Desde que hace tres años me jubilé anticipadamente, no hay nada que me guste más hacer en verano que pasar un día relajado en el jardín. «Relajado» —digo— a condición de que mi mujer no esté en el cuadro. Se ha obsesionado con nuestro césped («al gato le gusta bien recortado») y me obliga a pasar la segadora los fines de semana, aunque la hierba apenas haya crecido.

—Deja tranquilo el maldito césped—riposto—y ocúpate tú de tus bordes herbáceos. Del césped me encargo yo.

Más fácil de decir que de hacer, sobre todo desde que este año prohibieron regar con mangueras.

Geraldine compró algunos pelargonios. Me encantan sus muy variados aromas y son deliciosos al paladar y suficientemente buenos para comer. Geraldine hace jarabes con ellos. Los Cola Bottles son los favoritos de Tizzy.

—¡Pero abuela!—grita el pequeño granuja—. ¿Cómo hacen para meter la cola en los pétalos?

Debo admitir que me enojé bastante cuando Geraldine trajo a casa el último lote. ¡Diez plantas nuevas! Tampoco es que sean baratas. El problema es que no aguantan las heladas, lo que significa que cada invierno tenemos que meterlas dentro de la casa, y nuestro invernadero está tan abarrotado, más que nada de suculentas, que apenas hay espacio ya para sentarse.

—Acabaré sentándome en un cactus—le dije—. ¿Por qué simplemente no has comprado unos geranios?

Algunos tienen aficiones. Para mí, sin embargo, todo es cuestión de rutina. Si ocurre algo impredecible, especialmente en el jardín, tiendo a salirme de mis casillas.

—No seas tan dramático—me recuerda Geraldine.

Razón por la cual,  por mucho que me gusten las flores, prefiero los árboles. Con los árboles pasa que ves venir el problema antes de que llegue. Es un trabajo, sí, que se hace por amor, pero, madre mía, vaya estrés.

***

Era una tarde de lunes como otra cualquiera. Venía de pasar la prueba de atravesar la calle principal del centro —otro día, otra manifestación— cuando reparé en la capa de moho negro que cubría las ramas de nuestra vieja conífera. Gertrude (y sí, es hembra) era un regalo de boda de mi suegra. Gerty tiene ya treinta años y mide más de nueve metros de altura. Una chica increíble, una auténtica belleza: un abeto inmaculado con una figura de buenas proporciones. Dios sabe qué sería de mí si le pasara algo.

Sé lo que están pensando: pulgones. Son la peor pesadilla de todo jardinero. Debí haberlo sabido desde la primera vez que vi a esas pequeñas plagas asomar sus diminutas narices (en sentido figurado, por supuesto); en cambio, me puse a darle vueltas al asunto.

—Vamos a perder ese árbol, Geraldine—le dije, tratando de reprimir mi ansiedad.

—No seas tonto—me respondió.

Pero seguí inspeccionando con mi lupa las ramas de Gerty desde todos los ángulos posibles. Di tantas vueltas que al final tuve que tumbarme.

—Mira—me dijo mi mujer, ya a punto de perder los estribos—, si te preocupa tanto, córtale las ramas.

Había sido una tontería y una falta de sensibilidad decir semejante cosa, porque podar en verano puede estresar al árbol y, antes de que te des cuenta, tienes una plaga encima. Los árboles no dejan de dar una señal de advertencia tras otra y tiempo suficiente para actuar. Por lo que opté por el método probado y comprobado de dejar que la naturaleza siguiera su curso: simplemente quitarle el moho con un poco de Fairy Liquid y posponer la poda hasta la primavera.

De todos modos, necesitábamos detergente, así que me llegué a la cooperativa.

—¡Vaya!—dijo Clive, quien salía en los mismos instantes en que me disponía a entrar. Por mucho que respete a Clive por todo lo que hace en el consejo parroquial, no estaba para eso. Esta vez, sin embargo, sus seis pies de estatura bloqueaban la entrada y no había escapatoria.

—¿Todo bien, Clive?—le dije a modo de saludo, antes de fijarme en unas salpicaduras que parecían de sangre en el cuello de la camisa—. ¿Y eso qué es?

—¿Mmm?—murmuró, entrecerrando los ojos detrás de sus gafas de leer—. Oh, nada. Se caerán cuando la lave.

—¿No estarás… enfermo?—me atreví a preguntar, repentinamente alerta ante la posibilidad de que pudiera estar sufriendo otro derrame cerebral.

—¿Por qué me lo preguntas? ¿Parezco acaso a punto de caerme redondo?—dijo en broma, antes de darse cuenta de a qué me refería—.¡Ah, ya!—dijo—. No es nada. Apuñalé a un sionista frente a la farmacia. Son sólo unas gotas de sangre, nada más.

—¿Lo apuñalaste?—dije, algo perplejo—. ¿Y tu Enfield?

—Ya sé—dijo Clive con aire indiferente, mientras inspeccionaba el resto de su camisa en busca de manchas—. Linda insiste en que lleve munición de repuesto. Es la primera vez en todos estos años que me he quedado sin munición. Menos mal que tenía la navaja.

Clive sacó un manojo de llaves viejas del bolsillo de su pantalón, envueltas en un pañuelo manchado de sangre. Me tomó un tiempo darme cuenta de que estaba acariciando una navaja suiza.

Clive se inclinó y me susurró al oído:

—Linda cree que sufro de demencia.

—Oh, bueno—dije, antes de percatarme rápidamente de mi metedura de pata. Le aseguré a Clive que no me refería a la demencia y que, en mi opinión, tenía la mente tan afilada como una Stanley.

—¡Me habría venido bien una de esas!—dijo Clive con una carcajada estridente—. ¡Podría haberlo apuñalado en la garganta!—y soltó otra carcajada.

Sonreí cortésmente. Clive se recompuso y la conversación se detuvo por lo que parecía una pequeña eternidad.

—Bueno, Clive—dije, en un esfuerzo por alegrar el ambiente—, tengo que irme. Mi árbol…

—Sabes que a Linda le dio por regalar todas mis herramientas—confesó—. Tal como te lo estoy contando—continuó, sin preocuparse por el hecho de que ya hubiera empezado a alejarme—. Navajas, sierras, cinceles. Incluso mi Black and Decker. Me agarró del brazo.

—Nunca adivinarás a quién—y levantó una ceja con aires de conspirador—. A Lou Miller.

—Oh—dije, incapaz de ocultar mi sorpresa, sobre todo porque no tenía ni idea de quién era Lou Miller. Probablemente Clive lo supiera, lo que tal vez indicara que nos esperaba una conversación bastante larga.

—Lou Miller. Le decíamos «Millsy».

Clive parecía haber posado la mirada en dos sillas que ocupaban una esquina de la tienda con la intención de sentarse en una de ellas y darme a mí la otra.

—Conoces al padre del hermanastro de Harry Michael— prosiguió, mientras trataba diplomáticamente de zafarme de la mano con la que me sujetaba el brazo y que se antojaba sorprendentemente fuerte para alguien que apenas seis meses antes había estado conectado a un respirador artificial. Le miré a los ojos y me pregunté si estaba bajo los efectos de la ketamina.

—Pues bien—Clive hizo una pausa para lograr un mayor efecto dramático—. Él era hermano de Lou.

El pronunciado énfasis en la palabra «él» denotaba la capacidad de revelación de una figura histórica, ya fuera religiosa o no. Me pregunté si en la Biblia se hacía mención de las coníferas y qué tipo de sermón habría dado Jesús sobre el tratamiento de los pulgones.

—Tal como te lo estoy contando—dijo Clive, mirándome como si me estuviera leyendo la mente, lo cual definitivamente no era el caso, pues si lo hubiera estado haciendo me habría enviado rápidamente a la sección de la tienda, en la que técnicamente aún yo no había entrado, donde se colocaban los productos de limpieza, y que en ese momento de la conversación era lo único que me interesaba.

Una pandilla de escolares se abrió paso a empujones por entre nosotros, soplando chicle y oliendo a laca para el pelo. Si pudiera salir de la tienda con mi botín antes de que se cerraran las cajas registradoras, podría llegar a casa a tiempo para ver Pointless.

—¡Es un maldito animal!—gruñó Clive, alzando la voz por encima de la algarabía de los escolares y salpicándome de saliva—. El tipo está loco. Pasó la mayor parte de su etapa escolar en un centro de detención juvenil. ¿Sabes por qué? ¡Por apuñalar a su instructor de carpintería! Luego, a los catorce años sale del reformatorio y dos meses después le hace lo mismo a su instructor de metalurgia. Creería uno que hubiesen aprendido algo…

Mientras Clive continuaba con su historia, que bien pudiera habérsela estado contando a sí mismo, eché un vistazo inquisitivo al pasillo donde se encontraban los detergentes. Lo que me pareció extraño fue que los escolares se hubiesen saltado el pasillo de los dulces y se dirigieran ruidosamente hacia la parte trasera de la tienda, en cuyas estanterías podía uno encontrar Fairy Liquid. Conté aproximadamente a quince escolares. Incluso en el improbable caso de que un tercio hubiera venido a comprar Fairy Liquid, ello hubiese querido decir que, probablemente, sobraría al menos una botella, ya que por cada producto de marca en la cooperativa había, como promedio, seis artículos en las estanterías.

—Hay a quien le encanta infringir la ley—afirmó Clive—. Así es Millsy. Lou, en sí, no es violento. En su caso, todo es cuestión de adrenalina. Si le das un juego de carpintería, ¿para qué crees que lo va a usar? Y fue por eso que le pregunté a Linda por qué le había dado un maldito juego de carpintería, a lo que me respondió que cómo iba a saber que el tipo había estado en la cárcel. Le dije entonces que los tatuajes de Strangeways que tenía en las manos deberían haberle ofrecido alguna pista. El tipo atacó a dos de los guardias con una sierra para metales. Si le das un cincel, no te va a tallar una ensaladera, ¿verdad? Va a destripar a alguien. Te lo digo yo: ese tipo es un psicópata. ¿Quién crees que degolló a esas marionetas que andaban agitando banderitas? ¿Esos a quienes colgaron con tela metálica? ¿Eh? Sé que la policía no se pone a investigar asesinatos de sionistas, a menos que se hayan cometido por motivos políticos. Pero ¿qué te parece a ti?

Algo me decía que la perorata de Clive estaba a punto de caer en política, tema que sin duda me deprimiría y haría que me subiera la tensión arterial, así que bostecé con la esperanza de que se llevara la indirecta. Entretanto, los escolares salieron de la tienda con nada más que un par de latas de cola en las manos. Al menos ahora no había posibilidad de que la cooperativa se quedara sin detergente.

—Mira—dijo Clive—, todos sabemos que los sionistas son un blanco fácil. Todo el mundo se mete con ellos. Hasta Linda lo ha hecho; le disparó a uno en el cuello con una carabina de aire comprimido. Un gran disparo. No lo mató, claro. Está bien. Lo que quiero decir es que no se trata de un juego. Es un derecho democrático. Más que eso. Es el deber de todo británico. ¿Qué habrías hecho tú si los nazis hubieran invadido estas islas? ¿De qué lado te habrías puesto? ¿Eh? Es lo que tienes que preguntarte. Mira a Glad Verity. ¿Conoces a Glad?

—Sí—dije, pudiéndome agarrar por fin de alguna palabra que me pareció reconocer, antes de darme cuenta de que había confundido Verity con «Fairy», como si Clive hubiese estado hablando de Fairy Liquid. No conocía a ninguna Glad Verity.

—Sabes de quién te estoy hablando—insistió Clive—, de Gla-aad. Camina con un andador. Vive en Oakhurst Crescent. Su marido, Joe, se ganaba la vida en el giro de lo de los frigoríficos. Glad solía tejer jirafas para la WI. Glad, la de Meals on Wheels.

—Ah, esa Glad—dije, sin entender nada, simplemente aferrándome a la esperanza de que mi afirmación pudiera poner fin en el menor tiempo posible a la historia de Clive.

—Correcto—asintió Clive—. Lleva años con artritis. No se le puede pedir que se ponga en cuatro patas a fregar aceras. ¿Y qué hace? Consigue que las Girl Guides limpien la cagazón. Tiene un AK-47 que apunta desde la ventana de su cuarto de baño. Empotrado en la pared. Así puede usarlo mientras está sentada en el inodoro.

—Un momento—dije, despertándome de repente—. ¿No requiere eso de un montón de mantenimiento? Quiero decir, Pat, la vecina, tenía un AK-47. ¿O era un AK-otra cosa? Tenía una cosa inclinada… En fin, tuvo que deshacerse de él. No había llegado a disparar ni mil balas cuando se le atascó; se le habían roto todos los resortes.

—Sí, lo sé—dijo Clive, mientras hacía con la mano un gesto que parecía restarle importancia al asunto—. A Glad no le preocupa en absoluto. Su nieto se las sabe todas sobre los AK, de arriba abajo. Hizo un curso en la universidad. Puede desmontar uno y volverlo a montar en menos de un minuto.

—Ah—dije dócilmente, tomando nota mentalmente de lo conveniente que sería en adelante seguir hablando de pulgones y dejarles los AK-47 a los expertos.

—Es colosal la cagazón que se puede armar con uno de esos AK-47. Acabas con sangre y vísceras por todas partes—dijo Clive, gesticulando como si fuese un experto en disparar desde un automóvil en marcha—. Olvídate de mi camisa, bastará un AK de esos para teñir de rojo todas tus margaritas. En cambio, las Girl Guides, ¿ves lo que te digo? Se han ganado todo tipo de insignias, por recogida de cadáveres de sionistas o algo así. Es lo que deberían enseñarles a estos jóvenes de ahora. ¿Cuántas Girl Guides has visto últimamente? ¿O Scouts? Es lo que digo. No se trata de un juego. Se trata de… inculcar el orgullo cívico en los jóvenes. El espíritu de la guerra. Sacarlos de sus dispositivos electrónicos y llevarlos a las comunidades, a limpiar, a ayudar a la generación mayor.

—Pues sí—fue todo lo que atiné a responder, aunque vagamente pude detectar una analogía entre deshacerse de sionistas muertos, acribillados a balazos por el AK-47 de Glad empotrado en la pared, y exterminar pulgones de mi conífera, aunque, a decir verdad, la analogía me pareció demasiado forzada.

—Pues no—dijo Clive y sacudió la cabeza compasivamente, como si acabara yo de ensuciarme en los pantalones.

—¡No!—dije protestando, recordando que los lunes la cooperativa cerraba temprano. Había dos sucursales en la calle principal, una de las cuales abría hasta tarde, así que siempre podía pasar por la otra si la charla de Clive se alargaba hasta después del anochecer.

Clive señaló las dos sillas que estaban en la esquina; yo me mantuve firme.

—Ahí está el problema—dijo—. En cuanto empiezas a darle importancia, se convierte en algo político.

Clive miró a su alrededor para ver si había alguien escuchando, tras lo cual musitó «Millsy».

—¿Millsy?

—Exacto—dijo Clive, confundiendo mi desconcierto con una revelación de tipo religioso—. Fue él quien colgó a los sionistas. Debió de ser él.

—¿Y eso está bien?—dije, esta vez completamente perdido en mi analogía, pero ya inclinándome a creer que no se podía fregar el pavimento con Fairy Liquid.

—Bueno—dijo Clive con una mirada de desconcierto que reflejaba la mía—, no está precisamente bien, ¿verdad?—aunque ahora hasta él parecía sentirse genuinamente inseguro—. No, no. Mira—dijo, recuperando rápidamente el hilo—. Si no haces sino dispararle a un sionista, o apuñalarlo, o atropellarlo, o lo que sea, y muere, entonces está bien. La policía no querrá saber nada. Pero si lo conviertes en un festín, si lo haces de una manera… ¿cómo se dice? Simbólica… Entonces se convierte en algo político. Todos esos lunáticos pro-palestinos, con eso «Del río al mar» y todo ese follón. Nos están estropeando las cosas a los demás. ¿Entiendes lo que digo?

—Sí—dije, finalmente convencido de que había comprendido algo en virtud de la ley de probabilidades—. Lo que estás diciendo es que Millsy es uno de esos locos pro-palestinos.

—¡No!—dijo Clive en un arranque de exasperación.

Lentamente, comenzó a arremangarse la camisa y, por un instante, habría jurado que iba a pegarme.

—Lo que te estoy diciendo es esto. Millsy ha cometido esos asesinatos, que la policía cree que tienen motivaciones políticas por la forma en que se han llevado a cabo. Lo que significa que el agente Plod podría empezar a husmear por aquí y ponerse a hacer preguntas. Y, antes de que nos demos cuenta, nos meterán a todos en el mismo saco que a esos simpatizantes de los palestinos. ¿Glad Verity? ¿Estás seguro? ¡Tiene noventa años! No distinguiría a un palestino ni aunque se lo propusiera. Si empiezas a acusar de delitos por motivos políticos a personas mayores como Glad… ¿Adónde va a parar el mundo cuando una anciana como Glad no puede disparar unas cuantas rondas en una tarde? Lo entiendo si pienso en términos de salud y de eguridad. Cualquier persona mayor de setenta años necesita hacerse un examen ocular cada cinco años para obtener una licencia de armas de fuego. Me parece bien. Pero, en este caso, no se trata para nada de salud ni seguridad. De lo que están hablando es de terrorismo. Están insinuando que cualquiera que le dispare a un sionista es un terrorista. ¿Cuándo nos hemos comportado como terroristas? Mantenemos en todo momento una actitud totalmente respetuosa, lo hago yo. Y estoy seguro de que es ese también tu caso.

Clive comenzó a contar con los dedos.

—Uno: siempre hay que trasladar al fallecido a algún punto al borde de la acera a no menos de cien metros de la alcantarilla más cercana. Hecho. Dos: si lleva una bandera, hay que envolverlo en ella y asegurarse de cubrirle la cara. Hecho. Tres: jamás montar ningún espectáculo ni hacer nada que sea irrespetuoso con la religión. Hecho. Por último, jamás confundir antisionismo con antisemitismo. Hecho. ¿Dónde está el terrorismo ahí?

***

 Llegué a casa hecho un saco de nervios.

—¡Geraldine!—grité sin haber sacado la llave de la cerradura de la puerta principal—. ¡Llama a la policía!

—¡Estoy en la cocina!—gritó ella a su vez.

Entré tambaleándome, agarrando con fuerza mi única compra.

—¡Rápido!—dije—. Vienen los sionistas, ¿tenemos munición?

—¿De qué demonios estás hablando?—dijo Geraldine, empujándome hacia la sala—. Cálmate. Voy a prepararte un té. En un minuto empezará Pointless.

—¿No ha empezado todavía?—pregunté, temeroso de que fuera un episodio repetido—. No soporto a Richard Osman. Se cree muy listo, pero lee todas las respuestas en su ordenador portátil. Un farsante total y absoluto. Como Clive.

En el jardín, Gertrude estaba exactamente donde la había dejado. Seguía allí, orgullosa, alta, serena, con su gran figura envuelta en un abrigo verde lima.

Por. Encima. De. Mi. Cadáver.

—¿Clive?— dijo Geraldine—. ¿Qué Clive?

—Barrett—dije, dejando escapar un suspiro.

—Oh, a ese no—dijo ella y soltó un gemido.

—Salía en ese momento de la cooperativa. No podía deshacerme de él. Le dio por hablar en clave. De un chiflado llamado Millsy; todo un galimatías de conspiraciones políticas. No entendía ni una palabra de lo que estaba diciendo.

—Apuesto a que te olvidaste de comprar papel celofán—dijo Geraldine, mientrs me extendía una taza de té de hierbas.

—¿Papel celofán?—dije—. ¿Por qué no me lo pediste? Pero sí que compré Fairy Liquid.

Geraldine me fulminó con una de sus miradas.

—Sí. Me di cuenta. Ya tenemos una botella debajo del fregadero.

Se plantó frente al televisor y cruzó los brazos.

—Y, para que lo sepas, sí que te lo pedí. Te lo recordé tres veces.

Probablemente lo había hecho, pensé. Pensándolo bien, no era prudente cuestionar la sabiduría de alguien que sabe dónde se guarda el Fairy Liquid. Bebí un sorbo de té y apagué el televisor

—Pensaba que querías ver Pointless—dijo Geraldine, a quien, a diferencia mía, no le molestaba Richard Osman.

Solté el control remoto y cogí mi fiel botella de detergente.

—Es una retransmisión—dije—. Pulgones a las tres en punto.

Jason Barker sigue trabajando en ello.

 

Featured image: Richard Osman. Photograph: Antonio Olmos/The Guardian.

Translated from the original in English by Rolando Prats.

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