“Four Observations on the US Kidnapping of Nicolás Maduro”, de Jonathan Cook, apareció por primera vez en Jonathan Cook Substack el 7 de enero de 2026 y se reprodujo al día siguiente en Venezuelanalysis. Se reproduce en inglés y se publica traducido al español en Communis con la autorización de Venezuelanalysis.
«Si Sky News y otros medios de comunicación están tan preocupados por los “malvados” que dirigen a sus países, tan preocupados que piensan que se puede ignorar el derecho internacional, ¿por qué no arremeten contra Keir Starmer e Yvette Cooper por el caso de Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel, sobre quien pende una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad? ¿Acaso ello no lo convierte en un alguien “sumamente malvado”, mucho peor que cualquier cosa de la que se acusa a Maduro?»
— Jonathan Cook
Cuatro observaciones sobre la flagrante violación del derecho internacional por parte del gobierno de Trump al secuestrar en Caracas a Nicolás Maduro, Presidente de Venezuela, y trasladarlo a Nueva York para «juzgarlo» por «narcoterrorismo» y delitos conexos con armas de fuego:
1.
El hecho de que Washington ni siquiera intente ofrecer una razón plausible para secuestrar al Presidente venezolano es una muestra de hasta qué punto Estados Unidos se ha convertido en un Estado delictivo.
Para invadir Afganistán, Estados Unidos alegó que tenía que «sacar» al líder de Al Qaeda, Osama bin Laden, de su guarida en las montañas tras los atentados del 11 de septiembre. Para invadir Iraq, que con ello destruiría las «armas de destrucción en masa» de Sadam Husein que amenazaban a Europa. Para bombardear Libia, que impediría así que las tropas de Muamar el Gadafi desataran una campaña de violaciones alimentada por el consumo de viagra.
Todas esas justificaciones eran obvias falsedades. Los talibanes se habían ofrecido a entregar a Bin Laden para que se lo llevara a juicio. En Iraq no había armas de destrucción en masa. Y la historia sobre Libia y el viagra era pura ficción.
Pero los anteriores gobiernos estadounidenses al menos se veían obligados a fingir que sus acciones estaban motivadas por consideraciones humanitarias y por la necesidad de preservar el orden internacional.
Las acusaciones contra Maduro son tan ridículas que hay que ser o bien un fanático partidario de Trump, o un imperialista de viejo cuño o estar profundamente desinformado para creerlas. Ninguna organización observadora digna de crédito cree que Venezuela sea un importante traficante de drogas hacia Estados Unidos, ni que Maduro sea personalmente responsable del tráfico de drogas. Por otra parte, las acusaciones sobre armas de fuego son tan absurdas que cuesta entender qué significan.
2.
A diferencia de sus predecesores, el Presidente Trump se ha mostrado honesto respecto de lo que Estados Unidos realmente busca: controlar el petróleo venezolano. Se trata de una apropiación colonial de recursos a la vieja usanza. ¿Por qué entonces los medios de comunicación fingen que en Nueva York se ha puesto en marcha algún tipo de proceso de «aplicación de la ley»? De lo que se trata es del secuestro de un Jefe de Estado. Y nada más.
En cambio, se nos somete a ridículos debates sobre si Maduro es un «malvado» o si ha gestionado mal la economía venezolana. Sky News se aprovechó de una entrevista con Jeremy Corbyn, exlíder del Partido Laborista británico, para aleccionarlo y exigirle que condenara a Maduro. ¿Por qué? Precisamente para desviar la atención de los espectadores respecto de la verdadera historia: que al invadir Venezuela, Estados Unidos cometió lo que los procesos de Nuremberg tras la Segunda Guerra Mundial consideraron el crimen internacional supremo de agresión contra otro Estado. ¿Dónde se ha visto que algún medio de comunicación del establishment destaque ese aspecto en su cobertura?
Si Sky News y otros medios de comunicación están tan preocupados por los «malvados» que dirigen a sus países, tan preocupados que piensan que se puede ignorar el derecho internacional, ¿por qué no arremeten contra Keir Starmer e Yvette Cooper por el caso de Benjamin Netanyahu, Primer Ministro de Israel, sobre quien pende una orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional por crímenes contra la humanidad? ¿Acaso ello no lo convierte en alguien «sumamente malvado», mucho peor que cualquier cosa de la que se acusa a Maduro? ¿Por qué no exigen que Starmer y Cooper lo condenen antes de permitirles hablar sobre Oriente Medio?
Cuando Rusia invadió a Ucrania, los medios de comunicación occidentales no sopesaron las justificaciones de la invasión de Moscú ni ofrecieron contexto, como están haciendo ahora con el ilegal ataque contra Venezuela. Reaccionaron atónitos y enfurecidos. No se mostraron tranquilos, juiciosos y analíticos. Se mostraron indignados. Nos advirtieron del «expansionismo ruso». Nos advirtieron de la «megalomanía» de Putin. Nos advirtieron de la amenaza al derecho internacional. Hicieron hincapié en el derecho de Ucrania a resistir a Rusia. En muchos casos, lideraron a los políticos en la exigencia de una respuesta más contundente. Todo lo cual brilla por su ausencia en la cobertura del secuestro de Maduro o de la violación del derecho internacional por parte de Trump.
3.
A menudo se critica a la izquierda por tardar en denunciar a potencias no occidentales como China o Rusia, o por mostrarse demasiado cautelosa con respecto a las acciones militares contra estas. Con ello se malinterpreta la posición de la izquierda. La izquierda se opone a un mundo unipolar precisamente porque es ese mundo lo que inevitablemente conduce al tipo de gangsterismo desestabilizador de que acaba de dar muestras Trump con su ataque a Venezuela y lo que crea un sistema feudal con un señor y muchos siervos, sólo que a escala mundial.
Es eso exactamente lo que estamos viendo, cuando Trump y Marco Rubio, su Secretario de Estado, hablan sin tapujos sobre qué país —Colombia, Cuba, Groenlandia, México— será el próximo blanco de ataque. Es precisamente por eso que todos los líderes europeos, desde Keir Starmer hasta la jefa de política exterior de la Unión Europea, Kaja Kallas, adulan a Trump, por monstruoso que sea su más reciente acto. Es precisamente por eso que el Secretario General de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, habla con tanta debilidad sobre la importancia general del «Estado de derecho» en lugar de articular una denuncia clara de los crímenes que acaba de cometer Estados Unidos.
Por difícil que sea para los occidentales reconocerlo, no necesitamos un Occidente más fuerte, sino uno más débil.
Pero aún más difícil es que los occidentales comprendan que el concepto mismo de «Occidente» es una ilusión. Durante décadas, Europa se ha limitado a seguir los pasos del gigante militar estadounidense, con la esperanza de que nos protegiera. Pero en un mundo en el que los recursos son cada vez más escasos, Estados Unidos está demostrando que está dispuesto a enfrentarse a cualquiera, sin escatimar ni a sus presuntos aliados, para obtener una mayor parte de la riqueza mundial. Basta con preguntar a Groenlandia y Dinamarca.
Los verdaderos intereses de los Estados europeos no residen en postrarse ante un amo del mundo, sino en que se consolide un mundo multipolar, en el que sea necesario forjar coaliciones de intereses, en el que haya que llegar a soluciones de avenencia, en vez de imponer dictados. Para ello se requiere una política exterior de transparencia y compasión, no de presunción y arrogancia. Sin ese cambio, en una era de amenazas nucleares cada vez más graves y de caos climático, estamos todos acabados.
4.
El objetivo de Washington es convertir una vez más a Venezuela en un refugio para el capital privado estadounidense. Si la nueva Presidenta encargada, Delcy Rodríguez, se negara a cooperar, Trump ha dejado claro que Venezuela seguirá siendo un desastre económico, pues continuarían las sanciones y el bloqueo naval estadounidense, hasta que se pueda instalar a otra persona que haga lo que Estados Unidos desee.
El delito de Venezuela, y por el que se la ha castigado durante décadas, es intentar ofrecer un modelo económico y social diferente al capitalismo neoliberal desenfrenado y destructor del planeta como el de Estados Unidos. El temor más profundo de la clase política y mediática occidental es que los ciudadanos occidentales, sometidos a una austeridad permanente mientras los multimillonarios se enriquecen cada vez más a costa del empobrecimiento de la gente común, puedan levantarse si se percatan de que hay un sistema diferente que se preocupa por sus ciudadanos en lugar de por su élite acaudalada.
Venezuela, con sus enormes reservas de petróleo, podría ser precisamente ese modelo, si no se la hubiera estrangulado durante mucho tiempo con las sanciones impuestas por Estados Unidos. Hace un cuarto de siglo, Hugo Chávez, predecesor de Maduro, puso en marcha una «revolución bolivariana» de estilo socialista basada en la democracia popular, la independencia económica, la distribución equitativa de los ingresos y el fin de la corrupción política. Con ello se redujo la pobreza extrema en más de un 70 %, disminuyó a la mitad el desempleo, se cuadruplicó el número de personas que recibían una pensión estatal y se alfabetizó a la población hasta alcanzar una tasa de alfabetización del 100 %. Venezuela se convirtió en la sociedad más igualitaria de América Latina, una de las razones por las que millones de personas siguen defendiendo a Maduro.
Chávez lo consiguió quitándoles de las manos los recursos naturales de Venezuela —su petróleo y sus minerales metálicos— a una pequeña élite nacional que había arruinado el país extrayendo la riqueza nacional y, en su mayor parte, acumulándola o invirtiéndola en el extranjero, a menudo en Estados Unidos. Chavez nacionalizó las principales industrias, desde el petróleo y el acero hasta la electricidad. Son esas precisamente las industrias que María Corina Machado, líder de la oposición venezolana aclamada por Occidente, quiere devolver a las familias parasitarias, como la suya, que antes las gestionaban de forma privada.
Bastaría con observar cómo se ha tratado a Venezuela durante las últimas dos décadas o más para tener claro por qué los líderes europeos —obedientes a toda costa a Washington y a las élites empresariales que gobiernan Occidente— son tan reacios a siquiera considerar la nacionalización de sus propias industrias públicas, por muy populares que sean esas políticas entre el electorado.
El británico Keir Starmer, quien ganó las elecciones a la dirección del Partido Laborista sólo después de haber prometido nacionalizar los principales servicios públicos, abandonó su promesa en cuanto resultó electo. Ninguno de los principales partidos tradicionales del Reino Unido se ofrece a volver a nacionalizar los servicios de abastecimiento de agua, ferrocarril, energía y correo, a pesar de que las encuestas muestran insistentemente que al menos tres cuartas partes de la población británica apoyan esa medida.
El hecho es que un mundo unipolar nos deja a todos a merced de un capitalismo empresarial estadounidense rapaz y destructivo que, poco a poco, está destruyendo nuestro mundo. La cuestión no es si Maduro fue un buen o un mal líder de Venezuela, que es en lo que los medios de comunicación occidentales quieren que nos concentremos. La cuestión es cómo volver a poner en su sitio a Estados Unidos antes de que sea demasiado tarde para la humanidad.
Featured image: Captured Venezuelan President Nicolas Maduro is escorted to a New York court to face US federal charges, in Manhattan, on January 5, 2026. / Reuters
Translated from the original in English by Rolando Prats.





