«Del desgaste» es la traducción al español de «On Attrition», postfacio de Alberto Toscano a On Persistence (Seagull Books, 2026), de Rebecca Comay, cuya introducción —«Contra la resiliencia»— también se publicó en Communis.

«Al rastrear el movimiento —a veces repentino, a veces bloqueado— entre el dolor y la rebeldía, el lamento y la liberación, con On Persistence Rebecca Comay contribuye a la tarea contemporánea de redefinir los “términos de la agencia”. Pero no sólo los términos, sino además —para tomar en préstamo un concepto de recientes escritos de Abdaljawad Omar— sus “cargas”, pues la persistencia de la política, y en ella, se manifiesta no sólo como gramsciano asedio recíproco, sino también como solidaridad vacilante, como líneas de falla y fracturas internas, no tanto contradicciones como agotamientos entre nosotros mismos.»
—Alberto Toscano

Postfacio a On Persistence, de Rebecca Comay

De la persistencia, de Rebecca Comay, plantea un espinoso —si bien ineludible— desafío al pensamiento que piensa hoy la política desde la idea de liberación o con esta como horizonte.

En su protocolo introductorio y a lo largo de sus lecturas, un matiz tras otro y una pincelada de pertinente humor negro tras otra, Comay socava los cimientos de un sentido común de izquierda casado con los preceptos de un eterno estoicismo. La de persistencia no es precisamente una voz ajena a los léxicos del pensamiento antisistémico. Ya fuese animados por un optimismo cruel, una beligerante esperanza o un pesimismo deliberadamente templado contra el derrotismo, muchos de quienes han luchado contra el extenuante o humillante yugo del Estado y el capital han concebido sus acciones no sólo a través del lenguaje simbólicamente sublimado de la resistencia, sino también del prisma de la persistencia.

En un artículo publicado en 1881 en la revista Locomotive Firemen’s Magazine, el dirigente socialista estadounidense Eugene V. Debs afirma que «no hay obstáculo en el camino del deseo humano que no pueda superarse por medio de un persistente esfuerzo», tal como ilustran las lecciones de la naturaleza: «Célula a célula, poco a poco, el insecto coralino elevó a la luz del día las imponentes islas del Pacífico Sur; no en un año, ni en cien, sino en millones de décadas. Así ha ocurrido también con el progreso humano.»[1] La lucha de clases debería tomar nota y cultivar la esperanza de una especie de gradualismo cósmico. En un elogio a Lenin escrito durante la Primera Guerra Mundial, la feminista y diplomática bolchevique Alexandra Kollontai declaró que el dirigente comunista había, «como un imán», reunido en torno a sí «todo aquello que en la revolución es expresión de voluntad, poder, destrucción implacable y persistencia constructiva» y que, al hacerlo (invirtiendo así la imagen de la paciente acumulación utilizada por Debs), actuaba como «la encarnación de una fuerza natural-cósmica que apartaba la costra socioeconómica que se había formado a lo largo de miles de años de historia humana»[2]. La persistencia en ese caso tiene como fundamento no sólo una voluntad forjada en el conflicto, templada por las penurias y puesta a prueba en la estrategia empleada, sino que además está orientada hacia un horizonte histórico —y, de hecho, justificada por él— que de otro modo podría concebirse como remedo de los procesos naturales o como su interrupción soberana.

Sin embargo, para Comay —quien explora esa inquietante hipótesis a través de Freud, Proust y Beckett, inter alia—, la persistencia no es cuestión de voluntad, lo que implicaría una separabilidad o, por el contrario, una coincidencia total entre lo social y lo individual. Encore un effort es una prescripción vacía o inestable cuando «hay que redefinir los términos de la agencia» de acuerdo con la visión psicoanalítica de que «toda antítesis entre lo individual y lo colectivo, entre lo privado y lo público, es forzada: no hay sujeto que no sea estirado y estriado por lo social, ni hay forma de socialidad que no se haya infiltrado en las terminaciones nerviosas del individuo».

La epifanía histórica de la voluntad política en la revolución, que podría haber proporcionado una especie de focus imaginarius para una subjetividad modelada como persistencia, también queda sin resolverse en estas páginas: ausente está la disposición testamentaria de las revoluciones pasadas que sirva para garantizar la viabilidad de las futuras. La voluntad como volonté no puede unificarse ni estabilizarse desde el momento en que, a su vez, la voluntad como testamento no es unívoca. La fulgurante reflexión de Comay sobre la resistente máxima de René Char —Notre héritage n’est précédé d’aucun testament, que ella traduce e interpreta como “Our heritage was unwilled” nos obliga a mirar más allá de las reacciones conmemorativas[3] que condicionan y preforman nuestro pensamiento sobre la revolución y a preguntarnos si lo que nos acosa no es una escasez sino un exceso de legados políticos, una «hiper-testamentación» y no una sucesión intestada. En movimiento inverso al de Char, Comay propone:

Es la herencia lo que se ha perdido, y lo que sigue en vigor es la prescripción testamentaria. Cambiando de lugar un poco las cosas, podríamos reescribir la frase: Notre testament n’est précédé d’aucun héritage: «Nuestro testamento no viene acompañado de ninguna herencia.» El problema no es que se haya roto el hilo, que las joyas de la familia se hayan dispersado o sean inaccesibles, sino más bien que nos sentimos abrumados por un exceso de incitaciones testamentarias. El pasado se nos presenta como un laberinto de interpelaciones —imperativos, prescripciones, promesas, exhortaciones, estimulaciones, oscuros mensajes de los muertos, sin firmar ni fechar, pero con un sello temporal y dirigidos exclusivamente a nosotros—. [ . . . ] ¿Y si el testamento en sí mismo fuera la herencia? ¿O incluso si no hubiera herencia, ni patrimonio que liquidar, ni tesoro que distribuir, ni siquiera un significado o valor que recuperar y salvaguardar, sólo la presión de una exigencia tan enigmática como insistente?

El atolladero en que la persistencia se ve atascada—con su per que obstinadamente aparta a la revolución de los retornos fascistas de los renacimientos nacionales, las reconquistas, los renacimientos y demás de su estirpe— se entrecruza, por tanto, con una condición en la que los comienzos (políticos) jamás son años cero, tabulae rasae u orígenes míticos, del mismo modo que no se nos conceden los consuelos poshistóricos o apocalípticos de los finales sin remanente. Acosados por lo interminable y desbordados por un palimpsesto de acontecimientos y sus prescripciones, tal vez deseemos invocar ese «carácter destructivo» que, «al reducirlo todo a escombros [ . . . ] abre vías de transmisión sin precedentes». Revisitar la revolución como materia y forma de persistencia es también, si fuésemos a seguir a Comay, volver a pensar su carácter como «teatro» y como transición, enmarcarla y darle forma como estadio, o, en sus propias palabras: «Debemos entender el “estadio” en ambos sentidos: como una estación y un punto de parada, tanto espacial como temporal; como una plataforma (staticum) o una arena (stadium) en la que las antinomias históricas del presente puedan representarse y mostrarse en su forma más destilada y exhaustiva (per). El estadio es un momento y un lugar de punto muerto o paralización

En el siglo pasado, cuando el pensamiento revolucionario intentó reflexionar sobre la persistencia en clave de antagonismo —sobre la persistencia como sustancia y atributo de la lucha (de clases)—, lo hizo repetidamente en el lenguaje militar del desgaste. Cuando el principal teórico de la socialdemocracia alemana, Karl Kautsky, intentó rebatir la sagacidad política de la labor de agitación que en 1910 llevaba a cabo Rosa Luxemburg en favor de la huelga general, enmarcó su argumento en términos tomados directamente, aunque sin citarlo, del historiador militar Hans Delbrück, quien había escrito sobre la antítesis entre la «estrategia de derrocamiento» (Niederwerfungsstrategie) y la «estrategia de desgaste» (Ermattungsstrategie)[4]. Kautsky define el desgaste en términos de movilidad, logística y subjetividad. El comandante que adopta la estrategia de desgaste «pretende mantener en movimiento al ejército enemigo mediante todo tipo de maniobras, sin darle la oportunidad de levantar la moral de sus tropas mediante la obtención de victorias; se esfuerza por desgastarlas gradualmente por medio de amenazas y agotamiento continuos y por reducir constantemente su resistencia y paralizarlas»; semejante estrategia «requiere fuentes de abastecimiento a las que no tenga acceso el ejército enemigo»; pero, sobre todo, «requiere combatientes que no se lancen a la batalla con la esperanza de obtener la victoria y cargar con el botín; que luchen por su causa, en cuerpo y alma, bajo cualquier circunstancia, pase lo que pase»[5]. El topos clásico en este caso es la campaña de «derrocamiento» de Aníbal contra Roma en la Segunda Guerra Púnica (218-201 a. C.) y la manera en que se viera contrarrestada por la Ermattungsstrategie desplegada por Quinto Fabio Máximo Verrucoso, quien por ese motivo se ganó el apodo de Fabio Cunctator («el dilatorio»), en cuya calidad se convirtió mucho más tarde en el santo patrón del fabianismo[6], la más reformistade las corrientes del socialismo. Para Kautsky, la sangrienta represión de la Comuna de París en 1871 había marcado para el movimiento obrero el fin de la primacía del derrocamiento: el asalto a la ciudadela capitalista no constituiría, en todo caso, sino un golpe final tras una prolongada labor organizativa, institucional, de agitación y electoral destinada a agotar al enemigo de clase. Como declarara Kautsky:

La estrategia de desgaste se diferencia de la estrategia de derrocamiento únicamente en que, a diferencia de esta última, no avanza directamente hacia la lucha decisiva, sino que la prepara durante mucho tiempo y la inicia sólo cuando sabe que su adversario está suficientemente debilitado. Este último debe estar ya extraordinariamente desmoralizado para poder arrebatarle las fuentes de su poder sin un gran combate decisivo.[7]

(Entre las cuestiones perennes de la estrategia y la ética revolucionarias, vistas a través del prisma de la persistencia, se encontraría entonces esta: ¿cómo evitamos desmoralizarnos a nosotros mismos al desmoralizar a nuestro enemigo? Si la actitud correcta hacia los «partidos burgueses» consiste en «tratar de debilitarlos a todos y cada uno de ellos, desorganizarlos, socavar su confianza en sí mismos y el respeto que les profesan las masas populares»[8],¿cómo es posible lograr ello sin que, de paso, nos agotemos nosotros mismos? Gramsci tenía una aguda consciencia de esa cuestión cuando citó en sus apuntes carcelarios este pasaje de un artículo de Marx de 1855 sobre «La cuestión oriental»: «Tal resistencia en una plaza asediada tiene por sí misma un efecto desmoralizador si se prolonga. Implica sufrimiento, cansancio, enfermedad y la inminencia [presencia] no ya de ese peligro agudo que templa, sino de ese peligro crónico que agota la mente.»[9]

Para Luxemburg, las analogías militares de Kautsky disimulaban una adhesión ciega al gradualismo parlamentario y una valoración errónea del carácter y las capacidades del Estado prusiano. En última instancia, su «declarada inclinación a que la huelga general se reservara para la única contingencia apocalíptica de una «batalla final» en un futuro lejano era una cláusula simbólica, diseñada para eximir al SPD de todo compromiso con sostenidos combates en el presente concreto, y para permitirle acomodarse al más mundano oportunismo»[10]. Por muy justificada que estuviera esta última acusación, es evidente que la apropiación del desgaste para una política marxista requería no sólo confianza en la singular «tenacidad y resistencia» del proletariado, sino también la convicción de la afinidad definitiva entre el aumento de su poder y el arco de la historia capitalista. Sólo sobre esa base pudo Kautsky concluir que «tenemos todas las bazas en la mano, siempre que sepamos combinar la audacia inspirada con una perseverancia tenaz y una astucia de sangre fría»[11].

Pocos años más tarde, esa confianza se vería gravemente socavada por la carnicería de la Primera Guerra Mundial y la fractura del internacionalismo proletario. Y mientras que antes el desgaste podía asociarse con las tácticas protoguerrilleras de hostigamiento puestas en práctica por Fabio contra los ejércitos de Aníbal y sus cadenas de suministro, ahora pasaría a identificarse de forma indeleble con el derramamiento de sangre prolongado y mecanizado de la guerra de trincheras a lo largo de frentes aparentemente interminables. La reputación de Delbrück, principal fuente de inspiración de Kautsky en materia de estrategia, se vería profundamente mellada por su (posiblemente inmerecida)[12] asociación con la hecatombe de Verdún, a medida que el desgaste se equiparaba con la guerra y la movilización totales. De modo que cuando Antonio Gramsci recurrió al vocabulario de la estrategia militar para reflexionar sobre la asfixiante implantación del fascismo y las tareas que en ese momento tenían por delante los movimientos obreros y comunistas —yuxtaponiendo una «guerra de posiciones» de desgaste a la «guerra de movimiento»—, lo hizo teniendo muy presente esa mutación en la fenomenología del desgaste[13]. Gramsci llegó a replantearse la política como una especie de «asedio recíproco», y a tal fin planteó, de forma paradójica, que las cuestiones decisivas no se resolverían en la conflagración de una batalla final, sino en la persistencia del antagonismo[14]. ¿Qué ocurre con el tiempo de la política cuando la mayoría de las luchas y batallas tienden hacia la modalidad del asedio, es decir, hacia «estadios» de conflicto —para recordar la definición que de ese término ofrece Comay— que son también «estadios de excepción temporal» que «suspenden el ritmo ordinario del tiempo» y para las que la dilación constituye «la estrategia esencial de los asediados»?[15]

Al final de su introducción, Comay evoca esa «otra forma de persistencia, sumud, la intransigencia del puro poder de permanencia». Si fuéramos a responder a su interpelación, podríamos recordar cómo el poeta palestino Mahmoud Darwish hablaba de «asediar el asedio», imperativo impulsado por la brutal invasión israelí del Líbano en 1982 y que resurgió durante el asedio de Ramala en 2002. Al escribir contra el genocidio en curso perpetrado por Israel en Gaza, el teórico político Nasser Abourahme ha subrayado lo fundamental que es no adoptar la perspectiva del asediador ni ver a los asediados desde una lógica de victimismo, sacrificio o incluso martirio. Tal como él mismo advierte, «sería un error interpretar la coyuntura únicamente desde el punto de vista de un orden colonizador que se siente asediado y vislumbra una salida [po medio del despliegue de una violencia genocida]. Una lectura más profunda debe reconocer que, en cierto nivel, ese asedio —el asedio de la fortaleza, el asedio del asedio— es real y no sólo un producto de los apegos narcisistas de la sociedad colonizadora a su temor de sufrir daños y reveses»[16].

A pesar de las abrumadoras dificultades y de la aparentemente insuperable asimetría en cuanto a poderío militar e infraestructural, sostiene Abourahme, la resistencia palestina ha contrarrestado el colapso de la temporalidad y la fragmentación del espacio que caracterizan al asedio. Siguiendo largas tradiciones anticoloniales, ha «buscado crear y abrir el tiempo, establecer sus ritmos y tempos» en un «tiempo de iniciativa» que no es ni autoinmolación extática ni mera dilación. Ello ha permitido, siquiera de forma imperfecta y episódica, revertir la lógica del asedio. Pero el rechazo de los términos eliminatorios de la dominación colonialista —lo que, siguiendo a Fanon, Abourahme denomina «el orden de la no reciprocidad colonial»— no puede reducirse a la figura de una comunidad de sacrificio. El «asedio del asedio» no es producto de una imagen obsesiva, extática y trágica, sino de «la insistencia en una vida habitable y sus ritmos cotidianos», que se resiste a quedar reducida a una «imagen de heroísmo sacrificial».[17] Como dice Abourahme:

El dolor es inconmensurable, y nada puede reducirlo a un plano simbólico. Pero sustraer ese dolor de la temporalidad de una guerra de liberación es privarlo por completo de significado político, expresarlo en el único lenguaje que el liberalismo autoriza: el de una ofensa estrictamente personal. La comunidad política palestina, por el contrario, siempre ha dependido —por pura necesidad, pero no por ello sin efectos políticos— de su capacidad para convertir el dolor en desafío.[18]

Al rastrear el movimiento —a veces repentino, a veces bloqueado— entre el dolor y la rebeldía, el lamento y la liberación, On Persistence contribuye también a la tarea contemporánea de redefinir los «términos de la agencia». Pero no sólo los términos, sino además —para tomar en préstamo un concepto de recientes escritos de Abdaljawad Omar—, sus «cargas», pues la persistencia de la política, y en ella, se manifiesta no sólo como gramsciano asedio recíproco, sino también como solidaridad vacilante, como líneas de falla y fracturas internas, no tanto contradicciones como agotamientos entre nosotros mismos. Como observa Omar, al reflexionar sobre los significados de la solidaridad y la resistencia en medio de los continuos ataques coloniales e imperiales contra Irán, el Líbano y Palestina:

La carga se ha partido por su propia costura: entre quienes la llevan sobre sus hombros como el porteador de Mansour lleva a Jerusalén —encorvados pero sin quebrarse, orientados hacia algo— y quienes la sienten como un peso asignado por una historia que no los consultó, soportado ahora a un costo cada vez más imposible de justificar ante los vivos. Que esta división no se produzca entre enemigos, sino entre personas que comparten una geografía, una lengua, una herida: eso es lo que la hace insoportable. Palestina no nos permite el lujo de una postura clara. Presiona, insiste, vuelve. Palestina es el remanente que se niega a que lo salden.[19]

El remanente insiste, persiste. Cuando se trata de la vocación de desgaste de la resistencia, en enfrentamientos con poderes aparentemente desmesurados, abrumadores, cabe invertir la inspirada consigna de las Panteras Negras, «supervivencia a la espera de la revolución» en una exhortación a hacer la revolución a la espera de la supervivencia (imperativos que resuenan de otro modo mientras nos enfrentamos a la turbulenta catástrofe, a la «horrible persistencia» de una crisis climática cuya gravedad se niega sin cesar en los pasillos y las cámaras de resonancia del poder).

Walter Benjamin concluyó su comentario de 1939 sobre el poema de su amigo y camarada Bertolt Brecht «Leyenda sobre el origen del libro Tao-te-Ching dictado por Lao-tse camino del exilio» destacando la promesa y la lección que encierran los versos, pronunciados por el muchacho que conduce el buey de su maestro: «Que el agua suave, al moverse, / con el tiempo vence a la poderosa piedra. / Como habrás entendido: lo duro debe ceder.» Para Benjamin, estos versos nos enseñan «que no debemos perder de vista el aspecto inconstante y mutable de las cosas, y que debemos hacer causa común con todo aquello que sea discreto y simple, pero incansable, como el agua. A tal propósito, el dialéctico materialista pensará en la causa de los oprimidos». Pero el poema encierra también otra «moraleja», que vincula la persistencia en la mutabilidad con la actitud humana mostrada por el sabio y el niño hacia el aduanero en el poema de Brecht; a saber, que «quien desee ver cómo cede la dureza no debe dejar pasar ninguna oportunidad de mostrarse amable»[20].

En uno de los poemas que escribió en 1941 tras enterarse de la muerte de su amigo, Brecht fusionó los debates estratégicos que fracturaron al marxismo alemán y sus recuerdos de las partidas de ajedrez que Benjamin y él habían jugado en el exilio danés.

Las tácticas de desgaste [Ermattungstaktik] eran lo que te gustaba,

sentado ante el tablero de ajedrez a la sombra del peral.

El enemigo te alejó entonces de tus libros;

¿Y a aquellos iguales a nosotros? Agotados [ermatten], superados en el juego.[21]

Contra las guerras de aniquilación del fascismo, pero también contra sus guerres d’usure, no será suficiente la vía comunista del agua. Como mínimo, deberá transformarse en un desgaste sin garantías.

Quizás entonces, como propone Comay de forma convincente, repitiendo la propia reinterpretación que Benjamin hizo de la prescripción surrealista de Pierre Naville[22]:

Todo el pasado debe quedar reducido a escombros, todo debe reiniciarse, sobre todo el comienzo original, que por tanto se ve así despojado de su autoridad fundacional y deja de ser un comienzo. La repetición obliga a una reconfiguración total del imaginario político. Exige nada menos que una reelaboración total del mundo. Se trata de una conclusión melancólica, incluso pesimista: nos enfrentamos una vez más a la pulsión de muerte en su máxima intensidad, pero no de forma derrotista. El pesimismo debe organizarse.

Notas

[1] Anónimo (Eugene V. Debs), «The Power of Persistent Effort», Locomotive Firemen’s Magazine 5(1), enero de 1881, 6-7. Toda crítica inmanente de esta —a la larga optimista— visión de la persistencia como estrategia socialista podría beneficiarse de una reflexión sobre el lugar que para Kluge y Negt ocupa la obstinación (Eigensinn) en la economía política de la fuerza de trabajo. En su comentario sobre el escalofriante cuento de los hermanos Grimm «El niño obstinado», escriben: «La obstinación no es una característica “natural”, sino una que emana de la destitución. Es la protesta contra la expropiación reducida a un solo punto, el resultado de la expropiación de los propios sentidos que interactúan con el mundo exterior.» Alexander Kluge y Oskar Negt, History and Obstinacy, edición e introducción de Devin Fore; traducción de Richard Langston et al., Nueva York: Zone Books, 2014, 292. (Salvo que se indique algún número de página en las referencias que más abajo se hagan a obras citadas por Alberto Toscano que se hayan traducido al español, todas las traducciones de las citas del texto son del traductor. [N. del T.])

[2] Alexandra Kollontai, «A Giant Mind, a Giant Will» (1914-1916) en Selected Articles and Speeches, traducción de Cynthia Carlile, Moscú: Editorial Progreso, 1984, disponible en https://www.marxists.org/archive/kollonta/1914/giant.htm; consultado el 30 de abril de 2026.

[3] Rebecca Comay y Alberto Toscano, «Anniversary Reactions» en Berta Lask, Thomas Müntzer: Play + Commentaries, edición de Sam Dolbear; traducción de Sam Dolbear et al., Helsinki: Rab-Rab Press, 2025.

[4] El equivalente francés de este último término es el de guerre d’usure, mientras que el italiano es el de guerra di logoramento; solo el término inglés «attrition», derivado de ad + terere («frotar o desgastar»), acarrea un significado teológico, como contrapartida más débil de la verdadera contrición o arrepentimiento. Para un incisivo análisis de la guerra de desgaste contra la construcción del Estado como la cara oculta y olvidada de la revolución anticolonial, véase Johnhenry González, Maroon Nation: A History of Revolutionary Haiti, New Haven, CT: Yale University Press, 2019.

[5] Karl Kautsky, «The Mass Strike», en Patrick Goode (ed. y trad.), Karl Kautsky: Selected Political Writings, Londres y Basingstoke: Macmillan Press, 1983, 53-73; en 54. (Véase en español Karl Kautsky, «Polémica sobre la cuestión de la huelga general», en https://www.marxists.org/espanol/kautsky/1905/mayo31.htm. [N. del T.])

[6] Véase Perry Anderson, The Antinomies of Antonio Gramsci, Londres: Verso, 2017, 124-125. (Véase en español Perry Anderson, Las antinomias de Antonio Gramsci, traducción de Lourdes Bassols Pascual y J. R. Fraguas, Madrid: Akal, 2018. [N. del T.])

[7] Kautsky, «The Mass Strike», cit.,  56.

[8] Kautsky, «The Mass Strike», cit., 57.

[9] Citado en Antonio Gramsci, Selections from the Prison Notebooks, edición y traducción de Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith, Nueva York: International Publishers, 1971, 239. (Véase en español Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Segundo volumen: Cuadernos 6-11, traducción y notas de Antonio J. Antón Fernández, Madrid: Akal, 2023, § 117, p. 89 [N. del T.])

[10] Anderson, The Antinomies of Antonio Gramsci, cit., 125-126.

[11] Kautsky, «The Mass Strike», cit., 73.

[12] Como observó Raymond Aron: «El aspecto técnico de la guerra —frentes fijos, trincheras, avalanchas de fuego, miles de muertos por unos pocos kilómetros de terreno— condujo a la noción de desgaste o Ermattungsstrategie, pero en un sentido muy alejado del de Delbrück. No se trataba de una estrategia para agotar al enemigo al punto de obligarlo a negociar la paz, sino de una estrategia para imponer una paz victoriosa, mediante el agotamiento total de los recursos del adversario. [ . . . ] La estrategia de Delbrück se confundió con Verdún y la matanza mutua y cayó en un total descrédito. Ello fue un error. Delbrück había querido enseñar a sus compatriotas la moderación en los objetivos, tanto políticos como militares, con el fin de hacer posible una paz negociada.» Raymond Aron, Clausewitz: Philosopher of War, traducción de Christine Booker y Norman Stone, Londres: Routledge & Kegan Paul, 1983, 259, 261. (Véase en español Raymond Aron, Pensar la Guerra: Clausewitz, I. La era europea; II. La era planetaria, traducción de Carlos Gardini, Buenos Aires: Instituto de Publicaciones Navales, 1987. [N. del T.])

[13] Más que Delbrück, la principal referencia de Gramsci parece haber sido Giulio Douhet, conocido hoy en día como uno de los primeros teóricos de la guerra aérea y del «bombardeo policial» colonial. Douhet había destacado el carácter extremadamente novedoso de una guerra cuyo objetivo era «el agotamiento producido por una tensión prolongada e ininterrumpida de músculos y nervios»; la Primera Guerra Mundial fue «una guerra estática. No se trata de ejércitos en batalla, sino de naciones que se sitian unas a otras». Las citas proceden de Fabio Vander, «Cadornismo politico» e rivoluzione in Occidente: Antonio Gramsci tra Caporetto e Ottobre sovietico», Materialismo Storico 3(2) (2017): 170-179.

[14] «Esto es: en la política la guerra de movimiento pervive mientras se trate de conquistar posiciones no decisivas y, por tanto, de no movilizar todos los recursos de la hegemonía y del Estado. Pero cuando, por una razón u otra, esas posiciones han perdido su valor y tienen importancia sólo las posiciones decisivas, entonces se pasa a la guerra de asedio, comprimida, difícil, en la que se necesitan cualidades excepcionales de paciencia e ingenio. En política el asedio es recíproco, pese a todas las apariencias, y el mero hecho de que el gobernante deba desplegar todos sus recursos demuestra el cálculo que hace de su adversario». Gramsci, Selections from the Prison Notebooks, 239. (Véase en español Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel, Segundo volumen: Cuadernos 6-11, traducción y notas de Antonio J. Antón Fernández, Madrid: Akal, 2023, § 138, p. 89. Se ha modificado la traducción. [N. del T.])

[15] Joseph Leo Koerner, Art in a State of Siege, Princeton, NJ: Princeton University Press, 2025, 15.

[16] Nasser Abourahme, «In Tune with Their Time», Radical Philosophy 2(16), verano de 2024, 13-20; en 15.

[17] Abourahme, «In Tune with Their Time», cit., 17-18.

[18] Abourahme, «In Tune with Their Time», cit., 18.

[19] Abdaljawad Omar, «La carga asumida», Communis, 19 de marzo de 2026, disponible en https://communispress.com/la-carga-asumida/; consultado el 30 de abril de 2026.

[20] Walter Benjamin, «Commentary on Poems by Brecht», en Howard Eiland y Michael W. Jennings (eds.), Selected Writings, Volumen 4: 1938-1940, Cambridge, MA: Harvard University Press, 2006, 248-249.

[21] Bertolt Brecht, «To Walter Benjamin Who Killed Himself While Fleeing Hitler», citado en Andrew McGettigan, «Benjamin and Brecht: Attrition in Friendship », Radical Philosophy 161, mayo/junio de 2010,  62-64; en 64, que incluye una fascinante reconstrucción de sus respectivas tácticas de ajedrez.

[22] En su artículo de 1929 «El surrealismo. La última instantánea de la intelectualidad europea», Benjamin tomó la frase «debemos organizar el pesimismo» del libro de Naville de 1926 La Révolution et les intellectuels. Véase Michael Löwy, «Walter Benjamin and Surrealism: The Story of a Revolutionary Spell», Radical Philosophy 80, noviembre/diciembre de 1996, 17-23.

Feature image:Sliman Mansour. The Village mud on wood. 1990. Oil on canvas. Tabari.

Translated from the original in English by Rolando Prats.

Related