“On World-Building: Lessons From a Martyred Teacher”, de Bayan Haddad, apareció originalmente en forma digital en el sitio de la revista Protean. Su traducción al español para su publicación en Communis ha sido autorizada tanto por la autora como por Protean.
«Contar la historia de Oudeh es rechazar la profunda desigualdad del mundo. Es insistir en que importa su construcción de mundo. En Palestina, la palabra “mártir” (shaheed) no significa glorificación de la muerte, sino más bien reconocimiento de que los asesinados por la maquinaria colonial siguen siendo testigos que inquietan a los vivos con su presencia indeleble.»
— Bayan Haddad
Cuando se habla de educación, se suele asumir un cierto grado de continuidad. Enseñas a tus alumnos, aprendes de ellos, algunos terminan por convertirse en tus pares. Años más tarde, puede que te tropieces con ellos, y tal vez ese día andes con el pelo desaliñado o el hiyab mal puesto. Intercambiarás con ellos sonrisas y breves comentarios sobre cómo va cada uno, y te marcharás sintiéndote orgullosa de lo lejos que han llegado y con cierta desazón por el tiempo transcurrido. Semejante visión de la experiencia educativa da por sentado que se dispone de tiempo y seguridad y que se tiene el lujo de crecer. Da por sentado que tanto el profesor como el alumno tendrán un futuro en el que volverse a encontrar.
Sin embargo, aquí, en Palestina, no suele ser así. Bajo la ocupación, es otro el tipo de experiencia educativa: una de constante interrupción, borradura e impaciencia, impartida por la maquinaria del proyecto colonial. Luego de reflexionar sobre los escritos de Shirin Vossoughi, he llegado a conceptualizar esas metodologías contrapuestas de una manera particular. La vida y la muerte de mi alumno Oudeh Hathaleen es la manifestación por excelencia de ese violento choque entre dos pedagogías: una, consagrada a la asidua labor de acumulación que supone la construcción de mundo; la otra, volcada en la frenética y mecanizada labor de destruirlos.
En la primavera de 2017, en mi condición de profesora adjunta de la Universidad de Hebrón, impartí a Oudeh un curso de literatura inglesa. Recuerdo dónde solía sentarse y su amplia sonrisa. Años más tarde, nos hicimos amigos en Facebook. Habiéndome percatado de los incansables esfuerzos que hacía por apoyar a su comunidad en Masafer Yatta, le envié un mensaje: «Me siento orgullosa de ti y de la importante labor que realizas.» Maestro, activista comunitario y padre de tres hijos, Oudeh, quien había documentado y escrito sobre la violencia colonial de los colonos y las autoridades israelíes —como en un artículo para la revista +972 Magazine— llegaría igualmente a trabajar como consultor en la producción de No Other Land, documental premiado con un Óscar.
Vivía y trabajaba en el poblado de Umm al-Khair —cuyo nombre significa «La madre benevolente»— fundado por familias de beduinos refugiados que se habían visto expulsados de Arad, en el Naqab, durante la Nakba de 1948. Umm al-Khair es una de las 19 comunidades palestinas que componen Masafer Yatta, conjunto de aldeas y poblados de las ventosas colinas del sur de Hebrón, dentro de la Zona C de la Ribera Occidental ocupada, administrada y mantenida bajo control total por Israel. Aquí, la vida transcurre bajo la sombra de la borradura, rodeada por asentamientos israelíes. Piénsese sino en el deshumanizante apodo de «Zona de tiro 918» que le diera Israel en la década de los ochenta, y se comprenderá de inmediato por qué se ha convertido en un lugar cuyos residentes sufren de lo que ellos mismos describen como depuración étnica en cámara lenta: el doble asalto de la violencia estatal sistémica y de la violencia cotidiana e íntima perpetrada por los colonos, respaldados y envalentonados por los soldados. De modo que vivir en Masafer Yatta, como lo hacía Oudeh, es practicar la resistencia, en su forma más ordinaria y cotidiana, contra un sistema diseñado para el exterminio.
La noticia llegó un lunes por la noche, como suele ocurrir por estos lares: un repentino mensaje por WhatsApp. Me lo enviaba mi amigo Issa Amro. Un colono —escribió— había asesinado a tiros a Oudeh. Leer aquel mensaje fue un momento devastador y otra confirmación brutal de que vivimos todos en la mirilla. A estas alturas, la mente se ha habituado a un constante flujo de noticias desgarradoras, pero el cuerpo sabe más. No pude sino sentarme, única respuesta física que atiné a dar ante un torrente de dolor. Dejé correr las lágrimas. Una parte de mí sentía que, como profesora suya, había incumplido con mi deber de protegerlo.
Un mes después, logré finalmente visitar Masafer Yatta, en compañía de un grupo de activistas internacionales e israelíes, pues, como soy palestina, lo más probable es que me hubiesen disuadido de ir sola. Tuve el honor de sentarme con la familia de Oudeh. Hablaron del hijo y del esposo afectuoso, del estupendo amigo y del pilar que para su comunidad había sido, lo cual confirmó algo que ya había intuido. En su dolor, me confiaron sus historias. Muchos de los pormenores de este artículo se los debo a la familia de Oudeh y me fueron transmitidos en un acto compartido de remembranza y testimonio.
Oudeh significa awdah, o «retorno». Su vida fue un rechazo de la idea de que todo retorno es un acontecimiento singular que aguarda en un futuro lejano. Para Oudeh, el retorno era algo que se experimentaba en acciones cotidianas que son fuente de vida y hunden sus raíces en el presente: enseñar inglés, pintar las paredes de la escuela, comprar verduras para las familias necesitadas, reunirse con los jóvenes en el centro comunitario, jugar al fútbol con los niños, recibir a visitantes y capturar historias con su cámara. Practicaba un modo de vida que le exigía llevar a cabo acciones marcadas por el prefijo «re-», día tras día, una y otra vez: regresar a la tierra, reconstruir instalaciones demolidas, reabastecer las necesidades de sus tres hijos y su comunidad, levantarles el ánimo. Como padre, parecía experimentar lo breve y precario de la vida en esos lugares; a menudo sus fotos lo muestran abrazando a sus hijos y saludando a la cámara.
En otras palabras, era la encarnación de la empatía y la imaginación necesarias para construir y mantener prácticas comunitarias de amor y cuidados; características que debe tener, entre otras cosas, todo verdadero estudiante de literatura. En una ocasión, mientras conversaba con Green Olive Solidarity Network, Oudeh les dijo a quienes en todo el mundo simpatizan con la causa palestina: «A veces te encuentras en una situación en la que te sientes solo. Y es esa realmente la sensación más dura de todas.» Pero Oudeh no lo estaba: su relación ética, basada en sus vínculos con la tierra y la comunidad, lo hacía acoger a todo el mundo, rechazando así las divisiones impuestas por la ocupación. Y era capaz de ver más allá de su propia lucha. «Nosotros, los de aquí —dijo en otra ocasión— no estamos en contra de nadie. No estamos en contra de los colores, las nacionalidades o las religiones… Vemos a las personas como seres humanos y queremos lo mismo de ellas.» Espíritu de apertura y compasión que caracterizaban a Oudeh y que lo llevaban a acoger una y otra vez a activistas y visitantes de todo el mundo. Lo cual también nos habla de su deseo de hacer algo para que su comunidad se sintiera menos sola.
Oudeh conocía la regla tácita de la labor del activista: ser lo suficientemente palestino para ser escuchado, pero no tanto como para perturbar a un mundo que exige víctimas perfectas.
Oudeh conocía la regla tácita de la labor del activista: ser lo suficientemente palestino para ser escuchado, pero no tanto como para perturbar a un mundo que exige víctimas perfectas. La víctima ideal ha de mantener ese absurdo equilibrio. Sabía, además, que el mero hecho de documentar su existencia lo hacía más vulnerable. Estaba atrapado en lo que la escritora y médica Lara Sheehi denomina «documentación coercitiva», esa condición en la que los palestinos se ven obligados a registrar su propio despojo, no por elección propia, sino por necesidad. En Masafer Yatta, ello se traducía en que Oudeh tuviese que arriesgarse una y otra vez a apuntar con una cámara a excavadoras y soldados, consciente de que, para el colonizador y para gran parte del mundo, si no hay imágenes, es como si la violencia no hubiese acontecido. El principio es claro: si no aportas pruebas que no puedan refutar, no existes en su mundo.
Sin embargo, Oudeh se negó a ser un pasivo archivista de su propia borradura. Aunque el argumento de Sheehi se centra en las palabras «presurizantes», el lenguaje hablado y escrito como «herramientas metodológicas», los principios que articula se extienden a la documentación visual que se resiste al control del relato por el colonialismo de asentamientos. Las filmaciones de Oudeh mostraban lo que uno de los pacientes de Sheehi denomina «urgencia por presurizar» el testimonio. Oudeh transformó la coacción en una herramienta metodológica con que poner a prueba la realidad. En un sistema volcado en la distorsión ideológica, o «deformación de la realidad», y la negación de la existencia de los palestinos o de su propiedad sobre la tierra, la cámara de Oudeh no sólo recababa reconocimiento, sino que también se oponía a la mentira. Insistía en que el olivo estaba allí, la casa estaba allí, la vida estaba allí.
Oudeh vivió la cruel paradoja de la «promesa de una utilidad futura», la esperanza de que ese testimonio pudiera servir, algún día, para hacer justicia. Sin embargo, no esperó a que llegara ese día lejano. Al añadir esas presiones al marco narrativo, convirtió su documentación —como dijera uno de los pacientes de Sheehi— en un acto de «reafirmación de la vida» que él vivía, allí y entonces. Parecía comprenderlo perfectamente. «No hay que rendirse —afirmó en una entrevista—. Los resultados pueden tardar años y años y años. Así que hay que ser paciente.» Para vivir en Umm al-Khair —declaró— hay que ser paciente y tener esperanza: «No se puede vivir sin esperanza»— concluyó.
Su esperanza inquebrantable se manifestaba incluso en los momentos de derrota. Poco antes de su asesinato, se le impidió entrar en Estados Unidos. Por invitación de una sinagoga, había planeado una gira de conferencias. A pesar de haber obtenido los visados requeridos, a Oudeh y a su primo se los retuvo durante horas en Los Ángeles antes de que un agente les dijera que no eran bienvenidos. Lo primero que hizo fue llamar a Hanadi, su esposa, no sólo para darle la mala noticia, sino para insistir en comprarle un regalo en el aeropuerto. Inmediatamente después de regresar a Palestina, renovó su pasaporte y reiteró su compromiso de hacer que se escuchara la voz de su pueblo, sin importarle la humillación burocrática que había sufrido. Ese nuevo pasaporte, documento frágil que simbolizaba una existencia precaria, no llegó a utilizarse.
El lunes 28 de julio de 2025, un colono israelí a bordo de una excavadora se puso a destruir olivos y a arrasar las tierras de la aldea. Enfrentado a la comunidad, que arrojaba piedras contra la excavadora, el colono embistió con la cuchilla de la máquina a un hombre llamado Ahmed Hathaleen, dejándolo inconsciente. La situación se agravó con la llegada de otro colono de mala reputación, llamado Yinon Levi, jefe de una empresa de demolición. Blandiendo un arma de fuego, Levi amenazó a uno que estaba filmando. En el vídeo del ataque se oyen los gritos en árabe de los habitantes del poblado; un palestino se dirje varias veces a los demás para que «se vayan», mientras le dice al colono: «dispárame». Es soltero; si alguien tiene que morir de un balazo, quie sea él quien se sacrifique en lugar de algún otro con hijos.
«Dispárame»—le dijo al colono, en el lenguaje de un pueblo obligado a vivir en el límite, tan angustiado por lo que pueda suceder que casi prefiere la simple certeza del acto.
Es ese el lenguaje de un pueblo obligado a vivir en el límite, tan angustiado por lo que pueda pasar que casi prefiere la simple certeza del acto. Yinon siguió blandiendo su arma y profiriendo insolentes amenazas contra las familias. Finalmente, abrió fuego. Apuntó hacia el centro del poblado. Según cuenta Jasper Nathaniel, entre quienes se encontraban en la línea de fuego había cuatro niños pequeños. Una de las balas de Yinon Levi alcanzó a Oudeh Hathaleen en el pecho. Oudeh ni siquiera se había visto envuelto directamente en el enfrentamiento; había estado filmando el incidente desde cerca del mismo centro comunitario donde realizaba su labor educativa. Cayó desplomado en el patio de recreo de la escuela de la comunidad en la que enseñaba.
En otro vídeo, filmado por el propio Oudeh, poco antes de que la imagen se quedara en blanco, en los precisos instantes en que el testigo (shahed) se convirtiera en mártir (shaheed), se puede oír la menuda y clara voz de Hammoudeh, su hijo de tres años. En medio del caos, se oye al niño repetir febrilmente, antes de romper a llorar: «Ya Rub» (يا رب), «Oh, Señor». Aunque no podemos verlo, está claro que ve a su padre desangrarse ante sus propio ojos. Es una llamada desesperada y primitiva a un poder superior.
Para los colonos, en cambio, su creencia en la primacía de sus autodeclarados derechos sobre la tierra constituía en sí misma un poder superior, por encima del valor de la vida de Hammoudeh y la de su padre. La empresa de los asentamientos está animada en parte por la ideología kookista, basada en el pensamiento del rabino y líder sionista Abraham Isaac Kook, radicalizada aún más por su hijo Zvi Yehuda y sus seguidores. Los kookistas entienden la santidad por medio de la tríada formada por la Tierra de Israel (Eretz Yisrael), el Pueblo de Israel (Am Yisrael) y la Torá (Torat Yisrael). Los tres se consideran inseparables; la tierra es santificada sólo por el pueblo judío que vive según la Torá, y la redención requiere la posesión total de la tierra. Todo esto supone una desviación respecto de la anterior tríada teológica de Dios-Torá-Pueblo. Y tiene como efecto que se confundia la posesión territorial con la voluntad divina, o incluso que se erradique por completo la distinción. El colono no espera por el mandamiento de Dios; persigue lo que quiere creer que es su derecho divino a la tierra.
En aquel instante, la súplica de Hammoudeh al cielo se vio ahogada por la violencia de alguien decidido a reclamar su propio reino. Poco después, se vio a Yinon Levi reírse en compañía de otros colonos y soldados mientras los pulmones de Oudeh colapsaban.
Un estudiante de medicina estadounidense corrió al lugar para tratar salvar a Oudeh, quien permaneció consciente en sus postreros instantes, la voz cada vez más débil a medida que la escena se volvía cada vez más grotesca: más y más colonos y soldados israelíes se aglomeraban en las inmediaciones, sus risas y conversaciones cada vez más audibles. En los propios instantes en que Oudeh yacía moribundo, se había puesto ya en marcha el castigo colectivo. Fuerzas israelíes se presentaron en el poblado, esquivando a los palestinos que habían sido testigos de lo ocurrido y trataban de explicárselo y acorralando a los pobladores en una zona cercana como si fueran ganado. Los soldados escucharon a Yinon Levi identificar a quienes presuntamente habían lanzado piedras —señalándolos uno a uno— y uno a uno se procedió a detenerlos en el acto sobre la base del testimonio exclusivo de Yinon Levi.
Finalmente, se trasladó a Oudeh en una ambulancia israelí al Centro Médico Soroka en Beersheba. Estaba solo; no se permitió que ningún familiar lo acompañara. En un inicio, se informó de que aún estaba vivo, lo que generó una fugaz sensación de esperanza que sirvió para anestesiar a la gente. No fue sino hasta más tarde, ese mismo día, que se confirmó que había muerto.
Ni siquiera esa noche se permitió que los habitantes de Umm al-Khair, exhaustos y desconsolados, pudieran llorar en paz a Oudeh. Un grupo de soldados irrumpió en el poblado, iluminando con sus linternas los rostros afligidos, entre ellos el de Hanadi, la esposa de Oudeh, quien los sorprendió mientras saqueaban su dormitorio. Se marcharon después de aterrorizar a los pobladores y secuestrar a varios de ellos con el pretexto de interrogarlos. Cuando al día siguiente la comunidad intentó celebrar un funeral —sin poder aún enterrar a su hijo, cuyo cuerpo permanecía en manos de sus captores—, soldados israelíes irrumpieron también en ese espacio de duelo.
Esperaron a que la gente se reuniera antes de iniciar la redada y dar por un megáfono la orden de que todos los que no vivieran en Umm al-Khair se marcharan. También irrumpieron en el espacio reservado a las mujeres. Varias niñas pequeñas parecían asustadas, una se cubría los oídos, otra gritaba: «He visto a un soldado con una bomba», al tiempo que una madre abrazaba con fuerza a su bebé mientras soldados enmascarados registraban frenéticamente el espacio. «Siempre les digo a mis hijos que no existen los monstruos. Pero luego ven a los soldados. ¿Cómo puedo convencerlos ahora?»—me dijo, impotente, una madre.
Abdaljawad Omar describe cómo esa continua violencia crea un «abismo temporal» en que se «usurpa y deniega» el tiempo necesario para el duelo. Como explica Omar, el duelo requiere una temporalidad específica —una «durée»— para procesar el dolor. Pero los palestinos viven bajo un duelo constante y recurrente que hace casi imposible un duelo genuino. «Pensaba para mí mismo que ni siquiera en las tragedias griegas había ocurrido nada parecido»—me dijo en una ocasión un activista.
En la muerte, Oudeh siguió construyendo mundo; la ocupación siguió destrozándolos.
La violencia no terminó con la bala; continuó infligiéndose durante los días siguientes por medio de la arquitectura de la impunidad sistemática. A Yinon Levi pronto lo pusieron en libertad bajo arresto domiciliario, mientras los palestinos permanecían detenidos. La campaña de terror frenético del ejército no podía tolerar ni siquiera la persistente presencia de los muertos, ya que el poder del mártir emana del hecho de seguir enseñando después de la muerte. Para contrarrestar ese poder, no podía cesar la pedagogía del terror. En la muerte, Oudeh siguió construyendo mundo; la ocupación, siguió destrozándolo. Al día siguiente, la excavadora volvió al lugar y reanudó su misión de venganza. Khadra —nombre que significa «exuberante», señal de su relación con la tierra—, la madre de Oudeh, preguntó con voz quebrada y lágrimas en los ojos algo así como: «Entonces, ¿para qué perdió la vida mi hijo? ¿Sólo para que volviera la excavadora?»
Una semana después del asesinato de Oudeh, se secuestró e interrogó durante días y se les confiscaron sus teléfonos a varios miembros de su familia sin que mediara la asistencia de ningún abogado. Durante ese tiempo, un interrogador le mostró a un joven pariente el vídeo del incidente y le preguntó repetidamente: «¿No ves que Yinon tenía miedo?» El mensaje implícito era claro. Se había asustado, por lo que estaba en su derecho de disparar sobre familias desarmadas. Es esa la esencia de la lucha: el colonizador tiene derecho a su miedo; los colonizados deben soportar su carga, hasta la muerte. Es eso lo que el académico Ahmad Kabel denomina «manipulación epistémica», en la que la interpretación de la realidad por parte del agresor se impone violentamente sobre el hecho presenciado, haciendo que la víctima cuestione su propia verdad.

A pesar de que Israel intenta colonizar el dolor de los habitantes de Umm al-Khair, estos han mantenido firmemente en alto sus propias normas de dignidad. La retención del cuerpo de Oudeh constituyó un acto de necroviolencia, un mecanismo que extiende la dominación de los palestinos por el Estado de Israel más allá de la muerte. Esa retención del cuerpo de los mártires es un calculado intento de desmantelar los espacios comunitarios de rebeldía al que a menudo sirven de fomento los funerales*.
En protesta, la madre de Oudeh y sesenta mujeres más del poblado iniciaron una huelga de hambre para exigir la devolución de su cadáver. Tras diez días de huelga, bajo una presión cada vez mayor, las autoridades cedieron, no sin antes imponer severas restricciones con el objetivo de sofocar el duelo colectivo. Sellaron las entradas del pueblo y autorizaron la asistencia a los funerales sólo de los residentes de Umm al-Khair. Además, negaron a la familia de Oudeh el derecho a darle sepultura en el cementerio ancestral de la localidad. En su lugar, la familia se vio obligada a enterrarlo en otro cementerio, ubicado allí donde lo dictaron las fuerzas de ocupación.
Tras una breve procesión desde la casa de su hermano hasta la escuela donde impartía clases, los habitantes de Umm al-Khair llevaron a Oudeh en andas, envuelto en la bandera palestina, a través de las colinas. Semejante desafío a voz en cuello ilustra lo que Abdaljawad Omar describe como «traicionar el dolor y robustecer el agravio»: la necesidad de los palestinos de celebrar en los funerales y, con ello, negar a sus opresores la satisfacción de presenciar su derrota. Para los palestinos —escribe Omar— «llorar es como cometer una especie de traición, una traición que denota una conciencia colectiva de la imposibilidad de un genuino duelo bajo el yugo de un poder asimétrico». Por el contrario, asumen la necesidad de «transforma[r] el dolor en reivindicación o agravio».
Khadra, con la mano magullada por el enfrentamiento con un soldado, pero con el espíritu intacto, enterró a su hijo.
Las palabras de Mahmoud Darwish son un testimonio más del poder de la muerte del mártir:
Amigos del viajero lejano,
no preguntéis: «¿Cuándo volverá?»
No preguntéis demasiado,
preguntad: ¡cuándo
despertarán nuestros hombres!
El poema redefine el retorno no como una cuestión de tiempo, sino como una desafiante exhortación a despertar políticamente. El retorno de Oudeh, en cuanto mártir, es un retorno sin fin que la maquinaria del poder no puede someter a su control

Watan’s drawing.
***
El asesinato de Oudeh fue un eco sombrío. A su propio tío, Haj Suleiman al-Hathaleen, conocido activista por la no violencia, lo habían asesinado en enero de 2022 luego de que un camión de la policía israelí lo atropellara y arrastrara su cuerpo por varios metros. Los paralelismos entre la muerte de Oudeh y la de su tío revelan el ataque sistemático contra los líderes palestinos en Masafer Yatta: el precio de ejercer la ética comunitaria y la agencia política. A Haj Suleiman lo asesinaron mientras intentaba detener una redada de confiscación. A Oudeh lo asesinaron a tiros mientras documentaba la confiscación de tierras.
En ambos casos, la misma calculada crueldad. Sus respectivos asesinatos demostraron que, para la fuerza ocupante, cualquier presencia palestina, cualquier resistencia, por mínima que sea, constituye una amenaza que ha de eliminarse. El colonialismo de asentamientos aborrece la plenitud de toda vida floreciente; sus acólitos necesitan aplastar y ocultar la realidad de las comunidades que invaden, toda su humanidad y alegría, robarles incluso el brillo de sus ojos. Es una estrategia que apunta tanto a las raíces como a las ramas de la comunidad. Con el asesinato de Haj Suleiman, ya anciano, la maquinaria de la muerte cercenó un nexo con la memoria histórica. Con el de Oudeh, todavía joven, buscó asesinar el futuro. Es esa la escalofriante lógica del proyecto colonial, que entiende que debe aplastar la esperanza en todas sus formas.
En aquel entonces, Oudeh había hecho el elogio de su tío, cuando escribió que Umm al-Khair se sentía huérfana sin su sabiduría. Hoy, somos nosotros quienes hacemos el elogio de Oudeh. Ambos se enfrentaron a la maquinaria y ambos fueron abandonados a su suerte en su propia tierra.
Para Darwish, la lucha en la Palestina histórica es una batalla entre dos memorias: una, histórica; la otra, mítica y negativa, que busca bloquear el acceso a la historia verdadera.
Hammoudeh sigue acudiendo al lugar donde asesinaron a su padre. Les dice a otros niños: «Papá cayó, pero se levantará.» Para él, su padre volverá, resucitado. Entretanto, Watan —nombre que significa «patria»—, el hijo mayor de Oudeh, busca encontrarle sentido a lo que no lo tiene. Le preguntó a su madre: «¿Por qué papá no entró en la casa y cerró la puerta?» La pregunta de Watan obedece a la lógica de un niño que intenta comprender un acontecimiento impulsado por la violenta irracionalidad del mito de los colonos. Según escribiera Darwish en Estado de sitio, «cuando se necesitan mitos, simplemente llaman a nuestras puertas», o simplemente las derriban. A ese respecto, describió la lucha en la Palestina histórica como una batalla entre dos memorias: «una memoria histórica y una memoria mítica negativa». En esta última, dice en otra parte, «nos vemos obligados a volver a los mitos inhóspitos en que no tenemos cabida».
En el fondo, la violencia frenética y la impaciencia de la maquinaria nacen de su propia inseguridad. Los colonizadores, obsesionados por la fragilidad de su reclamo, necesitan un pasado mitificado para justificar su proyecto. Es esa la colisión a la que se refiere Mahmoud Darwish: la «memoria histórica» palestina se enfrenta a la «memoria mítica negativa» de los colonos, que bloquea el acceso a la historia verdadera. Mitos que «se niegan a ajustar su trama» y que, en cambio, «”ajustan” la realidad por medio de excavadoras». En este caso, la excavadora no es sólo una herramienta de construcción, sino el instrumento elegido por el mito para el revisionismo histórico. Por definición, el proyecto de conquista y colonización requiere destrucción y violencia. La excavadora y la bala borran la memoria histórica e imponen el mito negativo.
La pedagogía del terror de la maquinaria no es una aberración, sino una lección diaria, una que me enseñaron el mismo día en que el mundo celebraba una película que Oudeh había contribuido a crear. El día en que No Other Land ganó un Óscar, en marzo, mi primo y yo viajábamos en automóvil de Hebrón a Ramala. Doy clases en la Universidad de Birzeit, mientras que él trabaja en una empresa de seguros. Al acercarnos al asentamiento de Beit El, nos encontramos con que la puerta del puesto de control estaba cerrada. Aparcamos y encendimos nuestros teléfonos para buscar en los múltiples grupos de WhatsApp alguna novedad sobre el estado de las carreteras.
Casi inmediatamente, se acercaron unos soldados y nos pidieron las llaves del automóvil y nuestros documentos de identidad y nos hicieron fotos de nuestros rostros junto a ellos, mientras mi primo preguntaba repetidamente en hebreo si habíamos hecho algo indebido. «No»—repetía, impaciente, el soldado. Le pregunté en inglés por qué nos retenían. Me dijo que no podía decírnoslo. Es esa la pedagogía de la detención arbitraria y el puesto de control: enseña a través de lo imprevisible, creando una suspensión temporal en la que la vida de los palestinos permanece en modo condicional. Se trata de la colonización sistemática del tiempo palestino en sí, de lo que Jasbir Puar ha denominado una forma de «debilitación temporal», en la que nuestro tiempo se fragmenta y se ralentiza, mientras que el tiempo de los colonos sigue siendo continuo y transcurriendo a ritmos regulares. La maquinaria nos enseña que nuestro tiempo, nuestro futuro, nuestra vida no importan.
La espera se prolongaba. Después de casi dos horas, el soldado nos pidió que le entregáramos nuestros teléfonos. Mi primo se resistió, pero el soldado respondió fríamente que si seguíamos discutiendo nos retendrían allí todo el día. Acto seguido, nos ordenó que siguiéramos su jeep hasta otro puesto de control, esta vez abierto. Más tarde le pedí a un soldado que me permitiera salir del vehículo para orinar. Como no había baño, tuve que buscar un lugar al aire libre, acompañada por una soldado. Para entonces, ya había perdido mi primera clase.
Una vez de vuelta en el automóvil y al ver mis lágrimas silenciosas, el soldado me dijo: «No te retendrán todo el día». «¿Qué más da?»—le respondí. «No ves en mí a un ser humano, ¿verdad?» Era la primera vez que me enfrentaba a la retórica de un rifle. En el momento en que dejé colgando la pregunta en el aire, recordé a una alumna mía a la que habían puesto en detención administrativa. Me contó que tenía que peinarse con un tenedor y que en una ocasión pidió almohadillas sanitarias, para lo cual citó la Tercera Convención de Ginebra, pero los soldados se rieron de ella. Esta vez, a la soldado no le dio por reírse, sino que respondió impaciente: «Escúchame bien, no hago otra cosa que obedecer órdenes.»
¿Sabes quién más no hacía sino obedecer órdenes? Antes de que pudiera decirlo en voz alta, mi primo, que sentía cómo la tensión aumentaba, intervino. Dijo en perfecto hebreo: «Queremos sólo paz.» A lo que la soldado respondió: «Yo también.» Esa conversación, que probablemente parta para ellos de una noción del todo diferente del mismo concepto, es el lenguaje de la maquinaria en su forma más generosa. No importa que la imagen de paz de la maquinaria se base en la destrucción de nuestra propia paz.
Nos retuvieron durante otra media hora mientras los soldados se burlaban unos de otros con actitud adolescente. Finalmente, tal vez tras recibir órdenes, uno de ellos asintió con la cabeza. Nos lanzaron las llaves del automóvil y nos dejaron marchar.
El suyo es un sistema que necesita la desesperación palestina para mantenerse. Ese implacable robo de vidas da lugar a lo que Victor Shammas denomina ontocidio: la destrucción del sentido de un pueblo y de su voluntad de cuidar del mundo. Recuerdo que en cierta ocasión un colega me dijo: «Mientras los estudiantes se quejen, es una buena señal. Significa que les importa, que hay algo que hay que cambiar, que piensan en un futuro aquí. Me temo que llegará un día en que simplemente no lo hagan.» De hecho, bajo el peso aplastante de una estructura genocida en marcha, con el mundo entero incapaz de detener el horror, muchos, especialmente en Gaza, se han visto empujados a retirarse del mundo y de las actividades cotidianas de la vida, incluida la educación. Ese deliberado embotamiento del interés, ese asesinato del potencial, de los sueños, del sentido de pertenencia, es obra de un colonizador que actúa sin control, con la complicidad y el apoyo de una impunidad absoluta.
¿Cuál es, entonces, la pedagogía del colonizador? Su plan de estudios no se describe claramente en los libros de texto, sino en actos. Se manifiesta en la destrucción de casi todos los edificios escolares y de todas las universidades de Gaza, junto con los frecuentes ataques a los recintos universitarios de la Ribera Occidental, las rondas de patrullas en la Universidad de Hebrón, el uso del campus de Kadoorie como base militar, las constantes redadas en Birzeit, el asalto a espacios estudiantiles y las golpeaduras. Es evidente en el asesinato de los estudiantes y profesores más brillantes. Es evidente en las depredaciones del sionismo, tan numerosas y múltiples que forman un «enjambrecidio», según la expresión de Abaher El-Sakka, citado en el ensayo de Ahmad Kabel sobre pedagogía y testimonio. No se trata sólo de genocidio, sino también de ontocidio, escolasticidio, espaciocidio, epistemicidio, memoricidio.
La maquinaria colonial es impaciente porque se siente insegura, convencida como está de que no hay otro modo de asegurar su existencia que destrozando el mundo de los demás.
El plan de estudios del colonizador se lo han aprendido bien los colonos, quienes se han enseñado a sí mismos frases en árabe sólo para poder insultar y burlarse de los palestinos. Le gritan a Khadra, la madre de Oudeh, desde el otro lado de la cerca: «¡Ya está muerto!» Esto se hace evidente en la forma en que Watan, el hijo de Oudeh, dibuja un auto de policía y una ambulancia en lugar de una casa y un sol. Es evidente cuando los israelíes publican vídeos en los que gastan bromas a sus padres diciéndoles que están recaudando dinero para Gaza y divirtiéndose con sus reacciones enfurecidas y su deshumanización sin ambages. Es evidente cuando los soldados irrumpen en las escuelas y golpean a los profesores delante de sus alumnos. Es evidente cuando a los alumnos y maestros de la escuela Umm al-Khair les roban al más querido de sus maestros y colegas.
Lo cual nos lleva de vuelta a las diferentes pedagogías y a las temporalidades en las que habitan. La maquinaria colonial opera en un tiempo frenético y lineal. Es el tiempo de la reacción instantánea, de la escalada a toda prisa, de la bala mortal. Esa maquinaria es impaciente porque se siente insegura, convencida como está de que no hay otro modo de asegurar su existencia que destrozando el mundo de los demás. Su objetivo es crear un perpetuo presente de crisis, en que el pasado es un mito que ella misma inventó y el futuro es una posibilidad que ella misma ha descartado. Su violencia maníaca revela su fragilidad.
La pedagogía de Oudeh, la pedagogía del retorno, existe en un tiempo diferente. Es el tiempo cíclico y acumulativo del habitante autóctono, el agricultor, el antepasado. Es el tiempo de plantar un olivo que cosecharán los nietos. Está en Oudeh («retorno») la esperanza de que Watan, su hijo cuyo nombre significa «patria», llame a su propio hijo Oudeh, para que su nombre sea «el retorno de la patria». Es la paciencia de la que hablaba Oudeh, arraigada en el conocimiento de que donde algo cicatriza algo también se renueva y que, como una estación, retorna la esperanza. Esa pedagogía entiende que el verdadero poder no está en la velocidad frenética de la maquinaria, sino en la labor constante y paciente de construir un mundo digno de la vida humana y más que humana. Es una lección lenta, ardua y, como demuestra el retorno interminable de Oudeh, imposible de borrar.
En cuanto educadores, ese choque de pedagogías nos plantea la tarea de elegir cuál adoptaremos y cultivaremos. Enseñar en un mundo de profunda desigualdad es navegar por un paisaje en el que «la pedagogía no viaja de manera uniforme», como escribe la educadora Hanan Habashi. La activa restricción de la más elemental de las seguridades —nos recuerda— obstaculiza la imaginación, la capacidad de concebir diferentes posibilidades, más que disminuir la inteligencia de cualquier persona. Por tanto, nuestra tarea no es simplemente impartir un plan de estudios, sino «enfrentarnos a los sistemas que limitan la imaginación». De lo contrario, como ella advierte, «el plan de clases es un registro de una desigualdad que ninguna rúbrica puede calificar».
Escribir lo que acabo de escribir, contar la historia de Oudeh, es rechazar esa desigualdad del mundo. Es insistir en que importa la construcción de mundo a la que se había consagrado Oudeh. En Palestina, la palabra «mártir» (shaheed) no significa glorificación de la muerte, sino más bien reconocimiento de que los asesinados por la maquinaria siguen siendo testigos que inquietan a los vivos con su presencia indeleble. Las propias palabras de Oudeh así nos lo exigen, al suplicar al mundo que «no sólo sea solidario con los palestinos, sino que también actúe para que se les haga justicia. Hagan algo por ellos. Hagamos todo lo posible para detener todo tipo de ataques.» Es esa una exhortación a una acción inequívoca. Pues, como concluye Ahmad Kabel, «el testimonio es un imperativo pedagógico que conlleva la carga moral y práctica de la capacidad de sentido, la capacidad de respuesta y la acción». Es el testimonio ético como pedagogía pública, una pedagogía que permite al estudiante y al profesor sentirse incómodos, desaprender y «rechazar el orden jerárquico de la vida», para que algún día el aprendizaje, la verdad, la justicia y la paz puedan viajar, de forma equitativa y libre, por todo el mundo.
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*La retención del cuerpo de palestinos asesinados es una práctica grotesca y sistemática de las autoridades israelíes. Es de conocimiento público que, en virtud de esa práctica, se retiene el cuerpo de cientos de palestinos asesinados en los llamados «cementerios de números». [ Nota del editor de Protean]
Featured image: Cover image by Mahmoud Zayed. Used with the artist’s permission. Courtesy of Protean. Image insert: Watan, Oudeh Hathaleen’s son, in front of a wall with the legend “We will not leave Umm Al-Khair.” Photo courtesy of Hanadi Hathaleen via Bayan Haddad.
Translated from the original in English by Rolando Prats.





