«Reimposing “Democracy” in Venezuela: Decoding Western Propaganda», de Andi Olluri, apareció originalmente el 2 de enero de 2026 en Venezuelanalysis. Se reproduce en su versión original en inglés y se publica traducido al español para Communis con permiso de Venezuelanalysis.
El analista Andi Olluri desmiente algunos de los principales argumentos que esgrime la propaganda occidental como justificación de los ataques de Estados Unidos contra Venezuela y deja al descubierto la transparente hipocresía de la clase política estadounidense y de los principales medios de comunicación occidentales en su conjunto.
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Reimponer la «democracia» en Venezuela: descifrar la propaganda occidental
La injustificada agresión de Washington contra Venezuela y el probable ataque terrestre que se avecina constituyen un intento de reimponer una «democracia orgullosa y estable» en el país, en palabras de la principal subrogada estadounidense, María Corina Machado.
Basta descifrar el significado de esas palabras y los pretextos esgrimidos en favor de la agresión estadounidense para vérnosla cara a cara con una increíble cultura de terrorismo y gansterismo. Echemos un vistazo.
Según el pretexto inicial para atacar a Venezuela, ese país se ha convertido en un Estado «narcoterrorista» exportador. La historia, que se sabía fraudulenta, ni siquiera meritó una carcajada por parte de los organismos de inteligencia estadounidenses y la Administración de Control de Drogas (DEA). En el más reciente informe de la DEA, Venezuela se menciona solamente en un párrafo. De hecho, Venezuela no meritó siquiera una sola mención en el centenar de páginas que conforman el Informe Mundial sobre las Drogas 2025, elaborado por las Naciones Unidas, ni tampoco en el propio informe anual de evaluación de drogas presentado por la Unión Europea.
Pese a ello, los medios de comunicación occidentales mantienen una incesante cobertura de esas falsas acusaciones sin que medie el más mínimo comentario, al tiempo que omiten las conclusiones a que han llegado organismos occidentales de inteligencia, por tratarse de conclusiones erróneas. Semejante grado de servilismo no podría ser más desconcertante.
La propaganda estadounidense se vio entonces obligada a hacer que la atención se dirigiera de nuevo a su argumento de base: la necesidad de derrocar al dictador Maduro. «Maduro intensifica la represión en Venezuela» —señaló CNN, sin de paso mencionar que, al fin y al cabo, Venezuela es objeto de agresiones en múltiples frentes por parte de una superpotencia.
CNN tampoco hizo mención alguna del hecho de que países como Egipto, Israel, Filipinas y otros de los mejores amigos de Occidente jamás tolerarían ninguna oposición financiada y dirigida por una superpotencia hostil, por no hablar de que esos gobiernos suelen asesinar a sus opositores —y no sólo encarcelarlos— en circunstancias mucho menos onerosas.
La idea de que semejante «oposición» pudiese desfilar por la capital de ninguno de esos países exhortando a derrocar al gobierno es patentemente absurda. Sin embargo, fue exactamente eso lo que ocurrió en Venezuela en 2019 con Juan Guaidó, mascarón de proa patrocinado por la CIA. Tal parecería que es Venezuela la única que debe atenerse a semejantes reglas.
La idea de que la promoción de la democracia podría ser el verdadero motivo de la actitud hostil de Estados Unidos es demasiado ridícula como para meritar siquiera un comentario. Después de todo, Occidente presta su más pleno apoyo y envía cientos de miles de millones en armas a Israel, Arabia Saudita —país que ni siquiera finge celebrar elecciones—, Egipto y otros países acusados por la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional
A quienes estén interesados en probados casos de fraude electoral en América Latina, deberá recordárseles que no escasean ni mucho menos las razones para preocuparse en toda regla. Concretamente, la manera en que se amañan elecciones desde Washington, gobierno que por mucho es el delantero en esa liga.
Por citar algunos ejemplos conocidos por todos los medios de comunicación —aunque a pocos, si es que a alguno, les importa— Trump se dio efectivamente a la tarea de «sobornar a los votantes hondureños» para «reinstituir en el poder al gobierno narcotraficante», a cuyo fin exigió que se votaran por Tito Asfura, colega de Juan Orlando Hernández, inculpado narcotraficante a quien Trump acababa de indultar. De lo contrario, Estados Unidos retendría la ayuda a ese país, «amenazando con destruir la economía hondureña a menos que se eligiera al candidato por el Partido Nacional, dirigido por oligarcas». «Trump desplegó la misma estrategia en las elecciones legislativas de octubre de 2025 en Argentina», a propósito de las cuales amenazó con retener una ayuda financiera por valor de 20.000 millones de dólares, «logrando así presionar a los votantes para que respaldaran al partido de Javier Milei, el mentalmente inestable Presidente del país».
Para mostrar lo que les sucedería, Washington ha estacionado su armada frente a las costas de los países que osen desobedecerlo y les envía así el debido mensaje: «Sois libres de elegir siempre que elijan a las personas adecuadas; de lo contrario, pasaréis hambre.»
De modo que para ir a la guerra con Venezuela, no se ha presentado razón alguna que merite siquiera el menor examen por nadie con dos neuronas.
La verdadera razón la explican abiertamente los propios agresores, como en el caso de las siguientes declaraciones del mismísimo Trump: «Cuando dejé la Casa Blanca, Venezuela estaba a punto de derrumbarse. Nos habríamos apoderado de ella. Habríamos conseguido todo ese petróleo. Lo habríamos tenido ahí al lado.» En fecha más reciente, y tal vez harto ya del cuento del «narcoterrorismo», Trump admitió que eran «el petróleo y los derechos sobre la tierra» de lo que andaba a la búsqueda.
La congresista María Elvira Salazar se jactó de que «Venezuela, para las compañías petroleras estadounidenses, será una bonanza, pues supondrá más de un billón de dólares en actividad económica».
El mismo argumento que la servil Machado, peona de Washington, explicara con mayor detalle en un discurso ante el American Business Forum. Tan pronto como ella lidere una «democracia orgullosa y estable», se pondrá en marcha un «programa de privatización masivo» que ofrecerá «una oportunidad por un valor de 1,7 billones de dólares». «Abriremos los mercados […] Y las empresas estadounidenses están, como ustedes saben en una posición súper estratégica para invertir […] Este país, Venezuela, va a ser la oportunidad más brillante para la inversión de las empresas estadounidenses», que «van a ganar mucho dinero».
La única crítica que se puede encontrar en la clase política y mediática contra un ataque de esta naturaleza es, entonces, del orden de las preocupaciones tácticas. ¿Saldrá bien ¿Se saldrá Trump con la suya si agrede a Venezuela?
Así, según explica el golpista Elliott Abrams, Venezuela «antes era» una democracia y «tiene una larga historia democrática», con lo cual Abrams seguramente se estará refiriendo a una junta dirigida por Estados Unidos y una colonia orquestada, si es que las palabras todavía significaran algo. Si la agresión tiene éxito, «la producción de petróleo puede empezar a aumentar de nuevo […] Como antes de los años de Chávez y Maduro, Venezuela puede ser un importante proveedor de petróleo para Estados Unidos y un socio en América Latina». Es de esperar que también caigan «Cuba y Nicaragua», pero la agresión podría perjudicar la «influencia de Estados Unidos en la escena internacional». Abrams concluye quejándose de que «la presión económica y diplomática que ejercimos sobre Maduro en el primer mandato [de Trump] simplemente no fue suficiente».
«Durante 26 años, Estados Unidos ha intentado restaurar la democracia en Venezuela mediante negociaciones, concesiones, sanciones y una combinación de incentivos y sanciones. Nada ha funcionado» —señaló el exembajador ante la OEA y profesor de Harvard Arturo McGields.
Un asedio económico ilegal, que ha significado la pérdida de quizás el 75 % del PIB del país y que ha causado la muerte de decenas o cientos de miles de civiles, una invasión mercenaria fallida y numerosos intentos de golpe de Estado no son en principio agravios, sino apenas acciones desafortunadas desde el punto de vista táctico, por cuanto nada de ello «ha funcionado».
La euforia de que hacen gala los liberales ante esta muestra de sadismo es harto reveladora. Por ejemplo, Rebecca Heinrichs señaló que Cuba podría caer si se ejerciera suficiente presión sobre Venezuela. «Si ejerces tal presión sobre Venezuela y eliminas entre el 80 % y el 85 % de sus ingresos» mediante el bloqueo naval ilegal que se le ha impuesto, entonces «inmediatamente se producirán nuevas crisis» para la población civil, que «sentirá aún más esa presión y culpará a Maduro»; es decir, al estilo cubano.
James Story, uno de los principales artífices de las operaciones ilegales de cambio de régimen contra Venezuela en los últimos años, escribió un artículo de opinión en que repetía todas las acusaciones propagandísticas habituales. Story se regodeó diciendo que el reciente bloqueo petrolero a las exportaciones venezolanas «es una forma más eficaz y aceptable» de derrocar al Gobierno, ya que «reducir esa fuente de ingresos» mataría de hambre a la población en grado suficiente como para «reconocer que es preferible la vida sin [Maduro] en el poder que con él».
No puede ser más transparente la hipocresía, pues Estados Unidos, un mes antes de su «bloqueo total y completo» a Venezuela, había denunciado «el uso de fuerzas militares por parte de Irán para llevar a cabo un abordaje armado y la incautación de un buque comercial en aguas internacionales, [lo cual] constituye una flagrante violación del derecho internacional, que socava la libertad de navegación y la libre circulación del comercio».
No es que los periodistas occidentales no conozcan el ardid propagandístico de Washington cuando este condenara a Irán para luego llevar a cabo actos de piratería en todo el mundo, pues todo ello es de conocimiento público. Sólo que atar cabos pondría al descubierto el hecho de que los medios de comunicación están por completo al servicio de la propaganda estatal y delataría el juego.
Sin duda, no hay nada que cause más indignación que la supuesta colaboración de Venezuela con «Estados enemigos». Aun en el caso de que tales acusaciones fuesen ciertas, ello serviría para ilustrar el principio fundamental que hay que aceptar si se quiere participar en el debate: ningún país, por débil que sea, tiene derecho a defenderse contra una agresión occidental no provocada.
De ese modo, Elliot Abrams exigió que Estados Unidos atacara a Venezuela por su supuesta «cooperación con China, Cuba, Irán y Rusia, con lo cual proporciona a países hostiles a los intereses estadounidenses una base de operaciones en el continente sudamericano», dotada de armas que podrían «alcanzar el territorio estadounidense desde Venezuela». Abrams no tiene ningún problema con la «legalidad» de semejantes ataques contra Venezuela, sino a lo sumo «dudas sobre las posibilidades de éxito». «Simplemente matar de hambre» al país «no será suficiente: hay que expulsar [al gobierno venezolano] del poder por medio de ataques militares, lo que sumirá en el caos a las estructuras de apoyo del régimen, incluidas las militares, y les hará temer por su propio futuro».
Por supuesto, también la prensa nazi «criticó» en su momento por los mismos motivos la Operación Barbarroja antes de invadir la Unión Soviética. Sus herederos ideológicos han aprendido que «matar de hambre» a la población no es suficiente para llevarse la victoria; deben aplastar a sus oponentes «y hacerles temer por su propio futuro».
De hecho, sin una pizca de ironía, leemos que es Venezuela, junto con «la Cuba de los Castro», la que está «atacando» a Estados Unidos «asimétricamente», en palabras de Machado, y no a la inversa, claro está. El objetivo de la agresión por parte de Estados Unidos es abrir «una frontera extraordinaria para la inversión estadounidense en energía, infraestructura, tecnología y agricultura».
En resumen, Washington y sus aliados no pueden tolerar que Venezuela esté «asociada» con aquellos a quienes el mafioso Don ha proscrito, como dijera David Frum, favorito de los medios liberales. Por tanto, el «objetivo es restaurar la democracia venezolana que existía antes de [Hugo] Chávez y Maduro», con lo cual, una vez más, se debe de estar aludiendo a la junta dirigida por Estados Unidos y a la oligarquía orquestada.
A todo esto se le da el nombre de «debate público», en el que los «críticos» más extremos advierten de que la agresión occidental podría, simplemente, no tener éxito, mientras que los halcones celebran con alegría que los «ataques militares» puedan «hacerles temer [a los así atacados] por su propio futuro».
La profunda veta totalitaria de la cultura intelectual occidental queda perfectamente ilustrada por esas declaraciones, así como por las reacciones a las mismas: nulas.
Los fieles y adoctrinados occidentales no se dan cuenta de que el mismo tipo de argumentos podría ser utilizado por Putin si quisiera invadir Suecia, por el ayatolá Jamenei para invadir Israel o por Xi Jinping para invadir Taiwán.
Todo esto demuestra que, por reflejo, los intelectuales occidentales ven el orden mundial y la violencia de la misma manera en que, según ellos, lo hace Putin: «tenemos nuestra esfera de influencia y debemos dominarla a nuestro antojo». Estas sencillas observaciones no pueden pronunciarse en círculos cultivados, por muy obvias que sean.
De este modo, los medios de comunicación occidentales se han convertido en la práctica en servidores de uno de los casos más paradigmáticos —en lo que va de siglo— de campaña de agresión no provocada contra un Estado soberano.
Feature image: Boys hang up a banner depicting Venezuelan President Hugo Chavez during a boxing tournament organized by the group “Chávez es otro Beta” at a slum in Los Teques in the suburbs of Caracas, September 1, 2012. © REUTERS/Jorge Silva.
Translated from the English original by Rolando Prats.





