha prohibido a Estados Unidos utilizar sus bases de Rota y Morón para atacar a Irán. Sentado junto al complaciente Merz en el Despacho Oval, Trump —dando muestras una vez más del respeto que tiene por la soberanía de sus presuntos aliados— dijo que, si quisiera, podría de todos modos utilizar las bases y que, en cualquier caso, de inmediato cortaría todo comercio con España.

Cuanto más Estados Unidos se acopla con el proyecto de Israel de desmantelar la soberanía de sus Estados vecinos, tanto más nihilista se vuelve la política de Washington.

A raíz de la guerra de Iraq, el economista Giovanni Arrighi definió el imperialismo estadounidense tardío como uno basado en la «dominación sin hegemonía», la capacidad de ejercer una fuerza militar abrumadora y una presión económica ajenas a todo deseo de persuadir a sus aliados de que su condición de superpotencia los beneficiaba. Cuanto más se acopla Estados Unidos con el proyecto de Israel de desmantelar la soberanía de sus Estados vecinos, tanto más nihilista se vuelve la política de Washington, como si el solo tamaño de su fuerza militar y su imaginaria inmunidad frente a las repercusiones adversas de sus actos le otorgaran licencia para destruir y desestabilizar sin asumir responsabilidad alguna por las consecuencias o los resultados. Aunque el ataque a Irán ya es profundamente impopular entre la opinión pública estadounidense, no resulta fácil vislumbrar de qué manera la maquinaria bélica estadounidense-israelí podría verse frenada por cualquier oposición política, ya sea nacional o internacional. Queda por ver si el caos económico cada vez mayor es capaz de tener un impacto allí donde la política o el derecho no lo tienen; cuesta trabajo imaginar que Israel vaya a renunciar a su viejo deseo de quebrantar el Estado iraní. Sea cual sea la trayectoria que siga la guerra, lo único que sabemos es que sus daños serán duraderos y que agravará todos los desastres que el imperialismo estadounidense, el colonialismo israelí y la autocracia autóctona han causado ya en la región.

Featured image: US and Israel Flags. Source: Wikipedia Commons.

Translated from the original in English by Rolando Prats.

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