«Communism Without Guarantees: On Franco Fortini», de Alberto Toscano, apareció originalmente en Salvage el 18 de septiembre de 2015. Se publica ahora por primera vez en traducción al español para Communis con autorización del autor. El texto original ha sido objeto de puntual adaptación. De Franco Fortini, Toscano ha traducido I cani del Sinai (The Dogs of the Sinai, 2013) y Verifica dei poteri. Scritti di critica e di istituzioni letterarie (A Test of Powers: Writings on Criticism and Literary Institutions, 2016) para la colección The Italian List de Seagull Books, de la que es editor.
«Fortini se aferró a la idea de que las formas materiales e ideales de la producción cultural están cargadas de contenido estratégico, que la política y la sintaxis —por utilizar una de sus díadas predilectas— son inextricables y que la complacencia de la izquierda en lo que toca a las formas de su producción cultural (desde el logos hasta la gramática, desde las fuentes de financiación hasta los circuitos de distribución, desde la elección de los géneros hasta el uso de las metáforas), por no hablar de su subalternidad respecto de la comunicación capitalista, puede resultar letal.»
— Alberto Toscano
Sobre Franco Fortini
El marxismo es un saber efímero y parcial. La obsesividad con que ha tratado de proteger sus documentos contra las vicisitudes de la lucha tal vez sea una irónica atestación de la condición de un pensamiento y una práctica cuya apoteosis —como en el caso del proletariado y de la filosofía— no podría acarrear sino su propia desaparición, o al menos un cambio que lo haría irreconocible. Los pesados volúmenes encuadernados de las Obras completas de Kim Il Sung o Hoxha son la lúgubre faceta de ese atolladero, del mismo modo que los pormenores filológicos de la marxología contemporánea son su honorable sublimación.
Para volver sobre la figura de Franco Fortini se exige hoy, de entrada, alguna explicación. En un memorable pasaje de Verifica dei poteri. Scritti di critica e di istituzioni letterarie —su más importante recopilación de ensayos y punto de giro de la Nueva Izquierda italiana, traducido al inglés para Seagull Books bajo el título A Test of Powers: Writings on Criticism and Literary Institutions—, mientras reflexiona sobre el escritor chino Lu Xun, Fortini dibuja una sobrecogedora imagen de la relación del comunismo con la tradición: «[El comunismo d]estruye los túmulos de los antepasados, esparce sus restos y siembra en su lugar los cereales con que se alimentarán los supervivientes.» Fortini experimentó siempre una gran incertidumbre respecto del destinatario de sus escritos, por lo que no cejaba en su empeño por alcanzar un «nosotros» político y existencial del único modo que consideraba honesto: inscribiendo la intratable subjetividad ide cada uno, pero también su ubicación objetiva en los engranajes de la producción. En las últimas décadas de su obra, en medio del sórdido reflujo que siguió a la «década roja» italiana, Fortini solía observar que su obra no encontraría eco sino entre generaciones todavía por formarse.
Puede que los lectores de estas líneas no sean esos destinatarios (algo que de todas formas habría que someter a prueba, que verificar, para usar una de las fórmulas habituales de Fortini), pero no es poco lo que en las condiciones de nuestro presente revela la forma en que Fortini encarnaba, como un recurso vital, a la intelectualidad comunista. Para empezar, cabría mencionar su reflexión sobre el nexo entre la tradición, la organización, la producción cultural y lo intelectual. Antes de esbozar esa dimensión de su obra, conviene establecer algunas coordenadas generales, sobre todo porque —salvo un par de ensayos hace tiempo olvidados (publicados en The New Reasoner y Screen) y dos recopilaciones de poemas traducidos al inglés (Poems y Summer is Not All), más The Dogs of the Sinai —mi propia traducción para Seagull, en 2013, de I cani del Sinai— Fortini es un perfecto desconocido en el mundo angloparlante (y lleva mucho tiempo sumido en un perverso olvido en su país natal).
Nacido, como le gustaba recordar, en el mismo año que la Revolución Rusa, su formación como poeta y crítico (y, en aquella época, también como pintor) se inició en Florencia a finales de los años treinta. Lector voraz desde muy joven (a los diez años ya había descubierto Los hermanos Karamazov), Fortini se involucra en círculos literarios e intelectuales que intentaban mantener su independencia respecto del régimen fascista y entra en contacto con no pocas figuras que más tarde participarían en la movilización antifascista. Como relata de forma desgarradora en I cani del Sinai, su padre judío (el verdadero apellido de Fortini era Lattes, que volverá a utilizar sólo en una carta a los judíos italianos con motivo de la primera intifada) es víctima de las leyes raciales de Mussolini, mientras que él mismo, por complejas razones que también tienen que ver con sus lecturas de formación de Karl Barth y Søren Kierkegaard, se convierte al protestantismo (la iglesia valdense tiene un importante historial de disenso). Tras el armisticio de 1943, Fortini se refugia en Suiza, desde donde participará en la lucha de los partisanos y en la fugaz experiencia de la República Partisana de Ossola (su primer poemario, Foglio di via, del que he traducido su «Coro de los deportados», registra esa experiencia). Es en Zúrich donde Fortini se afiliará al Partido Socialista Italiano, del que se separará en 1958.
El período de posguerra encontrará a Fortini inmerso en numerosos experimentos colectivos de producción cultural progresista y socialista. Aunque a menudo romperá con ellos, haciéndose con ello una reputación de polemista intransigente y moralista (lo que él, en su mayor parte no sin razón, consideraba simplemente una cuestión de convicciones de principio y evaluaciones políticas), Fortini participa en casi todas las revistas claves de la izquierda que se proponen crear un espacio de reflexión crítica e incluso de prefiguración política fuera de la hegemonía del Partido Comunista Italiano (PCI): Politecnico, Discussioni, Ragionamenti, Officina, Quaderni Rossi, Quaderni Piacentini, il manifesto, etc. En años posteriores, con el declive de una esfera pública hostil a la orientación proletaria, llevará su oposición a las entrañas mismas de la bestia: las páginas editoriales del buque insignia de la burguesía italiana, Corriere della Sera. No deja de llamar la atención que Fortini no se dedicara a la docencia hasta pasados los cuarenta, obligado por la pérdida de su empleo como redactor publicitario para el ilustrado industrial Olivetti y de su puesto como editor en Einaudi, lo que lo llevó, por razones de supervivencia material, a dedicarse primero a la enseñanza secundaria y, sólo en 1971, a la docencia universitaria, experiencias que consideró enriquecedoras para sus propias relaciones políticas con las exacciones de 1968.
Aunque la obra cultural de Fortini comprende traducciones (Brecht, Flaubert, Goethe, Simone Weil, Éluard y muchos otros), relatos breves, creación de marcas de productos (bautizó las máquinas de escribir Olivetti como Lexicon y Lettera 22), reportajes editoriales, textos publicitarios, canciones (entre ellas una nueva versión de La Internacional), innumerables entrevistas, pinturas, guiones cinematográficos, programas de radio y televisión, sus logros más salientes se encuentran en dos formas en las que también producirá algunas de las reflexiones más elaboradas del marxismo del siglo XX: el ensayo y el poema (tras una larga espera, los poemas de Fortini —gracias al empeño de Luca Lenzini— volvieron a publicarse en su totalidad en 2014 con ocasión del vigésimo aniversario de su muerte). Sin embargo, para comprender la singular contribución de Fortini a la reconfiguración de la imagen del poeta, el crítico y el intelectual —categoría, esta última, que fuera en él objeto de incansable escrutinio— es fundamental tener en cuenta todas sus otras experiencias en el ámbito cultural.
Y ello porque, desde el horizonte más optimista de la década de los cincuenta —cuando reflexionó sobre las formas de producción cultural que podían prefigurar el socialismo—, pasando por sus intervenciones brechtianas en la década de los sesenta sobre la necesidad de una «ecología» de la producción literaria de izquierda, hasta sus implacables diagnósticos sobre la degradación de la vida intelectual marxista, Fortini trabajó contra las concepciones comunes de la vida intelectual que impregnaban a la izquierda, ya fuera el gramscianismo instrumental y populista de gran parte de la política del PCI o el romanticismo consignista de gran parte de la agitación de extrema izquierda (he indagado con mayor profundidad en esos temas en un largo ensayo sobre la obra de Fortini, «The Non-State Intellectual: Franco Fortini and Communist Criticism», publicado originalmente en la revista Occasion y después como epílogo de The Dogs of the Sinai). Luego de haber sintetizado de forma original las contribuciones de Brecht, Benjamin, Adorno y Lukács (no es por azar que haya sido Fortini, con su inusitada atención a los debates que tenían lugar del otro lado del Atlántico, quien prologara Marxism and Form de Jameson en 1975), y luchado contra lo que —en referencia a Foucault— denominara «el funeral de la dialéctica», Fortini se aferrará a la idea de que las formas materiales e ideales de la producción cultural están cargadas de contenido estratégico, que la política y la sintaxis —por utilizar una de sus díadas predilectas— son inextricables y que la complacencia de la izquierda en lo que toca a las formas de su producción cultural (desde el logos hasta la gramática, desde las fuentes de financiación hasta los circuitos de distribución, desde la elección de los géneros hasta el uso de las metáforas), por no hablar de su subalternidad respecto de la comunicación capitalista, puede resultar letal (como posiblemente ocurrió con gran parte de la izquierda italiana a partir de la década de los ochenta).
La secuencia de compromisos colectivos y decepciones que marcan la trayectoria de Fortini a lo largo del siglo, desde el repliegue y las concesiones de la izquierda tras la Segunda Guerra Mundial hasta las falsas euforias del auge autonomista (recordadas en un conmovedor y atormentado poema, Italia 1977-1993), se verá toda ella acompañada de un cuestionamiento de la organización política y cultural. En un texto para il manifesto sobre el movimiento del 77, titulado de manera reveladora «Notas para una falsa guerra civil», advierte contra quienes ven que «la organización es una trampa. Han visto caer en ella a todas las nuevas formaciones. No quieren identificarse con ningún programa, ningún comité, ninguna sede. Quieren coincidir con el «movimiento»: como si la vida no tuviera forma». A continuación, sigue un aforismo típicamente lacerante: «Si quieres hacer de ángel, serás sólo una bestia. Quien no quiera ser parte, será todo: es decir, nada.» Compelido una y otra vez por sus exigentes criterios en materia de organización a romper vínculos (a menudo en cartas que manifestaban una especie de solidaridad implacable en el acto mismo de la escisión), Fortini jamás abandonará la convicción de que el partidismo necesita un cuerpo colectivo, instrumentos culturales, una disciplina lo suficientemente espaciosa como para fomentar el disenso. En sus reflexiones sobre el fracaso de la Nueva Izquierda —fracaso cuyas secuelas analizará hasta su muerte en 1994—, Fortini escribe:
El problema no consiste realmente en restaurar alguna verdad marxista, leninista o maoísta, ni en rehacer un tipo de organización con los mismos métodos y, por tanto, con los mismos errores que la que fracasó en demasiadas partes del mundo. El medio siglo transcurrido desde la muerte de Lenin nos obliga, so pena de muerte, a repensar la realidad, no los textos; la sociedad, no las fórmulas; a producir la verdad, no a disputar protocolos hereditarios. Es una afanosa tarea que durante años ha exigido un encarnizado estudio y un rigor implacable. Tampoco se trata sólo de una tarea de conciencia. Es una tarea vital, en la que inventar una relación diferente entre nuestro presente, el lugar de nuestro dolor y nuestra alegría, y las imágenes exaltadas o aterradoras del futuro y del pasado.
La condición de conocimiento efímero y parcial del marxismo a la que me referí al principio hace que leer (por no hablar de traducir) a Fortini sea hoy una tarea ardua. En vida, el propio Fortini en ocasiones se lamentaba de que las condiciones en que se había formado se hubiesen vuelto ilegibles para las nuevas generaciones, mientras que la virulencia de los debates que sostuvo con algunos como Italo Calvino o Pier Paolo Pasolini —para quienes de algún modo desempeñaba el papel de «mejor enemigo» — podría hoy parecernos desconcertarte, desprovistos como estamos de las referencias, el bagaje cultural y los órganos necesarios para discernir la manera en que la forma cultural y literaria podía experimentarse como cuestión de vida o muerte. No obstante, hay algo dolorosamente actual en no pocos de sus textos. En parte, ello se debe a una capacidad aforística y epigramática en la que se conjugan el quiasmo marxista y la parábola bíblica, la incisividad poética con las habilidades de quien él mismo denominara en cierta ocasión «redactor revolucionario». Pero también se debe a la forma en que Fortini se inscribe en las contradicciones de su presente y a la manera en que proyecta sus propias contradicciones íntimas en el ámbito político, manteniendo siempre la tensión entre un yo irreemplazable y un nosotros necesario (aunque a veces ausente), o incluso un tenue tú: en una carta a Pasolini llega a señalar que en la brutalidad de algunas de sus críticas («una voz que clama en el desierto no se puede valer de ningún micrófono» —señala mordazmente) podría verse una especie de prefiguración de la solidaridad comunista.
Quizás de ese laberinto que es vivir políticamente las heridas del presente sin jamás abandonar los recursos de la crítica de la economía política no exista mejor testimonio que ese asombroso documento que es I cani del Sinai, memoria y panfleto verdaderamente dialécticos en que se aúnan una reflexión penetrante sobre el imperialismo y el sionismo —haciéndose eco de los argumentos contemporáneos de Isaac Deutscher— con los más descarnados recuerdos personales, a fin de construir una posición en que se dan la mano una intensidad ética de las más elevadas tonalidades y un horizonte político que es todo menos estrecho. Es esencial que a ese propósito recordemos —frente al provincianismo que a menudo asaltaba a la izquierda italiana, sobre todo cuando se aferraba, como muchos de sus colegas operaistas (y en cierta medida el propio Fortini), a la idea de que la revolución podía producirse sólo en el eslabón más fuerte— que Fortini prestó una atención sin igual al socialismo del Tercer Mundo, especialmente a la revolución china, de la que fue observador atento y solidario, sin caer nunca en el kitsch de cierto maoísmo occidental (su diario de viaje de la década de los cincuenta, Asia Maggiore, es un gran documento de ese encuentro). En su recopilación Questioni di frontiera (alguna vez Fortini se describió a sí mismo como una especie de pensador contrabandista a merced del fuego cruzado de quienes se empeñaban en vigilar las fronteras políticas y culturales), Fortini hablaría elocuentemente de los «países alegóricos» de la izquierda, y a no dudarlo cabe ver una alegoría de la solidaridad en los versos de su poema «Complicidad»:
Por cada uno de nosotros que desista
algún minero en Asturias no tendrá más remedio que creer
en sedas de violeta y plata
y alguna mujer en Argel que soñar
con la resignación y la cobardía.
Frente a un progresismo marxista eurocéntrico que veía al movimiento comunista enarbolar las banderas del liberalismo ilustrado que la burguesía había depositado estérilmente en el lodo de la historia, en todo momento Fortini afirmó que el marxismo debía ser una política de la desigualdad, de la diferencia, de la alteridad, de un antagonismo que no podía resolverse felizmente, de las insuperables dimensiones «antropológicas» del sufrimiento humano, de lo trágico. Esa crítica de un marxismo de continuidad, que se ve a sí mismo como la superación del liberalismo y la Ilustración, es el hilo que recorre toda la obra de Fortini y que enhebra su fino oído para Pascal y Kierkegaard con su capacidad para descolocar las certezas del marxismo occidental frente a los escritos de Fanon o Lu Xun. En los escritos de Fortini aprendemos que la del marxismo no puede ser sino una tradición de discontinuidad, de apuestas y de desigualdades —en la que tal vez nuestros mayores aliados terminen por no estar de «nuestro» lado— y que el comunismo puede perdurar sólo a condición de ser un comunismo sin garantías.
Imagen: «No nos maten. Sabemos morir también solos.» Franco Fortini en una marcha por la fraternidad y la paz que recorriera el trayecto entre Perugia y Asis el 24 de septiembre de 1961. La foto sirvió de imagen del Convegno internazionale di studi su Franco Fortini “Proteggete le nostre verità” (Pisa, 10 y 11 de octubre de 2024).
Tradujo del original en inglés Rolando Prats.





