Editorial escrito para The Nation por Jodi Dean y publicado el 8 de abril de 2025 bajo el título «The Epidemic of Capitulation Suggests the Liberal Order Has Been Rotting From Within».
Lo que en educación cívica antaño se nos enseñaba sobre el equilibrio de poderes ha dejado de servir. Es asombrosa la ausencia de voluntad de lucha y de defensa de las instituciones de la democracia liberal. La epidemia de capitulación hace pensar que el orden liberal se ha estado pudriendo desde dentro.
Las instituciones de la sociedad civil y las organizaciones y las prácticas que dan cuerpo a la democracia se están desmoronando. Capitular es hoy la palabra de orden. Asombra la rapidez con que se está viniendo abajo el orden liberal. Los encargados de preservarlo se están doblegando a la voluntad de un aspirante a rey y de un magnate tecnológico tan empoderado por sus miles de millones que actúa como si estuviera por encima de toda ley y toda norma. Todo ello hace pensar que la podredumbre —la falta de fe en el sistema, la sensación de que sirve a poco más que a los fines personales del poder y el privilegio— es profunda y de larga data.
La culpa no recae únicamente en Trump y en Musk. Ambos nos advirtieron de sus intenciones. Más preocupante aún es la rápida capitulación ante sus demandas. Es asombrosa la ausencia de voluntad de lucha y de defensa de las instituciones de la democracia liberal. Sabemos que esas instituciones han sido y siguen siendo imperfectas y que, a menudo, no están a la altura de su retórica y de sus ideales. Y, sin embargo, ahora, los ideales se han hecho trizas. Son el poder, el dinero y el interés propio todo lo que sube y baja por las cadenas de relaciones en las que el imperio de los hombres ha sustituido al imperio de la ley.
La Universidad de Columbia traicionó a sus estudiantes, su claustro y su reputación solo por la oportunidad de recobrar una parte de los 400 millones de dólares en subvenciones federales que el gobierno de Trump había rescindido el 7 de marzo. Un poderoso bufete de abogados de Nueva York —Paul, Weiss, Rifkind, Wharton & Garrison— accedió a proporcionar a Trump 40 millones de dólares en servicios jurídicos gratuitos a cambio de verse exonerado de la orden del Presidente por la que se vedaba a los miembros del bufete el acceso a edificios del gobierno federal y se les suspendían sus acreditaciones de seguridad. Ni la universidad ni el bufete se defendieron, aunque con toda seguridad podrían haberlo hecho. Al parecer no lo hicieron porque creían más en el dinero y en los privilegios que en la verdad y la justicia. Probablemente a muchos les parezca ingenuo haber actuado de otra forma.
Tales capitulaciones se producen después de que Chuck Schumer desistiera de hacer valer el estrecho margen de maniobra de que disponían los demócratas durante las deliberaciones sobre el presupuesto para oponerse a los recortes de Trump y se inscriben en la misma línea que las concesiones que comenzaron a hacerse inmediatamente después de las elecciones. Recordemos que ABC News zanjó una demanda por difamación que Trump había interpuesto en represalia por los comentarios hechos en antena por el presentador George Stephanopoulos y convino en donar 15 millones de dólares a la biblioteca presidencial de Trump. Meta resolvió una demanda que Trump había interpuesto contra Facebook (e Instagram) a raíz de que se lo suspendiera de la plataforma tras la revuelta del 6 de enero. La empresa desembolsó 25 millones de dólares, de los cuales 22 se destinaron a la biblioteca presidencial de Trump. Por si ello no fuera suficiente para establecerse como vasallo fiable, Mark Zuckerberg se plegó aún más y suprimió los verificadores de datos al mismo tiempo que relajaba la moderación de contenidos en las plataformas de Meta.
Trump está extorsionando a las empresas para conseguir dinero y valiéndose del dinero para extorsionar a las instituciones. Su modus operandi son el saqueo y la depredación, mientras por otro lado exige lealtad y castiga a quienes lo traicionen. Los líderes de los medios de comunicación, de la jurisprudencia y del mundo académico besan servilmente el anillo.
En su «Discurso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres», Jean-Jacques Rousseau describió las tres etapas en que se dividía el avance de la desigualdad. En la última de las tres, el poder legítimo se transforma en poder arbitrario. Rousseau escribe:
[…] [en] el último término de la desigualdad […] todos los particulares conviértense en iguales, porque no son nada, pues no teniendo los súbditos otra ley que la voluntad del amo, ni éste otra regla que sus pasiones, las nociones del bien y los principios de justicia desvanécense incesantemente. Aquí todo lleva a la imposición de una sola ley: la del más fuerte.
Nuestras instituciones se están autodestruyendo. Lo que en educación cívica antaño se nos enseñaba sobre el equilibrio de los poderes ha dejado de servir. Ahora la lucha es aún más urgente y peligrosa. Muchos de nosotros hemos dado por sentado un sistema en que, en última instancia, aquellos como nosotros estarían bien, siempre y cuando hiciéramos nuestro trabajo y mantuviéramos gacha la cabeza. Algunos nos hemos sentido lo suficientemente seguros como para jugárnosla, armados con la sensación de que lo que es justo y recto y noble prevalecerá. Algunos hemos confiado en que los hechos y la verdad nos redimirían cuando nos llegara la hora de enfrentar a los tribunales. Esos días han quedado atrás.
Nuestra lucha no puede tener como objetivo hacer que esos días vuelvan, al menos no a la vieja usanza. Nuestra lucha tiene que ser por algo mejor, por una economía orientada a satisfacer las necesidades, no a obtener ganancias, por unas relaciones sociales de igualdad y respeto mutuo. Es esa una lucha que podemos ganar.
Tradujo del original en inglés Rolando Prats.
Imagen: Alguien sostiene un cartel mientras protesta frente a las oficinas de Paul, Weiss, Rifkind, Wharton & Garrison el 25 de marzo de 2025 en la ciudad de Nueva York. (Michael M. Santiago / Getty Images). Cortesía de The Nation.





