El siguiente artículo, originalmente titulado «The Age of Neofascism and Its Distinctive Features», se publicó el 24 de febrero de 2025 en el Blog de Historical Materialism. Se traduce ahora al español en exclusiva para Communis, en el marco de la asociación de colaboración entre ambos sitios.
Cada día que pasa —y, en los últimos años, a un ritmo acelerado— se hace cada vez más evidente que asistimos a una nueva era de ascenso de la extrema derecha a escala mundial, similar a la del ascenso de las fuerzas fascistas entre las dos guerras mundiales del siglo XX. Se ha solido designar con la etiqueta de «neofascismo» a la extrema derecha contemporánea, que ha sabido adaptarse a nuestro tiempo, consciente de la imposibilidad de repetir el mismo patrón fascista del siglo pasado, objeto hoy de rechazo por la mayoría de las personas.
Es propia del neofascismo la pretensión de respetar las reglas básicas de la democracia en lugar de establecer abiertamente una dictadura como hiciera su predecesor, a pesar de que vacía de su contenido a la democracia, erosionando en diversos grados las libertades políticas efectivas, en dependencia de la popularidad real de cada gobernante neofascista —y, por tanto, de su necesidad o no de amañar las elecciones— y del equilibrio de poder que mantenga con sus oponentes. Hoy en día existe una amplia gama de grados de tiranía neofascista, desde la casi absoluta, en el caso de Vladimir Putin, hasta la que todavía conserva un espacio de liberalismo político como en los casos de Donald Trump y Narendra Modi.
El neofascismo difiere de los regímenes despóticos o autoritarios tradicionales —al igual que lo hacen el gobierno chino o la mayoría de los regímenes árabes— en el hecho de asentarse, como el fascismo del siglo pasado, en una movilización agresiva y militante de su base popular sobre presupuestos ideológicos similares a los que caracterizaban a su predecesor. Esa base la forman diversos componentes del pensamiento de extrema derecha: fanatismo nacionalista y étnico, xenofobia, racismo explícito, masculinidad asertiva y hostilidad extrema hacia la Ilustración y los valores emancipadores.
En cuanto a las diferencias entre el viejo y el nuevo fascismos, las más importantes son, en primer lugar, que el neofascismo no se apoya en las fuerzas paramilitares que caracterizaban a la vieja versión —no porque carezca de ellas, sino porque las mantiene como reserva entre bastidores, cuando sea ese el caso— y, en segundo lugar, que el neofascismo, como sí lo hiciera su predecesor, no pretende ser «socialista». Su programa no conduce a la expansión del aparato estatal y de su papel económico, sino que se inspira en el pensamiento neoliberal en su apelación a que se reduzca el papel económico del Estado en favor del capital privado. Sin embargo, la necesidad puede hacerle ir en dirección contraria, como ha ocurrido con el régimen de Putin bajo la presión de las exigencias de la guerra que lanzó contra Ucrania.
Mientras que el fascismo del siglo XX surgió en el contexto de la grave crisis económica que siguió a la Primera Guerra Mundial y alcanzó su punto álgido con la «Gran Depresión», el neofascismo lo hizo en el contexto del agravamiento de la crisis del neoliberalismo, especialmente tras la «Gran Recesión» derivada de la crisis financiera de 2007-08. Mientras que el fascismo del siglo pasado hizo suyas las hostilidades nacionales y étnicas que prevalecían en el corazón del continente europeo, contra el telón de fondo de las atroces prácticas racistas que tenían lugar en los países colonizados, el neofascismo floreció en el estiércol del resentimiento racista y xenófobo contra las oleadas cada vez mayores de inmigración que acompañaron a la globalización neoliberal o que resultaron de las guerras que esta última alimentó, paralelamente con el colapso de las reglas del sistema internacional. Finalizada la Guerra Fría, Estados Unidos desempeñó el papel clave a la hora de frustrar el desarrollo de un sistema internacional basado en normas, con lo que sumió rápidamente al mundo en una Nueva Guerra Fría.
El neofascismo puede parecer menos peligroso que su predecesor porque no adopta apariencias paramilitares y porque la disuasión nuclear hace improbable una nueva guerra mundial; improbable pero no imposible: la guerra de Ucrania ha acercado al mundo a la posibilidad de una nueva guerra mundial más que cualquier otro acontecimiento desde la Segunda Guerra Mundial, incluso más que en plena Guerra Fría en tiempos de la URSS. La verdad, sin embargo, es que en algunos aspectos el neofascismo es más peligroso que el fascismo clásico. El fascismo del siglo XX tenía como eje a una tríada de potencias (Alemania, Italia y Japón) que no tenía la capacidad objetiva de alcanzar su sueño de dominar el mundo y se enfrentaba a potencias que eran económicamente superiores (Estados Unidos y Gran Bretaña), además de la Unión Soviética y el movimiento comunista mundial; este último desempeñó un papel fundamental a la hora de hacer frente política y militarmente al fascismo.
En cuanto al neofascismo, su dominio sobre el mundo es cada vez mayor, impulsado por el regreso de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos bajo una apariencia mucho más afín al neofascismo que durante su primer mandato. Así, la mayor potencia económica y militar del mundo es hoy la punta de lanza del neofascismo, con el que convergen diversos gobiernos, como los de Rusia, India, Israel, Argentina, Hungría y otros países, mientras que en el horizonte se avizora la posibilidad de que partidos neofascistas lleguen al poder en los principales países europeos (en Francia y Alemania, después de Italia, e incluso en Gran Bretaña), por no hablar de países más pequeños, en particular de Europa central y oriental.
Si bien es cierto que la posibilidad de una nueva guerra mundial sigue siendo escasa, nuestro mundo se enfrenta a algo no menos peligroso que las dos guerras mundiales del siglo XX: el cambio climático, que amenaza el futuro del planeta y de la humanidad. El neofascismo está empujando al mundo hacia el abismo bajo el peso de la flagrante hostilidad de la mayoría de sus facciones a las indispensables medidas medioambientales, agravando así el peligro medioambiental, especialmente ahora que ha tomado las riendas del poder sobre el pueblo más contaminante del mundo en proporción a su número; es decir, el pueblo de Estados Unidos.
No existe en el mundo actual un equivalente de lo que era el movimiento obrero, con sus alas socialista y comunista, tras la Primera Guerra Mundial. Por el contrario, en la mayoría de los países las fuerzas de izquierda sufren una atrofia, después de que la mayoría se fundieran en el crisol del neoliberalismo hasta el punto de que, a los ojos de la sociedad, ya no constituyen una alternativa al statu quo. O, de otro modo, son incapaces de adaptarse a las exigencias de nuestra época, reproduciendo los defectos de la izquierda del siglo XX que condujeron a su bancarrota histórica. Todo lo anterior nos hace sostener que, en algunos aspectos, la era del neofascismo es más peligrosa que la del fascismo clásico. La nueva generación sigue siendo el centro de nuestra mayor esperanza e importantes sectores de la juventud han revelado su rechazo al racismo, como se ha puesto de manifiesto en su oposición a la guerra genocida sionista en Gaza y en su defensa de la igualdad de todo tipo de derechos, así como, por supuesto, en su respaldo a la protección del medio ambiente.
Ante el auge global del neofascismo, es vital y urgente hacerle frente aglutinando en las más amplias alianzas ad hoc en defensa de la democracia, del medio ambiente y de los derechos de género y de los migrantes a las diversas fuerzas que hacen suyos esos objetivos, al tiempo que se trabaje para reconstruir una corriente global que se oponga al neoliberalismo y defienda el interés público frente al dominio de los intereses privados.
Traducido del inglés —lengua a la que a su vez se tradujo del original en árabe— para Communis por Rolando Prats.
Imagen: Foto tomada el 27 de junio de 2017, en la que se muestra una camiseta con las efigies de Donald Trump y Vladimir Putin y la leyenda «Amamos a Rusia» a la venta en una tienda de souvenirs de San Petersburgo. Foto: Mladen Antonov/AFP/Getty Images. Cortesía de San Francisco Chronicle.



