“Built to Dominate: How Palantir is designing the infrastructure of repression, and telling us why”, de Alberto Toscano, aparecerá próximamente en In These Times. Se publica hoy, por primera vez, en traducción al español para Communis, con la autorización expresa del autor, como parte de la colaboración entre ambos medios.
«El futuro que Alex Karp nos vende es uno en que la disyuntiva se plantea en términos de perdición (supremacía geopolítica y tecnológica china), por un lado, o dominación (estadounidense), por el otro. Detrás de todas las quejas en que abunda The Technological Republic sobre la crisis de fe en “Occidente”, en lo que Karp realmente quiere que creamos es en Palantir; es decir, en el muy viejo negocio de la guerra, el racismo y la represión comercializado esta vez por medio de una nueva y reluciente interfaz.»
— Alberto Toscano
De cómo Palantir construye la infraestructura de la represión y nos cuenta por qué
El pasado mes de abril, en recintos universitarios de élite de Estados Unidos, afloró una nueva campaña de reclutamiento. En carteles colgados en paradas de autobuses de universidades como Carnegie Mellon, Cornell y Penn, puede leerse hoy sobre un fondo todo en negro una ominosa advertencia: «Ha llegado para Occidente la hora de ajustar cuentas», antes de pasar a acusar a la mayoría de las empresas tecnológicas de no tener presente el «interés nacional» a la hora de decidir «qué se ha construir». En cambio, Palantir, el contratista de análisis de datos con fines militares detrás de la campaña, declaró que sus productos tecnológicos se diseñaban no sólo «para asegurar el futuro de Estados Unidos» sino también, de hecho, «para dominar».
El mensaje implícito de los anuncios se hacía eco de la convicción de los dirigentes de Palantir, como su fundador Peter Thiel y su director ejecutivo Alex Karp, de que la verdadera misión de Silicon Valley es cimentar la supremacía militar estadounidense y «occidental», canalizando así una nostalgia reaccionaria respecto de la época dorada de la Guerra Fría con su fusión de Estado, ingeniería y capital.
Según esa versión del nacionalismo tecnológico, hacer que Estados Unidos recupere su grandeza se traduce en un afán de dominación; contra los adversarios extranjeros, a no dudarlo, pero también contra el «capital woke», el consumismo afeminado y un sistema universitario consagrado a la justicia social y la diversidad. (Los carteles de Palantir se publicaron junto con una nueva iniciativa dirigida a cortejar a estudiantes de secundaria con talento para que «se salten el adoctrinamiento» de la educación superior en favor de una beca de cuatro meses con Palantir.)
Palantir tiene sólidas razones para emprender esta oleada de reclutamiento. Si bien los detractores de Palantir se regodearon cuando el valor de las acciones de la empresa se desplomó brevemente tras los anuncios sobre la imposición de aranceles por el gobierno de Trump, la capitalización bursátil de Palantir supera en estos momentos los 270.000 millones de dólares, más del triple de su valor en septiembre pasado. Y la habilidad de la empresa para cultivar contactos de alto nivel entre el personal de seguridad nacional le ha reportado una bonanza de contratos gubernamentales vinculados con el autoritarismo acelerado de Trump.
Palantir ya se ha asociado con la empresa SpaceX, de Elon Musk, y con el contratista de inteligencia artificial y robótica Anduril (otra empresa tecnológica inspirada en El Señor de los Anillos y dirigida por otro empresario de extrema derecha) para empezar a construir la «Cúpula Dorada» (Golden Dome) de Trump, versión estadounidense del sistema de defensa antiaérea israelí Cúpula de Hierro. También ha aunado esfuerzos con el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) que encabeza Musk para crear una interfaz de programación de aplicaciones que permita al Departamento de Seguridad Nacional examinar detenidamente los datos del Servicio de Impuestos Internos (IRS) con el fin de encontrar más contribuyentes indocumentados a quienes deportar.
En abril, Palantir, que durante mucho tiempo se ha enorgullecido de su colaboración con militares, policías y agentes fronterizos, consiguió un contrato con el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE) por valor de 29,8 millones de euros dirigido a fortalecer su distópico «Sistema Operativo del Ciclo de Vida de la Inmigración», proporcionando para ello información granular y en tiempo real sobre los inmigrantes que el gobierno decida vigilar, detener y expulsar. Por otro lado, la empresa se dispone a reestructurar el sistema de gestión de casos de investigación del ICE a fin de mejorar el seguimiento de las «poblaciones» objetivo a través de cientos de categorías de datos, desde el color de los ojos y los tatuajes hasta la dirección de empleo y los números de seguridad social.
La labor de Palantir en materia de investigación y defensa fascistas no se detiene en las fronteras estadounidenses; tanto la empresa como Karp han proclamado su apoyo ideológico y material a Israel mientras este continúa perpetrando su genocidio en Gaza. En enero de 2024, en una reunión extraordinaria de su consejo de administración celebrada en Tel Aviv, la empresa pregonó su asociación estratégica con el Ministerio de Defensa israelí, al que proporciona tecnología de combate, que incluso podría extenderse a su Plataforma de Inteligencia Artificial, la cual hoy se promociona como una forma de incorporar chatbots alimentados por grandes modelos de lenguaje a la adopción de decisiones en tiempo real en zonas de guerra. Por si fuera poco, la dirección de la empresa ha dejado claro que su concepción de la supremacía occidental supone la defensa intransigente del sionismo en el extranjero tanto como del nacionalismo de extrema derecha en casa.
En todo esto ha quedado claro que Palantir ilustra de manera ejemplar el matrimonio entre la industria tecnológica y el nacionalismo autoritario mucho más que los torpes saludos nazis de Musk, el pronatalismo sensacionalista y las provocaciones del «MAGA oscuro». Como escribió recientemente el experto en tecnología Jathan Sadowski, «[d]esde su creación, el propósito de Palantir ha sido proporcionar […] la “capa ontológica” del fascismo, contribuyendo a dotar de una realidad material sus objetivos ideológicos».
En otras palabras, Palantir construye hoy la infraestructura digital para integrar las múltiples formas de violencia y control por parte del Estados en las que se basa el autoritarismo contemporáneo, desde el software necesario para impulsar deportaciones masivas hasta la IA esgrimida en las guerras contra los pueblos colonizados.
Pero Palantir no sólo construye para dominar; también desea explicarnos por qué. Menos de un mes después de que Trump reasumiera el cargo, Karp publicó su reciente libro The Technological Republic: Hard Power, Soft Belief, and the Future of the West, cuyo coautor es Nicolas W. Zamiska, jefe de asuntos empresariales de Palantir. El libro es una extraña y prolija mezcla de panfleto neoconservador, elucubraciones pseudoeruditas y folleto empresarial; su redacción, al parecer, contiene claras señales de haber sido mejorada con ayuda de la IA.
En su esfuerzo por hilvanar elogios dirigidos a los ingenieros de Silicon Valley con una estruendosa exhortación a rearmar a «Occidente», The Technological Republic presenta una visión del futuro en la que los conocimientos sobre creatividad extraídos del estudio de los enjambres de abejas o de las pinturas de Jackson Pollock se ponen al servicio de la dominación tecnológica de amplio espectro. En esencia, lo que esa visión deja escapar son los lamentos por el presunto hecho de que el pacto entre las élites liberales haya minado el coraje moral y el dinamismo tecnológico de Occidente precisamente cuando este último encara una revolución de la IA y la emergente hegemonía china. Detrás de toda la vaga retórica de guerra cultural no es difícil discernir la airada reacción de Karp y Palantir a la resistencia organizada de los trabajadores del sector tecnológico —a través de campañas como #NoTechForIce o Tech Workers Coalition— al proyecto de construir para dominar.
Del mismo modo que Karp ha hecho hincapié en el compromiso de su empresa con la supremacía israelí, también se queja en su libro de «la izquierda» angustiada por el fantasma de Palestina. Director general de una empresa que extrae masivas ganancias de los sistemas de vigilancia y de extracción de datos encargados de la deportación de disidentes e indocumentados, Karp escribe despectivamente sobre el enmascaramiento en las acampadas contra la guerra de Israel en Gaza. A ese respecto, cita a un estudiante que dice: «Si doy mi nombre, pierdo mi futuro.» Con una asombrosa falta de conciencia de sí, comenta: «El velo protector del anonimato podría […] estar privando a esta generación de la oportunidad de desarrollar un instinto que le permita identificarse realmente con una idea, y de las recompensas de la victoria en la plaza pública así como de los costos de la derrota.»
Ello lo dice el mismo libro que, en una variación de la teoría conspiratoria sobre el «marxismo cultural», habla de Orientalismo, de Edward Said, como del principal culpable de la emasculación de un mundo académico construido en torno a la «civ occidental» («Western Civ») y, por tanto, como de uno de los factores que ha contribuido al declive de la supremacía tecnológica de Estados Unidos. Como declara Karp, el libro del crítico palestino-estadounidense desestabilizó «todo un modo de ser académico en todo el establishment universitario» y fue «el vehículo a través del cual se rehízo la academia».
The Technological Republic revela que el tecno-nacionalismo y el tecno-militarismo contemporáneos consisten no sólo en construir la infraestructura para el ejercicio del control y la violencia por parte del Estado, sino también en impulsar una ideología imposible de distinguir de una campaña comercial. Palantir se beneficia no sólo de la forma en que el miedo —a los inmigrantes, a la IA, a las próximas guerras libradas por enjambres de drones— moviliza los recursos gubernamentales, sino también del discurso y del bombo publicitario. La capitalización bursátil de la empresa se ha multiplicado por cuatro en los últimos doce meses, superando con creces sus propios ingresos. Ese vacío lo llena la especulación, es decir, las palabras y las ideas sobre el futuro. El futuro que Karp nos vende es uno en el que la disyuntiva se plantea en términos de perdición (supremacía geopolítica y tecnológica china), por un lado, o dominación (estadounidense), por el otro. Detrás de todas las quejas en que abundaThe Technological Republic sobre la crisis de fe en «Occidente», en lo que Karp realmente quiere que creamos es en Palantir, es decir, en el muy viejo negocio de la guerra, el racismo y la represión comercializado esta vez por medio de una nueva y reluciente interfaz.
Imagen: Anuncio publicitario de Palantir en que se promocionan sus productos de enjambres de drones. Tomado de Reddit.
Vídeo del anuncio publicitario de Palantir “The Future of Warfare” tomado de YouTube.
Tradujo del original en inglés (inédito) Rolando Prats.





