«Aureola (Parte 2)» es la segunda parte y final de un relato para Persona non grata, columna bilingüe de Jason Barker en exclusiva para Communis. Lee la primera parte aquí.

Aquella noche soñé con Bono. Se apareció en mi apartamento en un monociclo y con un maletín repleto de volúmenes de Reader’s Digest.

—¿Te apetece un café o un té?—le pregunté.

—No—respondió, mientras me entregaba el monociclo—. Pero podrías echarle un poco de aire a la llanta.

Hablaba con un extraño acento; no irlandés, más bien portugués.

Con toda tranquilidad, tiré el monociclo por la ventana. Bono ni se inmutó, ocupado como estaba en rebuscar en el maletín. Sacó uno de los volúmenes de Reader’s Digest y lo abrió por un mapa de Portugal.

—Es ahí adonde quiero retirarme—dijo.

—Precioso—respondí, antes de darme cuenta de que no estaba mirando sino un mapa. Me alteré y agarré el libro.

—Creo que es mejor que te vayas—le dije a mi huésped.

—Bien—dijo Bono—, ya que así es como tratas a un viejo amigo, creo que será mejor que me largue.

Tras lo cual salió inmediatamente volando por la ventana. Me consoló el hecho de poder quedarme con los Reader’s Digest.

***

La develación oficial de la estatua de Netanyahu se había fijado para el 14 de julio, Día de la Bastilla. Exactamente qué iban a develar era algo que me causaba escalofríos. El 5 de mayo de 2018, los habitantes de Tréveris se despertaron con la noticia de que en la ciudad había aterrizado una estatua de bronce de Karl Marx de seis metros de altura, cortesía del Partido Comunista de China: una estructura de mal gusto que no podría haber sido más kitsch si hubiese sobresalido del techo de un salón de masajes en Ibiza. Cualquier residente de Tréveris habría podido al menos entender el motivo y apenas envidiarle a la tienda de regalos de la localidad haber hecho alguna pasta con la venta de libritos rojos y peluches. Pero ¿en cuál era el negocio detrás de la estatua de Netanyahu? ¿Tierras robadas? ¿Órganos robados? ¿Ceniceros tallados en cráneos de niños? ¿Joyas hechas con fetos?

No dejó de golpearme que era yo responsable de todo aquello. Había sido yo quien echara a andar ese tren fantasma. Siempre me había considerado un pensador creativo, pero en este caso la creatividad se había salido de sus carriles. Que yo supiera, nadie había estado moviendo mis hilos, enviándome instrucciones secretas o envenenando el agua de mi grifo. Seguía pensando con toda libertad. Pero alguien en el poder sí que había sabido aprovecharse de la ocasión.

Para el 12 de julio se había confirmado la asistencia de todos los dignatarios: una delegación especial de Israel, naturalmente con el Canciller de Alemania a remolque; el Primer Ministro del Reino Unido; il Presidente della Repubblica Italiana; la realeza árabe; sin olvidar a Barron Trump, Príncipe Regente de Estados Unidos, en representación de su padre, mentalmente incapacitado. A la larga resultaron infundados los rumores de que el Líder del Mundo Libre® «aparecería» en la ceremonia en forma de avatar de IA.

Así las cosas, la noche anterior sonó el teléfono.

—¿Recibiste mis mensajes?—dijo Eve con su acento dublinés—. Esto va a ser algo grande.

—¿Eve? ¿Eres tú?

Sonaba más o menos normal, y me explicó que estaba intentando dejar de fumar y que la última vez que nos habíamos visto estaba dejando los parches de nicotina. De ahí su extraño comportamiento.

—Tú y otras trescientas mil personas—dije—. No pasa nada. Dime sólo una cosa: ¿por qué este show se celebra por la noche?

—Está hecho para la televisión—explicó—. La Torre Eiffel siempre se ve mucho mejor de noche. De día quién puede apreciar sus destellos.

— Entiendo—dije—. Pero ¿qué somos? ¿Druidas? ¿No se supone que pertenecemos una civilización ilustrada? ¿Por qué toda esa obsesión con la oscuridad?

Eve tenía dos entradas para la sección VIP del improvisado auditorio.

—Nos sentaremos junto a mamá y papá— me dijo, como si fuera lo más natural del mundo.

A no dudarlo, papá Bono iría vestido con su traje de cuero negro y gafas Ray-Ban. Por supuesto. Claro. ¿Se había vuelto completamente loca? Yo, el tipo responsable de haberse cargado al Primer Ministro israelí. Y Bono. Y Nigel Farage. Y el Príncipe Heredero de Arabia Saudita, experto en desmembramientos humanos. Y suficientes fascistas para llenar un club sadomasoquista de Arkansas.

—¡Genial!—dije.

Desde que se había empezado a reblandecer con la camada pro-genocida, debía andarme con cuidado con Eve. Delicado equilibrio entre la necesidad de llevar a buen término mi contrato para escribir un libro y la de permanecer fuera de la cárcel el tiempo suficiente para terminarlo. Tenía que mantener de mi lado a los Bono . Seamos realistas, no había nadie en el universo conocido a quien ese pequeño adulador no pudiera cautivar. Tenía en marcación rápida a todos los dictadores autoritarios del mundo. Cualquier artista creador en ascenso habría estado loco de haberle dado calabazas a Bono Vox, ni aunque quisiese. De lo contrario, lo más probable es que terminase con una cabeza de caballo en la almohada. Me habían hecho una oferta que no podía rechazar, y rechazarla no haría otra cosa que atraer sobre mí una atención indeseada. Me había puesto como consigna evitar sospechas entrando en la boca del lobo, de la culpa. Vaya brillante capítulo que iba a salir de todo aquello.

Pero ¿no estarían acaso tendiéndome una trampa?

Se estaba haciendo tarde y, a juzgar por la mejora en la calidad del aire, a las CRS les habían dado la noche libre. Contemplé las estrellas a través de mi claraboya. Algo flotaba en el aire, y no era la ausencia de gas lacrimógeno.

Fue entonces que llamaron a la puerta. Instintivamente, corrí hacia la ventana, antes de inclinarme tranquilamente ante lo inevitable.

—Eamonn—dijo Bono, agarrándome la mano con las dos suyas y entrando en la habitación—. ¿Cómo estás?

—Bien—respondí—. Muy bien. Me alegro de verte.

Estaba solo, aparentemente era sólo él, sin nada de la elaborada vestimenta que se suele asociar con la realeza del rock. Llevaba zapatillas planas, una chaqueta de trabajo y gafas de sol ligeramente tintadas. Era de baja estatura y discreto, exactamente como el vendedor ambulante de mi sueño. Pero sin monociclo.

—¡Eso! Eamonn…

—¿Te apetece un café o un té?—lo interrumpí, mientras recordaba la frase de mi sueño. Me fulminó con la mirada, como si hubiera yo blasfemado. Quizás hubiese dicho algo estúpido sin darme cuenta. La cosa se anunciaba todo un auténtico encuentro freudiano.

—Lo siento, pero no tengo mucho tiempo—dijo, mientras se sentaba en una silla que no reconocí—. Tenía ganas de que charláramos un rato, Eamonn.

No me llamo Eamonn. Pero qué podía importar. Déjate llevar, pensé, mientras asentía con la cabeza. No cedas a juegos mentales. Bono pareció vacilar por un instante, sin duda anticipando que lo yo confesase todo. Llevaba yo semanas encerrado, sin ver a nadie, sin hablar. Excepto con Eve.

—Eres amigo de Memphis—dijo, dando un golpecito en las borlas de mi alfombra afgana con su zapatilla derecha—.Eve Sunnyday Iris Hewson. Por suerte para ella, ya habíamos tocado en Albuquerque en esa gira.

Sonreí, mientras me peguntaba si la conversación iba a entretejerse exclusivamente con chismes de tabloide. Era aquel, sin duda, su modo por defecto, el modus operandi de todas sus transacciones. ¿Para qué revelar información personal cuando para hacer buenos negocios basta el cotilleo de acceso libre?

—El asunto es—dijo Bono, cruzando y descruzando las piernas—que mañana es la gran noche. Le grand spectacle. Y tú eres nuestro invitado—añadió inclinándose hacia mí—. O, más aún, el de Eve…

Se oyó petardear a un coche, y la explosión sacudió las ventanas. Había sido tan potente e inesperada que Bono, que hasta ese momento se había mostrado tan cool como en su retocada imagen, se levantó de un salto y soltó un «mierda» involuntario.

—Probablemente sea sólo la policía—dije con toda naturalidad.

—Sí—dijo él, sin dejar de temblar. Al menos ahora podía descartar una operación encubierta; o eso, o Bono era mucho mejor actor de lo que aparentaba. En cualquier caso, no había hecho yo nada malo. Si lo hubiera hecho, ¿por qué este miembro de pleno derecho del Establishment me haría el honor de visitarme? Ese era el problema. No lo haría.

—Probablemente te estés preguntando a qué he venido—dijo, girando con destreza en su silla.

—Sí, me lo he preguntado—respondí, temiendo ya que aquello se prolongara indefinidamente.

—¿De veras?—dijo Bono con una sonrisa burlona. Me recordó a MacPhisto, su alter ego de la gira Zoo TV de U2.

—¿Podemos dejarnos de tonterías e ir al grano?—debería haber yo interpuesto, pero mantuve la compostura. Podía esperar el momento oportuno, darle largas al asunto. Estaba claro que podía regatear duro. Allá arriba, por lo que podía verse a través de la claraboya, no había nada. El cielo estrellado sobre mí era un vacío moral dentro de mí, al igual que lo era entre nosotros, MacPhisto y yo.

—Eamonn—dijo MacPhisto, mirándome directamente a los ojos por primera vez—, ¿te describirías a ti mismo como pro-palestino?

Se produjo otra explosión, esta vez no tan cerca, pero pude sentir que se acercaba la noche y que la habitación se sumergía lentamente en la oscuridad. La verdad es que no podía decir con certeza qué pensaba Eamonn. Pero era difícil imaginar que él o cualquier otra persona que no fuera un cerebro en una cubeta no fuera pro-palestino.

—Soy pro-paz—opté por decir.

El interrogador permaneció inmóvil en la oscuridad, sin pestañear siquiera, aunque lo único que podía distinguir ahora era el débil reflejo de mi propio rostro en sus gafas de sol.

—Básicamente—continué, luchando por encontrar una rendija en la armadura de mi oponente—, estoy a favor de la vida. Excepto que…

Vacilé por un instante, mientras me esforzaba por hacer siquiera una mella en la armadura de mi oponente.

—Cuando es cuestión de vida o muerte…—volví a hacer una pausa—. A lo que voy: cuando me veo obligado a tomar cartas en el asunto. En interés de mi propia persona. Si entiendes lo que quiero decir.

Como artista creador que se esforzaba por comprender su tema, era natural que sonara vago. Vamos, que si —¡por Dios! —, si realmente hubiera sabido cómo expresarme con claridad en ese momento, el libro ya estaría escrito y podríamos haber firmado allí mismo el contrato.

Bono exhaló como un director de escuela que reflexionara sobre qué hacer con un alumno problemático. Era la situación la que era problemática, no el alumno; la cuestión era qué medidas se podían tomar sin romper las reglas.

—Ya veo—dijo—. Ya veo.

Lo tomé en sentido metafórico, ya que la habitación estaba ahora completamente a oscuras, sin que se escapara el más mínimo destello de luz, el más mínimo contorno. En cuanto a las estrellas allá arriba, eran débiles alfilerazos en una tela oscura; agujeros negros que colapsaban bajo su propio peso y se alejaban de la vista a la velocidad de la luz.

—Creo que estamos de acuerdo, Eamonn—dijo Bono, cuya voz para entonces emanaba de otro lugar, ya no frente a mí, y rebotaba desde la esquina más alejada de la habitación.

Ojalá así sea, pensé para mis adentros. Aunque tendría que dejar de decirme Eamonn. Yo era bueno leyendo caras de póquer, pero en este caso era obvio no tenía nada con lo que trabajar. La única imagen que resplandecía en los anodinos confines de mi pequeño y mugriento piso era ese castillo en las Highlands escocesas, el que llevaba mi nombre.

—Reconozco en mí la influencia de Roddy Doyle—dije, dirigiéndome a la voz en la oscuridad con fines desconocidos—. Y de Seamus Heaney.

Se produjo una breve pausa antes de que Bono dijera:

—Te entiendo, Eamonn. Te entiendo. Los designios del Señor son inescrutables. Tienes una gran historia que contar. Tenemos todo el tiempo del mundo.

La voz incorpórea se puso a cantar sin esfuerzo. La voz, la de Bono Vox, me resultaba ahora más familiar, como la de un viejo amigo: el reconfortante crujido de mi adolescencia grabado en un disco.

—No soy un militante—dije, consciente de que mi interlocutor invisible había desaparecido. Me puse en pie a trompicones y busqué a tientas el interruptor de la luz. Sentí una mano fría en mi hombro y, al darme cuenta de que estaba detrás de mí, volví el rostro hacia La Voz. Me transmitió algo, casi en un susurro, pero no había nada más que decir. Me había dado todas las garantías que necesitaba, sin decir apenas una palabra. Ahora todo dependía de mí.

***

A la fría luz del día, las cosas parecían muy diferentes. Había dejado al descubierto un problema que ninguna oscura insinuación podía disimular: Eve. ¿Tenía La Voz alguna idea del lío en que Eve se había metido? ¿Había hablado con ella últimamente? No a ella, como si fuera una de sus publicistas, sino con ella. Por lo que me pregunté qué hacer exactamente de la críptica conversación de la noche anterior. No era de extrañar que Eve le guardara rencor.

Lo que La Voz debería haber reconocido es la manera exacta en que Eve y yo caracterizábamos nuestra propia relación.

—Eve y tú son como dos gotas de agua. Es difícil separarlos. Juntos, están los dos a salvo. No hay manera de que nada los aparte.

Cierto. Éramos inseparables. Éramos Bonnie y Clyde. Lo cual quería decir que aquello era una empresa conjunta. No sólo el libro, el guion, el merchandising. La «historia» era nuestras vidas, independientemente de cómo hubiéramos decidido vivirlas. Independientemente de todas nuestras cagadas. Si de algo éramos culpables era de haber depositado nuestra confianza en personas cuyos intereses eran puramente egoístas e insinceros.

Pero si se trataba de la historia de una vida, no mucho más grande que yo, Eve y lo que un mal tipo se había merecido, pero más duradera, más resistente, ¿cómo se suponía que la escribiera? Estaba claro que la historia aún no había terminado. Hasta donde sabía, ni siquiera habíamos llegado al final del primer capítulo. Quizás era eso lo que La Voz de su Amo había querido decir con su imitación de Louis Armstrong. Tenemos todo el tiempo del mundo. ¿Acaso era una trilogía lo que deseaba?

Tenía el trato en el bolsillo. Pero necesitaba desesperadamente poner algo por escrito, lo antes posible: redactar un capítulo inicial adecuado, y olvidarme de las tonterías con las que me había estado entreteniendo. Tenía por ahí ese libro titulado «Cómo escribir una novela de misterio», con ensayos de Naomi Hirahara y otros autores. Lo saqué de debajo de la nevera y acababa de empezar a leer la sección titulada «Cómo nombrar al sabueso y hacer que caiga bien» cuando sonó el teléfono.

Grité con tanta fuerza que me dolieron las amígdalas:

—¡Allô!

—¡Dios mío! ¿Estás bien?—dijo Eve.

—Sí, estoy bien—respondí—. Sólo que con un poco de ronquera.

—Anoche papá te fue a ver, ¿no?

Eludí la pregunta.

—¿Qué te parece este título para el primer capítulo de nuestro libro?

—¿Es ahora nuestro libro? ¿No?—dijo Eve, aparentemente imperturbable ante la perspectiva de que se escribiera a dos manos. Era una narradora nata, así que si tenía que conformarme con un solo castillo, que así fuera. Se las ingenió para cambiar de tema:

—Por cierto, ¿no sabes qué hora es?

—Eve—dije, hurgando a tientas en el manual sobre cómo escribir novelas de misterio—, tenemos todo el tiempo del mundo.

—No, no lo tenemos—replicó—. Pasaré a recogerte en veinte minutos.

***

–Te queda fatal esa ropa—dijo Eve, jugueteando con su teléfono inteligente.

—Gracias. Pero podrías haberme comprado algo un poco más colorido. ¿Y esas Ray-Ban?—le pregunté—. Son un poco retro para ti, ¿no?

Al llegar a la intersección del Boulevard de Sébastopol y el Quai de la Mégisserie, los paracaidistas nos hicieron señas para que pasáramos por el carril VIP y entrásemos en el Pont de Notre-Dame. Puede que tuviera yo pinta de «enfermizo» con mi uniforme negro azabache de Dior, pero mientras avanzábamos retumbando por sobre las calles empedradas de Île de la Cité estuve a punto de estarlo, y apenas conseguí evitar que el lujoso interior de nuestra limusina se viese de pronto decorado con langostinos y crème brûlée después de desabrocharme los pantalones y soltar un pedo con alegre abandono.

—Las Ray-Ban son una mierda—dijo Eve, quien diplomáticamente había decidido hacer caso omiso el olor—. Es mi look «por una sola noche». No te diré cuánto me pagan.

—Exacto—dije, mientras abría mi cuaderno y garabateaba en el margen FLEURS DU MAL con una letra enorme y arácnida—. No falta mucho para que la situación dé un vuelco total. Llegará el momento en que tengamos que dar la espalda a los patrocinadores.

Eve no dejaba de navegar con aire apocalíptico por su teléfono.

—¿Qué hacemos con la historia de fondo?—reflexioné—. ¿Crees que debería indagar en mi pasado? Podrías tú indagar en el tuyo—dije—, pensando que pronto conseguiría sacar de quicio a mi taciturna compañera.

Pero Eve permaneció distante como las estrellas y silenciosa como una tumba. Nos detuvimos cerca de la Torre Eiffel. Eve se bajó de la limusina y dio un portazo sin decir palabra, despiadado gesto que confirmó que no sólo no tenía deseos yo de estar allí, sino que esa noche no iba a sacar nada en claro de nuestro encuentro.

El ambiente estaba cargado de perfumes asfixiantes y acentos extranjeros, una mezcla de testosterona alemana y hebrea, con notas árabes que flotaban en casi todas las conversaciones. Podría haberse pensado en el bullicio afásico de una feria internacional de armas. Y, sin embargo, no había nada que ver, salvo la silueta irregular del improvisado auditorio en el lado este del paseo, levantado ante la grandiosa ausencia de la Torre Eiffel, que lucía resplandeciente en la oscuridad total.

—¿Qué pasa con la estatua?—le pregunté a Eve, a quien tomé por la mujer que estaba a mi lado—. ¿No la iban a instalar al otro lado?

Para entonces, Eve ya había encontrado su sitio en el auditorio y me pedía con insistencia que me diera prisa. Mientras me sentaba a su lado y estrechaba a ciegas la mano de una mujer que debió de haber sido la señora Bono, un haz de luz se derramó sobre mí. Me quedé paralizado, petrificado, creyéndome finalmente presa de mi propio pasado. La multitud se agitaba con entusiasmo mientras yo me retorcía de incomodidad, sus sonrientes rostros riéndose todos de mí. No era sobre mí sobre quien había caído el haz de luz, sino sobre el asiento vacío a mi derecha.

Una gigantesca pantalla de vídeo estalló en una llamarada de caos audiovisual. Ahora entendía por qué Eve había elegido unas Ray-Ban. De tan estridente asalto a los sentidos no se sacaba mucho provecho. El programa de esa noche estaba orgullosamente patrocinado por El Al Airlines. Al montaje de supermodelos que se contoneaban en superyates con una «riviera» no identificada como telón de fondo podían atribuírsele, con toda probabilidad, intenciones genocidas. Cerré los ojos y los oídos a aquel insultante jaleo y me confié a que fuerzas desconocidas me ayudaran a atravesar la siguiente hora de soft porno y revisionismo histórico sin desmayarme ni vomitar sobre la realeza árabe de la fila de enfrente.

Se puso en marcha la banda sonora de James Bond, mientras la pantalla de vídeo pasaba al modo de retransmisión en directo. Un helicóptero sobrevoló la zona y, a varios centenares de metros de distancia, el agente secreto más importante del mundo comenzó a perseguir a un malvado supervillano que atravesaba el Sena en esquís acuáticos. El público soltó un grito de alegría al ver de cerca al supervillano. Era Bono con su disfraz de MacPhisto: traje lamé dorado, gafas Ray-Ban, maquillaje blanco y cuernos rojos. Está de más decir que aquel no era realmente Bono. Cuando eres Bono, no necesitas «actuar»; simplemente alquilas la parte de tus derechos de imagen que la ocasión requiera. Sin otro límite que el cielo. O más bien: que el infierno. Ya no había nada que separara lo alto y lo bajo, ya fuera en el plano cultural o moral, circunstancia que me hizo comprender lo que había estado tratando desesperadamente de ignorar desde el principio.

Qué ingenuo había sido al creer que Bono, precisamente él, estaría interesado en mi «libro», que cualquier migaja de este mundo «enfermo» giraba en torno a mí. No tenía absolutamente nada que mostrar por mi gran servicio a la humanidad, por librar al mundo de otro miserable desalmado, ni siquiera el dudoso consuelo «moral» de haber «aprendido algo» de la experiencia.

Sentí una pequeña mano agarrar la mía, como si mi cómplice intentara decirme algo. Pero no pude atravesar las Ray-Ban ni averiguar lo que quería decir. Entretanto, para el enloquecido deleite de las masas, James Bond había sido derrotado por MacPhisto, que ahora se dirigía hacia nosotros. Su última artimaña en esquís acuáticos consistió en un salto y una pirueta imposibles sobre el Pont d’Iéna, que realizó entre gritos y exclamaciones de incredulidad. Al llegar a tierra firme, subió por una pasarela improvisada que conducía a la explanada y, una vez allí, sacó un dispositivo de control remoto que no podía significar sino una cosa: Armagedón.

Mientras sostenía en alto el dispositivo, el diabólico MacPhisto acercó lentamente su garra al detonador. Sin embargo, antes de que pudiera ejecutar su vil acto, el enemigo de la humanidad dejó de existir: rematado en una melodramática explosión. Para que entonces lo reemplazara el hombre para quien sustituir a Satanás se había convertido en algo tan fácil como caerse de una rama. O de la Torre Eiffel.

Era Benjamin Netanyahu. Más audaz que el latón y de vuelta de entre los muertos, allí estaba, vestido completamente de blanco. Iluminación frente a nuestra sombra; sol frente a nuestra materia oscura. Un inquieto murmullo recorrió al público, la mayoría de los cuales, incluyéndome a mí, no estábamos seguros de si estábamos viendo bien o si aquello seguía siendo parte del espectáculo. Pero no tardó mucho en desvanecerse la conmoción y en que la gente aceptara que no podía ser falso, significase lo que significase. Era el final del drama, la última llamada a escena. Quizás incluso el fin del drama en sí.

Ya no sentía la mano de Eve, aunque no se había movido.

—¿Estabas al tanto ya de todo esto? ¿No?—le pregunté, quitándole las Ray-Ban—. Lo sabías, ¿verdad? Lo sabías.

—Ayer fue que me enteré—dijo—. No podía decírtelo. Él no me dejaba.

Puede que fuera cierto, pero no parecía tener mucha importancia ni afectar a nada esencial. Entonces, entre frenéticos aplausos, llegó Él. Mientras Bono saludaba efusivamente y daba palmadas en la espalda a todo el que se encontrara a su paso hacia el asiento vacío a mi lado, deteniéndose por el camino para aceptar un cigarro de Nigel Farage, empecé a atar cabos.

Al principio, los franceses no tenían ni la más puta idea. El clon de Bibi lo había infiltrado en París el Mosad —y quién sabe cuántos otros «agentes durmientes» en capitales de todo el mundo— con el objetivo expreso de provocar un ataque «antisemita». Una vez logrado ese objetivo, los israelíes podrían entonces utilizar su influencia, en varios puntos estratégicos, para exigir una compensación: concesiones económicas y diplomáticas, y un gran gesto simbólico para corregir la parodia y la indignidad del asesinato de su Primer Ministro en suelo extranjero.

Bono había hecho las veces de principal agregado cultural de los sionistas, su promotor discográfico, animador y mediador entre bastidores. Pero ¿por qué había cuestionado mis simpatías «pro-palestinas»? Al fin y al cabo, todo el debate sobre el antisemitismo, junto con la persecución del presunto culpable por todo el país, en cuestión de día se había quedado sin rastro que seguir. De haberse seguido esa peculiar línea de investigación, algunos en las altas esferas habrían terminado con algo más que huevos en la cara, una vez que se hubiera revelado que el asesinato de Netanyahu era una invención sionista. En ese caso, Bibi se conformaría con la estatua, eludiendo de paso cualquier pregunta indeseada y consolidando así la relación de Israel con la República Francesa.

Bono se sentó y me dio un pequeño codazo mientras me hacía un guiño. Pensé en devolverle el codazo o en halagarlo con un comentario sarcástico sobre sus habilidades como esquiador acuático. Pero no logré elevarme por encima del desprecio; sobre todo, todavía su críptico cliché me daba vueltas en la cabeza. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Los rugidos se calmaron y el hombre del traje blanco—ese estadista irreprochable, esa leyenda, pacificador, redentor de pueblos perdidos, constructor de nuevos mundos y de un mañana más luminoso— comenzó su discurso:toda una sarta de banalidades sionistas y nueva diplomacia, adornada para que sonara tan inofensiva como Teddy Bears’ Picnic. Sin duda, los designios del Señor son inescrutables. Allí sentado, sintiéndome tan entumecido como un drogado vagabundo que acabara de ser atropellado por un tanque israelí, no pude reprimir una risa involuntaria. Inmediatamente, Bono hizo lo mismo, y tras él Eve, su madre y los árabes de la fila de atrás. No pasó mucho tiempo antes de que todo el auditorio se hubiese contagiado. Sin más opción que sumársenos, Bibi abandonó su discurso.

En circunstancias tan cambiantes, probablemente podría haberme entusiasmado por el Culto al Ser Supremo. Si eso era lo que hacía falta, podría haberme tragado mi orgullo, comido mierda y dejado que me frotaran la cara contra el suelo. Sin dinero no había nada que hacer. Quizás había un ángulo en este tenebroso valle en el que Bono aún no había pensado. Quizás Eve y yo, también conocidos como Bonnie y Clyde, teníamos más trucos bajo la manga que Albus Dumbledore.

Las risas cesaron abruptamente. Alguien parecido a Lurch, el de la familia Addams, se acercó pesadamente al podio, una criatura descomunal que debía de ser descendiente de Trump, con lo cual se inició la ceremonia de develamiento.

Había una especie de regla tácita entre los parisinos de no especular sobre lo que estaba pasando exactamente detrás de esa lona negra que lo ocultaba todo. La ansiedad era palpable: en el metro, en los bulevares, en cualquier lugar dentro de la zona de interés de la torre, desde Montparnasse hasta Bois de Boulogne. El ambiente era pesado, el espectáculo repulsivo. Como esa escena de En busca del arca perdida. No vayas a mirar. ¿Qué? No había nada que ver. La obra maestra de Eiffel había desaparecido, aunque como un objeto en un relato de Poe: desaparecida a plena vista.

Tras el asesinato, fue sin duda el trauma colectivo del país lo que impulsó a la gente a seguir adelante, a hacer la vista gorda ante el hecho de que su preciado monumento se había envuelto en misterio y a confiar en el tiempo, sanador de todas las heridas. La emblemática torre no había sido ajena a malvados designios a lo largo de los años. Pero los nazis no habían dejado ninguna huella duradera, las películas caseras de Hitler eran insignificantes y la señal de la V de la victoria estampada en el edificio —un saludo con dos dedos dirigido a Winston Churchill— no había hecho más que estimular a la Resistencia. La historia demostró que teníamos todo el tiempo del mundo. La Torre Eiffel volvería a aparecer como la vigilante panóptica de la ciudad.

Pero en esta ocasión, el Tiempo estaba ya fuera del escenario, esperando entre bastidores, con planes mucho más ambiciosos y de mayor alcance. Lo que los parisinos no sabían era que las propias autoridades francesas habían decidido ignorar los frenéticos tejemanejes y las obras clandestinas, y desde luego no tenían ni idea de lo que se estaba preparando, si es que se estaba preparando algo, detrás de la lona negra. O al menos eso es lo que todos, desde el alcalde de la ciudad hasta el presidente de la República, intentarían afirmar más tarde.

Y ahora el misterio estaba a punto de resolverse, o de verse relegado al basurero de la historia, por cortesía de esas Furias del Inframundo. En una cuenta atrás coordinada, Lurch accionó el interruptor, devolviendo la luz a París y la ciudad a su horizonte; en ese momento, la lona negra descendió sobre la que ahora era la estatua más grande del mundo, como una cobra que se sacudiera los restos de su antiguo ser.

Jason Barker es paz y reconciliación

 

Featured image: Bono as MacPhisto during U2’s  Zoo TV Tour in 1992-93. Photo: Andrew Murray/Sygma/Corbis.

Translated from the original in English by Rolando Prats.

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