«¿A quién defender?» es la traducción del texto “Who can be defended?”, que se publicara en su totalidad originalmente en español como epílogo del libro de Jodi Dean Camarada. Ensayo sobre la pertenencia política (Verso Libros-Communis, 2024), primera edición en español de Comrade: An Essay on Political Belonging (Verso, 2019). Se publica ahora en Communis, en traducción revisada, al cumplirse el segundo aniversario de la operación Inundación de Al-Aqsa.

«La provocadora afirmación de que todos somos palestinos no deberá entenderse en el mismo sentido que ese tipo de identificación sentimental según la cual todas las formas de sufrimiento son variaciones del mismo sufrimiento, por lo que todos deberíamos llevarnos bien. Lo que con semejante declaración se afirma, en cambio, es la consigna política de la emancipación universal radical que responde al sujeto como efecto de la causa palestina. No todos hablan en nombre de Palestina, pero Palestina habla en nombre de todos.»
— Jodi Dean

Antes de la derrota de la Unión Soviética, de la devastación causada por la globalización del neoliberalismo y de la desintegración generalizada de los movimientos políticos organizados de izquierda, la camaradería era una figura legible en la arena política. A finales de los setenta —nos dice Edward Said— «no había una sola causa política progresista que no se identificara con el movimiento palestino»[1]. La solidaridad con Palestina era un factor aglutinante de la izquierda, pues entretejía las luchas de liberación en un frente antimperialista. Hoy en día —o al menos hasta el 7 de octubre de 2023— la gente suele quejarse de que la izquierda no existe o, cuando no se queja, imagina la política de izquierda en términos de una multitud de singularidades, de un incontable número de personas con su arsenal de opciones y sentimientos particulares. Aun cuando se escuchen exhortaciones a la interseccionalidad que tratan de tender vínculos entre problemas que cuatro décadas de fragmentación neoliberal han intentado mantener separados, con demasiada frecuencia los fundamentos jurídicos liberales del propio concepto hacen de lo individual el punto de intersección, y reducen los problemas a cuestiones de identidad. Despolitizados a nivel de organización, los problemas se vuelven a politizar en cada persona a su imagen y semejanza. ¿Qué piensa una u otra persona y en qué medida se siente cómoda expresándolo? ¿Qué expresiones amenazan esa comodidad y socavan toda sensación de seguridad? La constricción de la política a la gestión de las angustias personales reenmarca el egocentrismo como moral en los recintos universitarios y a lo largo y ancho de Estados Unidos. Esa constricción no es más que un aspecto del desplazamiento más general y sistémico de la política por el moralismo que se manifiesta en la manera en que la organización política militante se ve remplazada por la labor asistencial; la lucha, por la administración; y los partidos revolucionarios, por organizaciones no gubernamentales y organizaciones de la sociedad civil[2]. En ese entorno, la crítica de la forma-partido y de la disciplina de la camaradería se presenta como rechazo radical del centralismo y de la jerarquía en vez de como incapacitación política que redunda en la desmovilización de la resistencia popular. La despolitización de la izquierda es la otra cara del resurgimiento de la derecha.

En cierto sentido, no es con el fenómeno de la despolitización que en verdad tropezamos, sino con la derrota. La política sigue su curso, pero de una forma estructurada por esa derrota. Incapaces de constituirnos en un lado coherente de la lucha contra el imperialismo, nos cuesta tomar partido, sin percatarnos ni preguntamos de qué lado estamos. El mero reconocimiento de la existencia de lados opuestos se tilda de pensamiento binario o de incapacidad infantil para aceptar lo complejo y lo ambiguo. Se trata de una notable involución política, de un rechazo del sujeto revolucionario en sentido más amplio. Desde la dramática brecha que la operación Inundación de Al-Aqsa inscribió en nuestro constreñido sentido de lo posible político, ese sujeto revolucionario ha comenzado a reaparecer y ha adquirido una presencia global en la lucha por determinar de qué lado situarnos.

El lado de la libertad

Como es bien sabido, Hamás (Movimiento de Resistencia Islámica) es la organización que encabeza la lucha de liberación del pueblo palestino. Como pone de relieve Charlotte Kates, coordinadora internacional de Samidoum: Red de Solidaridad con los Prisioneros Palestinos

Todas las organizaciones de izquierda palestinas con alguna presencia significativa están cien por ciento de acuerdo con el fomento de la resistencia, con las acciones del 7 de octubre, con el papel dirigente del movimiento de la resistencia islámica y con la participación en lo que se ha dado en llamar la sala de operaciones conjunta de la resistencia palestina en Gaza y otros lugares, lo cual no es algo que sea objeto de debate ni que dé lugar a ninguna lucha interna al respecto, pues las organizaciones de izquierda del movimiento palestino forman parte cien por ciento de esa resistencia y la apoyan. Pero las fuerzas que la dirigen, las fuerzas con el nivel más alto de movilización popular, el nivel más alto de apoyo popular y el nivel de adelanto y desarrollo militares son las fuerzas de la resistencia islámica.[3]

Los principales medios de comunicación del núcleo imperialista, en consonancia con las prácticas del Estado sionista e imperialista, insisten en que toda mención de Hamás, o de la guerra de exterminio de Israel contra el pueblo palestino, comience por una condena. Condenar a Hamás se ha convertido en una condición para poder hacer uso de la palabra. Así ha sido durante décadas. Tareq Baconi describe algo que había observado en 2014 en los programas de noticias, precisamente cuando Israel demolía a Gaza en la Operación Margen Protector: los analistas palestinos eran «groseramente silenciados en el aire por no condenar rotundamente a Hamás como organización terrorista»[4]. Se espera que todos hablen como lo hace el Estado, que se comporten como representantes de un Estado condicionado para actuar en consonancia con prácticas que el orden mundial imperialista tiene por aceptables. Las formas de interacción se establecen de antemano en calidad de normas de discurso permisible. Cada vez más, esas normas tienen como respaldo el poder coercitivo de instituciones públicas y privadas, ya que la legislación contra el terrorismo y las definiciones cada vez más amplias de antisemitismo penalizan el apoyo a la liberación palestina. En Estados Unidos, el Reino Unido y Alemania se considera inadmisible defender a Hamás. Cuando reconocemos —como lo hace Charlotte Kates— que Hamás libra una lucha de liberación nacional y que el 7 de octubre fue «una reafirmación de la revolución palestina», a su vez se nos revela que proscribir la defensa de Hamás equivale a prescribir que se tome partido contra la revolución[5]. Se prohíbe defender a Hamás porque la liberación nacional palestina no figura ya en la agenda y se ha visto relegada en cuanto proyecto político.

Lo que es verdaderamente abominable es la manera en que prominentes voces presuntamente de izquierda repiten como loros las condenas oficiales contra Hamás, confirmando con ello la condición para hacer uso de la palabra que esas condenas producen y reforzando el orden normativo que rechaza a la revolución palestina. El ensayo de Judith Butler publicado en London Review of Books el 19 de octubre de 2023 así lo ilustra con claridad. En lugar de centrar su atención en los setenta y cinco años de Nakba y en la resistencia palestina, Butler reprocha a un grupo de estudiantes de Harvard haber emitido una declaración en que se catalogaba al régimen israelí de «plenamente responsable de la violencia desatada»[6]. Con su ensayo, Butler prefiguraba la actitud que se apoderaría del mundo académico estadounidense, como ocurrió en Columbia, Cornell, Harvard y otros lugares. En él la atención se desplaza de la realidad del apartheid, la ocupación y el asedio hacia el entorno afectivo de universidades estadounidenses seguras y privilegiadas. Los ataques de Butler contra los estudiantes —contra su lenguaje y sus sentimientos y su forma de expresarse— prefiguraron asimismo las audiencias del Congreso que condujeron a la dimisión de las rectoras de Harvard y de la Universidad de Pensilvania.

Frente a los estudiantes de Harvard, Butler condena «sin reserva alguna la violencia perpetrada por Hamás»[7]. A sus ojos, semejante condena no entraña el fin de la política ni excluye la posibilidad de extraer lecciones de la historia de la región. Al contrario, insiste en que la condena vaya acompañada de una visión moral. Esa visión comprende o puede comprender la igualdad de agravios y derechos en materia de duelo, así como «nuevas formas de libertad y justicia políticas». Para Butler, sin embargo, esa visión excluye a Hamás. Butler trata a Hamás como si este hubiera sido el único responsable del 7 de octubre, ignorando así el hecho de que en la acción participaron las fuerzas armadas de múltiples grupos palestinos, lo cual es indicativo de que Hamás contaba con un apoyo que se extendía mucho más allá del brazo militar del partido elegido democráticamente para gobernar Gaza. Por otro lado, Butler quisiera formar parte del empeño por «imaginar y luchar» en favor del tipo de igualdad que «obligaría a grupos como Hamás a desaparecer»[8]. No están claros los criterios en que habría que basarse a la hora de determinar si se es o no como Hamás ni las características que justificarían la necesidad de que desaparezca un determinado grupo. Si, por ejemplo, lo que importa es el uso violento de la fuerza, entonces queda descartada de antemano la lucha de liberación de un pueblo colonizado, ocupado y oprimido y se reduce el horizonte político que unía a las fuerzas progresistas a finales de los años setenta.

En cuanto al deseo de «conminar a grupos como Hamás a que desaparezcan», la posición de Butler se solapa con la de Biden y Netanyahu. A diferencia de estos, Butler nombra y rechaza la ocupación, pero se hace eco de la posición de ambos —y de su táctica de separar a Hamás de Palestina y de supeditar la liberación palestina a esa separación— cuando expresa su aspiración a ser «parte de la lucha por una Palestina libre en la que se disuelva a Hamás». Cuando Hamás es el líder ampliamente reconocido y aceptado de la lucha por una Palestina libre, confiarse a su disolución es una muestra del fracaso de la solidaridad internacional y asesta un golpe y abre una brecha en un frente unido en la resistencia al imperialismo. Según Butler, Hamás ofrece «una respuesta aterradora y abominable» a la cuestión sobre el tipo de mundo posible tras el fin del dominio colonial de asentamientos. Butler no nos dice cuál es la respuesta de Hamás. En el documento político que publicara en 2017, el grupo «aceptaba la creación de un Estado palestino en el interior de las fronteras de 1967, la resolución 194 (III) de 1949 de la Asamblea General de las Naciones Unidas sobre el derecho al retorno y la noción de restringir la lucha armada a fin de operar en el marco del derecho internacional»[9]. Lo cual no se me antoja ni aterrador ni abominable, por muy difícil que resulte de imaginar, habida cuenta de la proliferación de ilegales asentamientos israelíes en la Ribera Occidental. El 13 de diciembre, Butler se disculpó ante los estudiantes de Harvard luego de admitir la posibilidad de que Hamás fuese «un movimiento de resistencia armada» que se situara en una historia más larga de lucha armada, o al menos que todas esas eran «cuestiones importantes»[10].

Los oprimidos luchan contra sus opresores por cualquier medio necesario. Eligen —y se ven obligados a elegir por los propios entornos en que luchan por su liberación— las estrategias y tácticas que necesitan para vencer. Esa elección exige necesariamente compromisos, alternativas, creatividad y sacrificios, sobre todo porque es el opresor quien determina los entornos. ¿Cuánto disenso tolerará el opresor? ¿Cuánta fuerza utilizará el opresor para sofocar la rebelión? ¿Hasta qué punto depende el opresor del consentimiento de los oprimidos? ¿Cuánto oprobio moral está dispuesto a absorber el opresor? Reconocer el derecho a oponer resistencia a quien oprime, el derecho de toda nación a la libre determinación, significa defender a quienes estén dispuestos a luchar contra sus opresores y se muestren capaces de hacerlo. Esa defensa no tiene por qué ser acrítica: a menudo individuos, grupos y Estados se encuentran en la posición política de tener que defender a otros con quienes no se está de acuerdo. Pero esa defensa debe tomar su orientación de los oprimidos en su lucha por la liberación, no del opresor o del orden imperialista más amplio que propicia y valida la opresión. Esa defensa debe hacer que la solidaridad arraigue en «elementos comunes de resistencia» más que en «elementos comunes de opresión», para decirlo en palabras de Robin D. G. Kelley[11]. Esa idea, lejos de ser nueva, tiene una larga historia en las luchas antimperialistas y de liberación nacional.

Vigilancia de los afectos

En los espacios de arte y activismo de izquierda, a menudo nos tropezamos con adalides de la resistencia y la transgresión, celebraciones de la praxis creadora y del pensar de otro modo, rechazos de lo normativo y lo convencional. Sin embargo, al parecer defender a Hamás se considera una actitud abominable. Y tan inconcebible que apenas se saca a colación; se ataja por adelantado por medio de la condena, como si se tratara de sellar una puerta ya cerrada y bloqueada. La transgresión y la resistencia no son ilimitadas. Una exclusión constitutiva las mantiene en su lugar. Del mismo modo que el derecho a la legítima defensa es exclusivo de quienes aceptan los términos y las condiciones del orden dominante, también lo es el derecho a resistir. Mientras debatíamos sobre el 7 de octubre, en respuesta a la explicación que le había dado de mi decisión de no firmar una declaración que se había hecho circular entre académicos, una colega alemana insistió en que «no toda resistencia era emancipatoria», Me negué a firmar la declaración porque empezaba por condenar a Hamás. ¿Cuál fue la reacción de mi colega? «Sencillamente, me parece atroz.» No tenía yo muy claro a qué se refería. ¿A mi negativa? ¿A la operación Inundación de Al-Aqsa? Más que de un efecto del intercambio de mensajes de texto en WhatsApp, la falta de claridad en este caso es indicativa de un patrón más amplio de elisión que se ha vuelto particularmente pronunciado en los últimos meses.

Los sentimientos expresados por quienes nos encontramos lejos de Gaza, nuestras palabras y consignas, son objeto de crítica no sólo por no condenar a Hamás. Cuando no parten de esa concesión, cuando no obedecen las reglas del imperialismo para hablar y pensar sobre Palestina, se los equipara con las acciones militares del 7 de octubre. Se funden con esas acciones, se vuelven inseparables unas de otras. Corear una consigna en un recinto universitario se llega a considerar un acto de violencia, como si se disparara un misil contra una multitud de la que nadie pudiera huir para ponerse a salvo. El miedo, incluso de quienes se encuentran a una distancia extraordinaria de Gaza, la posibilidad —por remota que sea— de que puedan resultar heridos, desplaza la atención de la realidad del genocidio que se está perpetrando: 8.000 muertos; 15.000 muertos; 30.000 muertos. Las restricciones respecto de lo que podemos decir y cómo podemos decirlo pretenden desviar el sentimiento y la indignación en relación con el apartheid, la ocupación y el bloqueo. Vigilan e intentan controlar el entorno afectivo que hace posible el genocidio. Se reacciona con repugnancia ante sentimientos que se considera inapropiados; se los condena. Personas progresistas, que deberían saberlo mejor, hacen concesiones: no exclamemos «desde el río hasta el mar» si con ello se ofendiera a alguien; no coreemos «no hay más que una solución: intifada, revolución». Hay alternativas que harían que todos se sintiesen cómodos y que el genocidio no violase las normas de lo civilizado.

¿Quién podría no regocijarse viendo a los oprimidos derribar las vallas que los mantienen enclaustrados, alzar el vuelo en su huida y elevarse en un gesto de momentánea libertad?

La vigilancia de los sentimientos y la regulación de los afectos dieron lugar a los sucesos acontecidos en la Universidad de Cornell en octubre de 2023. A Russell Rickford, profesor de historia afroamericana, se lo condenó por calificar de estimulante y vivificante el atentado del 7 de octubre[12]. La Rectora de Cornell y el Presidente de su Consejo de Administración emitieron una declaración en la que calificaban de «reprensibles»[13] las palabras de Rickford. Una petición por la que se exigía el despido de Rickford llegó a reunir casi 12.000 firmas[14]. Kirsten Gillibrand, senadora por el estado de Nueva York, convino en que debía despedirse a Rickford: «Definitivamente no hay espacio para manifestantes pro-Hamas. Es como si esa persona expresara su respaldo a la muerte, la destrucción, la violación, el asesinato y la matanza de niños inocentes y de familias y ancianos y la toma de rehenes. No se puede condonar semejante actitud.»[15] Rickford se disculpó por el dolor que habían causado sus comentarios y admitió que, en parte, habían sido realmente censurables, tras lo cual se tomó una excedencia de la universidad[16].

Según mi colega alemana, «no toda resistencia es emancipatoria». Deberíamos preguntarnos ¿a ojos de quién y para quién? Las imágenes de los parapentistas que evadían las defensas aéreas israelíes logaron plasmar un momento de libertad, de libertad frente a las vallas y frente a las expectativas de sojuzgamiento al asedio y la ocupación. Éramos testigos de actos de valor y resistencia aparentemente imposibles ante obstáculos insalvables y a sabiendas de la devastación que sobrevendría. ¿Quién podría dejar de regocijarse al ver a los oprimidos derribar las vallas que los mantienen enclaustrados, alzar el vuelo en su huida y elevarse en un gesto de libertad momentánea? Fue como si con la ruptura del sentido colectivo de lo que es posible cualquiera pudiera ser libre, como si el imperialismo, la ocupación y la opresión pudieran ser derrocados y lo fueran a ser. En su autobiografía, Leila Khaled reflexiona sobre una lograda operación de secuestro: «[P]arecía que cuanto más espectacular fuera la acción, tanto más se fortalecería la moral de nuestro pueblo.»[17] Acciones espectaculares que horadan las expectativas y crean una nueva sensación de posibilidad, librando así a la gente de la desesperanza y el desaliento. Son la estimulante causa de un sujeto revolucionario[18].

Ante tales actos, también a muchos de nosotros nos invade esa sensación de apertura, reacción que es una señal del efecto sujeto que desencadenan esos actos: algo en el mundo ha cambiado porque algún sujeto ha inscrito una brecha en lo dado. La acción se nos presenta como causada por un sujeto y, a la vez, produce un sujeto como efecto retroactivo. No es de extrañar que el imperialismo trate de acallar esos sentimientos antes de que se propaguen demasiado, que los condene y los fuerce a estar fuera de lugar, que para impedir que el sujeto emerja intente embargar sus efectos. Por ejemplo, en un discurso pronunciado por el Presidente estadounidense Joe Biden, este afirmó que la Autoridad Palestina no debía gobernar Gaza porque Mahmud Abás, Presidente de la Autoridad, no había condenado el ataque del 7 de octubre y algunos de sus ministros lo habían celebrado[19]. Controlar el discurso y los sentimientos forma parte de la lucha política. Como si hubiera que extinguir todo aquello que despertara el sentimiento de que los oprimidos serán capaces de liberarse, de que cesarán las ocupaciones y los bloqueos[20]. Los imperialistas y los sionistas reducen el 7 de octubre a una lista de horrores no sólo para ocultar la historia y la realidad del colonialismo, la ocupación y el asedio. También lo hacen para impedir que la brecha de la perturbación produzca el sujeto que hubo de causarla.

Alzar el vuelo

Como parte de la lucha sobre lo que nos es permitido sentir, he armado un carrusel afectivo que se apropia de las energías y los sentimientos que el sionismo y el imperialismo tratan de embargar y se vale de ellos para forzar una brecha en nuestro sentido de lo que es permisible que sintamos. Hago hincapié en el acto de volar, de surcar los cielos, en el regocijo de la trascendencia. Imágenes asociadas con el vuelo pueden incitar a la solidaridad con la lucha por la libertad, con la esperanza y la voluntad de vencer. Si ellos son capaces de escapar, y si tienen que hacerlo, también podemos hacerlo todos.

El grueso de las imágenes de los palestinos con que la mayoría de nosotros nos tropezamos en nuestros entornos imperialistas nos muestran la devastación, el luto y la muerte. La humanidad de los palestinos se supedita así a su sufrimiento, a lo que han perdido y a lo que han de padecer. Ello tiene sentido en cuanto medio de contrarrestar el racismo de su descripción como terroristas y animales. Al mismo tiempo, el predominio de la imagen de la víctima produce al «buen palestino» en cuanto civil, incluso mejor aún en cuanto niño, mujer o anciano. Los palestinos pueden ser víctimas, pero no camaradas. Quienes entre ellos se defiendan, especialmente como parte de grupos organizados, y sobre todo si son suficientemente valientes como para matar y morir, son malos y se los debe conminar a desaparecer.

El predominio del sufrimiento y del duelo también refuerza el desplazamiento de la política por el moralismo. Los palestinos son acreedores de simpatía, pero no de emancipación; la emancipación corroería la simpatía. Sara Roy escribe de forma convincente sobre la transformación deliberada de Gaza por Israel en un problema humanitario como medio de gestionar la cuestión política subyacente[21]. La devastación económica, medioambiental e infraestructural, persistente y continua, sitúa en un primer plano las cuestiones relacionadas con la supervivencia, posponiendo para siempre la cuestión política de la creación de un Estado palestino. La ayuda humanitaria institucionalizada normaliza la ocupación. Cuando el moralismo remplaza la política, damos continuidad y mayor solidez a nuestra despolitización. Vemos a los palestinos sepultados por los escombros, o incluso por túneles de abastecimiento, pero no cuando se liberan de las fuerzas que los oprimen y cuando remontan el vuelo.

La primera intifada, en 1987, se inició con la «Noche de los planeadores»[22]. Los días 25 y 26 de noviembre, dos guerrilleros palestinos del Frente Popular para la Liberación de Palestina-Comando General (FPLP-CG) aterrizaron en territorio ocupado por Israel. Ambos perdieron la vida, no sin que antes uno de ellos diera muerte a seis soldados israelíes e hiriera a otros siete[23]. Los palestinos convirtieron al guerrillero en héroe nacional, al tiempo que los habitantes de Gaza escribían en sus paredes 6:1, burlándose así de las tropas de las FDI[24]. Yasir Arafat, Presidente de la OLP, hizo el elogio de los combatientes: «El ataque demostró que no puede haber barreras ni obstáculos que impidan el paso a un guerrillero que haya decidido convertirse en mártir.»[25] Nada podía detener ni bloquear a quien tuviese la voluntad de volar. La Noche de los planeadores reavivó las energías afectivas de la revolución palestina que habían seguido a la derrota árabe en junio de 1967 y sirvió de estímulo para el auge del movimiento guerrillero tras la batalla de Karama en marzo de 1968. Después de la Noche de los planeadores y en la primera intifada, volver a ser palestino entrañaba rebelión y resistencia en lugar de aquiescencia a la ciudadanía de segunda clase y a la condición de refugiado[26].

En 2018, durante la Gran Marcha del Retorno, los gazatíes se valieron de cometas y globos para eludir las defensas aéreas israelíes y provocar incendios en territorio israelí. Jóvenes palestinos habrían comenzado por lanzar al vuelo cometas incendiarias; tras lo cual Hamás se involucró, creando la unidad al-Zouari, especializada en fabricar y lanzar cometas y globos incendiarios[27]. Además de coloridos globos de cumpleaños, inflaban preservativos y los hacían volar por encima de la valla[28]. Las cometas y los globos levantaban la moral en Gaza, al tiempo que causaban estragos en la economía israelí e irritaban a los israelíes que vivían cerca de la frontera con Gaza[29]. En respuesta a los comentarios de un periodista italiano sobre la «nueva arma icónica» que estaba «enloqueciendo a Israel», Yahya Sinwar, dirigente de Hamás, explicó lo siguiente:

Las cometas no son un arma. A lo sumo, hacen que la hojarasca se prenda fuego. Echas mano a un extintor y ya está. No son un arma, son un mensaje. Porque no son más que cordel y papel y un jirón de tela empapado en aceite, mientras que cada batería de la Cúpula de Hierro cuesta 100 millones de dólares. Esas cometas dicen: ustedes son inmensamente más poderosos. Pero jamás nos derrotarán. De verás. Jamás.[30]

El contexto autoriza asimismo a leer las cometas en Gaza como mensajes de un pueblo que se niega a someterse. En 2011, 15 mil niños palestinos batieron en una playa de Gaza el récord mundial de cometas echadas a volar simultáneamente. Muchas de las cometas iban adornadas con banderas y símbolos palestinos, deseos de paz y esperanza. Rawia, una niña de once años que había hecho de su cometa una bandera palestina, dijo: «Cuando la hago volar, siento que enarbolo a mi país y mi bandera en lo alto del cielo.»[31] El documental de 2013 «Flying Paper», dirigido por Nitin Sawhney y Roger Hill, cuenta la historia de algunos de los jóvenes que hacen volar cometas. «Cuando hacemos volar cometas, sentimos que somos nosotros mismos quienes volamos en el cielo. Sentimos que somos libres. Que no hay asedio en Gaza. Cuando hacemos volar la cometa, sabemos que la libertad existe.»[32] A principios de este año tuvieron lugar en todo el mundo manifestaciones de cometas solidarias que expresaban y amplificaban una esperanza y una voluntad de libertad palestina.

El último poema de Refaat Alareer, «Si tuviera que morir», recurre a la asociación de cometas y esperanza. Es posible que hayan visto el vídeo en que Brian Cox lee el poema y que circuló por Internet después de que las FDI mataran a Alareer durante un ataque aéreo que redujo a escombros el edificio en que vivía[33].

He aquí el poema:

Si tuviera que morir,

Tendrás tú que vivir

para que cuentes mi historia

para que pongas a la venta mis cosas

para que compres un trozo de tela

y un poco de cordel,

(haz que la cometa sea blanca y tenga una larga cola)

para que en algún lugar de Gaza un niño,

mientras mira al cielo a los ojos

a la espera de su padre que se fue en una llamarada

—y no se despidió de nadie

ni siquiera de su piel

ni siquiera de sí mismo—,

vea la cometa, mi cometa hecha por ti, volar en lo alto,

y, por un momento, piense que es un ángel

que trae de vuelta el amor.

Si tuviera que morir,

que sea para traer esperanza,

que sea para contar una historia.

 

La cometa es un mensaje de amor. Algo que se hace para que vuele y, al volar, cree esperanza. Las palabras de Alareer hacen que la atención se fije en la confección de la cometa, en su elaboración con tela y cordel, así como en su vuelo. Confeccionar la cometa es más que guardar luto; es un compromiso con el optimismo práctico, un elemento del proceso subjetivo que establece el sujeto de una política[34].

Un último ejemplo del optimismo práctico que engendra el vuelo es el Aeropuerto Internacional Yasir Arafat. Los palestinos lo construyeron en 1998. Las excavadoras israelíes lo demolieron en 2001, durante la segunda intifada. Según Hind Khoudary, el aeropuerto estaba íntimamente vinculado con el sueño de un Estado palestino. Khoudary entrevistó a algunos de los trabajadores que habían construido la pista de aterrizaje que ha quedado reducida a escombros y arena. «El aeropuerto de Gaza —escribe Khoudary— era más que un proyecto. Era un símbolo de libertad para los palestinos. Ver la bandera palestina ondear en el cielo era el sueño de todo palestino.»[35]

Hamás no fue el sujeto de la acción del 7 de octubre; fue un agente a la espera de que el sujeto emergiera como efecto de su acción, la instanciación más reciente de la revolución palestina.

Los parapentistas que volaron hacia Israel el 7 de octubre dan continuidad a la asociación revolucionaria de liberación y vuelo. Aunque las fuerzas imperialistas y sionistas tratan de condensar la acción en la figura singular del terrorismo de Hamás, a la vez que, a pesar de todas las pruebas de lo contrario, insisten en que si se exterminara a Hamás desaparecería la resistencia palestina, la voluntad de luchar por la libertad palestina precede a Hamás y lo excede. Hamás no fue el sujeto de la acción del 7 de octubre; fue un agente a la espera de que el sujeto emergiera como efecto de su acción, la instanciación más reciente de la revolución palestina. Las palabras de que se vale Lelia Khaled para defender la justeza de la táctica de secuestro del FPLP resultan por igual adecuadas para el 7 de octubre:

Como ha dicho un camarada, actuamos heroicamente en un mundo cobarde para demostrar que el enemigo no es invencible. Actuamos «violentamente» para, con un soplido, hacer saltar la cera de los oídos de los sordos liberales occidentales y apartar de sus ojos la paja que bloquea su mirada. Actuamos como revolucionarios para inspirar a las masas y desencadenar la convulsión revolucionaria en una era de contrarrevolución.[36]

¿Cómo puede un pueblo oprimido creer que el cambio es posible? ¿Cómo pueden los movimientos que han experimentado décadas de derrota llegar a sentir que es posible que nuestras luchas culminen en la victoria? Sara Roy documentó la desesperación que invadía a Gaza y la Ribera Occidental antes del 7 de octubre. El faccionalismo y la sensación de que no sólo Fatah sino también Hamás estaban cooperando demasiado con Israel habían minado la confianza en cualquier proyecto nacional de unificación. Sin duda, la dura respuesta de Hamás a las manifestaciones contra el alza de los impuestos y el hundimiento del nivel de vida en la franja no hacía sino empeorar las cosas. Uno de sus amigos le dijo a Roy: «Nuestras reivindicaciones de ayer han dejado de tener sentido. Nadie habla de Jerusalén ni del derecho de retorno. Queremos sólo seguridad alimentaria y cruces abiertos.»[37] La operación Inundación de Al-Aqsa lanzó un ataque contra esa falta de esperanza. La coalición de combatientes de la resistencia liderada por Hamás y la Yihad Islámica Palestina (PIJ) se negó a aceptar la derrota y a someterse a la ignominia de una muerte lenta. Su acción fue una subjetivación diseñada para tener como efecto la aparición del sujeto revolucionario.

La causa palestina

En 2017, el FPLP volvió a publicar su Estrategia para la Liberación de Palestina (1969) como parte de las celebraciones por su quincuagésimo aniversario. Redactado en 1967, tras la derrota árabe en la guerra de junio, se convirtió en el documento fundacional del partido. Se trata de un texto fascinante, sobre todo por su visión del mundo revolucionario de los movimientos de liberación nacional africanos, asiáticos, árabes y latinoamericanos. De particular interés es la manera en que el partido presenta al imperialismo como el contexto internacional necesario para comprender la lucha palestina. El FPLP esboza los cambios que se produjeron en el imperialismo tras la Segunda Guerra Mundial, el más significativo de los cuales consistió en la confluencia de las fuerzas capitalistas coloniales en un solo campo, dirigido por el capital estadounidense, y la constitución de los países socialistas y las luchas de liberación como campo revolucionario opuesto.

Según el análisis del FPLP, Estados Unidos trata de hacer valer sus intereses mediante técnicas neocolonialistas que buscan contener y coexistir con las luchas de liberación nacional. Sin embargo —observa el partido—, las invasiones estadounidenses a Vietnam, Cuba y la República Dominicana (1965) demuestran que Estados Unidos recurrirá a la fuerza armada. Consiguientemente, cuando Estados Unidos fracasó en sus intentos de negociar con el movimiento de liberación árabe «y evitar que se fusionara orgánicamente con el campo revolucionario mundial», decidió prestar pleno apoyo militar a Israel[38]. Frente al enorme poder y la ventaja tecnológica del imperialismo, Palestina, como cuestión de estrategia, tiene que «entrar en plena alianza con todas las fuerzas revolucionarias a nivel mundial»[39]. En el documento se afirma:

Nuestros primeros amigos son los pueblos esclavizados que padecen el imperialismo y la explotación imperialista de sus esfuerzos y riquezas, o que se ven expuestos al mismo peligro que representa hoy Estados Unidos en su intento de imponer su influencia a los pueblos que se sublevan. Los pueblos de África, Asia y América Latina sufren a diario una vida de miseria, pobreza, ignorancia y atraso, que es resultado de la supeditación de sus vidas al colonialismo y el imperialismo. El mayor conflicto que vive el mundo de hoy es el conflicto entre el imperialismo mundial explotador, por un lado, y esos pueblos y el campo socialista, por otro. La alianza del movimiento de liberación nacional palestino y árabe con el movimiento de liberación de Vietnam, con el proceso revolucionario de Cuba y la República Popular Democrática de Corea y con los movimientos de liberación nacional de Asia, África y América Latina es la única forma de crear el campo capaz de enfrentarse y triunfar sobre el campo imperialista.

Ya en la época en que se publicó el documento, Palestina se había convertido en «una causa global para la izquierda y en un símbolo icónico de solidaridad y apoyo»[40]. En palabras de Ghassan Kanafani, citado en la introducción de 2017, «[l]a causa palestina no es una causa sólo de los palestinos, sino una causa de todos los revolucionarios, en cualquier lugar en que se encuentren, en cuanto causa de las masas explotadas y oprimidas de nuestra era». La izquierda antimperialista es uno de los efectos de la causa palestina. Kanafani, escritor y miembro fundador del FPLP, murió asesinado por Israel en 1972.

En varios recintos universitarios se ha prohibido la consigna «Desde el río hasta el mar, Palestina se habrá de liberar.» Ha habido incluso un «debate» nacional e internacional sobre la consigna, otro aspecto de la guerra contra el sentimiento de solidaridad con Palestina y la extinción del proceso subjetivo desencadenado por el 7 de octubre. Lo que realmente debería molestar a los imperialistas es otra consigna: «Somos miles, somos millones, somos todos palestinos.» Esa consigna rechaza la fragmentación y reconoce al sujeto antimperialista como efecto de la causa palestina. Sustituye los supuestos individualizadores del gerencialismo neoliberal y del humanitarismo por el universalismo divisor del antimperialismo. La consigna no es nueva. En las manifestaciones de principios de los setenta, los estudiantes egipcios coreaban «todos somos palestinos»[41]. De manera similar, en 1978, los iraníes que protestaban contra el Sah se identificaban con Palestina[42]. La consigna se ha mantenido —2014, 2021, 2023—, cada repetición es alimentada por el impacto global de la destrucción imperialista y aviva un movimiento global para oponérsele y derrotarlo.

De síntoma a lado

La voluntad de embargar la solidaridad con Palestina expresa una verdad subyacente: apoyar a Palestina es rechazar la represión de la subjetividad política en condiciones de aquiescencia liberal a la fragmentación y la gestión humanitaria. Situarse del lado de la resistencia palestina es responder a un sujeto revolucionario —el sujeto que lucha contra la ocupación y la opresión—, a la vez que se reconoce a ese sujeto como efecto de un proceso impugnado y abierto. ¿De qué lado se está? ¿Liberación o sionismo e imperialismo? Hay dos lados opuestos entre sí y ninguna alternativa, ninguna negociación de la relación entre opresor y oprimido. La opresión no se gestiona mediante concesiones enervantes, se anula. La ilusión de un término medio y de una multitud se desvanece a medida que la división constitutiva de lo político se nos muestra descarnadamente con toda su brutal fuerza.

Esa emergencia de lo político puede aludir a la formulación clásica de lo político por Carl Schmitt en términos de intensificación de la relación entre amigo y enemigo. En lo que difiere es en su reconocimiento de la jerarquía. La ocupación colonial y la explotación imperialista producen enemistad; la enemistad no es el escenario afectivo de iguales en conflicto. No es una guerra de todos contra todos (por invocar la descripción clásica de Hobbes de la condición de la que está ausente la autoridad política). Es una guerra de oprimidos contra su opresor, la rebelión de aquellos a quienes se les niega el derecho a la libre determinación contra aquellos que se lo niegan. Ambos lados emplean órdenes de significado radicalmente diferentes: desde el interior de uno, el otro parece demencial y monstruoso, desprovisto totalmente de sentido. No existe un tercer punto desde el que evaluar la situación, ninguna autoridad soberana neutral o sistema jurídico que no se vea arrastrado hacia uno u otro lado. Las muertes no pueden tabularse e integrarse en un cálculo que nos ofrezca como garantía su capacidad para fijar el momento en que todo habrá de equilibrarse. La historia no dirime la cuestión. Las fechas a partir de las cuales se ha de empezar a narrar la secuencia de acontecimientos importantes no son simples alternativas. La división constitutiva de lo político llega hasta el fondo.

Palestina no da nombre a un síntoma, sino a un lado, a un sujeto político. Que todos somos palestinos significa que hay un sujeto de emancipación universal radical que es efecto de la causa palestina. No todos hablan en nombre de Palestina, pero Palestina habla en nombre de todos.

Podría ser tentador tratar a Palestina como el síntoma de algún fracaso mayor: del derecho internacional y del régimen de derechos humanos o del liso mundo del neoliberalismo globalizado, por ejemplo. En ese caso, Palestina marcaría el punto en que esos sistemas entran en contradicción consigo mismos, su exclusión constitutiva[43]. Habrá que resistirse a semejante tentación. El derecho no deja nunca de hacer frente a casos difíciles y a retos de aplicación sin que por ello se venga abajo. El neoliberalismo globalizado ha hecho que proliferen la fragmentación, la separación y la perforación del espacio político en una miríada de zonas. Como ha demostrado Quinn Slobodian, la descentralización ha sido un mecanismo primordial para proteger los intereses de clase capitalistas[44]. Palestina no da nombre a un síntoma, sino a un lado de la lucha contra el imperialismo. Cuando la resistencia palestina horada drásticamente su escenario de ocupación y opresión, reemerge la realidad de ese lado. Al orden que pretende ignorarla opone su continua voluntad de ser libre: de perseverar, de reparar la injusticia, de reclamar lo que le ha sido arrebatado y de que se lo reconozca como pueblo, como nación, como Estado con derecho a la libre determinación. Palestina da nombre a un sujeto político. Podemos recurrir a una rica documentación para colmar la idea de la subjetividad política palestina. Entre los puntos claves podrían figurar la centralidad de la resistencia para imaginar una identidad nacional tras la Nakba; la especificidad de la diversidad religiosa palestina (musulmana, cristiana, judía); y la dispersión de los palestinos por Israel, los territorios ocupados y la diáspora. Más convincente es la provocadora afirmación de que todos somos palestinos, la cual no deberá entenderse en el mismo sentido que ese tipo de identificación sentimental según la cual todas las formas de sufrimiento son variaciones del mismo sufrimiento, por lo que todos deberíamos llevarnos bien. Lo que con semejante declaración se afirma, en cambio, es la consigna política de la emancipación universal radical que responde al sujeto como efecto de la causa palestina. No todos hablan en nombre de Palestina, pero Palestina habla en nombre de todos.

La estrategia del FPLP demuestra por qué. El objetivo del FPLP es el establecimiento de un Estado nacional democrático en Palestina en que árabes y judíos sean ciudadanos con los mismos derechos y las mimas obligaciones[45]. Ese objetivo liberador enfrenta al FPLP con el Estado etnonacionalista de Israel, con el sionismo en cuanto ideología racista y con el imperialismo en cuanto fuerza que arma y apoya a Israel como parte de su más amplio reparto territorial del mundo y de la expropiación de los recursos de Asia y África. La solución política del problema de Palestina se revela necesariamente como lucha global contra el imperialismo. El «nosotros» de «todos somos palestinos» es el nombre de ese lado que lucha por todos.

Según Edward W. Said, «[l]a idea de la resistencia extrae su sentido y su fuerza de Palestina[46]». Podemos hacer que esa idea dialogue con la de Jacqueline Rose: «Si en los vocabularios políticos la resistencia es el paso a la libertad, para el psicoanálisis es la repetición, el bloqueo, la obediencia ciega a una constricción interna aplastante.»[47] La cita proviene de The Last Resistance, obra en la que se reflexiona sobre los retos relacionados con Israel y Palestina y que incluye una ponderada meditación sobre Said. La lucha por la liberación de Palestina da contenido a la resistencia tanto en el sentido de Rose, político y psicoanalítico, como a la libertad y al esfuerzo por aplastarla. No le falta razón a mi colega alemana cuando afirma que «no toda resistencia es emancipatoria». Por supuesto que no lo es. Hay una resistencia a la emancipación, una resistencia a la política y una resistencia a la aparición del sujeto político que nos obliga a tomar partido. Como reconoce la mayoría de la población mundial, la resistencia palestina es emancipatoria; rechazarla no lo es.

 

Geneva, Nueva York, 1 de marzo de 2024

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Notes

[1] Edward W. Said, La cuestión palestina (trad. Francisco J. Ramos Mena), Debate, Barcelona, 2013, p. 15.

[2] Linda Tabar, “People’s Power: Lessons from the First Intifada”, Center for Development Studies, Birzeit University, abril de 2013.

[3] Charlotte Kates, “Stop the Genocide! Free Palestine!”, entrevista en Agrarian South Network. Research Bulletin (noviembre-diciembre de 2023), pp. 26-27. La solidaridad de los partidos palestinos de izquierda con los partidos islámicos no es nada nuevo. Ya en 1992, el FPLP y el FDLP trabajaron juntos en una facción de la oposición que incluía a Hamás y la Yihad Islámica. Véase Yezid Sayigh, Armed Struggle and the Search for State. The Palestinian National Movement (1949-1993), Oxford University Press, 2004, p. 650, así como la declaración conjunta de las fuerzas de resistencia palestinas en “Palestinian resistance statement affirms national unity and determination” (Beirut, 28 de diciembre de 2023), publicada en el sitio web Struggle for socialism/La lucha por el socialismo, 19 de junio de 2024.

[4] Tareq Baconi, Hamas Contained, Stanford University Press, Stanford, 2018, p. xi.

[5] Kates, Ch., cit. , p. 27.

[6] Grimson News Staff, “Joint Statement by Harvard Palestine Solidarity Groups on the Situation in Palestine”, The Harvard Crimson, 10 de octubre de 2023.

[7] Judith Butler, “The Compass of Mourning”, London Review of Books, Vol. 45(20), 19 de octubre de 2023.

[8] Entre los grupos que participaron en el atentado se encontraban las milicias armadas asociadas con Fatah, la Yihad Islámica Palestina, el FPLP y el FDLP, entre otros. Véase “Beyond Hamas: Militant and Terrorist Groups Involved in the October 7 Attack on Israel”, Flashpoint, 18 de octubre de 2013, y Laure-Meissa Farjallah, “Other armed groups involved in Hamas’s Oct. 7 attack”, L’Orient Today, 29 de noviembre de 2023.

[9] Baconi, op. cit., p. 245.

[10] Judith Butler, “There Can Be No Critique. Censorship serves as the mirror and justification for state violence”, Boston Review, 13 de diciembre de 2023.

[11] Robin D. G. Kelley, “Yes, I Said ‘National Liberation’”, Counterpunch, 24 de febrero de 2016.

[12] Rodge Reschini, “Cornell prof: Hamas attacks ‘exhilarating, energizing’”, Cornell Review, 16 de octubre de 2023.

[13] Véase “Statement of President Pollack and Board Chair Kayser on Prof. Russell Rickford comments”, 17 de octubre de 2023, en el sitio web de la Universidad de Cornell (cornell.edu).

[14] Véase “Demand Cornell University to Fire Assoc. Professor Russell Rickford for Hate Speech”, change.org, 16 de octubre de 2023.

[15] Matthews Saffer, “New York senator calls for firing of Cornell University professor”, CNYCentral, 18 de octubre de 2023.

[16] Rodge Reschini, “Rickford takes leave of absence”, Cornell Review, 21 de octubre de 2023.

[17] Leila Khaled, My People Shall Live. The Autobiography of a Revolutionary, as told to George Hajjar (ed. George Hajjar), NC Press, Raleigh, 1973.

[18] Véase mi comentario sobre Badiou en Multitudes y partido.

[19] Jacob Magid y Michael Horovitz, “Biden wants global security regime in Gaza, then PA; floats visa ban on violent settlers”, The Times of Israel, 19 de noviembre de 2023.

[20] Kates, interview, cit., , p. 25, en que se refiere a la ilegalización de las protestas en Alemania y Francia como medio de reprimir el sentimiento receptivo de simpatía y solidaridad con Palestina.

[21] Sara Roy, “Before Gaza, After Gaza: Examining the New Reality in Israel/Palestine”, ensayo originalmente publicado en 2013 y posteriormente incluido como capítulo 8 de Unsilencing Gaza. Reflections on Resistance, Pluto Press, Londres, 2021, pp. 46-64.

[22] Véase en Wikipedia la entrada correspondiente a «Noche de los planeadores».

[23] Glenn Frankel, “Israel Cites Army’s Blunders in Raid on Base”, The Washington Post, 26 de noviembre de 1987.

[24] Véase nota 22 supra.

[25] Reuters, “Israelis Face Charges Over Raid”, The New York Times, 4 de diciembre de 1987.

[26] Sayigh, op. cit., pp. 179-197.

[27] Joanna Zych, “The use of weaponized kites and balloons in the Israeli-Palestinian conflict” (Research Paper), Security&Defence Quarterly, 2019; 27(5), pp. 71-83.

[28] Judah Ari Gross, “Condoms, kites, birthday balloons: ‘Silly’ Gaza weapons could lead to real war”, The Times of Israel, 20 de junio de 2018.

[29] Véase nota 27 supra.

[30] Francesca Borri y Yahya Sinwar, “Sinwar: ‘It’s time for a change, end the siege’”, ynetnews.com, 5 de octubre de 2018.

[31] Véase “High fliers: Gaza’s children break through hopelessness to soaring heights”, World Vision Jerusalem — West Bank-Gaza, 5 de agosto de 2011.

[32] Daryl Meador, “New documentary ‘Flying Paper’ showcases the creativity of Palestinian youth in Gaza”, Mondoweiss, 16 de octubre de 2013.

[33] Véase en YouTube el vídeo “Brian Cox reads IF I MUST DIE, the last poem by Refaat Alareer, killed by an Israeli airstrike”.

[34] Véase Multitides y partido.

[35] Hind Khoudary, “Gaza Airport: The legacy of a Palestinian dream”, Al Jazeera, 27 de diciembre de 2020.

[36] Khaled, op. cit., p. 53.

[37] Sara Roy, “An Unacceptable Absence: Countering Gaza’s Exceptionalism”, en Unsilencing Gaza, 2021, cap. 25, pp. 207-234.

[38] Véase “Popular Front for the Liberation of Palestine: Resistance Until Victory”, Progressive International, 11 de agosto de 2023.

[39] Ibid.

[40] Sune Haugbolle y Pelle Valentin Olsen, “Emergence of Palestine as a Global Cause”, Middle East Critique, 32(1), pp. 129-148, en p. 129.

[41] Said, op. cit., p. 184.

[42] Ibid.

[43] Slavoj Žižek, Contragolpe absoluto. Para una refundación del materialismo dialéctico (trad. Antonio J. Antón Fernández), Akal, Madrid, 2016, pp. 84-85.

[44] Quinn Slobodian, Crack-Up Capitalism. Market Radicals and the Dream of a World Without Democracy, Henry Holt and Company, Nueva York, 2023.

[45] Véase “Popular Front for the Liberation of Palestine: Resistance Until Victory”.

[46] Said, op. cit., p. 184. (Se ha modificado la traducción. [N. del T.]).

[47] Jacqueline Rose, The Last Resistance, Verso, Londres, 2007. p. 21.

Featured image: Palestinians flowing kites on a beach in Gaza. Photo: Hareef Sarhan/UNRWA (2019). Courtesy of Interactive Encyclopedia of the Palestinian Question. Translated from the original in English Rolando Prats.

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