NLR

Confluencias

Son cerca de las tres de la madrugada cuando partimos hacia el mahā kumbhamela. Son cinco kilómetros de trayecto desde Prayagraj (antigua Allahabad); lo hacemos con la esperanza de que a esa hora las carreteras estén más despejadas, pero a los diez minutos nos encontramos con un atasco que se extiende hasta perderse de vista. Nos damos vuelta con la intención de tomar otra ruta, pero también está bloqueada por miles de vehículos y nos dicen que tendremos que esperar ocho horas. Emprendemos el camino de regreso. Al día siguiente, intentamos tomar una embarcación en un punto más alejado río arriba, pero los peregrinos se agolpan en las orillas y todas las embarcaciones están repletas. Terminamos por hacer a pie el trayecto, lo que nos toma casi cuatro horas. A lo largo del camino hacia la entrada vemos grandes vallas publicitarias que muestran vistas aéreas del Sangam sobre las que se han superpuesto los rostros de Narendra Modi y del jefe de gobierno de Uttar Pradesh, Yogi Adityanath —el primero un poco más grande que el segundo—, y que exhortan a la multitud a «Punya phale, Kumbh chale» — «Que prospere la virtud, vayamos al kumbhá.»

Este colosal evento religioso —el mayor del mundo— se prolongó durante seis semanas a partir del 13 de enero. Los devotos acuden a purificarse de sus pecados bañándose en el Sangam, donde confluyen tres de los ríos sagrados de la India: el Ganges, el Yamuna y el mítico Saraswati. Según el calendario astrológico, cada cuatro, seis y doce años se celebran melas menores, pero se dice que el «mahā» o «gran» festival de este año coincide con una rara alineación celeste que se produce sólo cada 144 años. La magnitud del evento no tiene precedentes. La ribera del río se vio transformada en una inmensa ciudad de 4.000 hectáreas construida desde cero, con pabellones, salas de oración, tiendas de campaña, carreteras, red eléctrica, agua corriente y alcantarillado. Según los organizadores, más de 620 millones de personas —más de un tercio de la población de la India— acudieron a darse un «snaan», o chapuzón, en el Sangam.

Celebrado en Uttar Pradesh, que gobierna Yogi Adityanath, autodenominado «monje» radicalmente islamófobo reconvertido en político, el kumbhamela representa una oportunidad de exhibir las capacidades económicas, infraestructurales y organizativas del proyecto nacionalista hindú, tras el revés sufrido en 2024 por su hegemonía electoral. Ese año, en las elecciones generales, el Bharatiya Janata Party (BJP), o Partido Popular Indio. obtuvo la victoria por un margen mucho más estrecho de lo previsto, perdiendo bastiones como Ayodhya y quedándose con 63 escaños menos que en 2019. Para Modi y Yogi, quienes han realizado visitas muy publicitadas al festival, ha sido una oportunidad de demostrar el éxito de ese «estado de doble motor»,, en que tanto el Gobierno central como el estatal están dirigidos por el BJP. Se invirtieron un total de 7.500 millones de rupias (o 75.000.000 de libras) en la construcción de nuevas infraestructuras para el mela, entre ellas 14 nuevos pasos elevados, seis pasos subterráneos, más de 200 carreteras ensanchadas, nuevos corredores, estaciones de ferrocarril ampliadas y una moderna terminal de aeropuerto. Los funcionarios lo presentan como un programa casi de desarrollo en una zona de altos niveles de desempleo, con la promesa de 1,2 millones de nuevos puestos de trabajo y mayores ingresos para el estado. Puede que esos empleos temporales faciliten el festival de seis semanas, pero no ofrecen seguridad a largo plazo.

El evento también ha puesto de manifiesto las divisiones políticas dentro del BJP. En los últimos años, Yogi ha intentado posicionarse como el próximo primer ministro del país, pero su independencia de las instituciones centrales del «Sangh Parivar», que agrupa a organizaciones que se proclaman hindutva, entre ellas el BJP, ha dado la voz de alarma entre algunos miembros del partido. Para los aliados de Yogi, los pobres resultados del partido en Uttar Pradesh el año pasado se debieron a la insistencia de Modi en seleccionar a los candidatos. Según críticos de uno y otro bando, ello se debió a la incapacidad del partido para abordar la crisis de desempleo del estado y el desalojo masivo de residentes con el fin de dar paso a la construcción del Ram Mandir en Ayodhya. El mela es el ejemplo más reciente de ese antagonismo, ya que el gobierno central pasó por alto al estado y se asoció con la consultora Ernst and Young para la gestión de gran parte del evento.

Nos abrimos paso entre familias con niños pequeños, grupos de hombres jóvenes con vaqueros ajustados y el cabello peinado, algunas mujeres con saris comprados especialmente para la ocasión, otras con el aspecto desaliñado tras una noche de viaje en tren. Por el camino, nos tropezamos con niñas de nueve o diez años en pijama kurta que andan sobre cuerdas flojas sosteniendo en sus manos varillas de equilibrio y ollas de latón sobre la cabeza. Sentado en un extremo, con una bandeja de ofrendas delante suyo, un adolescente en vaqueros y camiseta observa con mirada indiferente. Motos cargadas de gente y pertenencias entran y salen de la multitud, haciendo sonar sus bocinas. De vez en cuando nos hacen a un lado para dar paso a vehículos VIP: coches adornados con banderas de loto que transportan a notarios del BJP, o todoterrenos de cristales tintados que llevan a estrellas de Bollywood o a políticos de alto rango.

No es necesario comprar entrada para asistir al mela, pero los peregrinos deben pagar el transporte y el alojamiento. Los visitantes más selectos vuelan en helicóptero y pernoctan en lujosos alojamientos, que cuestan entre 800 y 1.000 libras por noche, con agua caliente, aire acondicionado, bulevares bordeados de palmeras y hasta un guardia de seguridad personal. Pero la mayoría de los visitantes se ven obligados a sortear las extensas multitudes y el caos logístico. La ciudad improvisada levanta una neblina de polvo que se combina con el humo de las hogueras utilizadas para calentar los áshrams; por la noche, las farolas iluminan el aire arenoso. Las entradas a los áshrams son de un diseño elaborado: una pirámide de azafrán escalonada, imponentes imágenes del dios mono Hánuman y un enorme avión de combate de cartón piedra listo para defender al mela contra posibles enemigos. Los sistemas de sonido compiten por el protagonismo: el canto devocional de un áshram compite con el de su vecino. Me pregunto por su parecido con Burning Man.

Junto con las grandes ajadas gestionadas por órdenes monásticas, los áshrams proporcionan la mayor parte del alojamiento, la comida y la guía espiritual del evento. De ese modo, el mela combina la subcontratación neoliberal a gran escala con el modesto seva, o servicio desinteresado, prestado por voluntarios. Los áshrams y las ajadas varían en tamaño, riqueza e importancia, pero suelen representar una tendencia religiosa concreta —visnuitas, shivaistas o adeptos de Mahadevi— y mantienen vínculos con distintas regiones, comunidades o castas. Nos alojamos en un áshram acogido por brahmacharis, o renunciantes, de una casta de terratenientes de Uttar Pradesh históricamente poderosa. Nos sentamos ante el gurú, Bramacharya-ji, quien nos explica cómo los renunciantes sostuvieron su proyecto estableciendo lazos con la familia de un poderoso rajá local de Prayagraj. Nos cuenta con orgullo que sólo los renunciantes de la casta de los terratenientes Thakur eran aceptados en su redil.

La zona residencial del mela está dividida en sectores. Una noche caminamos desde el Sector 19, donde nos alojamos, hasta el Sector 16, en un paseo de treinta minutos por calles de incandescente smog. Llegamos a la más nueva de las ajadas, formada por la comunidad del «tercer género» de la India, que incluye a personas trans o pertenecientes a la categoría no convencional de «hijra», a las que se permitió asistir al mela sólo tras una sentencia del Tribunal Supremo en 2016. La ajada Kinnar cobró notoriedad en 2019 por su apoyo a ultranza a la construcción del Ram Mandir en Ayodhya. En tres lados del recinto, en gran parte vacío, hay fotos de su principal gurú principal, Laxmi Narayan Tripathi. Hay un pequeño puesto de venta de artículos para el mela y un fotomatón de selfies que permite a los peregrinos posar junto a la foto de un hijra recortado en tamaño natural. Asistimos a un ritual de adoración puya celebrado en la ajada y entre el centenar de devotos hay un puñado de mujeres hijra.

De una escala por completo diferente es la Asociación Internacional para la Conciencia de Krishna (ISKCON), o el áshram Hare Krishna. En su entrada aparece el logotipo del Grupo Adani junto al panteón hindú. En el vestíbulo nos reciben Krishnas mecánicos de cuatro metros de altura; los visitantes se detienen a posar para la cámara. Conocida por su distribución gratuita de comida y sus cantos, la ISKCON fue fundada por Bhaktivedanta Swami Prabhupada en Nueva York a finales de los años sesenta. Aunque se ha tendido a considerar que los devotos de Hare Krishna son hippies occidentales envejecidos en busca de una enigmática «espiritualidad» oriental, la diversidad regional y la clase media de los devotos de su áshram en el kumbhá apuntan a la influencia nacional cada vez mayor de ese vástago hindú transnacional.

Las referencias a Rama, héroe mítico del Ramayana, son omnipresentes. Cuando los devotos salen del Sangam, se les embadurna la frente con pintura y un signo devocional por un módico precio. Históricamente, solía ser el tridente del Señor Shiva, pero hoy suele ser el nombre de «Ram». Del mismo modo, cuando los peregrinos se bañan en las aguas sagradas, cantan hoy «Jai Shri Ram» en lugar del tradicional canto a Shiva. Esas alusiones, que son señal de la importancia cada vez mayor de Ram en la cultura hindú, están íntimamente ligadas a Ram Janmabhoomi, movimiento en favor de la construcción del templo a Ram en Ayodhya, en el emplazamiento de la mezquita Babri Masjid, pieza central del programa comunal del BJP.

Desde hace mucho, el Ramayana ha desempeñado un papel dentro de la práctica devocional religiosa popular, conocida como bhakti. Los cantos bhakti celebraban no sólo la masculinidad de Rama, sino también su unidad con las cualidades femeninas de Sita, mediante el canto «Jai Siya-Ram». Sin embargo, ello se ha transmutado en el mantra «Jai Shri Ram»: celebración tanto de las cualidades masculinas de Rama como del templo de Ayodhya; cambio apunta al embotamiento de los impulsos disidentes dentro del hinduismo, a pesar de que el hindutva incorpora cada vez más a las castas marginadas o a las personas trans.

Pese a la enorme inversión y al supuesto refinamiento tecnológico del evento, el mela se ha visto asediado por la calamidad. Primero, se produjeron incendios en zonas residenciales. Luego, el 29 de enero, en un importante día de culto conocido como Mauni Amavasya, los peregrinos se vieron atrapados en una estampida. Las cifras oficiales hablan de treinta muertos y sesenta heridos, pero los presentes afirman que el número de víctimas mortales fue mucho mayor. Los fallecidos eran en su mayoría peregrinos pobres de Bihar sin alojamiento, que dormían al raso cerca del borde del agua para poder bañarse a las horas adecuadas. Se abrió una investigación sobre las causas de la catástrofe después de que se plantearan preguntas inquietantes. ¿Por qué se reservaron tantos puentes para los asistentes VIP, aprisionando a los peregrinos en la estrecha punta donde confluyen los ríos? ¿Por qué los miles de policías presentes no consiguieron frenar las acometidas de la multitud? Algunos incluso alegaron la existencia de una conspiración, al tiempo que los rumores alimentaban las luchas entre facciones dentro del BJP.

El mahā kumbhamela se presenta cada vez más como la condición sine qua non para ser hindú: microcosmos de la «Hindu Rashtra» —o nación hindú— que el BJP desea crear. El gran número de visitantes permite a políticos como Yogi y Modi propagar ese relato. Sin embargo, puede que las enormes sumas gastadas en organizar y comercializar el evento no se traduzcan en votos en las urnas. El carácter clasista del proyecto hindutva se hace patente en el trato que reciben los soldados de infantería que asisten al mela: obligados a caminar largas distancias, animados a bañarse en el sucio río, vulnerables a ser aplastados por la multitud. Así parece ser la tierra prometida del nacionalismo hindú.

Sigue leyendo: Radhika Desai, “Peak Hindutva?”, NLR 147.

Featured image: Maha Kumbh Mela in Prayagraj (Allahabad) in February 2013. Photo: AlGraChe via Flicker.

Translated from the original in English by Rolando Prats. Sidecar on Communis is possible thanks to a collaborative partnership between Communis and New Left Review.