Publicado originalmente en portugués bajo el título «O partido revolucionário imaginario» el 28 de mayo de 2025 en la sección de opiniones de la página web de la revista brasileña Forum.

 

 

Persiste la idea de que existiría un núcleo que sería el embrión del partido de la revolución brasileña. Pero ese imaginario «partido revolucionario» no es más que una ilusión. ¿Quiénes son los «más revolucionarios»?
 – Valério Arcary

 

 

¿Es la muy fragmentada izquierda brasileña un caso único?

 

No hay nadie que no se deje engañar.

Proverbio popular portugués

 

1.

La izquierda socialista brasileña no ha estado nunca tan fragmentada como hoy. Existen en Brasil más de veinte organizaciones de izquierda, las cuales se encuentran en diferentes fases de construcción y ejercen diferentes grados de influencia. Tal vez la mitad cuenten con al menos varios cientos de militantes en sus filas, cierto alcance nacional, influencia sindical y estudiantil, arraigo popular, capacidad de iniciativa política, presencia en el debate teórico-programático, audiencia en las redes sociales, personalidad jurídica, representación parlamentaria y medios de prensa, junto a otras organizaciones más pequeñas que se proclaman marxistas-revolucionarias. Dentro del Partido de los Trabajadores (PT) existen tres corrientes o tendencias internas de larga trayectoria: Democracia Socialista (DS), O Trabalho (OT) y Articulação de Esquerda (AE). Existen, además, otras tendencias que reivindican cierta afinidad con el marxismo e, incluso dentro de la corriente llamada Construyendo un Nuevo Brasil (CNB), que se proclaman comunistas. Dentro del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), por su parte, hay más de diez corrientes internas, orgullosas de proclamarse socialistas: Revolução Solidária, Primavera, Resistência, Insurgência, Subverta, Movimento Esquerda Socialista (MES), Fortalecer, Rebelião Ecossocialista, Centelhas y Ação Popular Socialista (APS), entre otras. Existen al menos cuatro partidos comunistas cuyos grados de influencia difieren marcadamente entre sí: el Partido Comunista de Brasil (PCdoB), el Partido Comunista Brasileño (PCB), el Partido Comunista Revolucionario (PCR), el Partido Comunista Brasileño Revolucionario (PCBR) y varios otros círculos incluso más pequeños. Más grande que la mayoría de esas corrientes es el Movimiento Brasil Popular, que se escindió de Consulta Popular, originalmente impulsada por el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST). Y, luego, está el Partido Socialista de los Trabajadores Unificado (PSTU) y, a su extraña manera, el Partido de la Causa Obrera (PCO). Abruma ser testigos de tanta dispersión. No pocos activistas honestos se preguntan qué podría explicar semejante catástrofe. Un fenómeno tan complejo responde a causas numerosas. Sin duda, entre esas razones figura la idea de que existiría un núcleo que sería el embrión del partido de la revolución brasileña. Pero ese «partido revolucionario» imaginario no es más que una ilusión. Cabría, pues, preguntarse: ¿quiénes son los «más revolucionarios»? ¿Cómo explicar semejante anomalía?

2.

A lo largo de la historia, la izquierda se dividió en dos campos principales: moderados y radicales. Pero durante los últimos ciento cincuenta años el movimiento socialista internacional se ha dividido no sólo en reformistas y revolucionarios. Eran estos dos últimos los dos campos programáticos claves en el seno del marxismo. Sin embargo, de la misma manera que quienes se proclamaban gradualistas retenían en su órbita de izquierda el espectro del centrismo, las corrientes que se reconocían a sí mismas como revolucionarias tuvieron que desprenderse de sus sombras ultraizquierdistas. En otras palabras, las divisiones en la izquierda no son simples y, más allá de las dos grandes estrategias que la izquierda alberga en su seno—un programa de regulación del capitalismo mediante reformas que garanticen la ampliación de los derechos de los trabajadores, por un lado, y una apuesta por la ruptura política que conduzca a la conquista del poder con el apoyo de una mayoría social—, han existido siempre otros dos campos: uno a la izquierda de las posiciones más oportunistas, y otro en el voluntarismo extremista. Los centristas abogaban, grosso modo, por una transición al socialismo por medio de la radicalización de un proceso de reformas, por temor al estallido de una insurrección a la que probablemente seguiría una guerra civil. Entretanto, la ultraizquierda se adhería a la perspectiva de la inminencia de la revolución por las razones opuestas: el temor a verse asimiladas por prácticas sindicalistas y electorales características de aparatos que adquieren sus propios intereses.

3.

Encontramos, por tanto, cuatro campos en la historia de la izquierda mundial. Una posible respuesta a la principal división de la izquierda puede encontrarse en factores objetivos. La capacidad del sistema —cuando se encuentra en determinadas condiciones histórico-económicas y determinadas coyunturas políticas, como en Europa y Estados Unidos a finales del siglo XIX, o en los países de la Tríada en los treinta años posteriores a 1945— para absorber demandas parciales, si se ve amenazado por el peligro de la propagación de revoluciones. Si ha habido reformistas ha sido porque las reformas eran posibles. En Brasil, la resiliente fuerza del lulismo reposa en la experiencia de las reformas logradas en cuatro mandatos entre 2003 y 2016. Tampoco puede ignorarse la presión de las clases propietarias, que tratan de incentivar a liderazgos moderados, que no han dejado de verse así promovidos. Por otra parte, desde su fundación, el movimiento socialista ha sido de carácter internacional y su evolución ha sido inseparable de los enfrentamientos entre revolución y contrarrevolución en todo el mundo. La existencia de Estados que reivindicaban el proyecto socialista, en sociedades donde los procesos revolucionarios condujeron a la expropiación del capital, pero que permanecieron aislados, ejerció durante décadas una poderosa influencia sobre la izquierda mundial: el «nacionalismo de la URSS», es decir, el campismo socialista o el estalinismo, fue una de las ideologías más influyentes del siglo XX. La defensa de los intereses de esos Estados —y de los aparatos burocráticos que se hicieron con su control, sacrificando al mismo tiempo los ideales del internacionalismo— dio lugar a importantes divisiones en el proletariado y condujo a una desmoralización devastadora durante la restauración capitalista. Además de las diferencias ideológicas, la estratificación social del mundo del trabajo se hizo más compleja. Es innegable que el proletariado contemporáneo se ha diversificado hasta tal punto que su representación por un partido único hace tiempo que, en la mayoría de las sociedades urbanizadas, dejó de ser políticamente posible. A pesar de esa diversidad social, no basta con atribuir la dispersión de la izquierda únicamente a la heterogeneidad social. Los análisis sociológicos deben contextualizarse históricamente. Existe una intrincada historia de visiones opuestas sobre cuáles podrían ser las posibilidades y los límites del capitalismo, la cual se remonta a los virajes ocurridos en los procesos revolucionarios del siglo XX. Las victorias revolucionarias despertaron esperanzas entre los militantes y alimentaron la renovación teórica y la unidad política. Mientras que las derrotas atizaron los nomadismos eclécticos de los partidos, la dispersión teórica del marxismo y, finalmente, las diásporas sociales en la intelectualidad. Pero a la izquierda del campo reformista, que en Brasil, en lo que respecta al PT, se organiza esencialmente en torno a su corriente mayoritaria, Construyendo un Nuevo Brasil, hay decenas de «micropartidos» revolucionarios. ¿Por qué?

4.

Si los factores objetivos no explican la división, debemos entonces buscar causas subjetivas. Una de las razones claves de la situación de una izquierda fracturada, escindida y dispersa es el sectarismo. El sectarismo es un fenómeno que se suele descuidar en gran medida. Una impresión superficial de la cuestión podría llevar a asociar indiferenciadamente ultraizquierdismo y sectarismo. Esa primera impresión no es del todo incorrecta, pero resulta insatisfactoria. Es razonable afirmar que las organizaciones sectarias eran predominantemente doctrinarias en teoría y tenían un marco de referencia ideológico muy cerrado y unos reflejos defensivos extremos. Sin embargo, aunque estrechamente asociados, los grupos de ultraizquierda no siempre fueron más sectarios que otras corrientes del movimiento socialista, ni todos los sectarios eran ultras. No es raro que algunas corrientes reformistas se muestren en extremo flexibles con organizaciones de posiciones aún más moderadas, pero ferozmente sectarias con las que se encuentran a su izquierda. El ultraizquierdismo puede definirse como una doctrina, si tenemos en cuenta que, en el siglo XIX, el anarquismo precedió a gran parte de lo que devendría repertorio del ultraizquierdismo en el siglo XX. El sectarismo, en cambio, es más bien una conducta política que prioriza la defensa de los intereses propios del grupo. El sectarismo político debe entenderse como «aparatismo», es decir, como un conjunto de procedimientos de autoafirmación. A las tendencias sectarias les resulta muy difícil sumarse a un frente unido, aun cuando fuera posible llegar a acuerdos para realizar campañas conjuntas, ya que consideran a sus aliados potenciales, especialmente a los más cercanos, como enemigos. La autoconstrucción y, lo que es peor, la autoproclamación es el síntoma más recurrente del sectarismo.

5.

Otra dimensión del problema es la existencia de sectas. No todas las corrientes sectarias son sectas políticas. Las sectas son organizaciones hipercentralizadas e incorregibles, es decir, incapaces de reaccionar a las presiones sociales y políticas de los entornos en los que han decidido actuar. Los anarquistas de la Agrupación de los Amigos de Durruti en la Cataluña de los años 1936-1937 de la revolución española, por ejemplo, eran ultraizquierdistas. Mientras fueron súbditos de la monarquía, defendieron como legítimos los actos de venganza que se llevaban a cabo en forma de acciones armadas, como atentados con bombas contra edificios públicos y ataques punitivos contra las odiadas autoridades. Habían heredado la fascinación que fenianos irlandeses, eseristas rusos (miembros del Partido Social-Revolucionario) y no pocos anarquistas sentían por las tácticas terroristas. Sin embargo, sería superficial o incluso injusto considerarlos una secta. Ni siquiera tuvieron, políticamente hablando, tiempo de llegar a ser tan homogéneos como para formar una organización centralizada. A pesar del gran liderazgo de Durruti, fueron sensibles a las presiones políticas externas y mantuvieron relaciones fraternales con los trotskistas. Su iniciativa política tuvo un impacto real. No fueron marginados ni política ni socialmente. Fueron capaces de organizar a los sectores de masas más combativos del proletariado de Barcelona en la lucha contra el capitalismo y el fascismo. Se ganaron la admiración de la izquierda mundial por su heroísmo en las trincheras de la Guerra Civil en Aragón, y estuvieron entre los mártires en la defensa de Madrid. En diferentes momentos, actuaron como un frente político único con diferentes organizaciones de izquierda —como el Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM) y las juventudes del Partido Socialista Obrero Español (PSOE)— y formaron un frente militar único con todas las fuerzas republicanas contra el fascismo. Juzgar de sectaria a una organización exige considerar otros factores además de su línea política: su presencia social, su régimen interno y, sobre todo, su capacidad para reflexionar sobre su propia historia. Las sectas son inmunes a las presiones externas. Las sectas socialistas han quedado reducidas a grupos marginales. Pero la marginalidad no es sólo cuestión de tamaño, aunque la mayoría de las sectas han sido liliputienses, es decir, invisibles. La marginalidad sociopolítica se convierte en una trampa laberíntica. Lo que define a una secta no es su tamaño, sino su marginalidad crónica, su impermeabilidad a la presión social y política, y un régimen interno burocráticamente deformado y, con el tiempo, un liderazgo que se dedica a cultiva su propia clarividencia mesiánica políticamente estéril.

Imagen: Luiz Inácio Lula da Silva tras ganar las elecciones presidenciales en octubre de 2022. Carl de Souza/AFP. Cortesía de Cinco Días.

Tradujo del original en portugués Rolando Prats.

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