«Brasil, nação “interrompida”?», de Valério Arcary, se publicó originalmente en portugués en Jacobina el 15 de mayo de 2025.

Brasil, el país más importante al sur del ecuador, es una sociedad fracturada por una aberración histórica: siglos de esclavitud y una desigualdad anacrónica. Numerosos autores, tanto marxistas como liberales, han intentado descifrar el enigma de la emancipación brasileña, pero pocos han comprendido que esta será viable sólo si es ecologista, educativa, democrática, agraria, negra, feminista, obrera, popular, anticapitalista y antimperialista.
— Valério Arcary

 

«Más vale una crítica sensata que un cumplido exagerado.»

Proverbio popular portugués

 

Una nación no es lo mismo que un Estado. Hay naciones oprimidas que carecen de Estado, como los palestinos y los kurdos. Hay Estados que ejercen el poder sobre varias naciones, como el Estado español, que oprime a catalanes, vascos y gallegos, entre otros. Toda nación está sujeta a determinaciones objetivas —una geografía y una historia, un espacio y un tiempo—, pero sobre todo es la construcción histórica de la conciencia que un pueblo tenga de sí mismo. Una nación se forma cuando se consolida una identidad nacional. O cuando un pueblo se reconoce como una «comunidad de destino compartido», según dijera Benedict Anderson.

Vista en ese plano, la nación es la conciencia de pertenecer a ella. El Estado es un aparato de coerción y de representación del poder político. El país es una síntesis del Estado-nación. La mayoría de las naciones fueron construcciones políticas, porque los Estados se anticiparon a la nación. En otras palabras, ha habido un patrón histórico en virtud del cual los Estados nacionales se han consolidado como instrumentos mediante el cual una sociedad —con sus estratificaciones raciales, sociales, regionales, lingüísticas y culturales— se transforma en nación. Históricamente, el sujeto social de esa movilización ideológica de un pueblo en una nación fue la burguesía, que además de dominar aspiraba a conseguir la hegemonía y el liderazgo.

Una de las tareas de las revoluciones democráticas consistió precisamente en construir naciones. Pero ello adoptó formas diferentes en cada país. Los países del centro fueron la avanzada de ese proceso —a diferencia de los países de la periferia del sistema internacional en los que la construcción nacional conoció un lento desarrollo—, lo que sirvió para conferir legitimidad a ideologías imperialistas. En cambio, en las excolonias, si bien se observan enormes variaciones entre América Latina, África y Asia, el nacionalismo adquirió una dimensión doble e incluso contradictoria: validó la dominación burguesa, pero también desempeñó un papel progresista en la lucha por la independencia nacional.

Nación brasileña y revolución

No hay duda de que existe una nación brasileña, pues su pueblo se reconoce en un destino común, pero su proceso de formación fue muy complejo y conflictivo por causa, como mínimo, de tres factores: 1) trescientos años de esclavitud durante los cuales se impusieron condiciones inhumanas de superexplotación y opresión a la mayoría negra e indígena; 2) un lento proceso de construcción del Estado nacional; 3) el terrible retraso y el carácter inconcluso de la revolución burguesa.

La idea original de una nación como proceso en marcha tras una revolución burguesa «inacabada» la formuló Caio Prado Jr. La interpretación de una nación «interrupta» responde a la condición de dependencia frente al orden imperialista, pero también a la principal peculiaridad de la historia brasileña: la extrema desigualdad social.

Brasil, el país más importante al sur del ecuador, es una sociedad fracturada por una aberración histórica: un grado absurdo y monstruoso de injusticia social. Brasil posee el mayor parque industrial del hemisferio sur del planeta y es una de las diez mayores economías del mundo, con veintidós ciudades de un millón de habitantes o más y el 85 % de la población económicamente activa asentada en centros urbanos. Todo un laboratorio histórico del desarrollo desigual y combinado. Una unión de lo obsoleto y lo moderno, una amalgama de formas arcaicas y contemporáneas. Brasil se inserta en el mundo como un híbrido de semicolonia privilegiada y submetrópolis regional. Toda interpretación marxista de Brasil se enfrenta, sin embargo, al desafío de responder a la cuestión de la principal peculiaridad nacional: la extrema desigualdad social. En ello radica nuestra excepcionalidad y en ello está la clave de la revolución brasileña.

Esclavitud, desigualdad y burguesía

Si la clave para interpretar a Brasil estriba en la desigualdad social, la clave de la desigualdad está en la esclavitud. Sin comprender el significado histórico de la esclavitud es imposible descifrar la especificidad de Brasil. El capitalismo brasileño perpetuó la esclavitud casi hasta fines del siglo XIX. Una esclavitud tan larga y en tan gran escala dejó un legado social que es algo más que una curiosidad histórica.

La población indígena, que según cálculos ascendía a tres millones —dos millones en la costa y un millón en el interior—, se vio diezmada como resultado de la colonización. En Brasil la esclavitud indígena se mantuvo hasta las reformas pombalinas de la segunda mitad del siglo XVIII. La esclavitud negra surgió con las primeras plantaciones de monocultivo de azúcar, a partir de 1530, y persistió durante aproximadamente tres siglos y medio. Se calcula que la población esclava haya sido de no menos de un tercio de la población total hasta 1850, y puede que se acercara a la mitad, o al menos al 40 % en el siglo XVIII, en plena fiebre del oro de Minas Gerais.

En Brasil, la burguesía surgió en el siglo XVI y el proletariado lo hizo a finales del XIX. En Europa, la burguesía también se formó como clase muchos siglos antes de que existiera el proletariado moderno, pero como clase media propietaria oprimida, no como clase dominante, que tuvo que luchar por el poder. La burguesía brasileña contó con doscientos cincuenta años para formarse como clase dominante, si bien subordinaba a la metrópoli.

El «carácter nacional» del pueblo brasileño

Todas las naciones capitalistas, lo mismo en el centro que en la periferia del sistema, son desiguales, y esa desigualdad ha ido en aumento desde la década de 1980. Pero la desigualdad que caracteriza al capitalismo brasileño es una desigualdad anacrónica. ¿Por qué los grados de desigualdad social han sido siempre tan desproporcionadamente altos en comparación con países vecinos como Argentina o Uruguay?

A lo largo de décadas se elaboraron diversas hipótesis reaccionarias, las más influyentes de las cuales se basaban en premisas racistas inspiradas en la eugenesia, como parte de un debate de interés no sólo histórico, pues también nos alerta de un rasgo particularmente aberrante, y que aún perdura, de la mentalidad de fracciones de la clase dominante. Obras lusófobas como Evolução do Povo Brasileiro (Evolución del pueblo brasileño), de Oliveira Viana, de 1923, en la que se postulaba la necesidad de «blanquear» al pueblo, pretendían explicar la desigualdad por el atraso, y el atraso por el mestizaje de las razas. Otras, como Casa Grande e Senzala, de Gilberto Freire, adepto de la lusofilia, presentaban el mestizaje como la clave de lo que hacía que Brasil se distinguiese progresivamente de otros países, como Estados Unidos, donde se había impuesto la segregación racial, o apartheid.

La burguesía brasileña buscaba intérpretes de su historia que pudieran legitimar una reivindicación ideológica de su nacionalismo. La idea de una «nación de sangre» que sirviese de fundamento de la interpretación del carácter de un pueblo también serviría para revelar el destino histórico de una sociedad dada. La indagación sobre el carácter del pueblo brasileño se convirtió entonces en el centro de un proyecto ideológico.

La visión de Brasil como un país de personas dóciles y emocionalmente intensas se avenía con las necesidades de la clase dominante de encontrar el «carácter nacional» del pueblo brasileño, en una época en que la sociología estudiaba el carácter «enérgico» de los alemanes o el carácter «apasionado» de los italianos. En Raízes do Brasil, de Sergio Buarque de Hollanda, se postulaba la idea del «brasileño cordial». Pero a Sergio Buarque le preocupaba sobre todo comprender la aversión de la clase dirigente al criterio meritocrático liberal.

La movilidad social en el Brasil agrario era muy baja y lenta. La de Brasil era una sociedad muy desigual y rígida, y podría decirse que casi estamental, pues los criterios de clase y raza se entrecruzaban, forjando así un sistema híbrido de clase y casta que suponía un freno a la movilidad. El ascenso social se registraba en el plano individual y transcurría por canales estrechos, pues dependía esencialmente de relaciones de influencia y, por tanto, de clientelismo y dependencia a través de conexiones personales: lo que en Brasil se conoce como pistolão; es decir, amiguismo. Los criterios de selección eran precapitalistas: el parentesco y la confianza personal.

Publicada en 1936 y rescatada del olvido por Antonio Cândido en la década de los sesenta, Raízes do Brasil fue una obra influyente, incluso entre la izquierda. El análisis de la resistencia ideológica al liberalismo ocupa el centro del pensamiento allí plasmado: algunos, desacertadamente, han querido ver en Raízes do Brasil la afirmación de que el concepto de «hombre cordial» era una imagen que se refería únicamente a un afecto natural, a una amabilidad auténtica, a una diligencia en el trato con los demás. Sin embargo, Sergio Buarque hacía hincapié en la prevalencia a lo largo de muchas generaciones de una inserción social de castas casi hereditaria: los hijos de zapateros, sastres, comerciantes, médicos, ingenieros y abogados heredaban los negocios de sus padres. La inmensa mayoría no heredaba nada, porque eran descendientes de mano de obra esclava, predominantemente agraria.

Marxismo brasileño

La asimetría del proceso histórico-social de formación de las dos clases más importantes de la sociedad brasileña actual dio lugar a tres posiciones opuestas en el marxismo. La escuela influida por el Partido Comunista de Brasil propugnaba la tesis de que se habría tratado de un fenómeno de carácter feudal.

Alberto Passos Guimarães y su obra Quatro séculos de latifúndio (Cuatro siglos de latifundio) tuvieron una gran repercusión. Nelson Werneck Sodré, quien había llegado a ejercer una gran influencia en el Instituto Superior de Estudios Brasileños (ISEB) hasta su prohibición en 1964, publicó Formação Histórica do Brasil, la cual fue objeto de una buena acogida. El diálogo entre los estalinistas —la corriente política de izquierda más fuerte en la década de los cincuenta— y los estructuralistas, la escuela teórica más influyente, hizo que esa interpretación prevaleciera hasta la década de los sesenta. No aceptaban la posibilidad de la existencia de una colonización capitalista desde el inicio de la colonización portuguesa, a la vez que sostenían que una sociedad debía caracterizarse históricamente por las relaciones sociales de producción dominantes. Afirmaban, como si fuese un dogma, que lo que caracterizaba al capitalismo era, ante todo, el trabajo asalariado. Si el trabajo asalariado no es dominante, la sociedad no es capitalista. Durante décadas insistieron en la ridícula tesis de que en Brasil habría existido el feudalismo. Jacob Gorender contribuyó al debate con una hipótesis de mayor vuelo, que Ciro Flamarion Cardoso hiciera suya, según la Brasil habría conocido su propio modo de producción, el de la esclavitud colonial.

Gunder Frank respondió a los dualistas de la CEPAL con el argumento de que la colonización de América Latina había sido directamente capitalista, para afirmar lo cual se basaba en la teoría de la dependencia con su célebre fórmula de que el futuro del capitalismo sería el «desarrollo del subdesarrollo». Pero esa formulación, en la que hallaba expresión una posición simétrica a la de los estructuralistas, también era unilateral. Gunder Franck tuvo el mérito de ser un pionero entre los partidarios de la teoría de la circulación, según la cual el capitalismo habría resultado del aumento de la circulación de mercancías en el proceso de conformación del mercado mundial. Según Gunder Franck, la colonización había sido categóricamente capitalista, sin tener en cuenta el hecho, de monumental importancia, de que en Brasil, por ejemplo, la esclavitud había echado profundas raíces durante casi cuatro siglos. Dos décadas más tarde, los teóricos de la circulación, según los cuales la integración de las colonias en la circulación mundial del capital era criterio suficiente para definir como capitalista la colonización, pasaron a ser más conocidos como la escuela del sistema-mundo, inspirada por los trabajos de Immanuel Wallerstein y Giovanni Arrighi.

La tercera corriente fue la de los marxistas de tradición trotskista, como el argentino Nahuel Moreno y el chileno Luis Vitale, que inspirados en la teoría del desarrollo desigual y combinado, reconocieron que la colonización había sido un proceso más complejo por haberse sido resultado de una amalgama de intereses capitalistas, relaciones sociales esclavistas y formas jurídicas feudales, lo que había dado así lugar a una formación social original y a un híbrido histórico. Por lo que advirtieron que si, desde el principio, la colonización había sido de carácter capitalista no había lugar en América Latina para otra que no fuese una revolución socialista, y no una combinación y subordinación de la revolución democrático-burguesa a la revolución socialista

El marxismo latinoamericano se formó bajo la influencia de un pseudo-marxismo que había bebido de las fuentes de los historiadores liberales, quienes predicaban que una presunta colonización feudal por parte de España y Portugal había sido el origen de nuestro atraso en relación con Estados Unidos. Esa falsa idea de la colonización fue sustituida en algunos círculos marxistas por otra igual de peligrosa: la colonización de América Latina había sido un proceso directamente capitalista. Gunder Frank fue uno de los representantes más importantes de esa nueva interpretación.

Sin embargo, como George Novack, en su obra de 1972 Understanding History: Marxist Essays[1] acertadamente le respondiera a Gunder Frank:

El capitalismo comienza a penetrar, a formar, a caracterizar por completo a América Latina […] ya en el siglo XVI. Producción y descubrimientos con fines capitalistas; relaciones esclavistas o semiesclavistas; formas y terminología feudales (al igual que el capitalismo mediterráneo) son los tres pilares sobre los que se asentó la colonización de América […] No inauguraron un sistema de producción capitalista porque en América no existía un ejército de trabajadores libres en el mercado. Fue así que los colonizadores, para poder explotar a América de forma capitalista, se vieron obligados a recurrir a relaciones de producción no capitalistas: la esclavitud o semiesclavitud de los indígenas.[2]

En esa clave, la revolución brasileña tendrá que consistir en varias revoluciones simultáneas: será ecologista y educativa, democrática y agraria, negra y feminista, obrera y popular, anticapitalista, pero también tendrá que ser antimperialista. Llegará.

Notas

[1] Publicada en español bajo el título Para comprender la historia por la editorial colombiana Ediciones Pluma en 1977. [N. del T.]

[2] Se ha traducido la cita del original en portugués. [N. del T.]

Imagen: Paraisopolis, favela de São Paulo, junto al rico vecindario de Morumbi. Foto: Tuca Vieira. Cortesía de The Guardian.

Tradujo del original en portugués Rolando Prats.

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