«Agua sin nombre» es la traducción al español de “Water without name”, de Abdaljawad Omar, pieza original en inglés escrita para Communis.
«Hemos normalizado lo que jamás debió haber entrado en el archivo. Lo hemos hecho, y lo hemos hecho bien. Pero todo se estrella en ese instante desprevenido en que te encuentras solo en un tren —de Ámsterdam a Utrecht— y comienzas a gotear. ¡Mierda, Dios mío!, existe un mundo sin puestos de control. Un mundo sin puertas cerradas. Un mundo donde el mar simplemente es visible, donde lo único que se requiere es hacer acopio de tu cuerpo, y nada más. La filtración, claro está, en ausencia de otros hombres, especialmente de hombres árabes. Y sin embargo, ahí está, filtrándose en un tren como un niño que acaba de descubrir lo que es la muerte.»
— Abdaljawad Omar
Me veo no tanto desintegrándome como goteando, en un desmoronamiento sin espectáculo, sin el drama del derrumbe. Agua sin nombre, sin credenciales, indecisa ante la pregunta de si pertenece al dolor o a esa desorientación infligida por una fuerza abrumadora que se inscribe en el cuerpo. Hay un eco entre la lágrima y la desorientación, cada una ciega, cada una rechazando la claridad, cada una añorando algo, alguna claridad. La visión se nubla, gira, pero no hacia el paisaje, no hacia el otro. En cambio, se desvía hacia adentro, cuestionando compromisos, buscando a tientas los anclajes que alguna vez fueron sostén, que alguna vez fueron garantía de significado, sólo para encontrarlos corroídos, oxidados bajo el peso insoportable de lo que gotea. El desorientado interroga, vacila; el que gotea no hace sino gotear, sin preguntarse, sin pensarlo.
Las lágrimas vuelven tolerable al mundo, pero sólo por un instante. Liberan, vacían, como ese momento en que tus ojos se quedan fijos en los de otra persona, demasiado tiempo, demasiado profundamente, y te sorprendes deslizándote fuera de tu propio cuerpo. Excepto que, en este caso, el movimiento se invierte, en un éxodo inverso: no es una huida, sino un retorno a la densidad de lo que no se puede soportar. Es como si lo que se vaciara te permitiera volver a ti mismo, te concediera permiso para cruzar de vuelta. La lágrima proporciona un respiro, sí, pero sólo por un momento, y hasta ese alivio temporal exige un ajuste de cuentas. Un ajuste de cuentas con lo que ya ha desaparecido, irrecuperable; con un presente que se sostiene a sí mismo sólo desapareciendo; con la pérdida del objeto, la persona, el mundo familiar. Hasta el trivial quiosco que alguna vez dispensara el mejor café de la ciudad regresa como una herida. Más aún, uno se ve obligado a ajustar cuentas con el propio impasse: la estasis en que el movimiento se rehúsa, sin avanzar ni retroceder. Es entonces, en ese intervalo en que el tiempo vacila, donde el yo comienza a gotear, a escurrirse, sin dejar otra cosa que el residuo de su suspensión.
Vivo con lágrimas ya estacionadas en los bordes del cuerpo, a la espera de su asignación. ¿Acaso deberá nombrárselo, inscribirse en el léxico de las patologías? ¿O es simplemente la reacción normativa a un mundo obsceno en su crueldad, un pequeño goteo contra el exceso de lo real? Mi envoltura exterior —lo que reciben los amigos, la familia, el entorno— es la pose del control. O eso me gusta pensar, el joven que ensaya su masculinidad. Sin embargo, la masculinidad en sí misma a menudo resulta pesada, una carga de la que preferiría prescindir. Entretanto, el interior gotea. Goteo a menudo, y en secreto. A veces, el goteo se convulsa en risa, una risa que acaba por plegarse una vez más al goteo, sin poder decidir cuál de los dos fue la causa. Es una oscilación, un circuito de goteo y retracción, que también habla del teatro social en que vivimos.
Como cuando un amigo se vio secuestrado en medio de la noche, llevado a rastras por soldados israelíes, por quién si no, remolcado, golpeado, torturado, abandonado en el silencio del aislamiento. Cien días de interrogatorio: prolongado más allá de los rituales setenta, tormento que se dilata hasta convertirse en teatro, ejecutado como exceso, de esa manera que le es tan propia en que Israel trata de superarse a sí mismo. Cuando regresó tambaleándose, todo aún era legible, todo estaba escrito en su cuerpo: la enormidad del dolor, el grito atrapado en la garganta, la desesperación entrelazada con la obstinada compulsión de seguir adelante. Tenía el rostro de alguien que regresara del infierno, no de ninguna alegoría del infierno. Pero entre hombres no nos permitimos gotear. Ni nos permitimos temblores, ni lágrimas. Nos aseguramos de hacer valer la prohibición, vigilada por los códigos de la virilidad. En su lugar, perfeccionamos el arsenal de la evasión: la broma, la sonrisa burlona, la sofocante burla, una burla que roza la crueldad. El dominio de sí se mide en la finta, en la renegación del sentimiento. No podemos confesar las regresiones, los infantiles residuos: el deseo, el amor, el miedo, el horror, la traición, el fracaso. Fragilidades demasiado vergonzosas, demasiado inscritas en un léxico que afirmamos no declarar, aunque se filtre por cada poro, cada tropiezo de la voz. Fingimos no conocer las palabras, aun cuando actuemos en su contra, aun cuando nos marcan con esa impronta que nos desnuda. Y así se vuelve cómico: cómo el horror se convierte, en pleno vuelo, en ridículo.
He sobresalido en hacerlo —legado de mi padre—, a veces juguetonamente, a veces de forma hiriente. Al escuchar a un amigo relatar sus cien días en prisión —torturado, aislado, amenazado, abandonado—, esquivé con bromas las lágrimas. Es así que se sostiene lo masculino: sin lágrimas, sin el goteo que lo desharía. El cuerpo tiembla, listo para derramarse, pero recluta a la risa como prótesis, encargada de soportar lo que el dolor se rehúsa a soportar. Y fue así, desenfadadamente —«Te jodieron, jaja»— que sellé el temblor, cómplice de ese embargo de lágrimas. Fascinado, tal vez, porque cuando los hombres finalmente comienzan a gotear, es como si se tratara de un Acontecimiento: una ruptura en el sistema, una revelación de otro modo prohibida. En árabe lo nombramos con un peso que excede la descripción: baka al-rijāl. El llanto de los hombres. La masculinidad misma lloró, y con ella se vino abajo la ficción de que no goteaba.
Mi amigo relató su calvario, pero lo que se grabó no fueron las palabras, jamás las palabras, sino el silencio, el vacío que se insinuaba en sus intersticios. No de lo que dijo, sino de lo que se quedó sin decir: esos momentos guardados bajo llave, excluidos de la narración. Desnudez, desprotección, asfixia, incapacidad: estados que reconocemos demasiado bien, por los que aguardamos casi con masoquismo, mientras fingimos, con violenta insistencia, que no ocurren. En esos intervalos, no sólo se sentía solo, sino completamente abandonado, sumido en una soledad extrema, despojado del mínimo reconocimiento que sustenta el yo. Privado de voces, del otro que pudiera afirmar su existencia, quedó suspendido en ese vacío (la mazmorra), donde se derrumba hasta la posibilidad de dirigirse a alguien, donde ser se ve privado de testigos. Y luego, el otro teatro: los interrogadores israelíes manipulando su cuerpo como si fuese un accesorio, instalándolo como objeto de espectáculo, escribiendo el guion de la coreografía de la humillación. Llega un momento en que la resistencia deja de sostenerse, en que el agotamiento sobresee el gesto desafiante, en que el sujeto se pliega en pura extenuación. ¿Qué modo de vida, me pregunto, exige sobrevivir por medio de la burla cruel ? ¿Qué modo de resistencia se autoriza sólo en el escarnio, en la parodia, en la apariencia de juego? Como si la única filtración que se pudiera permitir el yo tuviera que ser desviada, contrabandeada bajo la risa, encriptada en la ironía, jamás directa, jamás confesada, jamás permitida.
Hemos normalizado lo que jamás debió haber entrado en el archivo. Lo hemos hecho, y lo hemos hecho bien. Pero todo se estrella en ese instante desprevenido en que te encuentras solo en un tren —de Ámsterdam a Utrecht— y comienzas a gotear. ¡Mierda, Dios mío!, existe un mundo sin puestos de control. Un mundo sin puertas cerradas. Un mundo donde el mar simplemente es visible, donde lo único que se requiere es hacer acopio de tu cuerpo, y nada más. La filtración, claro está, en ausencia de otros hombres, especialmente hombres árabes. Y, sin embargo, ahí está, filtrándose en un tren como un niño que acaba de descubrir lo que es la muerte.
El goteo es una saturación que anuncia el impasse: estar fuera del mundo, con la frente contra el cristal, sin atravesarlo. Sin presionar lo suficiente —o quizás presionando con demasiada suavidad— dejando intacto el cristal y suspendido el cuerpo. El impasse de no ser suficientemente heroico, el dolor de no querer morir, en un mundo (en Palestina) donde la verdad se valida sólo mediante el martirio, donde la muerte enuncia sinceridad. Debo confesar: llegué a la escritura por cobardía, por rechazo, por no dar el paso.
El goteo es una corriente de irreflexión que precede al pensamiento. Ni duelo ni catarsis, sino su suspensión, un intervalo en que la existencia se escurre, gota a gota, rehusándose a cohesionarse en sentido. Estos días, goteo por todas partes. De camino. Entre recados. En las horas ingrávidas. Sobre todo antes de dormir, si es que consigo dormir. No me resisto; dejo que el desbordamiento crezca, me rehúso a cumplir la orden de hablar, de atar el agua con palabras. Quizás sea la única fidelidad que quede: dejar que la filtración persista, sin reclamar, sin redimir. O quizás sea una traición: gotear mientras otros luchan, sentarse mientras otros se levantan, añorar el momento en que la corriente de lo irreflexivo se haga con el control, para que ya no tengas que pensar, que soportar el peso insoportable del pensamiento desorientado.
El único pensamiento que me viene después de haber goteado: ¿qué fue lo que desató mi porosidad hoy? ¿Fueron los hombres que esperaban su oportunidad en la letal ruleta de Israel, en busca de comida? ¿El niño que perdió una extremidad? ¿Las casas apiladas unas sobre otras que se derrumbaron durante el último bombardeo? ¿O los susurros que circulan entre los niños sobre la permanencia de la muerte? ¿O quizás el mundo mismo, ya en bancarrota ética, ya en ruinas? ¿O cada vez más, a medida que pasa el tiempo, la incomodidad en la comodidad temporal de estar dentro y fuera del genocidio? Nombrar lo que gotea es siempre un acto tardío, una reflexión tardía y balbuceante. Llega después del exceso, un exceso que se resiste a ser contenido, que supera mi preparación. La lágrima, si es una lágrima, interfiere con la razón, insistiendo en un desbordamiento antes de que cualquier concepto pueda alcanzarla. Pregunto demasiado tarde, o quizás demasiado pronto: ¿a qué se debió esa fuga?
A veces goteo porque me siento sucio, porque vuelvo obsesivamente sobre las traiciones más pequeñas, sobre los restos de la vida cotidiana. Aquella vez en que cedí a la tentación. Aquella otra vez en que me negué a ayudar a un amigo, cegado por un enfado pasajero. O las promesas que dejé pudrirse, incumplidas, sin redimir. O el juicio apresurado que emití sobre algún desconocido lejano. Vuelven no como recuerdos que narrar, sino como manchas que sangran en los bordes del presente. No goteo porque el mundo exija lágrimas, sino porque no puedo lavar el sedimento del fracaso que se adhiere como un residuo. El goteo se representa a sí mismo como una confesión vacía de contenido, un acto sin testigos. No hay sacerdote, ni tribunal, ni registro de absolución. Sólo el temblor ante un archivo que no permanecerá sellado. La lágrima se convierte así en un libro de cuentas de deudas que nunca podrán saldarse, un sistema contable sin cierre. Cada error excede su lugar, prolifera, se filtra en el presente. La fuga no es catarsis, sino recordatorio: el pasado no queda enterrado en el pasado, regresa como si goteara.
Y, sin embargo, ese archivo privado de faltas choca con el cálculo público de la violencia. Cuando Israel justifica su genocidio en Gaza declarando que no hay inocentes, me confieso a mí mismo que yo sería el primero en irme. Después de todo, ¿quién puede reivindicar inocencia? Sólo los niños, y ni ellos no se salvan. No me refiero a la inocencia tal como la definen, jurídica y burocráticamente, hasta poner el dedo en la balanza de todos. Pero ya que se disfrazan de Dios, ¿por qué no aceptar el castigo? Vivir bajo su decreto es habitar un mundo donde el juicio precede a la existencia, donde la culpa se ha inscrito de antemano, donde la inocencia está prohibida desde el principio. Mi goteo registra esa herencia imposible: condenado no por lo que uno ha hecho, sino por haber existido. La existencia misma tipificada como delito, castigada a nivel ontológico. Y, sin embargo, los seres humanos, criaturas maleables, se pliegan, narran, zurcen. Bordamos historias alrededor de las heridas para que sean soportables, legibles. Quizás uno las dos cosas en una confesión: soy matable porque he fracasado, y mi fracaso se ha visto confirmado, sellado, por el hecho de ser tan fácilmente matable. Una cinta de Möbius de acusación: la culpa y la mortalidad se pliegan una sobre otra hasta que la distinción se disuelve.
A menudo he goteado junto al mar —en las raras ocasiones en que he podido sentarme frente a él— como si el mar mismo se pudiera enlistar, como si mis lágrimas pudieran atraerlo a la lucha, reclutado como un vasto y oceánico militante en nuestra Intifada. Volví a gotear junto a la tumba de un amigo mártir, mientras sollozaba por el perdón, por una voz que pudiera susurrar: está bien no ser yo. .goteé también en la encrucijada en que la redención choca con la indignación, hasta que, por fin, me reí de lo absurdo de las lágrimas mismas. La mayoría de las veces goteé sólo. En una ocasión lo hice con otros, en un funeral, cuando la realidad me golpeó en la cara y la muerte reveló su peso. Y entonces volví a reírme, una y otra vez, de lo absurdo de las lágrimas.
En algún momento indeterminado, no recuerdo cuándo, me di cuenta de que no soy suficientemente masculino. Quizás sea demasiado sensible, demasiado poroso, demasiado frágil para un mundo que prescribe que los hombres sean héroes y les exige que actúen en consecuencia. Después de todo, sigo goteando. Demasiado destrozado para hacer acopio del valor que se espera de mí, demasiado cansado para sostener el papel que se me ha asignado, demasiado desprotegido para refugiarme tras los muros de la formalidad y la simulación. Demasiado conflictivo, demasiado histérico, demasiado imperfecto, demasiado culpable. Pero, sobre todo, me filtro aquí, mientras escribo. ¿Qué es escribir sino un goteo sancionado, un escurrirse del yo en la página? Escribir es manchar la superficie con lo que debía haberse refrenado. La frase filtra lo que el cuerpo retiene; la página registra lo que la voz prohíbe.
Quizás lo que aquí escribo sea demasiado indulgente, demasiado egocéntrico, y ello también me hace gotear, aunque me haya acostumbrado a seguir adelante a pesar de la fuga. En todo caso, puedo recurrir a la risa. No te tomes la vida demasiado en serio, me recuerdo a mí mismo. Sin embargo, recientemente, goteé por el exceso de añoranza, y en ese momento me sentí vivo de nuevo. Es raro sentirse vivo. Pero esa vez no le siguió la risa. No requería esa afirmación recursiva de lo absurdo. Porque no hay nada absurdo en la añoranza. Añorar es orientarse hacia lo que aún no tiene nombre, lo que aún puede llegar, lo que debería llegar. Añorar lo ordinario: gestos sin cargas, hábitos no marcados, un solo aliento sin pesadez. Añorar a alguien cercano pero que está lejos, una conversación en la que no se pase juicio, a alguien que te vea, que vea todo tu ser. Inspirarte a ti mismo y espirarte. Reír cuando ríes. Añorar es exigir reconocimiento, el derecho a estar vivo. Me tomo en serio la añoranza, quizás demasiado en serio. No es de extrañar, entonces, que la palabra de orden en Palestina sea hoy queremos vivir. Para algunos, la frase significa sólo lo mínimo: soportar una vida despojada de política, de dignidad, reducida a la nuda existencia. En ese sentido, queremos vivir se traduce como no queremos morir. Sumisión al presente. Una vida sin añoranza. Y ello me hace gotear, porque también me invaden esos pensamientos: una vida sin ser visto, y sin embargo respirando aún, siguiendo adelante aún, viajando aún en taxi con las piernas demasiado abiertas, como hacen los hombres. Para otros, la misma palabra de orden se extiende de manera diferente, hacia el horizonte de la añoranza, más allá del infierno del presente. Queremos vivir como aspiración, como exceso, como rechazo a la reducción. Y entonces vuelvo a gotear. En realidad, lloro, intensamente. Empieza con un goteo, antes de convertirse en torrente. Porque la añoranza puede traicionar, puede engañar, puede evocar un mundo que no habrá de llegar. Te ofrece una imagen del futuro, a veces sin imagen, la mayoría de las veces una imagen sin contenido. Y, sin embargo, imagen sigue siendo. Te arranca del presente, te reorienta mientras te desorienta. Como montarse en una ola, sólo para ser golpeado por la siguiente, y otra vez.
Pero lo que más desconcierta, lo que desencadena con mayor violencia la fuga, es el encuadre de la propia elección, de nuestras presuntas elecciones. Si evacuar al sur de Gaza, por órdenes de Israel, la obediencia disfrazada de supervivencia, sólo para descubrir que la supervivencia también se ha visto reclutada por la maquinaria de la muerte. Si marcharse o quedarse, cuando marcharse es inhalar el hedor de la traición. Si convertirse en otro, renegar del mundo y refugiarse en los hábitos y gestos que protegen de su obscenidad, o aceptar el mundo en su totalidad, sin anestesia, para enfrentarse directamente a su exceso. Si, como mi amigo, regresar a Palestina y arriesgarse a que te detengan, o permanecer suspendido en el exilio, condenado a la no-vida de jamás volver. Si quedarse con alguna amante cuyo cuerpo ya esté inscrito en un documento de identidad israelí, o apostar por que pueda sobrevivir mientras marchas hacia la aniquilación. Si comer sin pensar, o rehusarse por completo a ingerir alimentos. Si acercarse a una chica que ya está en su camino de vuelta a la cárcel, o mantenerse a distancia, imaginando que la distancia te ahorrará el dolor. Si relatar el pasado, murmurar para ti mismo: He tenido suficientes experiencias, he reído lo suficiente, he experimentado suficientes rupturas contra la norma impuesta, suficientes diversiones. O si verter palabras en el presente, seguir filtrándome en el texto, alineando y realineando el yo en la página. O renunciar por completo a escribir, rechazar la faena del derramamiento. Después de todo, ¿acaso no predico sólo a los conversos? Una elección sin elección, una representación escenificada para quienes ya se saben el guion.
Y entonces, para volver a ser un hombre —o lo que quede de esa designación—, ejerzo la crueldad sobre mí mismo. Me intimido a mí mismo para volver al redil, salvajemente, con una especie de placer perverso. Maldigo insistentemente, casi rítmicamente: ya ḥimār, ya ghabī —«burro, idiota»— como si el insulto pudiera borrar el temblor, como si la maldición pudiera silenciar retroactivamente lo que el cuerpo ya había confesado. La lengua se convierte en verdugo, obligando a la fuga a volver a su celda, castigando al cuerpo por haber hablado antes de hablar. Y me río una vez más, incluso mientras me confieso a mí mismo: odio fingir ser un hombre. Quizás sea por ello que somos los últimos en ser llorados. Quizás nos lo tengamos bien merecido. ¿Quién más, si no los hombres, podría habitar el mundo a través de ese despiadado pas de deux de bromas crueles y silencios crueles?
Featured image: Landscape seen from a train window. Photo: Stijn te Strake at Unplash (Free download).
Translated from the original in English by Rolando Prats.





