«Evald Ilyenkov’s Ecology of Personality», de Isabel Jacobs, se publicó originalmente en el blog de Journal of the History of Ideas el 20 de noviembre de 2023. Se presenta ahora en Communis en traducción al español con permiso de ese medio y de la autora.

«Para Ilyenkov, el pensamiento no se reduce a la ciencia; no podemos comprenderlo midiendo las ondas cerebrales. Pensamos a través de muchos órganos, incluidos nuestros cuerpos, nuestras manos, nuestras herramientas y nuestros amigos. La aguda crítica a que Ilyenkov somete la cibernética y el capitalismo tecnocrático cobra nueva importancia en los debates contemporáneos sobre la inteligencia artificial.»
—  Isabel Jacobs

A Evald Ilyenkov, uno de los filósofos soviéticos de mayor influencia, no se lo suele considerar un pensador ecológico. De hecho, Ilyenkov no dejó nada escrito sobre ecología propiamente dicha. Sin embargo, su proyecto de «materialismo inteligente» encierra numerosas posibilidades de interés para la ecología hoy. Ilyenkov se dedicó con singular empeño a explorar las interacciones entre los seres humanos y su entorno en el socialismo, tanto desde el punto de vista filosófico como a través de su labor en la educación de personas sordociegas. Si bien su emblemático estudio de 1960, Dialéctica de lo abstracto y lo concreto en El capital de Marx, todavía goza de estima, es menos conocida su teoría radical de la personalidad como cuerpo de pensamiento colectivo.

En lo que sigue, parto de modelos de la ecología soviética para bosquejar la manera en que Ilyenkov concebía las relaciones cósmicas entre la mente humana, la actividad social, el medio ambiente y los seres vivos no humanos. La ecología también ofrece lecciones pertinentes a la hora de reevaluar la vigencia del pensamiento y la obra de Ilyenkov. Veremos cómo su materialismo dialéctico —en el que se refleja un giro hacia el humanismo marxista en la Unión Soviética de los años sesenta del pasado siglo—, a pesar de sus limitaciones, es susceptible de aportar una valiosa contribución a la filosofía contemporánea sobre las plantas.

La ecología soviética de los primeros tiempos se vio impulsada por un utopismo extractivo, tal como quedó plasmado en la visión planetaria de Andrei Platonov sobre la transformación del clima en la Tierra:

El hombre no es sólo Colón, sino también el mecánico de su planeta. ¡Siberia sin hielo! ¡Un país cálido a orillas del océano Ártico!

Además de conocido escritor soviético, Platonov fue también ingeniero. Enviado al sur de Rusia y a Asia Central en 1922, Platonov colaboró en la electrificación y el riego de la región, habiéndose ocupado de organizar el drenaje de pantanos y la construcción de una central hidroeléctrica. Esas experiencias le sirvieron de inspiración para escribir «Sobre la mejora del clima» entre 1923 y 1926.

La visión de Platonov de una Siberia tropical se hace eco del cosmismo ruso; los seres humanos pueden trascender no sólo los límites de sus cuerpos, sino incluso los de su entorno. Semejante proyecto constituye una posible ecología del socialismo: transformar el planeta y convertir a Siberia en una región tropical. El propio Stalin se inspiró en esas ideas cuando propuso su Gran Plan para la Transformación de la Naturaleza a finales de los años cuarenta.

Al igual que ocurrió con no pocas visiones de los primeros años de la revolución, la década de los setenta supuso un duro baño de realidad. Para entonces, los climatólogos soviéticos ya eran capaces de modelar las condiciones ambientales de la Tierra. En 1972, Mijail Budyko predijo el calentamiento global como consecuencia del cambio climático antropogénico. Según Budyko, para 2050, el Ártico ya no estaría cubierto de hielo todo el año: el sueño de Platonov se convertiría así en una realidad distópica. Con Balance térmico de la superficie terrestre, monografía publicada en 1956, Budyko atrajo la atención de destacados científicos, tanto en la Unión Soviética como más allá de sus fronteras.

Un año después, se puso en órbita el primer satélite artificial de la Tierra, Sputnik. La ecología planetaria soviética se había convertido en cósmica. Fue por entonces que el joven Ilyenkov escribió el enigmático ensayo «Cosmología del espíritu», que no llegó a publicar:

Está claro que, en algún momento del oscuro futuro que nos espera, la humanidad dejará de existir. La propia Tierra se desintegrará en el polvo del espacio cósmico y se disolverá en el eterno gran círculo de la materia universal…

Para Ilyenkov, la Tierra y los seres humanos no son más que una forma de vida entre otras en el cosmos. Al hacer realidad el comunismo, el pensamiento material se manifiesta como acontecimiento cósmico. El comunismo es, por tanto, una etapa crucial en el desarrollo del universo. Basándose en Dialéctica de la naturaleza (1883) de Friedrich Engels, en Hegel y en la termodinámica, Ilyenkov concibe el cosmos como un sistema circular que se va enfriando gradualmente. En última instancia, la Tierra morirá en lo que Alexei Penzin ha denominado «un gesto de autodestrucción por parte de la razón comunista».

Aunque no fue concebida como modelo ecológico, la cosmología de Ilyenkov puede interpretarse de forma fructífera a la luz del ecologismo contemporáneo. En Solar Politics (2022), Oxana Timofeeva ve en esa cosmología un giro hacia una soberanía solar no humana. En su visión del cosmos como sistema circular y esférico, Ikyenkov se inspiró a las claras en La biosfera, de Vladimir Vernadsky:

La biosfera [es] la única envoltura terrestre en la que puede existir la vida [. . .] En nuestro siglo, la biosfera ha adquirido un significado totalmente nuevo; se está revelando como un fenómeno planetario de carácter cósmico.

Para Vernadsky, los seres humanos están indisolublemente entrelazados con su entorno. Uno de los primeros en desarrollar la idea de ecosistema, Vernadsky es un importante precursor de los discursos contemporáneos sobre el Antropoceno. Curiosamente, conceptos como «milieu», «entorno» y «Umwelt» ocupaban un lugar destacado en la ecología soviética, lo que de algún modo apunta a la idea de una revolución progresiva que traspasa las fronteras entre las especies. Veremos más adelante cómo esa imagen de una red cósmica de interrelaciones sociales da forma a lo que denomino ecología de la personalidad según Ilyenkov.

Fig. 1. Fotograma de la película Talking Hands (2016), de Emanuel Almborg. Garage

 

Echemos primero un nuevo vistazo a la expansión cósmica de la conciencia de Ilyenkov. En su parábola de ciencia ficción de 1968 titulada Ídolos e ideales (Об идолах и идеалах), Ilyenkov elaboró una nueva teoría del pensamiento como resultado de la actividad colectiva. En sus viajes por la biosfera cósmica, el nuevo hombre soviético podría encontrarse con compañeros extraterrestres inteligentes:

En la era de los cosmonautas [. . .], ¿no podría un ser altamente organizado y dotado de razón tener algún tipo de aspecto físico que te resultara completamente inesperado? ¿Por qué no podría parecerse a un pulpo, a una seta, a un océano, o a un moho que se extiende sobre las rocas de algún planeta lejano? ¿Es obligatorio que tenga una nariz y dos ojos?

En las fantásticas historias que se suceden, nos encontramos con máquinas pensantes no humanas, entre las que figuran un cerebro con patas de araña, un platillo volador perezoso, un oído sordo, un par de manos sin cerebro y una capa pegajosa de moho. En sus reuniones comunistas, las máquinas celebran la superación de lo humano. En ese experimento mental poshumanista, el propio concepto de pensamiento se vuelve inestable. ¿Pueden pensar esas verduras? ¿Y piensan las máquinas? ¿Pueden ser camaradas?

Fig. 2. Evald Ilyenkov. Archivo familiar.

Para Ilyenkov, el pensamiento no se reduce a la ciencia; no podemos comprenderlo midiendo las ondas cerebrales. Pensamos a través de numerosos órganos, como nuestros cuerpos, nuestras manos, nuestras herramientas y nuestros amigos. La aguda crítica a que Ilyenkov somete la cibernética y el capitalismo tecnocrático cobra nueva importancia en los debates contemporáneos sobre la inteligencia artificial. Aunque abre una puerta al pensamiento no humano, Ilyenkov defiende en última instancia las capacidades específicas de la mente humana. El comunismo, concluye el libro de Ilyenkov, «no es un cuento de hadas sobre un futuro radiante, sino un movimiento real de la modernidad».

Por esa época, mientras elaboraba una filosofía spinozista del cuerpo pensante, Ilyenkov comenzó a trabajar en Zagorsk, institución radical para alumnos sordociegos. En Zagorsk, en colaboración con destacados psicólogos soviéticos, Ilyenkov experimentó con métodos para que los niños sordociegos pudieran leer, escribir, aprender idiomas extranjeros y hablar a través de sus cuerpos, sus manos y con la ayuda de máquinas táctiles. En La formación de la personalidad (Становление личности), de 1977, escribió:

El niño ciego y sordo es un ser que, por regla general, permanece inmóvil y recuerda más bien a una planta, a algún tipo de cactus o ficus, que vive sólo mientras está en contacto directo con la comida y el agua [. . .] Es una planta humana.

A primera vista, esa descripción parece problemática, por no decir inaceptable. Por supuesto, Ilyenkov no niega la humanidad de los niños sordociegos. Por el contrario, considera que encarnan un modo revolucionario de pensamiento colectivo, como si fueran plantas. La persona sordociega amplía nuestra conciencia de lo que un ser humano puede llegar a ser en una sociedad socialista. Según Ilyenkov, la discapacidad cuestiona de manera fundamental el «diamat» soviético, la versión ortodoxa del materialismo dialéctico. Influido por su trabajo en Zagorsk, Ilyenkov elabora una concepción alternativa de la dialéctica.

Fig. 3. Evald Ilyenkov. Archivo familiar.

El pensamiento colectivo escapa a la comprensión del materialismo vulgar; está determinado por lo que Ilyenkov denomina el ideal. Ilyenkov compara el ideal con «la forma de una vasija que va tomando cuerpo bajo las manos de un alfarero». Ese ideal no se encuentra ni en el trozo de arcilla ni en el cuerpo del alfarero. Surge de la actividad de transformar la arcilla en una vasija. El pensamiento no se produce «dentro de la cabeza», sino a través de las interrelaciones entre las manos, la arcilla y las herramientas. La concepción que del pensamiento transindividual se forma Ilyenkov rompe con la división entre lo material y lo social.

Por consiguiente, no vemos con los ojos, sino con un cuerpo pensante que es la totalidad de la actividad social. Los ideales se «trasplantan» a nuestros cuerpos no a través de nuestros sentidos, sino de nuestras interrelaciones. En palabras de uno de los alumnos de Ilyenkov:

¿Y por qué crees que no oímos ni vemos? No somos ciegos ni sordos; vemos y oímos a través de los ojos de todos nuestros amigos, de todas las personas, de toda la humanidad.

Ilyenkov se interesaba por los procesos de lo que él denominaba, siguiendo al psicólogo soviético Lev Vygotsky, ingrowing (вращивание), es decir, la formación de la personalidad mediante la interiorización de la actividad social. En diversos lugares, Ilyenkov describió el pensamiento como un «trasplante»: literalmente, convertirse en una planta. Encontramos ideas similares en la filosofía vegetal contemporánea; por ejemplo, en la obra de Michael Marder Plant-Thinking: A Philosophy of Vegetal Life (2013):

El ser humano que piensa como una planta se convierte en una planta [. . .]. Intentemos, pues, acostumbrarnos a la idea de que [. . .] el «pensamiento no idéntico» implica liberarse de la identidad sustantiva y cerrada en sí misma de los propios pensadores.

En Zagorsk, Ilyenkov cultivó un nuevo tipo de personalidad humana arraigada en un único cuerpo de pensamiento comunitario. En ese caso, el sujeto que piensa, al igual que la planta, es siempre un Otro, siempre no idéntico. El pensamiento vegetal no se pregunta quién piensa, sino que entiende el pensamiento como algo inseparable del entorno y arraigado en él.

En ruso, la palabra «plantas» (растения) deriva de la misma raíz que el verbo «crecer» (расти): se trata de seres pensantes, móviesl y dinámicos que encarnan el movimiento, la temporalidad, el devenir y la metamorfosis, mientras que el término inglés plant sugiere un ser fijado al suelo y arraigado en un solo lugar.

Fig. 4. Fotograma de Talking Hands (2016), de Emanuel Almborg.

En su último texto, «¿Qué es la personalidad?» (Что же такое личность?), escrito poco antes de su muerte, Ilyenkov explora las posibilidades de una ecología de las relaciones, por utilizar un término de Philippe Descola. En él Ilyenkov profundiza en su teoría de los cuerpos de pensamiento colectivo:

La personalidad (личность) nace como un «nodo», que surge de una red de relaciones recíprocas que se establecen entre los individuos en el proceso de la actividad colectiva (el trabajo) [. . .] La personalidad es la totalidad de las relaciones del ser humano consigo mismo y con un «otro»: la relación del yo consigo mismo y con un «no yo». Por tanto, su «cuerpo» no es un cuerpo separado de la especie «homo sapiens», sino, como mínimo, dos cuerpos de ese tipo: «Yo» y «tú», fusionados como si formaran un único cuerpo de vínculos, relaciones e interrelaciones sociales y humanas.

Para Ilyenkov, la condición de persona surge de la comunión (общение), tanto con los demás como con el entorno. La personalidad es interactividad colectiva y cósmica, un proceso continuo mediante el cual nos convertimos en alguien distinto de quienes somos.

Feature image: Still from Talking Hands (2016), a film by Emanuel Almborg. Garage.

Translated from the English original by Rolando Prats.

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