Como hijo de supervivientes del Blitz nazi, dedico este ensayo al los pueblos de Irán, Líbano y Palestina.

El posmodernismo es uno de esos conceptos que no se acaban de entender hasta que se experimentan. De ahí su asombro efecto. (¿Y si todo se quedara ahí?)

La primera vez que por fin «caí en cuenta» de lo que era el posmodernismo fue en 2005, cuando la BBC «adquirió» la versión estadounidense de The Office. ¿Por qué la versión estadounidense? The Office es una serie cómica británica, escrita y dirigida por Ricky Gervais y Stephen Merchant, producida por la BBC en el Reino Unido y transmitida por la televisión británica entre 2001 y 2002.

Adaptar o traducir un libro, una película o una serie de televisión para un público extranjero es una práctica habitual. Pero ¿para qué se decidió transmitir una versión inglesa de una serie de televisión inglesa en un país cuya lengua oficial es el inglés y donde casi todo el mundo había visto la serie original? Aquello era posmoderno.

La serie de fotomontajes de Martha Rosler House Beautiful: Bringing the War Home (c. 1967-72) también es posmoderna. Rosler no la exhibió en una exposición propiamente dicha, sino que distribuyó sus collages en manifestaciones contra la guerra de Vietnam: satinados anuncios publicitarios del modo de vida consumista empalmados con soldados estadounidenses a quienes vemos merodeando por el campo de batalla. Al igual que en The Office, el «concepto» era explícito: muestra, no cuentes: desmonta el marco y la vulgar realidad quedará al descubierto.

«Bringing it All Back Home: How Martha Rosler brought the Vietnam War into the American living room». Foto cortesía de Minneapolis Institute of Art.

Pero no es tan sencillo. El fetichismo de la mercancía difícilmente se pueda desenmascarar por medio de la alienación. Es alienación, o al menos es ese su mecanismo, separar a los trabajadores de los medios de producción y del producto de su trabajo. Sin duda, las imágenes de Rosler nos transportan a la línea del frente. El problema está en que no es esa la verdadera línea del frente. En lugar de transportarnos a la primera línea del frente de la realidad social y económica, Rosler nos lleva al espectáculo de los medios de comunicación; a la «primera guerra televisada», como llegó a conocerse la guerra de Vietnam: una guerra con la que, por supuesto, jamás tenemos que vérnosla en carne y hueso, y que sólo se experimenta realmente desde la comodidad del salón de estar. Como la versión americana de The Office, House Beautiful, de Rosler, es la parodia de una parodia.

Y es en ese punto en el que precisamente se encuentran hoy los «activistas contra la guerra»: los influencers, los artistas visuales, los vloggers, las plataformas noticiosas independientes y los provocadores (trolls). El extraño valle del posmodernismo está en plena ebullición, y nadie que descienda a sus turbias profundidades estará en condiciones de «decirle la verdad al poder». El poder (o la «voluntad de poder») no tiene interés alguno en la verdad, ni tampoco en que se le hable. Es una pulsión de muerte que disfruta con cualquier horror que se le quiera lanzar, en total silencio e indiferencia.

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Tanto la izquierda estadounidense como la derecha MAGA tienen eso en común: ambas dicen que quieren que se acaben «las guerras eternas» de Estados Unidos». ¿Qué guerras eternas?

«Estados Unidos» no ha librado una guerra desde que se pusiera fin al servicio militar obligatorio en 1973, aclamado como un gran éxito por el movimiento contra la guerra de Vietnam. En Australia, que apoyó con sus propios reclutas la aventura imperial estadounidense, en 1965 se creó la organización Save our Sons, y en 1972 cesó en el país el servicio militar obligatorio. ¿Se imaginaba alguno de los activistas antibélicos que convertir al ejército estadounidense, o a sus aliados australianos, en mercenarios realmente salvaría a los hijos de nadie? Como recoge Naomi Klein en La doctrina del Shock, para julio de 2007 había en Iraq más contratistas militares privados que soldados: otro teatro imperial estadounidense de operaciones con un saldo de 654.965 muertos (según The Lancet) hasta finales de 2006. Es decir, una pila de hijos.

(Aunque Estados Unidos puso fin a las operaciones militares en Iraq en diciembre de 2021, según cálculos de la Oficina Presupuestaria del Congreso, permanecen en ese país 190.000 contratistas militares privados, financiados por Estados Unidos.)

No hay duda de que el movimiento contra la guerra de Vietnam consiguió, por accidente o por designio, que las tropas estadounidenses regresaran a casa. El problema fue que no trajeron la guerra consigo, sino que la dejaron en Vietnam. Así son las guerras eternas de «Estados Unidos»: guerras en las que la población civil estadounidense está protegida de la realidad espacio-temporal de la guerra. La línea del frente permanece en algún lugar, dejándonos perfectamente a salvo, al otro lado de uno o dos océanos. El 11-S, por supuesto, fue la excepción a esa regla, cuando Al Qaeda determinó que, en realidad, la guerra en la península arábiga se estaba llevando a cabo desde Nueva York, Arlington y Washington DC, lo que convertía a esas ciudades en blancos legítimos.

Pero si se comparan las 3.000 personas que perdieron la vida en esos atentados terroristas con los 67.000 civiles muertos en Gran Bretaña en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial (alrededor del 0,2 % de su población civil total; 40.000 sólo durante el Blitz de 1940-41), por ejemplo; o con los cientos de miles a quienes hoy se barre como a moscas en los barrios residenciales (o lo que quede de ellos) de Palestina, Líbano y hoy Teherán, y se podría observar que el público estadounidense no ha estado recibiendo su cuota justa de guerra.

De Wall Street a Main Street pueden atracarte, violarte, dispararte o matarte a puñaladas. Según cifras del FBI, en 2017 el 28 % de las víctimas de homicidio fueron asesinadas por alguien a quien conocían. En 2023, la tasa de resolución de homicidios y asesinatos en Estados Unidos era del 57,8 %. Sin embargo, ser un civil y estar en la línea del frente de una guerra, llevada a cabo con armas de destrucción en masa, que no tiene absolutamente nada que ver contigo; en otras palabras, ser «blanco legítimo» en una guerra entre Estados, o entre Estados y agentes no estatales, es sin duda un honor reservado a la gente que está «allá».

Consideremos cualquiera de las líneas del frente civiles de la posguerra. Por ejemplo, la Guerra Civil de Corea, en la que indisputablemente las fuerzas armadas estadounidenses desempeñaron su papel en la cifra estimada de 3 millones de muertos. Si hoy quedan pocos vestigios visibles de aquel holocausto en la «utopía de concreto» que es Corea del Sur, es porque la mayoría de sus ciudades fueron completamente destruidas en la guerra, o bien han sido desde entonces sin descanso «modernizadas». Los recuerdos pueden ser peligrosos: mejor arrasar con ellos. En alguna parte Bruce Cumings menciona que según estimaciones el 80 % de todas las estructuras entonces en pie fueron parcial o totalmente destruidas durante los tres años de la guerra «de Corea», del 25 de junio de 1950 al 27 de julio de 1953.

Ni que decir tiene que la guerra afecta a las personas cuando irrumpe en sus hogares. Olvídense de las «guerras televisadas» y de las guerras que se «retransmiten en directo» en los teléfonos inteligentes («el genocidio está ocurriendo en la pantalla de tu televisor» es una típica afirmación posmoderna). Las guerras que se ven en los teléfonos inteligentes nada traen a casa; son una estrategia comercial sin complicaciones para entregar audiencias a los anunciantes. ¿Por qué alguien dotado de inteligencia trataría siquiera de comparar las imágenes de masacres que se ven en los teléfonos inteligentes con las bombas israelíes que se estrellan contra los tejados de la gente, aniquilando a sus familias, reduciendo a escombros sus viviendas y calles?

Puede sonar jocoso decir que la Guerra de Corea consiguió pacificar a la población, pero hoy en día en Estados Unidos se cometen 81 veces más delitos con armas de fuego que en Corea del Sur, y hay 271 veces más policías. Como alguien que vivió en el centro de Seúl durante cinco años, y que ha viajado extensamente por Corea del Sur, no recuerdo haber presenciado nunca un incidente violento, ni siquiera una conversación violenta. En Corea, la verdadera violencia es la estatal, reservada al poder ejecutivo (el de Estados Unidos, no el de Corea) y al conflicto militar Norte-Sur, actualmente de receso, y que bien podría conseguir, con el tiempo, devolver la península coreana a los campos de exterminio masivo de antaño.

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Bringing the War Home. Qué pintoresco se antoja hoy el agitprop de Rosler. Claro está que no debemos olvidar al movimiento G.I. que se iniciara alrededor de 1968, y que en Estados Unidos se propagó a través de los cafés G.I., la prensa clandestina y la organización sindical en las bases militares, con el objetivo de perturbar y socavar la disciplina militar. Soldiers in Revolt (1975), de David Cortright, ofrece una excelente descripción de ese aspecto del movimiento contra la guerra de Vietnam (la guerra americana, como la siguen llamando los vietnamitas); si bien con el fin de la guerra americana en 1973 y, sobre todo, del servicio militar obligatorio ese mismo año, la posibilidad de extender la línea del frente al territorio nacional de Estados Unidos, de que los soldados reavivaran  la guerra civil americana en nombre de la igualdad racial y de clase, resultó ser una quimera.

Stokely Carmichael, presidente del Comité Coordinador Estudiantil No Violento, habla con miembros de la prensa en la Comisión de Reglas de la Cámara de Representantes en mayo de 1966. (Colección Bettmann a través de Getty Images). Cortesía de The Nation.)

No me consta que de las Panteras Negras —por ejemplo, entre militantes de la generación más joven, como Stokely Carmichael— nadie haya abogado alguna vez por la insurrección urbana de los veteranos de Vietnam. Lo cual, por supuesto, no quiere decir que no le hubiese pasado por la mente a muchos de los veteranos. Pero la cosa no pasó de ahí. Tomemos, por ejemplo, la Operación RAW (Rapid American Withdrawal), una marcha de protesta de varios grupos pacifistas en la que participaron unos 200 activistas que durante el fin de semana del Día del Trabajo (Labor Day) en Estados Unidos, del 4 al 7 de septiembre de 1970, se encaminó desde Nueva Jersey hacia Pensilvania, en un gesto de «teatro de guerrilla», y atrajo por el camino a cientos de simpatizantes, entre ellos al futuro senador, candidato a la presidencia de Estados Unidos y halcón de guerra John Kerry.

Creo recordar que la idea de que los veteranos de Vietnam volvieran sus armas contra sus superiores era una de las muchas y pueriles fantasías del Ejército Simbionés de Liberación (SLA), que se mantuvo activo en Estados Unidos entre 1973 y 1975: el secuestro de la heredera Patty Hearst y su participación en los atracos a bancos por el SLA fue la mejor obra de arte posmoderna del grupo. Por lo demás, creámonos solo la mitad de sus payasadas hollywoodenses.

Mayor interés reviste el estudio de caso de ficción sobre el veterano de Vietnam como heraldo de la guerra civil en Estados Unidos que encontramos en First Blood (1982), de Ted Kotcheff, que en España se conoce bajo el título Acorralado, y en América Latina como Rambo: primera sangre. Está claro que Sylvester Stallone, la estrella de la película, no tenía ni idea de donde se estaba metiendo, hecho confirmado por la conversión de Rambo en toda una franquicia, vulgar y disparatado ejercicio de revisionismo histórico de la época de Reagan. Pero en First Blood, Rambo no tiene (todavía) detrás las fuerzas combinadas del ejército estadounidense y no reconocería la Guerra Fría ni aunque le cayera en la cabeza.

John Rambo es un donnadie: un marine estadounidense altamente condecorado que llega a Estados Unidos sólo para verse humillado y sin amigos. En la escena inicial de la película se nos revela que el último compañero de Rambo en el ejército había muerto por envenenamiento con Agente Naranja. Rambo deambula sin rumbo antes de llegar a un remoto pueblo maderero donde lo detiene un jefe de policía demasiado entusiasta bajo la endeble acusación de vagabundeo, mero pretexto para la violencia policial. Detenido, Rambo es acosado y agredido; reacciona de forma explosiva escapando de la policía y huyendo a las montañas, donde procede a valerse de su entrenamiento militar especializado para sembrar el caos: primero, aterrorizando a los agentes de policía, después enfrentándose a soldados de la Guardia Nacional de Washington. Por último, Rambo regresa a la ciudad en que lo había detenido el «policía de mierda», al que le sigue la pista y hiere gravemente, tras haber bombardeado e incendiado la ciudad.

Si bien estamos ante una visión perfectamente plausible del movimiento G.I., y no obstante toda la ideología insurgente de la película, First Blood sigue siendo una historia de venganza personal. Aunque al policía de mierda se lo identifique con una América en bancarrota política y moral, para Rambo la injusticia que experimenta es simplemente una cuestión de respeto. El soldado de las fuerzas especiales exige respeto por los servicios prestados. En ningún momento se detiene a pensar ni por un segundo en la verdadera ruina humana que dejara atrás en Vietnam. No son las víctimas quienes vuelven a casa, vuelve sólo el victimismo. Lo que hace totalmente impensable toda guerra civil o de clases más amplia, toda guerra de los oprimidos contra los opresores.

¿Y hoy? ¿Es comparable el movimiento antibélico y antisionista que se ha estado organizando en los recintos universitarios de Estados Unidos con el movimiento contra la guerra de Vietnam de los años sesenta y principios de los setenta? Que yo sepa, no, en el sentido de que la dimensión militar insurgente de este último, con sus raíces en el movimiento G.I., no encuentra nada comparable en las actuales protestas universitarias. Por lo demás, con la expansión sin restricciones del complejo militar-industrial y la aparición de sistemas de seguridad y vigilancia basados en la inteligencia artificial, las perspectivas más amplias de un levantamiento emancipador en Estados Unidos (en contraposición a meros disturbios) no son tanto inexistentes como absurdas.

Pero mantengamos las cosas en perspectiva. ¿Por qué amalgamar la ecología de los medios de comunicación, las retransmisiones en directo las veinticuatro horas del día del último «acontecimiento» en Estados Unidos —marines que posan con ametralladoras, alborotadores que desde puentes arrojan piedras contra la policía de Los Ángeles— con una cuestión tan intelectualmente exigente y tan vital como la guerra civil?

 
Jason Barker: igual entre primeros.

Imagen: Sylvester Stallone en el papel de Rambo en First Blood (1982), de Ted Kotcheff. Foto cortesía de Wex.

Tradujo del original en inglés Rolando Prats.

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