Botes salvavidas, steampunk y colonialismo: ¿qué es hoy el fascismo?
Alberto Toscano, Harsha Walia
Feb 8, 2026

«Lifeboats, steampunk and colonialism — fascism today: A conversation with Alberto Toscano and Harsha Walia» apareció en The Transnational Institute (TNI) el 3 de febrero de 2026. La entrevista, realizada por Nick Buxton, forma parte de la serie «State of Power 2026» de TNI. En ella, Toscano y Walia exploran las raíces históricas y la dinámica capitalista actual que han llevado al auge del fascismo en todo el mundo, así como las causas de que la guerra contra los inmigrantes, las drogas y las personas en situación de pobreza se haya convertido en el eje de la movilización fascista.

«Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano. Hoy por hoy, Venezuela produce tanto petróleo como Dakota del Norte, donde ya operan empresas como Chevron. Pero es evidente la nostalgia por una modalidad más cruda del imperialismo, como en el siglo XIX, con un mayor grado de depredación, extorsión, saqueo y piratería en su forma más directa. Se trata de una estrategia de acumulación abiertamente fascista. Y, dadas las reservas petroleras venezolanas (las más grandes del mundo) y la rivalidad con China, estamos además ante una apuesta por el dominio energético, que niega por completo la transición energética en la que China está asumiendo un liderazgo cada vez mayor.»
— Harsha Walia

Una conversación con Alberto Toscano y Harsha Walia

Nick Buxton

¿Qué es el fascismo y en qué se diferencia hoy de sus manifestaciones de otras épocas?

Alberto Toscano

Es esa una pregunta que se ha vuelto algo incómoda para mí, pues desde hace algún tiempo he venido denunciando la obsesión de las ciencias políticas por establecer una definición rígida y estricta del fascismo o por compilar listas de verificación que nos digan lo que es fascismo y lo que no. Como si existiera un manual de diagnóstico de trastornos políticos en el que bastara marcar varias características o elementos. Dicho esto, para empezar a abordar el fenómeno del fascismo podría decirse que es una política de dominación, supremacismo y exclusión que surge de las crisis de las democracias electorales de masas.

Dicho así, no deja de ser una noción harto general pero que, al mismo tiempo, con un poco de suerte, nos permitirá reflexionar sobre las continuidades y las diferencias entre los fascismos europeos de entreguerras y los movimientos o regímenes actuales que podemos calificar de fascistas o fascisizantes.

No me inclino a buscar la esencia del fascismo, sino a pensar en potencialidades o procesos fascistas, por utilizar un término que ya a finales de los años sesenta y setenta empleara Angela Davis[1].

Si fuéramos a trazar un panorama de lo que significa actualmente fascismo, tendríamos que lidiar con las enormes transformaciones en la vida social, económica y política que hemos presenciado en el siglo transcurrido desde la Marcha sobre Roma de Mussolini. Y, también, hacer frente a cuestiones que no eran pertinentes para los fascismos de entreguerras, pero que ahora son absolutamente claves, como la catástrofe climática.

Harsha Walia

En su núcleo duro, el fascismo es una ideología supremacista explícita que subyace a su racismo, a su sexismo, a su ideología patriarcal y su transfobia. Todos esos rasgos son inherentes al neoliberalismo y a las democracias electorales. Pero, en su orientación, el fascismo es explícitamente supremacista de formas que le son propias.

Los estudiosos de la tradición radical negra nos dirían que fascismo es colonialismo. Es esa una cuestión importante, pues en no pocos casos las definiciones del fascismo han girado en torno a ideas eurocéntricas y al período de entreguerras. George Jackson en Estados Unidos[2], George Padmore con su articulación del fascismo colonial[3] o Aimé Césaire con sus análisis proféticos[4] nos dirían que la mejor manera de entender el fascismo es viendo en él una fase del colonialismo. Creo que es esa la forma más importante de entenderlo, como una faceta del colonialismo, trátese del rostro imperialista del colonialismo o el de la colonia de asentamientos en países como Canadá y Estados Unidos.

El fascismo es siempre contrarrevolucionario y procapitalista, a pesar de sus intentos de cooptar a la clase trabajadora. Y está siempre alineado con el capitalismo, a pesar de tendencias centrífugas que pudiesen apuntar a lo contrario. Por lo que, a mi juicio, son esos los tres pilares fundamentales del fascismo: ser la expresión explícita de una ideología supremacista, estar arraigado en el colonialismo y ser una fuerza contrarrevolucionaria alineada con el capitalismo.

Quizás las diferencias entre el fascismo actual y el de otros períodos radiquen en el hecho de que, en la Europa de entreguerras, el fascismo se concebía a sí mismo como un retorno a una época anterior, impulsado por la nostalgia por una política y una época puritanas y supremacistas. En cambio, hoy en día, en medio de la crisis climática a la que nos enfrentamos, el fascismo exhibe una tendencia mucho más supervivencialista. Es menos nostálgico y más apocalíptico, arraigado en ideas darwinistas de supervivencia.

La otra realidad importante de nuestra época es que el fascismo se está extendiendo cada vez más por todo el mundo. Vivimos en un mundo multipolar, real o aparente, en el que han emergido potencias imperiales o subimperiales cada vez más fuertes en el Sur Global. Las tendencias fascistas se están extendiendo más allá de la antigua división Norte-Sur, respaldadas por el capital y el capital transnacional.

NB: ¿Cuáles creen que sean las razones fundamentales que subyacen a ese resurgimiento de la política fascista en este momento?

AT: Entre las razones más importantes se encuentra la que Harsha acaba de mencionar en relación con el carácter supervivencialista de los movimientos fascistas y de extrema derecha contemporáneos. Pensemos en un bote salvavidas. Desde la crisis financiera mundial de 2007-2008, posiblemente incluso desde antes, hemos vivido un largo período de estancamiento capitalista: disminución de las expectativas socioeconómicas y reducción del salario social y de la red de seguridad social, mientras que los esfuerzos por lograr mejoras sociales más igualitarias o universalistas se han visto repetidamente aplastados o restringidos, a menudo por las mismas fuerzas que se presentan como liberales o incluso socialdemócratas o de izquierda.

Se ha generalizado la idea de que las cosas no van a mejorar, de que el pastel se está reduciendo. Hasta los negacionistas del cambio climático son a menudo, implícitamente, realistas climáticos; por ejemplo, cuando hablan de escenarios apocalípticos de migración masiva. Al fin y al cabo, ¿por qué se producirían esas migraciones masivas? Ah, claro, precisamente por lo que ellos dicen que no es así.

La devastación neoliberal de las expectativas sociales ha generado una sensación de precariedad y un futuro hipotecado —lo que ha desempeñado un enorme papel en las victorias de la extrema derecha— y ha creado una corriente subterránea de profundo cinismo. En última instancia, tengo la sensación de que la mayoría no cree en las grandiosas visiones retóricas sobre cómo «volver a ser grandes» o en un futuro de riqueza o abundancia, sino que se moviliza por las promesas de que podrán conservar algunos bienes materiales y simbólicos para el grupo étnico, nacional, religioso o de clase al que pertenezcan. Si las cosas están empeorando inexorablemente, tal vez ello se pueda frenar mediante políticas de exclusión o jerarquía. A menudo, los únicos bienes disponibles son puramente simbólicos, como el empobrecimiento o la humillación de otros, y no el mejoramiento de su propia vida. Para decirlo como W. E. B. Du Bois, los «réditos psicológicos» son susceptibles de aumentar a medida que los réditos materiales se estancan. Esa noción de juego de suma cero encaja con la centralidad que las políticas racistas y xenófobas contra los inmigrantes tienen en la extrema derecha de todo el mundo.

HW: Concuerdo con todo lo que acaba de decir Alberto. El auge de las tendencias fascistas ha pasado de ser una nostalgia por el pasado a una lucha contra la miseria del presente y, lo que es igual de importante, contra una miseria desconocida en el futuro. Se tiene la sensación de que las cosas no van para mejor.

La gran mayoría de la población mundial comprende la crisis del capitalismo. La cuestión es lo que decidan hacer al respecto. Las tendencias fascistas, más que cualquier otra cosa, ofrecen a las personas una sensación de victoria en un mundo profundamente desigual. Y esa sensación de victoria es el rédito psicológico: es el sadismo, son las guerras culturales, es sentirse superior a los demás.

NB: ¿Qué hay de la relación del capital —y, en particular, de las élites empresariales— con los líderes fascistas? Bajo el neoliberalismo, esas élites ya estaban ganando. ¿Por qué entonces han hecho causa común con los líderes fascistas?

HW: Diría que son varias las razones. En primer lugar, sin que quepa duda, si bien es cierto que el neoliberalismo congenia con el capitalismo, también lo es que los neoliberales tienen que lidiar con el descontento cada vez mayor de un número cada vez amplio de sectores de la sociedad. Las tendencias derechistas y fascistas ofrecen una falsa alternativa al neoliberalismo que permite al capitalismo resucitar y salvarse a sí mismo. No pocos neoliberales tienen plena conciencia de que el fascismo puede presentar una fachada anticapitalista con tal de ofrecer algo a las personas descontentas con las crisis del capitalismo, cuando en realidad lo que hace es servir de sostén del capitalismo. Es esa una de las razones por las que los neoliberales se alinean con los líderes fascistas.

Muchos líderes empresariales, que al fin y al cabo detentan un enorme poder político, creen realmente en ideas fascistas. Más allá de Estados Unidos, que es un caso demasiado obvio, tomemos, por ejemplo, el caso de India, donde la riqueza intergeneracional y el neoliberalismo están profundamente marcados por el sistema de castas y el racismo. Multimillonarios como Ambani y Adani creen en el supremacismo basado en las castas y en el racismo antimusulmán. Ambani, el hombre más rico de India y uno de los más importantes patrocinadores de Narendra Modi, dirige un canal de «noticias» que se pasa todo el día emitiendo tonterías contra los musulmanes. Así, pues, hay miembros de la clase capitalista —como Ambani en India o Musk en Estados Unidos— que utilizan su capital para respaldar a líderes fascistas porque genuinamente creen en esas ideas, y no necesariamente para poner a resguardo sus intereses capitalistas, aunque, por supuesto, los líderes fascistas también suelen proteger sus intereses.

AT: Es esa una pregunta extremadamente espinosa, pues la situación actual es claramente diferente de la del período de entreguerras en que surgió el fascismo. En aquel entonces, la mayor parte del capital industrial y financiero acabó respaldando a los líderes fascistas ante la enorme agitación social, el desempleo y los movimientos obreros y revolucionarios a gran escala que habían puesto en crisis la acumulación de capital. Pero la decisión de la élite de entonces de optar por una política extrema y potencialmente disruptiva ante una emergencia o crisis político-económica no sirve para caracterizar la situación en la que hoy nos vemos. Estamos hoy atravesando un largo período de estancamiento, pero también una época de enormes ganancias para unas pocas grandes empresas, especialmente en el sector de la tecnología. También llevamos cincuenta años en un período marcado por la emancipación sustancial del capital respecto de la clase trabajadora, de las regulaciones y de los impuestos. Una gran pregunta que nos hacemos hoy es, precisamente, qué más desean los capitalistas.

A lo cual podría responderse diciendo que no estamos lidiando con un capital empresarial anónimo y sin rostro, sino con una clase de multimillonarios que ejercen un poder político personalizado en todo el planeta. Pensemos en Bezos, Ellison o Musk. Sus caprichos y sus particulares inclinaciones ideológicas tienen consecuencias históricas. A veces se tiene la impresión de que lo que está en juego no es ya ninguna visión estadística o macroeconómica de los intereses de la clase capitalista en su conjunto, sino más bien las inclinaciones políticas de esas seis o siete personas.

Así, cuando Musk habla en directo en una reunión de Alternativa para Alemania (AfD) o de la Liga de Defensa Inglesa (EDL), no lo hace en nombre de los intereses generales de la clase capitalista, sino a título personal en cuanto supremacista blanco con su propia historia y sus propias e idiosincráticas obsesiones. Vivimos en un mundo tan irracional que un poder personalizado de ese tipo goza de un papel desmesurado. Musk puede no sólo intervenir directamente en la vida política de Alemania e Inglaterra, sino que también puede apagar los satélites que ayudan a Ucrania a defenderse de la invasión a gran escala de Rusia.

Pero si nos fijamos en por qué a Trump lo han elegido dos veces, no es tanto por los multimillonarios per se, sino en gran medida por toda una galaxia de capitalistas mucho más pequeños, como los propietarios de lavanderías o gasolineras u otros a quienes antes se habría clasificado como parte de la pequeña burguesía. Es esa una historia que Melinda Cooper cuenta de forma convincente en su reciente libro Counterrevolution[5].

NB: Ya que han tocado ese tema, ¿podrían hablar más sobre la base de clase de los movimientos de extrema derecha y qué es lo que mantiene unida a esa alianza aparentemente contradictoria de oligarcas como Musk y trabajadores descontentos?

AT: Es complicado el asunto, ya que primero hay que distinguir entre la dimensión electoral —que es el fenómeno más obvio en el auge de la extrema derecha—, por un lado, y movimientos que presentan enormes variaciones entre países como Argentina, Hungría o India, y cuyas bases sociales y de clase tampoco son fácilmente comparables. Así que preferiría ser cauteloso a la hora de hacer afirmaciones demasiado generales.

Aun así, creo que se ha sobreestimado el papel material de la clase trabajadora en los movimientos fascistas contemporáneos, sobre todo porque la clase trabajadora industrial, en el sentido tradicional del término, no es especialmente numerosa ni en Europa ni en Estados Unidos. Por otro lado, en no pocos comentarios o análisis, podemos constatar esa dudosa tendencia a tratar el hecho de no poseer una educación universitaria como un sustituto de la clase social. El caso es que en Estados Unidos los votantes republicanos, independientemente de sus títulos académicos, solían pertenecer a grupos de ingresos más altos y provenían con mayor frecuencia de la pequeña burguesía que de la clase trabajadora; en cualquier caso, difícilmente constituyeran un ejército reaccionario de proletarios.

Lo cual no quiere decir que la extrema derecha a nivel mundial no movilice a muchos que pertenecen a la clase trabajadora en sentido general, algo que, por supuesto, está obligada a hacer para ganar las elecciones. Sin que por ello estemos dando crédito a la idea de que el nuevo fascismo sea producto de una revuelta de la clase trabajadora.

HW: Creo firmemente que no se trata de una alianza, pues no hay muchos sindicatos importantes que hayan dado su apoyo formal a los movimientos fascistas.

Todo el concepto de clase trabajadora blanca descontenta proviene de Europa y Norteamérica, por lo que no resulta válido para la mayoría de los demás lugares. Por no hablar del hecho de que, en sí misma, «clase trabajadora blanca» es una construcción del colonialismo y del etnoestado que presupone la blancura de una clase trabajadora que, por lo demás, es multirracial.

Resulta más útil reflexionar sobre las razones por las que personas que tienen mucho más que perder con el fascismo se sienten atraídas por este o votan por él. A menos que nos fijemos en países como India, donde se está produciendo un reclutamiento real y espantoso de decenas de miles de personas en enormes fuerzas paramilitares fascistas, en general la atracción que ejercen las ideas fascistas tiene como base un descontento difuso e individualizado con el neoliberalismo. Lo cual no necesariamente significa que cada persona se adhiera a todo el programa o a las políticas fascistas en toda su extensión. Cosa que quizás se vea hoy de forma más clara en quienes en Estados Unidos dicen que votaron por Trump, pero que ahora se sienten avergonzados por los secuestros y el terror desatado por el Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). A menudo esa atracción que ejerce el fascismo es también señal de que el votante está descontento con el sistema electoral y con las falsas opciones que se le presentan. Y, como he dicho antes, la gente también se siente en gran medida atraída por la idea de ganar, porque la vida de la mayoría de las personas es cada vez más precaria.

Para concluir diría que hoy en día la identidad de las personas ya no está marcada por ideas tradicionales y fordistas de clase. La mayoría de las personas no empiezan diciendo «soy un trabajador» o «trabajo en una fábrica», sino que suelen reivindicar como primarias otras identidades. El fascismo se basa cada vez más en la construcción de identidades, como el racismo contra los negros y el racismo contra los inmigrantes, para movilizar a las personas hacia identidades concretas. Ya sea Bolsonaro, Duterte o Trump, existe una construcción de identidad muy clara en torno a la cuestión de quién es el «ciudadano», que es susceptible de atraer a cualquier persona independientemente de su clase social.

Además, el fascismo apela fuertemente a la retórica contra los consumidores de drogas y los pobres, lo que refuerza la industria carcelaria y, al mismo tiempo, imbuye a algunos de un sentido de superioridad sobre otras personas con quienes comparten intereses de clase, y que empiezan así a verse a sí mismos como gente aparte y «mejores» que el resto. Ese fascismo en aumento se aprovecha del sentimiento que mucha gente alberga de que trabaja duro, pero lo convierte en un arma —con un toque de control moralizante— para explicar que la razón por la que la gente se ha visto no menos duramente golpeada no es el neoliberalismo o el capitalismo, sino «otras personas» que dependen del Estado de bienestar, consumen drogas o se roban recursos. De modo que la atracción por el fascismo no se basa principalmente en la identidad de las personas en cuanto trabajadores o gente de clase trabajadora, sino en la construcción de la identidad del «ciudadano generativo», que generalmente se constituye de forma explícita en contra de los inmigrantes y de las personas que viven en la pobreza.

NB: Han pasado apenas unos pocos días desde los ilícitos ataques de Estados Unidos contra Venezuela y el secuestro de Maduro y de su esposa. ¿Cómo entienden la relación entre el fascismo y el imperialismo y, en términos más generales, su relación con el militarismo y el complejo industrial-militar?

AT: A ese propósito resulta útil volver a las continuidades entre el colonialismo y el fascismo que mencionaba Harsha. En lo que toca al estudio del poder colonial, cabe recordar la obra del historiador de estudios subalternos Ranajit Guha, quien, en diálogo con Gramsci, utiliza la fórmula «dominación sin hegemonía», que más tarde tomará en préstamo Giovanni Arrighi en su Adam Smith in Beijing[6]. Es esa la forma que adopta la política de fuerza del colonialismo y, cada vez más, la forma de poder que por defecto adopta el imperialismo contemporáneo. Ya no se percibe la necesidad de supervisar un conjunto relativamente estable de alianzas planetarias jerárquicamente organizadas en torno a un centro ocupado por Estados Unidos. Se percibe, en cambio, que el poder estadounidense busca hoy utilizar su gigantesco aparato militar para una política de saqueo abiertamente extorsivo, aun cuando no sea directamente necesario desde el punto de vista económico.

Estados Unidos no necesita el petróleo venezolano. Hoy por hoy, Venezuela produce tanto petróleo como Dakota del Norte, donde ya operan empresas como Chevron. Pero es evidente la nostalgia por una modalidad más cruda del imperialismo, como en el siglo XIX, con un mayor grado de depredación, extorsión, saqueo y piratería en su forma más directa. Se trata de una estrategia de acumulación abiertamente fascista. Y, dadas las reservas petroleras venezolanas (las más grandes del mundo) y la rivalidad con China, estamos además ante una apuesta por el dominio energético, que niega por completo la transición energética en la que China está asumiendo un liderazgo cada vez mayor.

Ni siquiera se hace el menor esfuerzo por revestir de un barniz jurídico esa apropiación de recursos. Es fácil ver la diferencia entre la guerra de Bush en Iraq, para la que se esgrimió como pretexto el argumento de la democracia, y el caso de Venezuela, en que Trump deja abiertamente claro que «vamos a quedarnos con el petróleo» (y a depositar los ingresos del petróleo en cuentas en el extranjero o en «fondos para sobornos» controlados directamente por el propio Trump). La idea de proyectar el poder blando de Estados Unidos, promover transiciones democráticas y construir alianzas ha perdido todo interés.

El actual modelo imperialista estadounidense es como una versión steampunk de los Estados Unidos del siglo XIX, pero con Palantir e inteligencia artificial y con una ideología supremacista blanca explícita y dominante. Si se lee la estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos, la sección sobre Europa es delirantemente reaccionaria: en ella se sostiene que de aquí a veinte años los países de Europa habrán dejado de ser «europeos», basándose para ello únicamente en categorías raciales. El apoyo a los partidos de extrema derecha forma parte de manera explícita de la estrategia estatal estadounidense.

Para la política exterior trumpista, además, las fronteras son algo por completo impermeables en una dirección y totalmente permeables en la otra. Y así la guerra contra las drogas, la guerra contra el terrorismo y la guerra contra la inmigración se fusionan en una sola guerra interminable, proteica y fractal, lo que por demás viene a explicar de dónde sale ese relato sobre Maduro como siniestro jefe de un cartel ficticio que enviara hacia Estados Unidos drogas y migrantes desde prisiones y «manicomios». Al parecer, Trump sufre de ese cortocircuito que lo hace creer que quienes solicitan asilo provienen de asilos. Es con ese nivel de delirio e idiotez con el que estamos lidiando. Todo se fusiona en el contexto de esa Doctrina Monroe 2.0 (también conocida como «Doctrina Donroe», nombre tan estúpido como su referente) según la cual hay que dominar el hemisferio occidental para hacer frente a las «amenazas» a las que se ve expuesta la clase política de Estados Unidos y asegurar el acceso a minerales raros, petróleo y otros recursos, que se presentan directamente como propiedad de Estados Unidos.

Se trata de una combinación de maniobras político-económicas directas, políticas de fuerza, intereses materiales y exigencias ideológicas totalmente fantasiosas que no necesariamente benefician al capital estadounidense en su conjunto. En todo lo cual se pone en juego un exceso de ideología.

Entretanto, el partido racional del neoliberalismo, es decir, el Partido Demócrata, con un éxito muy limitado, querría responder aglutinando en torno suyo los intereses del capital en su versión más moderada de la estrategia imperial, en lugar de esta variante extremadamente burda.

NB: Buen juego de palabras ese de los solicitantes de asilo que provendrían de asilos.

AT: Es inevitable.

HW: Como mencioné anteriormente, uno de los pilares del fascismo es su carácter contrarrevolucionario y explícitamente anticomunista, y es desde esa perspectiva que debemos entender los ataques a Venezuela. Sabemos que la izquierda latinoamericana (entendida en sentido amplio y desde abajo, más allá de regímenes o líderes particulares) es uno de los bastiones de resistencia al imperialismo estadounidense y, en concreto, al fascismo y al control hegemónico por parte de Estados Unidos. Pero si bien todo ello es cierto, no debemos idealizar esa resistencia ni ignorar los numerosos y legítimos desafíos que la izquierda independiente le planteara a Maduro. De modo que, con su actuación, lo que desea Estados Unidos es dejarle bien claro a la izquierda latinoamericana el poderío estadounidense para ejercer su dominio, así como afirmar la supremacista Doctrina Monroe de que el hemisferio es «suyo».

Existe otra pieza en ese tablero y es el Caribe. El Caribe, concretamente Trinidad y Tobago, desempeñó un papel importante en los preparativos para la invasión a Venezuela y en el reforzamiento de la presencia marítima estadounidense. Así que no debemos perder de vista el papel de la región en la acumulación de riqueza para Estados Unidos, en particular la forma en que el capital se invierte cada vez más en las economías portuarias. Hemos asistido a un desplazamiento del colonialismo ejercido directamente sobre los recursos a la acumulación de riqueza a través de la economía logística y las economías portuarias, que se han vuelto fundamentales para la acumulación de capital transnacional. Además, tenemos todos esos complejos turísticos que los intereses capitalistas de Estados Unidos están muy interesados en construir en la región. De manera que Venezuela es importante para Estados Unidos no sólo por sus recursos, sino también por las vías de acceso al Caribe.

Por último, la acción también tiene como objetivo castigar a los rivales de Estados Unidos y a aquellos países con los que Estados Unidos cree estar en competencia global, como los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica). Por lo que, en general, para Estados Unidos se trata de expandir sus fronteras, asegurar su hegemonía, castigar a sus rivales económicos y reprimir los movimientos de izquierda. Y encubrirlo todo mediante la xenofobia antinmigrante y la retórica de la guerra contra las drogas y el terrorismo, lo que nos lleva de vuelta a algunos de los pilares fundamentales de la ideología fascista actual.

NB: ¿Por qué la guerra contra los inmigrantes y también la guerra de género han sido tan importantes para los proyectos fascistas en diferentes partes del mundo? ¿Por qué esos temas se utilizan constantemente como arma y se convierten en campañas de victimización y odio?

HW: Las llamadas guerras de género son tan fundamentales para el fascismo porque este es un proyecto intrínsecamente patriarcal. Patriarcal en el sentido amplio: la confluencia del Estado-nación militarista, una política de salvación, una política de «hombres fuertes» y el fomento de roles de género regresivos y el auge de la «manoesfera», que se basa en el mantenimiento y la reproducción del binarismo de género.

Y es en ese sentido que la guerra contra las personas trans es tan fundamental para los movimientos fascistas globales en términos de dominación patriarcal, de la misma manera que los inmigrantes se han convertido en uno de los marcadores raciales unificadores de la manera en que el fascismo se entiende a sí mismo. Si queremos entender el fascismo, no sólo en contextos de supremacismo blanco, sino en todo el mundo, debemos comprender que los procesos de racialización se construyen de diferentes maneras en diferentes lugares. Y en esos contextos tan diferentes, el inmigrante se ha convertido en la figura sobre la que se pueden colocar y hacer entender muy fácilmente marcadores raciales en todas las geografías. El fascismo tiene como base esos sistemas de alteridad: contra los consumidores de drogas, contra las personas trans, contra los inmigrantes, que se reproducen como blanco de ataque de diferentes fascistas a lo largo del tiempo y el espacio.

El racismo contra los inmigrantes también ofrece una solución particular a las contradicciones del neoliberalismo en lo que se refiere a la crisis migratoria, en particular la contradicción entre la necesidad de que las fronteras permanezcan abiertas al capital y cerradas a las personas. El fascismo permite al capitalismo autopreservarse asegurándose de que la mano de obra siga siendo inflexible e inmóvil, mientras el capital se mueve libremente. Y es esa una de las razones claves por las que los neoliberales hacen suya semejante ideología fascista, por cuanto esta les garantiza que la mano de obra se desplace sólo bajo determinadas condiciones, lo que suele implicar programas de trabajadores inmigrantes explotables o programas de trabajadores invitados. Con todo lo que digan, no es que los fascistas rechacen a los inmigrantes, sino que se apoyan en una política antinmigrante para fomentar el racismo y para promover la explotación, la precariedad y la deportabilidad de los inmigrantes. El objetivo no es deportar a todos los inmigrantes, porque lo cierto es que el neoliberalismo, los intereses del capital y el Estado los necesitan. Se trata más bien de crear las condiciones para aumentar la precariedad y la explotación, ya que el capital busca poblaciones cada vez más numerosas que segmentar y explotar.

NB: Me gustaría terminar con dos preguntas. En primer lugar, ¿dónde ven ustedes las fracturas, las líneas divisorias y las deficiencias del proyecto fascista en auge que las fuerzas progresistas de izquierda deberían aprovechar? Y en segundo lugar, ¿qué estrategias creen que debe adoptar la izquierda?

AT: Es bueno tener en cuenta el carácter reactivo o, de hecho, contrarrevolucionario de estos fascismos de hoy, lo cual es a veces difícil de discernir en el momento por el que estamos atravesando, que no es de gran radicalismo revolucionario. Sin embargo, es importante recordar que esas guerras culturales, así como las formas extremas de represión que estamos presenciando, son una respuesta a transformaciones y avances sociales reales y a los consiguientes cambios que se han producido en el sentido común. Es obvio que la transfobia tiene algo de siniestro e hiperbólico, pero también es una respuesta a las agudas luchas sociales y políticas en torno al género y la sexualidad que, en muchos aspectos, han tenido notables éxitos transformadores en la vida social cotidiana y las relaciones humanas. Del mismo modo, el fascismo global es también una respuesta a muchos momentos de insurrección o revuelta de las últimas dos décadas, como el movimiento Occupy, los movimientos contra la austeridad en el sur de Europa, las revoluciones de la Primavera Árabe, la ola de protestas por el asesinato de George Floyd en Estados Unidos, etcétera.

De modo que la extrema derecha no es sólo un delirio supremacista blanco que se limite a proyectar monstruosos enemigos y chivos expiatorios, sino también una respuesta a cambios sociales reales y a un poder social real. Lo cual no debe llevarnos a negligir los complicados problemas que todo esto le plantea a la izquierda, pues la extrema derecha hace suya lo que los radicales, revolucionarios o activistas suelen identificar y denunciar como cooptación liberal del radicalismo; tal es el caso de las políticas de diversidad, igualdad e integración (DEI), que se convierten en sustitutos de aquellos cambios radicales a los que originalmente aspiraban los movimientos sociales insurgentes. Sólo que es ese el complicado terreno en el que estamos llamados a luchar.

Dicho todo esto, creo que necesitamos una política que vaya más allá de la agitación retórica. Necesitamos movilizar a la gente en torno a agendas que le permitan transformar directamente su vida en una dirección que no sea la de la miseria, la precariedad y la incertidumbre. Por tanto, a pesar de todas sus limitaciones, vale la pena consagrar parte de nuestras energías a proyectos políticos a nivel de comunidades de base o a nivel municipal en los que se puedan construir formas de poder popular que le ofrezcan a la gente una experiencia de control transformador sobre su vida cotidiana. De lo contrario, o bien se actúa en terrenos como la política electoral nacional, donde el campo es asimétrico y desalentador y donde la derecha suele tener ventaja, o bien se limita la oposición a la duración limitada, por vital que sea, del enfrentamiento, los disturbios o las protestas.

Por último, creo que vale la pena tener en cuenta que, salvo en algunos casos como el de India, los movimientos de extrema derecha no son, en general, movimientos de masas con una base popular organizada y componentes institucionales sustanciales comparables a los de los movimientos fascistas históricos, sino en gran medida —si no exclusivamente— resultado de niveles masivos de desafiliación o desafección política; y que si bien pueden tener un gran impacto electoral, a menudo son muy débiles en la calle o incluso a nivel social.

HW: Debo confesar que no albergo muchas esperanzas. Sé que no es eso lo que la gente quiere escuchar y que todo el mundo necesita una buena historia, pero creo que la tarea que tenemos por delante es enorme. Puede que la derecha no exista como movimiento, pero sí existe como una fuerza que, en la actualidad, parece insuperable.

Gran parte de los debates de la izquierda occidental se centran en si el imperio estadounidense se está derrumbando o no. Francamente, incluso si se derrumbara, nada me convencerá de que no surgirá otra potencia subimperialista, como India, que se convierta en una fuerza estructuradora dominante capaz de preservar la lógica de la acumulación y del imperio, como hizo Estados Unidos tras el declive de las potencias europeas, por muy diferentes entre sí que puedan parecer esos casos.

De ahí que no esté yo convencida de que, con el auge del fascismo, la acumulación de capital, la crisis climática, la violencia contra los inmigrantes, el subimperialismo y el colonialismo a escala mundial, vayamos a salir airosos.

Por supuesto, las tareas siguen siendo las mismas: tenemos que fomentar el internacionalismo. Tenemos que comprender cómo las fronteras son fundamentales para el aparato en expansión de violencia carcelaria y militarista de cada Estado-nación. Es el eje central de todas las políticas fascistas y también es, cada vez más, la forma en que se proyecta y se ejerce el poder blando en Asia, África y las Américas. Por tanto, hay que contrarrestar todo eso y mucho más, y la tarea de la izquierda de oponerse al imperio y ofrecer a la gente alternativas concretas y eficaces sigue siendo válida hoy en día. Pero ahora parece mucho más difícil, enfrentados como estamos a las fuerzas del imperio y la violencia, al control que ejercen las grandes empresas tecnológicas, al auge de las fuerzas de derecha a nivel mundial y a los multimillonarios que acumulan una riqueza infinita.

NB: Ya sé que es fácil caer en la banalidad de terminar toda entrevista con una nota de falso optimismo. Dicho esto, ¿cómo vivir este momento de una manera auténtica, honesta y que incorpore los principios de los que han estado hablando, como la solidaridad? ¿Alguna reflexión final a ese respecto?

HW: Agradezco tu gesto de honestidad. El neoliberalismo seguirá posicionándose como antítesis del fascismo, por lo que toda política de izquierda que no se avergüence de sí misma debe empezar por ser honesta sobre lo que se avecina, en particular la confrontación tanto con el liberalismo como con el fascismo y lo que el hecho de tener que enfrentarnos a ambos va a exigirnos. El Partido Demócrata, como decía Alberto, le ha fallado totalmente a la gente y tampoco ha conseguido hacer lo que quiere hacer.

Sin embargo, a pesar de lo sombrío del panorama, podemos señalar cambios como la comprensión por parte de la gente del papel imperialista de los sionistas en la región de Oriente Medio y África del Norte y el fin de la era en que los movimientos de liberación palestinos permanecían en gran medida reprimidos y silenciados en el núcleo imperial. Además, cada vez es mayor el número de personas que comprenden la cruda realidad del imperialismo, el capitalismo, la policía y las fronteras, algo por lo que tantos izquierdistas han luchado durante al menos treinta años por hacer más visible.

Pero hoy en día nuestra tarea quizás sea aún mayor, ya que una vez que la gente se da cuenta y ve cómo esa violencia es omnipresente y que al imperio no le importa cuántas personas mueran ni le importa el derecho internacional, ¿cómo nos aseguramos de que la gente no se deje engañar por ideas fascistas, por el puro instinto de supervivencia, por el sálvese quien pueda? Porque mostrarle a la gente que las cosas andan muy mal a menudo puede hacer que se contente con sobrevivir, pues luchar contra todo lo que anda mal puede parecer inútil. De ahí que las alternativas que estamos construyendo y creando a escala local y en pequeña escala sean aún más importantes precisamente por lo que logran a nivel psíquico y relacional: nos mantienen conectados unos con otros y mantienen vivo nuestro espíritu y orientado a la transformación.

También creo que, en un nivel fundamental, transformarnos a nosotros mismos y luchar contra el fascismo es comprender que no hay por qué tener miedo los unos de los otros. Es eso fundamentalmente lo que el fascismo intenta inculcarnos a todos: el miedo a los demás. De manera que cualquier proyecto que sirva para seguir construyendo lazos humanos y que nos recuerde que no tenemos que temer a otros seres humanos en este planeta —excepto a los multimillonarios— será siempre un proyecto que valdrá la pena.

NB: Muchas gracias, Harsha y Alberto, por su tiempo y por esta conversación.

Transcripción revisada de una conversación sostenida el 7 de enero de 2026 y cuyas últimas modificaciones se realizaron el 14 de enero.

Notas y fuentes

[1] Véase Davis, A.Y. (ed.) (1971) If They Come in the Morning: Voices of Resistance. Londres: Orbach and Chambers Ltd. [Véase en español Davis, A. Y. y otros perseguidos políticos (1972) Si llegan por ti mañana… vendrán por nosotros en la noche. Trad. Francisco González Aramburu. Madrid: Siglo XXI Editores. — N. del T.]

[2] https://socialhistoryportal.org/sites/default/files/raf/0419710000_01_0.pdf.

[3] https://www.marxists.org/archive/padmore/1938/fascism-colonies.htm.

[4] Para un panorama de su obra, véase de Oliviera, D. (2025) “The Marxism of Aimé Césaire”. Communist Review, publicado el 11 de septiembre. https://www.communistreview.org.uk/the-marxism-of-aime-cesaire/.

[5] Cooper, M. (2026) Counterrevolution: Extravagance and Austerity in Public Finance. Princeton, Nueva Jersey: Princeton University Press.

[6] Arrighi, G. (2009) Adam Smith in Beijing: Lineages of the 21st Century. London & New York: Verso Books. [Véase en español Arrighi, G. (2017) Adam Smith en Pekín. Orígenes y fundamentos del siglo XXI. Trad. Juan Mari Madariaga. Madrid: Akal. — N. del T.]

 

 

Featured image: Umberto Boccioni, La città che sale (The City Rises) (1910). Oil on canvas, 199.3 x 301 cm. Museum of Modern Art (MoMA). Public Domain.

 

Translated from the English original by Rolando Prats.

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