“Dick Cheney: A Profile in Impunity”, de Alberto Toscano, apareció originalmente en In These Times el 5 de noviembre de 2025. Se tradujo al español y se publica ahora en Communis con la autorización de ese medio y del autor.

«Aunque la decisión de Dick Cheney de salir en defensa del honor político de su hija Liz lo llevara finalmente a declarar que “jamás ha habido nadie que haya supuesto para nuestra república una amenaza mayor que la que representa Donald Trump” —y a respaldar públicamente a Kamala Harris para la presidencia—, el gobierno cada vez más autoritario de Trump forma parte del mundo creado por el propio Cheney.»
— Alberto Toscano

El pasado 3 de noviembre de 2025, a los 84 años, falleció Richard Bruce Cheney. Reconocido en amplios círculos como el más poderoso vicepresidente en toda la historia de Estados Unidos, Cheney fue el artífice principal de la llamada Guerra contra el Terrorismo desatada por el Presidente George W. Bush y de la que formaron parte las invasiones a Iraq y Afganistán.

Según cálculos conservadores del Cost of War Project de la Universidad de Brown, el número de muertes (directas e indirectas) causadas por las guerras iniciadas por Estados Unidos tras los atentados del 11 de septiembre asciende a 4,5 millones.

Si bien la responsabilidad por esa hecatombe —y por el sufrimiento que esas guerras siguen sembrando— recae en amplios sectores de la clase política estadounidense, no cabe duda de que Cheney fue quien más contribuyó a acelerar y normalizar una visión geopolítica basada en el cambio de régimen, el terror aéreo, las ejecuciones extrajudiciales, las detenciones secretas y la tortura.

De la base aérea de Bagram y Abu Ghraib a Guantánamo y un sinfín de mazmorras clandestinas, Cheney supervisó la construcción del archipiélago de represión del imperio estadounidense.

Cheney no sólo eludió toda responsabilidad por la violencia que desatara más allá de las fronteras de Estados Unidos y por su corrupción de la propia república, sino que también fue un pugnaz propulsor de una interpretación monárquica de la presidencia según la cual el poder ejecutivo es inmune a todo reclamo de desagravio o impugnación. Aunque su decisión de salir en defensa del honor político de su hija Liz lo llevara finalmente a declarar que «jamás ha habido otra persona que haya supuesto para nuestra república una amenaza mayor que la que representa Donald Trump» —y a respaldar públicamente a Kamala Harris para la presidencia—, el gobierno cada vez más autoritario de Trump forma parte del mundo creado por el propio Cheney.

Luego de una pasantía en el Congreso, Cheney pasó a ocupar, primero, un puesto de asistente en la Casa Blanca de Nixon y, posteriormente, de 1975 a 1977, el de jefe de gabinete del Presidente Gerald Ford. Fue en ese segundo cargo que Cheney, junto con el entonces Secretario de Defensa Donald Rumsfeld, se opuso encarnizadamente a las restricciones a las prerrogativas de la presidencia que el Congreso había establecido a raíz de la guerra de Vietnam y del escándalo de Watergate, sobre todo por medio de la Resolución de poderes de guerra de 1973, la misma ley que el gobierno de Trump (siguiendo el ejemplo del bombardeo de Libia por decisión de Obama en 2011) alega que no es aplicable a sus mortíferos ataques contra embarcaciones en el Caribe. Cheney fue uno de los primeros y más firmes partidarios de la teoría del ejecutivo unitario, cuyo objetivo es prescindir de todos los controles y contrapesos constitucionales en relación con el monopolio del poder ejecutivo ejercido por el presidente, especialmente en lo que se refiere a la guerra.

En 1979, Cheney fue electo por primera vez al Congreso en representación de Wyoming, mandato que desempeñó durante diez años, durante los cuales fue un defensor acérrimo de las guerras contrainsurgentes lanzadas por el Presidente Ronald Reagan. En el informe que presentara en representación de la minoría republicana en el Congreso sobre el asunto Irán-Contras, Cheney sostuvo que el tráfico encubierto de armas por parte del gobierno de Reagan —a Irán a través de Israel, para financiar a los Contras de derecha contra el gobierno sandinista de Nicaragua— se inscribía en el ámbito del «ejercicio constitucionalmente protegido de los poderes presidenciales inherentes».

Durante la presidencia de George H. W. Bush, Cheney ocupó el cargo de Secretario de Defensa, desde el cual supervisara la invasión a Panamá (que calificara de «modelo de cómo debemos hacer las cosas») y la Operación Tormenta del Desierto. Fue durante ese período que, junto con su subsecretario Paul Wolfowitz, Cheney trazó un plan para la hegemonía geopolítica permanente de Estados Unidos e intervenciones militares sin fin. Semejante visión de la estrategia imperialista, expuesta en el documento Defense Planning Guidance, o Guía de Planificación de la Defensa, daría lugar al llamado Proyecto para el Nuevo Siglo Estadounidense, think tank neoconservador y belicista de política exterior que encabezaría la expansión de la violencia estatal estadounidense, bajo el pretexto de la lucha contra el terrorismo con posterioridad al 11 de septiembre.

Entre las presidencias de Bush padre e hijo, Cheney, en todo momento defensor acérrimo de los recortes fiscales y las ayudas a las empresas, ocupó el cargo de Director Ejecutivo de la multinacional texana de hidrocarburos Halliburton. Cuando Cheney regresó a la Casa Blanca como Vicepresidente, dirigió un grupo de trabajo sobre energía que logró asegurar para Halliburton el resquicio jurídico necesario para que se eximiera de la Ley de Agua Potable Segura la inyección de fluidos de fracturación hidráulica. El personal de Halliburton, empresa que sigue ocupando el primer lugar mundial en fracturación hidráulica, participó en la revisión de la tecnología por parte de la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos. KBR, subsidiaria de Halliburton, se embolsó miles de millones de dólares gracias a un acuerdo preferencial con el Gobierno de Estados Unidos durante la ocupación de Iraq.

En su calidad de Vicepresidente, Cheney — conocido por su espíritu controlador y su obsesión con los más nimios detalles y el secretismo, al extremo de destruir registros de visitas y multiplicar las cajas fuertes para la custodia de documentos— reunió a un equipo de abogados con el fin de eludir las prohibiciones en vigor en Estados Unidos respecto de las escuchas telefónicas sin orden judicial y burlar los Convenios de Ginebra sobre prisioneros de guerra en el extranjero, convirtiendo así a todo adversario beligerante en «combatiente ilegal» susceptible de ser arrojado a un agujero negro jurídico. En una célebre entrevista en Meet the Press, Cheney destacó la necesidad, tras los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono, de «trabajar en el lado oscuro» y pasar «tiempo en las sombras».

En momentos en que el actual gobierno se vanagloria de Alligator Alcatraz y los ataques con drones contra pescadores en el Caribe, ese «lado oscuro» acapara crudamente el foco de la atención. Aunque Trump acertara cuando se mofó de Cheney calificándolo de «rey de las guerras interminables y sin sentido, que desperdician vidas y billones de dólares», la presidencia de Trump y sus patologías serían impensables sin el trabajo preliminar realizado por el «copresidente» de George W. Bush.

 

Featured image: U.S. Vice President Dick Cheney addresses a group of Marines at Al-Asad Air Base in western Iraq on Dec. 18, 2005. Lawrence Jackson/AP. Courtesy of Foreign Policy.

Translated from the original in English by Rolando Prats.

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