«Aureola» es la primera parte de un relato escrito por Jason Barker en exclusiva para Persona non grata, su columna bilingüe en Communis.
En memoria de Rolando Prats Cervantes (1932-2025)
Más vale que lo confiese. Fui yo quien mató a Benjamin Netanyahu. Ya está. Lo he admitido. Culpable. Todo fue culpa mía.
Cuando digo que todo fue culpa mía, no estoy hablando de haberlo empujado desde lo más alto de la Torre Eiffel. Esa parte no fue culpa mía, así que ni se les ocurra tratar de echarme la culpa. No soy más que un ser humano. Cualquiera en mi lugar habría hecho lo mismo. No asumo responsabilidad alguna por ello. Cuando digo «culpable» me refiero a lo que me ha caído encima (nunca mejor dicho). En otras palabras, todo lo que sucedió después de que yo levantara su gordo trasero y lo arrojara por encima de la valla de seguridad de esa monstruosa atracción y de que su cuerpo se precipitara al suelo, víctima de las leyes de la gravedad. No se me puede culpar por la gravedad.
Quizás debí haberlo sabido. Viéndolo ahora, es fácil dárselas de sabio. En la fracción de segundo que siguió, toda la ciudad contuvo el aliento. El tráfico se detuvo, los pájaros se quedaron paralizados en pleno vuelo y todo el mundo miró hacia arriba. Por supuesto, no niego que desde entonces las cosas se hayan «normalizado». Pero durante esa fracción de segundo fue como si se repitiera una vez más 1794. Fue como si París hubiese recibido las bendiciones de una nueva religión, cortesía de un sacrificio desde lo alto.
Ni idea de por qué dejé que la hija de Bono me convenciera de pasar la tarde en la Torre Eiffel. Los por qué y los cómo son ahora todo un revoltijo en mi memoria. Creo recordar que Eve había dicho que quería saludar a su padre cuando su jet privado estuviese a punto de aterrizar en Orly. O bien eso, o bien quería subirse en su helicóptero sin tener que ir al aeropuerto, y se le ocurrió la brillante idea de pedirle al piloto que le extendiera una escalera hasta el techo de algún edificio alto en el que ella se apostara. Si mal no recuerdo, estaba amarrando con el jefe de seguridad los detalles técnicos de la operación cuando vi a Bibi comiéndose un helado.
Inmediatamente me le acerqué, sin presentarme ni nada, simplemente lo agarré y empecé a sacudirlo. Está de más decir que cayó presa del pánico, quién podría dudar que arrepintiéndose al instante de su decisión de prescindir de su equipo de guardaespaldas. Al parecer, estos no lograban sino hacer que su presencia fuese más ostensible, por no mencionar el hecho —habiendo entrado de incógnito en el país para irse de compras a los Campos Elíseos— de que temía que lo alcanzara el largo brazo de la justicia. En fin que, como era de esperar, intentó sobornarme.
—Te daré mi helado—gimoteó.
—Tendrás que ofrecerme algo mejor—dije.
Como lo digo, helado. Cuando todo el mundo sabe que el helado francés es una porquería.
Pero no se crean, opuso una resistencia formidable. Debió de haber estado toda su vida preparándose en secreto para este preciso instante. Su fuerza y su agilidad no dejaron de sorprenderme. Resultó ser un oponente engorroso, que exhibía una especie de manía danzante difícil de doblegar. Por desgracia para Bibi, cualquiera que haya sido el entrenamiento que recibiera en el Mosad, no estaba a la altura del de este servidor, adiestrado en el East End en el sutil arte de incapacitar al oponente dándole una patada en los huevos (yo había pasado una breve temporada en el equipo juvenil del Millwall). Fue en ese momento que, con la ayuda de un camarero, conseguí despachar a su condenada persona hacia la zona de impacto.
Enseguida me di cuenta de que me había pasado de la raya.
—¿Qué coño está pasando aquí?—exclamó la hija de Bono.
Me sentí totalmente anonadado, al principio no recordaba nada, y, dada la urgencia de la situación, decidimos inmediatamente pedir una botella de Imperial Rosé de Moët & Chandon en el Champagne Bar. La gracia salió bastante cara, sobre todo porque Eve insistió en comprar otra botella para unos fans de U2, pero qué demonios, valía la pena celebrar el momento y, de todos modos, pagaba ella.
—¡Santé!
Hacía un poco de viento allá arriba, por lo que decidimos bajar a la segunda planta, al Jules Verne: al diablo con mi dieta vegana, necesitaba langostinos. Podrán imaginar mi reacción cuando el camarero nos dijo que ya no quedaban. Creo que fue entonces que estallé de justificada indignación.
—No te preocupes—dijo Eve, con un acento de Dublín, lugar al que había dejado de ir por asuntos de impuestos—. Gracias a esto vas a conseguir un contrato editorial increíble.
—¡Ja!—dejé escapar una risa burlona mientras trataba de decidirme entre la langosta y el rodaballo—. Dices eso sólo porque quieres los derechos para hacer una película.
Lo cual Eve admitió más tarde (al parecer, su padre la había amenazado «en broma» con desheredarla si no ganaba un Óscar antes de cumplir los cuarenta). En el ascensor, mientras descendíamos, nos pusimos a imaginar, ya ebrios, quién podría interpretar mejor a Bibi.
—¿Qué tal Timothy Spall?—dijo Eve.
—Tendría que engordar un poco—conjeturé.
Sin embargo, luego de haber visto al verdadero Bibi salpicado por todo el paseo, cualquier idea de adaptación cinematográfica se disipó en mi mente. En un vulgar espectáculo, a tono con la insensibilidad de nuestros tiempos, unos turistas japoneses habían colocado el cadáver del Primer Ministro israelí sobre lo que quedaba de sus codos y posaban junto él para hacerse selfies.
—¡Un poco de respeto!—les grité, mientras les arrebataba sus teléfonos inteligentes.
Entretanto, a nuestro alrededor, se había congregado un pequeño grupo de personas que murmuraban con una mezcla de incredulidad y desconcierto ante el destino del criminal de guerra más tristemente célebre del mundo. Opté por decir unas palabras. Como no soy muy dado a citar la Biblia, carraspeé y comencé a recitar la letra de «Halo», de Depeche Mode. No me pregunten por qué, fue una reacción puramente instintiva, y estaba seguro de que cualquier pasajero sentido que aquello pudiese tener se desvanecería tras un par de líneas. Para mi sorpresa, cuanto más leía, tanto más mi improvisada dedicatoria parecía encajar con la ocasión:
Llevas la culpa
Como grilletes en tus pies
Como un halo al revés
Puedo sentir
Lo incómodo que estás en tu asiento
Por no decir en tu cabeza
Cuando llegué al estribillo, tuve que parar porque sentí que se me llenaban de lágrimas los ojos. La mayoría de los allí congregados se habían puesto a llorar. Por un breve instante, había considerado «A View to a Kill» de Duran Duran (el vídeo se había rodado en la Torre Eiffel en 1985) y, aunque el tema de James Bond habría encajado a la perfección con la mala reputación del difunto por sus asesinatos extrajudiciales, ¿qué mejor manera de despedir al Padrino de los mundos que se desmoronan y los muros que se derrumban que la balada insignia de Martin Gore?
Cuando las sirenas comenzaron a ulular, se extendió la primera ola de pánico, lo que nos llevó a Eve y a mí a separarnos.
—Espera mi llamada—insinuó con un gesto mientras se subía en una limusina, aunque pensé que quizás no nos veríamos en mucho tiempo. Esta película estaba bien lejos de su alcance.
***
Esa noche los boletines noticiosos arrancaron con extravagantes teorías conspirativas.
—Este horrible crimen no quedará impune—juró el alcalde de París desde un estudio de televisión montado a la carrera en Place de Varsovie—. Esta noche somos un país en duelo—prosiguió, esforzándose por hacerse escuchar por encima del crescendo de fuegos artificiales y botellas de vino descorchadas que se oía por toda la ciudad. París no había vibrado con tanto júbilo desde la victoria de Francia en la Copa del Mundo de 1998.
Al día siguiente, o tal vez al otro, sonó el teléfono. Era Eve. Parecía estar sin aliento y ebria.
—¿Sabes qué hora es?—le pregunté.
—Sí—respondió—. Es hora de despertarse y oler el café.
Bostecé y dejé escapar una andanada de pedos mientras Eve procedía a explicarme que un avión de pasajeros de El Al había explotado en el aeropuerto Charles de Gaulle, y que de un total de 256 personas a bordo entre pasajeros y tripulantes habían sobrevivido sólo tres. Aquello me repugnó. ¿Qué demonios había estado yo comiendo? De seguro que no eran langostinos. Ser soltero tenía sus ventajas.
—Puedo conseguirte un anticipo de siete cifras—dijo.
—¿Has estado bebiendo?—le pregunté mientras abría los ojos ante la perspectiva de convertirme en un multimillonario coreano.
—¿De qué estás hablando? ¡Son las 6:30 de la mañana!—protestó, lo que no hizo más que confirmar mis sospechas.
Reflexioné por un instante.
—Cuando dices siete cifras, ¿te refieres a un millón? ¿O a nueve millones novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve? El caso es que hay un precioso castillo en venta en las Highlands escocesas, pero requiere trabajos de renovación de gran envergadura. Y si lo compro, no podré evitar comprarles uno también a mis padres.
Se hizo silencio al otro lado de la línea, pero aún así me llegaba su agitada respiración.
—Sí—dijo—. Piensa en Venecia. Piensa en Cannes. Piensa en los Óscar.
—Por el amor de Dios, Eve—dije, perdiendo finalmente los estribos—. ¿Crees que a alguien le importa un comino tu guion de Hollywood? Lo hice por impulso. Dentro de unas semanas, ¿quién se va a acordar de todo esto?
Colgué, con la satisfacción de que aún a mi edad pudiera hallar placer en la abnegación. Me convencí de que Eve volvería a llamar tan pronto como otro avión de El Al fuera volado por los aires. Démosle más o menos una semana.
***
En el Marais, las Compañías republicanas de seguridad (CRS) decoraban las paredes y las aceras con despojos humanos. Me aventuré a salir de mi pequeño ático de mala muerte y anduve por sobre la alfombra manchada de sangre hasta Place de la République. La obra tenía un parecido sorprendente con un Jackson Pollock. Jugueteé con mi máscara antigás y traté de no dar la impresión de andar fingiendo no ser el asesino a la fuga de un Jefe de Estado. Después de haber estado durante años no ingiriendo otra cosa que comida a domicilio, necesitaba encontrar una boulangerie decente, algo de queso, huevos y café fresco. Cada vez que me pasaba por la cabeza entregarme, como me había ocurrido en mis horas más sombrías de confinamiento solitario, invariablemente la perspectiva de la comida de la cárcel me hacía descartar la idea.
En su (segunda) autobiografía, Boy George escribió que en Pentonville la comida olía a sicote. Si alguna vez me encarcelaran por este supuesto delito, tendría que llegar a algún tipo de arreglo con Michelin; me bastaría con una estrella, no soy nada avaricioso. Incluso podrían calentar la comida en un microondas. Quizás el padre de Eve pudiese mover algunos hilos con Raymond Blanc.
Junto al pequeño bistró de la esquina de Rue Meslay, donde Eve y yo solíamos comer langostinos y beber Chardonnay, presencié cómo unos justicieros armados despojaban de sus pertenencias y de la mayor parte de su ropa a una pareja de ancianos. Pensándolo bien, no andaban tan mal las cosas. Aunque sufría a las claras de trastorno de estrés postraumático y no eran nada escasas las probabilidades de que en cualquier momento me secuestraran y me arrojaran en una mazmorra extranjera, mi transición a las bajas esferas del más abyecto delito había sido hasta entonces relativamente fácil. No se podía negar que mi participación en la muerte del Primer Ministro israelí había socavado mi autoestima y me había vuelto considerablemente más cínico. Pero, por el lado positivo de las cosas, había vuelto a practicar yoga, estaba retomando los mantras budistas y, excepción hecha de mi paranoia, toda la experiencia me había vuelto definitivamente más filosófico. Era aún demasiado temprano para saberlo, y estaba aprendiendo sobre la marcha, pero una vez que tuviera unos cuantos Om mani padme hum en mi haber, definitivamente podía imaginarme capaz de enderezar la situación. Quizás incluso algún día encontraría la fuerza de carácter para perdonar al hombre que me obligara a matarlo.
¿Pero alguna vez sería capaz de sepultar su fantasma?
Por no hablar, por supuesto, de mi inminente contrato para escribir un libro. Mi talento con la pluma aún no se había puesto a prueba, pero, en última instancia, Eve tenía razón: una historia como esta se escribía sola. En resumen, estaba sentado sobre una mina de oro. Podía aprovechar a mi favor la precaria situación de la industria editorial moderna: dejar pasar el trato del siglo simplemente no podía figurar entre sus opciones.
La sirena del toque de queda de las ocho me sacó de mi ensimismamiento. Había caminado más de lo previsto y no me quedaban sino unos pocos minutos para llegar a casa antes de que los tanques y los vehículos blindados comenzaran a circular por Rue de Rivoli. Apenas pude distinguir el puesto de control en Place de la Concorde, inusualmente desprovisto de personal militar. Creyendo ver una oportunidad, decidí seguir adelante, animado por la multitud que desfilaba al unísono, con los rostros bañados por la luz del atardecer. ¿Adónde se dirigían todas esas personas? Una corriente invisible las empujaba hacia el río, y cuando crucé el Pont de la Concorde, estaba claro que la sirena del toque de queda de las ocho ya no era lo que parecía. No se trataba de una orden de evacuación, sino de una llamada a la oración en toda la ciudad.
Tardé otras dos horas en recorrer el corto trayecto por la orilla derecha hasta la Torre Eiffel, hacia donde convergía la marea de cuerpos. No se había organizado nada oficial, no se habían tomado medidas para controlar a la multitud. Todo parecía bastante espontáneo, al mismo tiempo que totalmente imposible de asimilar. La torre seguía cerrada al público y envuelta en penumbras. Hasta los reflectores que debían realzar su glamorosa fachada permanecían apagados. Ello no parecía sino intensificar su magnético atractivo. Desde todos los ángulos, los peregrinos se inclinaban hacia alguna fuente críptica de poder y revelación. De haberse tratado de una ceremonia religiosa, transcurría en la oscuridad, entre miles de siluetas humanas, todas vigiladas por la ausencia metafísica de ese gigantesco agujero blindado en el cielo.
La multitud se dispersó ante mí mientras me dirigía directamente a la plataforma de aterrizaje de la exhibición de atrocidades, la fascinante escena del espantoso crimen. Podría decir que volver a ese lugar había sido emotivo, traumático, inquietante, pero estaría mintiendo. Me sentía como un adulto en medio de una atracción de feria para niños; todo me parecía trivial y patético. En los límites del Jardín de los Campos de Marte, en la base de la torre donde el Príncipe de las Tinieblas se había precipitado sobre el suelo, la gente daba vueltas en círculos, hipnotizada, como si bailara al son de la Música de las Esferas o imitara las elípticas órbitas de los planetas. Entre esos satélites oscuros pero igualmente incandescentes se encontraba Eve, cuya órbita estaba en curso de colisión con la mía.
—Qué tal, Eve—le dije, agarrándola del brazo y sacándola de su febril ensoñación—. Me encanta lo que has hecho con este lugar. Sólo una pequeña observación: ¿quién apagó las luces?
Le había dado un buen susto. Por un momento recobró el sentido antes de recaer en su trance, como una adolescente borracha en una discoteca. Entonces me mró dos veces, tras lo cual debió de darse cuenta de quién era yo.
—Hay una luz interior—dijo, mientras irradiaba una oscura energía—, y es mucho más profunda de lo que sabes.
Pero esa no era la pregunta que le había hecho, ni era Eve la que la respondía.
Nadie tenía idea de a dónde iría yo a parar. Había venido a negociar el contrato de mi libro, pero en algún momento se había extraviado un importante capítulo. El problema era que la historia ya no me pertenecía; o bien eso, o bien me había desviado hacia otra completamente diferente. ¿Qué pasaba con el fallecido? ¿Dónde encajaba en esa mise en abyme en rápido descenso? ¿Estaba la policía siquiera tratando de localizar al asesino? ¿O la investigación había pasado a un plano superior? Probablemente la mitad de la Gendarmería acechara en las sombras. ¿Y qué pasaba con los paracaidistas a quienes se veía sostener en alto a unos bebés, mientras sus rifles de asalto yacían despreocupadamente abandonados en el muelle? ¿Qué significaba todo aquello?
Agarré a Eve por ambos brazos, apreté los dientes e intenté hacerla entrar en razones.
—¿Cuál es tu misión en todo esto, Eve?—le dije—. ¿Por qué lo estás haciendo?
Era la pregunta que ella estaba esperando y disfrutó respondiéndola.
—Lo único que hice fue servir a la gente. Toda mi vida. A mamá, a papá, a ti. Fui una sirvienta. Una esclava. Nada más. He encontrado mi verdadera vocación en la vida: mi verdadero Amo.
Solté a esa flácida muñeca de trapo, a esa marioneta, que parecía inusualmente delgada, incluso para ser modelo, y que, como yo, necesitaba urgentemente una comida decente. Era de suponer que ya no dependía de los langostinos y del Chardonnay para mantener el cuerpo y la mente. Al igual que el resto de los presentes en aquella convención de idiotas, se conformaba con agua bendita.
Podría haberme mostrado filosófico. Después de todo, Eve tenía razón. Los niños ricos pasan por un infierno. Tenía todo el derecho a abandonar los restaurantes, los jets privados y las sesiones de fotos en busca de algún sentido. ¿Lo había encontrado? ¿Aquí? ¿Quién era yo para juzgarla? Quería mentir descaradamente y decir que me alegraba por ella. Hasta que mi mirada se posó en el objeto de su veneración y la de todos los demás, la estructura fluorescente en forma de cubículo que había yo confundido con un urinario público. No se veía allí a nadie que estuviese meando, aunque yo lo habría hecho con mucho gusto si hubiera habido menos gente alrededor.
Era una estatua de Benjamin Netanyahu. Parecía hecha de poliestireno. Resplandecía en la oscuridad con su color azul verdoso y era la única fuente de luz en un radio de doscientos metros del lugar sagrado donde su tristemente célebre persona había dado su gran golpe. Olía a dinero y a billetes recién emitidos, el mismo tufillo a antiséptico que se siente al entrar en un banco. Los escultores debían de estar trabajando en una instalación permanente, porque ni la estatua ni el pedestal estaban hechos de materiales duraderos.
Habiendo estado cerca y en contacto directo con el organismo vivo, no podía conciliar lo real con esa copia. Habían acertado con el rostro, o más o menos. La aterradora sonrisa de pedófilo, la horrible expresión de «papá te quiere» (y ¡ay de los niños que no le correspondieran!). Sin olvidar su horrible peinado, significante universal de sudoroso violador que envejece de forma vergonzosa: uno que maltrata a su mujer y se gana la vida con clubes de striptease, la trata de personas y turbios negocios de cocaína. Pero los escultores habían estropeado el físico. El grotesco era demasiado débil. Si alguna vez revivieran la reputación de Jimmy Savile, qué mejor adorno para su tumba. Pero a este Netanyahu se lo había tratado con un exceso de licencia artística, lo que no lo hacía sino más espantoso que la Cosa de carne y hueso.
—Lo que me molesta—dije, mientras Eve intentaba bailar un número de Riverdance— es lo que dijo mientras volaba por encima de la valla de seguridad.
Eve no me escuchaba, ya no le importaba, todo daba igual. Tenía que sacármelo del pecho mientras lo recordara.
—Dijo, y estoy completamente seguro de ello, «Ave María.» ¿Por qué?
La blasfemia debería haber hecho reflexionar a una católica. Pero Eve apenas asintió con la cabeza, sin dejar de sonreír, consentir, bailar al ritmo de su propia lógica interna.
—Es decir, ¿por qué las últimas palabras de un judío habrían de ser «Ave María»? A menos que se hubiese convertido al cristianismo en el último momento…
(Lee Parte 2 aquí.)
Jason Barker es agua
Featured image: The Atrocity Exhibition (1998). Courtesy of Projected Figures. Film Bits and Bobs.
Translated from the original in English by Rolando Prats.





