«The Nero Complex» se presentó inicialmente en forma de conferencia en el ciclo de charlas sobre psicoanálisis comunitario de Greene Clinic el 9 de noviembre de 2024. Se publica ahora por primera vez, en inglés y en traducción al español, el texto revisado por el autor para su columna Extrema ratio.*

«¿Cómo manufacturar una presunción de rectitud, y hasta de inocencia, capaz de alternarse con el goce de la dominación? Existe una desgarradora ambivalencia inherente a la vida psíquica del colonialismo de asentamiento, pero también, según Albert Memmi, una dinámica en virtud de la cual el repetido fracaso de la legitimación intensifica la crueldad y la implacabilidad del despojo. Como observa Suzanne Gearhart, en la descripción de Memmi, el “sentimiento de ilegitimidad del colonizador, en lugar de atenuar la severidad de sus intentos de perseguir y humillar a los colonizados, no hace sino intensificarlos, impulsándolos hacia sus manifestaciones más extremas: el racismo y el protofascismo de las sociedades coloniales”».
— Alberto Toscano

En su libro La vie psychique du racisme[1], Livio Boni y Sophia Mendelsohn esbozan una interpretación psicoanalítica del racismo y la racialización partiendo de una reconstrucción crítica de la obra de Octave Mannoni —autor con el que los no especialistas anglófonos probablemente se habrán topado a través de las críticas de Fanon o Césaire a su obra, o de los comentarios de Žižek y Zupančič sobre su fórmula de desautorización: Lo sé bien, pero da igual. … Boni y Mendelsohn delinean una imagen del racismo colonial entendido como formación neurótica empeñada en afirmar la excepcionalidad y la superioridad del colonizador y colono blanco, quien proyecta sobre el Otro «salvaje» y subyugado todo lo que se ha «sacrificado» en el «proceso civilizador» de Occidente: la infancia, las pulsiones, la feminidad, el erotismo, la creencia, la magia, etc. En su reseña de Psychologie de la colonisation[2], de Mannoni, publicada en la revista Esprit, el pensador senegalés Alioune Diop se refirió de manera sugerente a esa formación psíquica del colonizador como fundamentada en «la explotación de nuestra [la de los negros, los colonizados, los nativos] no-participación en la vida del mundo»[3]. Boni y Mendelsohn se detienen, en particular, en el papel fundamental de la Verleugnung, o negación, en el funcionamiento del racismo colonial y poscolonial. Sin embargo, lo que más me llamó la atención fue su recuperación del «complejo de Nerón» en Portrait du colonisateur, portrait du colonisé[4], de Albert Memmi, y sus posibles resonancias en nuestro momento de genocidio colonialista y de imperialismo renovado. (Memmi, al igual que Mannoni, también fue objeto de crítica por parte de Frantz Fanon en Piel negra, máscaras blancas.)

Ese complejo, al que Memmi también se refiere dramatúrgicamente como al «papel del usurpador», busca desentrañar, a través de un «retrato» psicológico, la manera en que la usurpación —que se manifiesta como despojo, conquista, desplazamiento, expulsión y eliminación— acaba transformándose —e inscribiéndose como tal— en un nuevo tipo de legitimidad psíquica e ideológica, al tiempo que nos sensibiliza ante la violencia y la inestabilidad que ese proceso instiga. Se trata de un complejo intrínsecamente social, más que individual, que recuerda la observación de Fanon en su tesis doctoral en medicina de que «la historia no es otra cosa que la valorización sistemática de los complejos colectivos»[5]. Según Memmi, «aceptar la realidad de la condición de colonizador significa aceptar el hecho de que se es una persona privilegiada e ilegítima, es decir, un usurpador». Ello crea en un inicio una situación potencialmente ambivalente, incluso una incipiente sensación de lo injusto que es el despojo: «precisamente en el momento de su triunfo», señala Memmi, el colonizador «admite que lo que triunfa en él es una imagen que él mismo condena». De ahí el incesante trabajo psíquico, ideológico y eminentemente material necesario para transmutar alquímicamente la injusticia en rectitud. Como dice Memmi,

para adueñarse por completo de la victoria, [el colonizador] necesita absolverse de ella y de las condiciones en las que se alcanzó. Lo cual explica su tenaz insistencia, extraña para un vencedor, en asuntos aparentemente fútiles. Y, así, se esfuerza por falsificar la historia, reescribe leyes, querría borrar recuerdos: cualquier cosa con tal de lograr transformar en legitimidad su usurpación.

Para Boni y Mendelsohn, la fantasía del colono consiste en superar la castración y la carencia en un ilimitado campo de dominación y gozo. O, como ellos mismos lo expresan, en un registro más lacaniano, el racismo colonial «intenta inscribir en lo real una posición en la que la legitimidad simbólica es siempre incompleta e imperfecta»; idea que complementan con la de que no existe un superyó colonialista, y de que el único ideal colectivo para el colonizador es una dominación ansiosa y jouissive, un dominio intensamente placentero. Cabría sostener que, en última instancia, semejante condición del colonizador —incapaz de asegurarse la legitimidad (en gran parte debido a la antidiáletica del no reconocimiento que marca su actitud hacia el nativo) y de sublimar la violencia de los orígenes en la apacible eternidad de la ley— da lugar a que se trate la práctica en curso, y hasta el espectáculo de la usurpación, como única fuente y sustancia de la legitimidad.

¿Cómo manufacturar una presunción de rectitud, y hasta de inocencia, capaz de alternarse con el goce de la dominación? Existe una desgarradora ambivalencia inherente a la vida psíquica del colonialismo de asentamiento, pero también, según Albert Memmi, una dinámica en virtud de la cual el repetido fracaso de la legitimación intensifica la crueldad y la implacabilidad del despojo. Inspirándose en Británico, obra del gran dramaturgo francés del siglo XVII Jean Racine, Memmi se afana por dramatizar el mecanismo psíquico que hace que el paso de la usurpación a la legitimación genere cada vez más usurpación, en una lógica cuyo límite o punto final es el exterminio. Como observa Memmi:

Su inquietud y la consiguiente sed de justificación obligan al usurpador a ensalzarse hasta las nubes y, al mismo tiempo, a hundir bajo tierra al usurpado. En efecto, esos dos intentos de legitimación son, en realidad, inseparables. … cuanto más se oprime al usurpado, tanto más triunfa el usurpador y, por consiguiente, tanto más se confirma su propia culpa y se establece su autocondena. Así, el impulso de ese mecanismo de defensa se autoalimenta y se agrava a medida que avanza. Ese proceso autodestructivo empuja al usurpador a dar un paso más allá: a desear la desaparición del usurpado, cuya mera existencia lo obliga a asumir el papel de usurpador, y cuya opresión, cada vez más intensa, lo convierte cada vez más en opresor. Nerón, modelo típico del usurpador, se ve así abocado a perseguir salvajemente a Británico y a darle caza. Pero cuanto más daño le hace, tanto más se identifica con el atroz papel que ha elegido para sí mismo. Cuanto más se hunde en la injusticia, tanto mayor el odio que siente por Británico. Busca hacer daño a la víctima que convierte a Nerón en un tirano. No contento con haberse apoderado de su trono, Nerón intenta arrebatarle la única posesión que le queda a Británico: el amor de Junia. No son ni puros celos ni perversidad lo que lo arrastra irresistiblemente a la tentación suprema, sino más bien esa inevitabilidad interna de la usurpación: la supresión moral y física del usurpado.

Como señala Suzanne Gearhart en su perspicaz artículo «Racine’s Politics», en la descripción de Memmi, la «sensación de ilegitimidad del colonizador, en lugar de atenuar la gravedad de sus intentos de perseguir y humillar a los colonizados, no hace más que intensificarlos, impulsándolos hacia sus manifestaciones más extremas: el racismo y el protofascismo de las sociedades coloniales». En lugar de afianzar la legitimidad, la justificación a posteriori a través de un marco racial de usurpación —de «los privilegios y el poder exorbitantes del colonizador»— no es más que un nuevo acicate para un complejo cuya lógica inherente es la de la aceleración, la intensificación y el empeoramiento. Como no sin perspicacia observa Gearhart, «la propia necesidad de tal justificación [racista] se convierte en otro indicio de la ilegitimidad de la posición del colonizador y llega incluso a acentuar semejante ilegitimidad al contribuir a una mayor degradación de los colonizados». Por otro lado, Gearhart intenta matizar la imagen que Memmi ofrece de la estructura psíquica de Nerón —es decir, del deseo del colono—. En la obra de Racine:

El placer sádico de Nerón, en otras palabras, se deriva masoquistamente del malestar causado por la culpa, la conciencia o la represión. … El personaje de Nerón aporta a Británico un elemento clave de su marco psicológico: un sadomasoquismo en el que la identificación de Nerón con su propia conciencia y con el objeto de su persecución perturba y condiciona su identificación consigo mismo. … Se identifica con sus víctimas en una inversión de roles que intensifica su voluntad de dominación, pero que también puede socavarla.

Algunas de las líneas de la obra Racine ofrecen sugerentes síntesis de esa situación. Agripina, la madre de Nerón, le dice a su hijo: «Tes remords te suivront comme autant de furies / Tu croiras les calmer par d’autres barbaries» (Tus remordimientos te perseguirán como tantas otras furias / Creerás poder apaciguarlos cometiendo nuevas barbaridades). Y, como sostiene Burro, el mentor estoico del emperador, si Nerón sigue adelante y asesina a Británico, será «craint de tout l’univers» (temido por todo el universo), pero «il [lui] faudra tout craindre» (tendrá que temerlo todo).

Ahora bien, si el complejo de Nerón no es realmente sólo una formación psíquica, sino necesariamente una formación sociohistórica, su etiología y su sintomatología también dependerán de la forma específica que adopte el colonialismo de asentamiento. En ese sentido, cabe sostener que Memmi minimiza de forma optimista el impulso expulsivo y exterminador del colonialismo de asentamiento —no sólo como fantasía psíquica, sino además como práctica política— al superponerlo o asimilarlo a la lógica de clase de la explotación, en la que el dominador sigue dependiendo del dominado. Memmi afirma que «con todo su poder, [el colonizador] debe repudiar a los colonizados, aunque la existencia de estos sea indispensable para la existencia propia de aquel». Se subestima de ese modo la realidad material, así como la huella psíquica, de la «lógica de la eliminación» que impulsa y acecha al colonialismo de asentamiento, el cual se basa en el fin deseado —el rechazo o, a veces, la negación— de cualquier dependencia respecto de los colonizados. El usurpador no es sólo una figura de culpa sadomasoquista, atada infernalmente a su víctima. También lo persigue una fantasía (genocida) de inocencia, de identidad imperturbable ante la alteridad. Su divisa podría ser «Cuando ya no queden nativos, quizás deje de ser un colonizador». A lo que cabría añadir: «Pero si ya no soy un colonizador, ¿qué soy?».

«Precisamente en el momento de su triunfo», señala Albert Memmi, el colonizador «admite que lo que triunfa en él es una imagen que él mismo condena». De ahí el incesante trabajo psíquico, ideológico y eminentemente material que se requiere para transmutar alquímicamente la injusticia en rectitud.

Como señala Lorenzo Veracini en Settler Colonialism: A Theoretical Overview, a propósito de su crítica del paradigma laboral en el que se sustenta la visión del colonialismo de Memmi: «Los instintos agresivos dirigidos hacia el mundo exterior permanecen activos incluso si se acaba por eliminar la presencia indígena. No hay solución; ni siquiera la desaparición de los indígenas ni la sustitución demográfica pueden disipar la agresividad de los colonos: detrás de cada colono, inevitablemente, acecha el “descolono”». En otras palabras, pace Memmi, el mecanismo de autorregulación o de límite en ese mecanismo psicopolítico de dominación depende de los rasgos específicos y de las relaciones de poder de la situación colonial; en el caso del sionismo, la eliminación de la dependencia de los colonizados es un tema recurrente, de fines del siglo XIX en adelante. Como describió Ghassan Kanafani en La revolución de 1936-1939 en Palestina, el esfuerzo sionista por llevar a cabo una transición de lo agrario a lo industrial en el Yishuv pretendía constituir un proletariado judío a través del exclusivismo racial de la «mano de obra judía», lo que, en sus palabras, «impulsaba a la sociedad de colonos judíos hacia el fascismo a una velocidad excepcional».

El complejo de Nerón está, de hecho, íntimamente ligado al fascismo virtual que se inscribe en la sociopsicología de la dominación en la colonia de asentamientos, en los planos material, psicológico y afectivo. Memmi resumió con no poca perspicacia la continuidad entre el fascismo y el colonialismo de asentamiento, si bien, en este caso, su retrato analítico fuera tan cotidiano, y hasta banal, como el grado en que la referencia al Nerón de Racine rezuma grandiosidad criminal:

Este hombre, tal vez un amigo cordial y un padre afectuoso, que en su país natal (por su condición social, su entorno familiar, sus amistades naturales) podría haber sido un demócrata, sin duda se transformará en un conservador, un reaccionario o incluso un fascista colonial. No podrá evitar aprobar la discriminación y la codificación de la injusticia, se deleitará con las torturas policiales y, si surge la necesidad, se convencerá de la necesidad de las masacres. … toda nación colonial lleva en su seno las semillas de la tentación fascista. ¿Qué es el fascismo sino un régimen de opresión en beneficio de unos pocos? No es otro el objetivo que persigue toda la maquinaria administrativa y política de una colonia. Las relaciones humanas han surgido de la explotación más severa, fundadas en la desigualdad y el desprecio, garantizadas por el autoritarismo policial. En la mente de quienes lo han vivido no hay duda de que el colonialismo es una variedad del fascismo.

Pero ¿cómo se arraiga en la mente y en el cuerpo del colonizador ese desprecio protofascista por los colonizados? En su obra Frantz Fanon and the Psychology of Oppression [6], el psiquiatra somalí Hussein Abdilahi Bulhan aplicó el análisis de la situación colonial realizado por el pensador martiniqués al «complejo de Nerón», sacando a relucir al mismo tiempo las resonancias entre dicho complejo y esa noción de «boomerang», o choc en retour, que para el Césaire de Discurso sobre el colonialismo era definitorio del nexo psíquico y material entre colonialismo y fascismo. Tal como explica Bulhan:

Los opresores asimilan la imagen de dureza y crueldad que provocan en los oprimidos. Ese hecho de retropresión, por el cual las acciones violentas y deshumanizadoras se vuelven como un bumerán contra su autor, endurece aún más a los opresores, y sus prácticas opresivas se afianzan todavía más. La severidad de las acciones contra los oprimidos, el ejercicio injusto de la autoridad y la consiguiente falta de compasión invaden gradualmente su vida familiar y sus relaciones con sus seres queridos. Semejante situación no deja de cobrar su precio y deja sus propias cicatrices psicológicas. La culpa reprimida y el miedo a las represalias también llegan a dominar la psique y las relaciones sociales del opresor. Una forma habitual en la que los opresores atenúan la culpa y el malestar que les provocan su violencia y su deshumanización es imponer aún más violencia y deshumanización.

Llegados a este punto, tal vez convenga hacer una pausa para analizar uno de los leitmotivs de tanto esfuerzo por penetrar en la psique del colonialismo de asentamiento; a saber, el de la «culpa» como factor determinante reprimido pero persistente de la violencia colonialista, en todas sus manifestaciones fascistas y genocidas. En The Colonizer and the Colonized escribe Memmi: «No deja de ocasionar perjuicios el hecho de estar dispuesto a vivir permanentemente con la culpa.». Es cierto que cabe aceptar que la presencia de la culpa en el complejo de Nerón y en otras psicopatologías de la vida colonialista. Pero ¿sabemos realmente qué es la culpa? ¿Es algo que proyectamos en el usurpador para complacer nuestro humanismo y hacer imaginables la reparación, la indemnización o la reforma? ¿Es sólo un correlato moral y psíquico de la presuposición normativa de que la desposesión es un mal, una injusticia? Los colonos pueden falsificarse a sí mismos para atribuirse la primacía, transmutando la usurpación en una historia de origen de la que se ha expurgado o marginado la indigenidad. Como señala Veracini, «en lo que respecta a los colonos, son ellos los primeros habitantes reales del lugar en el que se asientan (un colono inglés del siglo XVII en Irlanda sintetizó esa noción al concluir que “nosotros, y no ellos, [somos] los ocupantes primarios, y [ellos] sólo son forasteros en la tierra”)». Sin embargo, hasta en aquellos casos en que los colonos hacen dejación de esas historias falsificadas desde el punto de vista jurídico o teológico y reconocen los hechos de su usurpación —como han comenzado a hacer, de forma demasiado selectiva, en lugares como Canadá y Estados Unidos—, ¿cuál es la estructura interna y para qué sirve la «culpa»? Mientras que el sionista o el mormón fundamentalista pueden atribuirse la condición de indígenas y presentar al nativo como un usurpador genocida por derecho propio, el colono liberal puede representar simbólicamente la culpa como expiación, en invocaciones rituales de un proceso de descolonización infinitamente aplazado. La culpa puede catalizar la crueldad —como señala Gearhart, el dominador abusa del poder «según un patrón en el que cada abuso conduce únicamente a abusos cada vez mayores»—, pero también puede utilizarse para reproducir el privilegio, e incluso la impunidad.

Hoy en día, la represión moral y física de los usurpados, como dimensión «lógica», material, pero también psíquica, del colonialismo de asentamiento en sus tendencias genocidas, adopta formas asombrosas, traspasando nuevos umbrales en la configuración violenta de la no-relación o la antirrelación entre el colonizador y el colonizado. Si, por citar a Fanon, la «filosofía del colonialismo» conlleva siempre el mantenimiento de al menos un «mínimo de terror» en el territorio ocupado, ello puede derivar fácilmente en una escalada marcada no sólo por el despliegue de violencia letal, sino también por el desprecio hacia los seres humanos en mente, cuerpo y alma. El pensador y comentarista político palestino Abdeljawad Omar ha captado una dimensión clave de ese fenómeno en sus reflexiones sobre el «conmoción sin pavo reverencial» que caracteriza la embestida genocida de Israel contra el pueblo de Gaza. También en ese caso, al igual que en el complejo de Nerón, está en juego una cuestión de gozo. Según Omar, una cierta filosofía de dominación militar, pero también espiritual, se tambaleó ante la continua e intransigente existencia de Gaza. Un estilo, por así decirlo, de dominación colonial basada en la destreza tecnológica y estratégica y en el espectáculo, que somete a los enemigos (y hasta a los amigos) por medio del «pavor reverencial», ha dejado de ser funcional en toda la extensión de la palabra. Sin duda, como observa Omar:

El reciente fracaso a la hora de incitar un sentimiento de «pavor reverencial» ciertamente no es total, ya que Israel conserva la capacidad de provocar formas de pura negatividad afectiva, como el miedo, el asco, la ira y sentimientos de desesperanza e insignificancia ante una abrumadora demostración de potencia de fuego. Sólo que ya no consigue inspirar deleite en su propio diseño operacional, en su uso creativo del poderío militar, en su inteligencia, su precisión y su raudo dominio. Se trata de una forma de militarismo que simplemente desata sin restricciones la fuerza, o que sólo reconoce tales restricciones al anunciar que pretende transgredirlas.

En una dinámica que guarda afinidad con el complejo de Nerón, el fracaso —a la hora de asegurar una victoria legítima, un dominio reconocido— no sólo intensifica, sino que también deforma la violencia de la dominación, convirtiéndola en una exhibición y un deleite en la crueldad de la usurpación. Como sostiene Omar, en la devastación de Gaza contemplamos

una forma de militarismo que simplemente desata sin restricciones la fuerza, o que sólo reconoce dichas restricciones al anunciar que pretende transgredirlas, como en el caso del Hospital de Shifa, o la destrucción de universidades, o los ataques contra lugares sagrados, y la casi destrucción de Gaza en su conjunto. Ese obsceno gozo se centra ahora en la capacidad de Israel para traspasar todos los límites aparentes, para declarar y profanar a la vez los santuarios, y para violar la propia ley del santuario. El régimen ya no busca inspirar temor reverencial; en cambio, simplemente conmociona sin la reverencia que ello conlleva, entregándose a una grotesca exhibición de brutalidad desenfrenada. … Estamos ante una actuación militar que se deleita en el acto en sí de la transgresión, un espectáculo que siembra puro miedo y horror, a expensas de su tradicional cultivo de un militarismo disciplinado e imponente.

En un ensayo de 1946, en el que analizaba cómo el espectáculo apocalíptico de la guerra había transformado el cine documental, André Bazin planteó la existencia de lo que denominó un «factor psicológico ligeramente freudiano», al que también dio el nombre de complejo de Nerón, definiéndolo como «el placer que se experimenta al contemplar la destrucción urbana». Ese complejo parece referirse implícitamente a la «Orden relativa a las medidas de destrucción en el territorio del Reich», o «Decreto de Nerón» que Hitler promulgó el 19 de marzo de 1945. Como escribe el historiador Johann Chapoutot:

Esa conflagración, sin embargo, siguió siendo el terminus ad quem de la guerra de Hitler. La historia mitificada de la Antigüedad inundó el apocalipsis germánico con imágenes recurrentes del fin de Grecia y la caída del Imperio Romano, seguidas de un caos milenario. Antes de que la derrota se hiciera claramente inevitable, en la primavera de 1945 Hitler se transformó en un Nerón de nuestros días al tomar la decisión de incendiar un mundo que no había estado a la altura de la grandiosidad de sus expectativas. … Hitler decidió desatar un gran incendio por medio de una orden para que se pusiera en práctica una política de tierra arrasada que parecía diseñada para atacar no tanto a los enemigos de los nazis como al propio pueblo alemán. El 19 de marzo de 1945 firmó una directiva(Führerbefehl) titulada «Orden relativa a las medidas de destrucción en el territorio del Reich», también conocida como Nero-Befehl, o Decreto de Nerón. La orden atribuía a los gauleiters del partido la responsabilidad de destruir todas las infraestructuras de comunicaciones, carreteras y puentes, instalaciones industriales y silos.

El mismo año en que Bazin escribió su ensayo, el psiquiatra Paul Schiff redactó un artículo sobre la paranoia de la destrucción, la «reacción de Sansón» y la fantasía del fin del mundo[7], en el que, por medio del estudio de casos clínicos (aunque el delirio geopolítico no parece tan lejano), establecía un nexo entre la fantasía fóbica de una catástrofe inminente y el deseo activo de una reacción catastrófica, hasta llegar a los deseos de destrucción universal. Se trata, cabría sostener, del límite fascista, la «línea de abolición» —por tomar prestado el término de Deleuze y Guattari— del complejo de Nerón y su escalada de violencia psíquica y política.

Para volver, a modo de conclusión, al escenario de la violencia exterminadora del colonialismo de asentamiento, las conceptualizaciones paralelas —y por lo demás inconexas— de Memmi y Bazin sobre ese complejo encontraron recientemente una espantosa síntesis en una iniciativa repugnantemente cruel contra los presos políticos palestinos por parte del ministro de Seguridad Nacional israelí, Itamar Ben-Gvir. Ben-Gvir ordenó colocar imágenes de la destrucción de Gaza en las paredes de las cárceles en las que los palestinos son habitualmente sometidos a una violencia atroz y, a menudo, letal. Como dijera sarcásticamente Ben-Givir: «Espero que todos vean en esas imágenes sus casas.» En su artículo «Marwan Barghouti, Itamar Ben-Gvir, and the Israeli need to humiliate»[ Marwan Barghouti, Itamar Ben-Gvir y la necesidad israelí de humillar], la violencia colonialista de los colonos israelíes no puede entenderse meramente en términos de un burdo instrumentalismo y, en cambio, exige tener en cuenta la «economía afectiva de la humillación». Tal como se desglosa en el análisis de Omar, las acciones de Ben-Gvir revelan dimensiones claves de lo que Memmi, hace tres cuartos de siglo, describió como la fragilidad y la compulsividad de la destructividad del usurpador colonial. Como apunta Omar:

Lo que Ben-Gvir encarna en el ámbito político refleja, de forma condensada, una lógica colonizadora más amplia: la necesidad dominante de recordarse a sí mismos su dominio. La dominación, lejos de ser una posesión estable, se resiste a perdurar; debe ensayarse, exhibirse y renovarse. Esa necesidad perpetua de afirmación delata su fragilidad: el sentido de supremacía del colono depende de un retorno constante a escenas de subyugación, como si el poder pudiera verificarse sólo en el momento en que se ejerce sobre el otro. La dominación se convierte, así, menos en un estado fijo que en una actuación angustiosa, acosada para siempre por la posibilidad de que, sin su interminable puesta en escena, pueda disolverse. Es precisamente el miedo a esa disolución lo que alimenta la necesidad compulsiva de humillar, y es precisamente la capacidad de humillar lo que produce la fugaz sensación de dominio. Ese doble vínculo es lo que confiere a la humillación su fuerza política: la fragilidad se disfraza de fuerza, y la fuerza se renueva a través de la fragilidad.

Omar va más allá de Memmi y nos hace caer en cuenta del hecho que se trata de un complejo intersubjetivo, por así decirlo, en el que la relación de dominación y destrucción entre el usurpador y el nativo también se triangula al dirigirse tanto a un público de colonos como a una audiencia potencialmente planetaria. Como explica Omar, refiriéndose a la humillante puesta en escena del líder político palestino encarcelado Marwan Barghouti: «El cuerpo frágil de un líder político, los gritos de quienes suplican clemencia, la violación de los límites íntimos… Todas esas escenas se convierten en cargas afectivas que alimentan la sensación de dominio del perpetrador, al tiempo que aseguran al espectador israelí que el poder no sólo se ejerce, sino también se exhibe; no sólo se pone en práctica, sino también se comparte.»

En todo ello —como ya vimos en un contexto diferente con Memmi— también puede rastrearse el profundo parentesco entre la violencia colonial y la fascista en lo que respecta tanto a las economías afectivas como a las estrategias espectaculares (parafraseando a Walter Benjamin, podríamos incluso hablar de una estetización común de la política del exterminio). Omar resume esa formación fascista-colonial con una concisión sorprendente: «La violencia no sólo pretende herir el cuerpo, sino también asegurar un guion en el que el dominado confirme el poder del dominador.» Interrumpir ese guion y desmantelar el complejo es una tarea formidable, que tendrá que extraer parte de su fuerza de la propia y humillante necesidad que siente el usurpador de humillar, de su necesidad compulsiva y asesina de coaccionar —sabiendo al mismo tiempo que dar nombre a la íntima fragilidad de la dominación, como motor oculto de su violencia exorbitante, no es más que un primer paso en el camino hacia su abolición.

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* Quiero expresar mi más sincero agradecimiento a Loren Dent por la invitación, y al público asistente por el debate que siguió a la charla. Agradezco encarecidamente también a Ethan Philbrick y al taller «Dis/Course» de The Poetry Project la organización de una nueva edición de este evento el 7 de noviembre de 2025. (Alberto Toscano)

Notas

[1] Livio Boni y Sophia Mendelsohn, La vie psychique du racisme. 1. L’empire du démenti, París: La Découverte, 2021. No se dispone aún de traducción al español.

[2] Octave Mannoni, Psychologie de la colonisation, París: Seuil, [1950] 2022. Véase, en inglés, Octave Mannoni, Prospero and Caliban: The Psychology of Colonization, traducción de Pamela Powesland, Londres: Methuen, 1956.

[3] La traducción de todas las citas es mía. [N. del T.]

[4] Véase, en inglés, Albert Memmi, The Colonizer and the Colonized, traducción de Howard Greenfield, introducción de Jean-Paul Sartre, Boston, MA: Beacon Press, 1965.

[5] Véase la tesis doctoral de Frantz Fanon en Alienation and Freedom, recopilación de sus obras inéditas editada por Jean Khalfa y Robert Young y traducida del francés por Steven Corcoran, publicada por Bloomsbury en 2018.

[6] Hussein Abdilahi Bulhan, Frantz Fanon and the Psychology of Oppression, Nueva York y Londres: Plenum Press, 1985.

[7] Paul Schiff, « La paranoïa de destruction : Réaction de Samson et fantasme de la fin du monde, séance du 25 mars 1946», Annales Médico-Psychologiques, 1, 3 (1946): 279-289.

 

 

Feature image: Displaced Palestinians return to their destroyed homes in the Sabra neighborhood in Gaza City on 12 October 2025. Getty. Via TBI.

Translated from the English original by Rolando Prats.

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