El diseño de cubierta de Now, the People! Revolution in the Twenty-First Century, de Jean-Luc Mélenchon (Verso, 2025), me recuerda la primera edición en tapa dura de Marxism and Politics (OUP, 1977), de Ralph Miliband, aunque en la cubierta del libro de Miliband no había tanto rojo. Apenas una cuña roja estilo Malevich en medio de oponentes de azul celeste y azul marino. Mientras que los cuadrados azules de Mélenchon flotan seguros de sí mismos en un mar de rojo.

La comparación con el libro de Miliband no se agota en la portada. Uno de los reproches que solía hacérsele a Miliband era su estilo de exposición «poco dialéctico». El debate Miliband-Poulantzas de 1972 es famoso por haber estereotipado al primero como una especie de pensador anticuado e irreconstructo, antagonista de la ola estructuralista francesa tan en boga en Gran Bretaña a principios de los setenta. En Marxismo y política, el enfoque es fragmentario, un mosaico de citas y referencias a los pioneros del marxismo, contrapuesto a las propias revalorizaciones contemporáneas del autor.

Algo similar ocurre con el enfoque de Mélenchon en Now, the People!, si bien las referencias del libro, en su mayoría a temas de actualidad, informes de las Naciones Unidas y ominosos estudios de casos medioambientales (diríase que una obsesión personal del autor), no son ni remotamente académicas. Mélenchon no hace ningún esfuerzo por mezclarse con intelectuales y, desde luego, tampoco los trata con condescendencia en su gran llamamiento a El Pueblo. Si carga con los intelectuales en el camino hacia la revolución del siglo XXI, es porque o aceptan las condiciones que les ponga Mélenchon o no hacen el viaje.

¿Quiénes son este «pueblo»? Definir el término es uno de los escollos más arduos y desconcertantes de la política contemporánea. En dialecto normando, la raíz del vocablo que en francés significa «pueblo», es decir, peuple, fue a parar al nombre de un árbol, peuplier, el chopo del que cuelgan «frutos extraños» en la brisa meridional. En Adieu, cuento de Balzac, la condesa Stephanie, traumatizada y enloquecida por la desastrosa campaña rusa de Napoleón, corta una rama de la copa de un peuplier que la campesina Geneviève (también enloquecida) utiliza «para ahuyentar las moscas y refrescar el ambiente para su compañera de cama».

Al igual que la mayor parte de los pueblos de Europa, la Francia de Jean-Luc Mélenchon está traumatizada, si bien todavía no ha enloquecido: otro esquema Ponzi posideológico más que ha salido terriblemente mal. Evidentemente, quienquiera que examine las «alternativas» (repartidas en forma de un hemiciclo parlamentario hecho con mierda de perro), Mélenchon y La France Insoumise representan la mejor esperanza de que en la Quinta República (y en la Sexta, si Mélenchon se sale con la suya) se instale un gobierno progresista de centroizquierda. En la medida en que Now, the People! contribuya a promover el manifiesto de LFI, habrá servido a su franco, modesto y —para decirlo de la manera más amable posible— ordinario propósito.

De modo que, sí, compren, lean y disfruten Now, the People! A decir verdad, estamos ante un libro que invita a la reflexión, aunque no de la forma que Mélenchon se propone. No tengo nada en contra del ciudadano, y si resultara que, por algún pequeño milagro, consiguiese cambiar las cosas para bien, seré uno de quienes agiten en el aire ramas de chopo a su entrada triunfal en París. Mi interés por Mélenchon concierne al Síntoma, no a la Causa, es decir, al accidente de tráfico del capitalismo parlamentario francés que la ilustre persona de Mélenchon encarna en 2025.

Ralph Miliband, Marxism and Politics (OUP, 1977)

 

El primer problema que tengo con el libro, aparte de su prosa grandilocuente —a lo largo de sus 274 páginas Now, the People! no aspira a otra cosa que a ser el calamitoso epitafio de la civilización humana: en serio, ¿nos hemos muerto ya todos y no nos hemos dado cuenta?— es la ausencia de todo interlocutor reconocible: es decir, el lector, no el autor del libro. Sé quién habla, ¿cómo podría olvidarlo? Imposible no reconocer la voz del amo. Mélenchon escribe de la misma manera que habla, a menudo durante horas y horas, en mítines o en las redes sociales (lo segundo parece haber cambiado últimamente, o tal vez estoy recordando mal esos vídeos suyos de YouTube, que se diría que hubiesen desaparecido de su canal). Puede que Mélenchon sea un orador carismático, pero antes de abrir la boca el autor de Now, the People! podría haber tenido en cuenta la tesis de Marshall McLuhan de que el medio es el mensaje. Con JLM el mensaje —su mensaje— es el medio, por lo que la cuestión de lo que pensamos o, de hecho, de quiénes somos, nosotros «el pueblo» —lo que se da un tanto por sentado—, queda mal definida o se revela enigmática.

Enigma que no dejará de rondarnos. Tomemos el capítulo 5, «Nuestra servidumbre involuntaria» y su subtítulo «Un hechizo sobre la existencia social de los seres humanos», en que Mélenchon observa que el fetichismo de la mercancía es a la vez un hecho social objetivo de la sociedad de clases y un imperativo categórico: «A mi juicio, la responsabilidad política específica del mundo de la producción no puede suprimir la responsabilidad de la entusiastaservidumbre voluntaria de los seres humanos en cuanto consumidores», (p. 86). Sin duda, la FNAC y Carrefour estarían de plácemes de escucharlo.

Desde que me hice con el libro de Mélenchon mis conversaciones al respecto han versado menos sobre si existe o no un concepto marxista de «pueblo» que sobre si tal concepto existe del todo. Pensándolo bien, creo que con lo segundo estaríamos exagerando un poco, siempre y cuando restrinjamos la conversación a la política democrática y no nos desviemos hacia la filosofía política. Sobre este último tema sería fácil citar la «comunidad de formas de vida» de Agamben o la «idea del comunismo» de Badiou, según la cual cualquier «conjunto» colectivo, cualquier totalidad («pueblo» podría ser uno de cualquier número de significantes históricos) se entreteje a partir de una multiplicidad inconsistente de cuerpos (podría decirse que para Badiou cualquiera puede ser comunista, lo que significa que cualquiera puede participar en una secuencia política igualitaria, siempre que esté en el lugar adecuado y en el momento oportuno: o quizás en el lugar y el momento equivocados).

Mélenchon hace un gran esfuerzo por distanciarse de todo indicio de Marx y del/de los marxismo(s), aunque no niegue que existan clases. O, mejor dicho, que alguna vez existieron clases, que estas se crearon por medio de la división del trabajo, lo que dio lugar a la lucha de clases a escala mundial, lucha de clases que finalmente se ha desplazado a «la nueva era del capitalismo», «al mundo de las redes», de «un impacto descomunal en las condiciones del ecosistema» (p. 149). Mélenchon esconde más eufemismos en la manga que Dan Brown en El código Da Vinci, y «redes» y «ecosistema» parecen estar entre sus preferidos. Escuchémoslo:

En cierto modo, las redes reformulan la lucha de clases extendiéndola a todos los aspectos de la vida cotidiana […] Lejos de hacer desaparecer esa lucha o dejarla atrás, la instauran en la experiencia cotidiana de un mayor número de personas […] Ello se debe a que nuevas cohortes no integradas en el mundo del trabajo asalariado entran en la batalla por las redes: de estudiantes a artesanos, de pensionistas a desempleados, quienes se ven así enfrentados a los amos de las redes centrales, la nueva oligarquía formada por los recaudadores de tarifas de usuario. Las redes pueden ser la clave para extraer ganancias o la base para satisfacer nuestras necesidades colectivas, pero nunca ambas cosas a la vez. Tendrá que prevalecer una de esas dos lógicas. (p. 149)

¿Por dónde empezar en todo esto? Del mismo modo que un jornalero que creyera que necesita dos descripciones de empleo para caminar y empujar una carretilla al mismo tiempo, Mélenchon nos pide que creamos que no se puede ser estudiante, artesano, pensionista o desempleado y a la vez sujeto de clase. En cuanto a su compromiso con el pueblo, se trata de una estrategia discursiva dirigida a contrarrestar las acusaciones de marxismo y comunismo que contra él lanzan sus adversarios. No tiene por qué haberse molestado; ni remotamente han tenido el menor efecto. Uno se pregunta por qué Mélenchon no acepta simplemente el epíteto, aunque no sea cierto —que ya no lo es— a fin de disipar esa polémica fabricada: «Yo soy comunista y ustedes son fascistas. ¿Y ahora qué?»

La idea de que «pueblo” y «ciudadanos» puedan tomarse alguna vez como descripción adecuada de una sociedad configurada por una flagrante desigualdad de clases es un reproche al que Mélenchon se mantiene alerta. El problema, sin embargo, es que su definición de la lucha de clases se ha empobrecido al punto de no ser otra cosa que una parodia dickensiana de la injusticia social y la explotación económica. ¿Está de veras diciéndonos Mélenchon, en el largo extracto que acabo de citar, que como «los amos de las redes centrales, la nueva oligarquía» mantienen bajo su dominio «al pueblo» y «nuestras necesidades colectivas», la lucha de clases se ha extendido a «todos los aspectos de la vida cotidiana»? Idea que al mismo tiempo que nos deja atónitos es obviamente del todo ridícula, si bien agradezco al autor que subraye la estupidez de la «célebre fórmula» del 99 %, que el traductor del libro atribuye a David Graeber (p. xviii). El 1 % del mundo posee el 41 % de su riqueza, ergo la lucha de clases se ha «extendido».

Nosotros, el pueblo, somos seres extraños, eso está claro. ¿Qué misteriosas e inmateriales fuerzas de repulsión y atracción, como habría dicho Newton, qué espeluznante «acción a distancia» podría explicar nuestra voluntaria servidumbre a manos de los oligarcas? Dorothy Gale experimenta algo parecido a esa alienación intangible, ese profundo malestar, de que algo espeluznante y al mismo tiempo fundamentalmente injusto se está orquestando entre bastidores, cuando sale en busca del Mago de Oz. Y, sin embargo, cuando por fin tropieza con él, se da cuenta de que nada inapropiado estaba ocurriendo. Más bien lo contrario: el espectáculo de su alienación se había creado para ella. El exilio de Dorothy a Oz fue una benigna estratagema para que se diera cuenta de que las respuestas a sus problemas habían estado todo ese tiempo ahí mismo, esperando a ser descubiertas en su corazón.

Como es bien sabido, el equivalente político de ese trágico reconocimiento nos lo proporciona el edicto de La Internacional de que la emancipación de las clases trabajadoras debe ser conquistada por las propias clases trabajadoras. ¿Por qué malgastar tiempo y energía amonestando al Mago cuando no es más que un anciano enclenque cuya imperiosidad es simplemente efecto —reflejo exacto— del miedo que suscita en sus súbditos y del desprecio visceral en que como resultado se le tiene? Puede que grandilocuentes denuncias de la oligarquía provoquen cierto efecto regenerador, cierta repentina sensación de bienestar. Aparte de eso, políticamente hablando, son un callejón sin salida.

Pero es ese precisamente el callejón en que Mélenchon se ha metido, junto con tantos otros en la izquierda. No es difícil detectar la misma admonición sintomática, la misma proyección, cada vez que en el discurso político se conjura «al pueblo». El pueblo ocupa el centro de la atención durante toda la Guerra Civil inglesa (la guerra del pueblo se libra entre literatos monárquicos y republicanos tanto como entre súbditos y ciudadanos) en las diatribas de Salmasio contra «la escoria del pueblo» y «la chusma más malvada». También lo hace en Milton, quien se afana tanto en su poesía como en sus escritos políticos por ser el paladín del «verdadero pueblo» y del «pueblo elegido de Dios», aunque no deje de reprobar mordazmente a «la escoria del populacho» y «las supersticiones ciegas de la chusma».

Jean-Luc Mélenchon © AFP – Sameer Al-Doumy

 

 

 

 

 

E

El punto de referencia histórico de Mélenchon para «pueblo» y «ciudadanos» son los jacobinos. Sin embargo, la de los jacobinos es una larga tradición que se extiende desde la Revolución Francesa de 1789 y sobrevive, bien mermada pero aún intacta, hasta la Comuna de París de 1871. Si bien Mélenchon se identifica con la inauguración de esa secuencia histórica y el triunfante establecimiento de la Primera República de 1792 —de la que se empeña en apropiarse como punto en que convergen todos los males contemporáneos de Francia—, la verdad es que en su orientación política está mucho más cerca de la Segunda República de 1848-1852, que sucedió a la revolución de febrero y al derrocamiento del Rey Ciudadano Louis-Philippe (al día siguiente de que el Manifiesto Comunista saliera de la imprenta el 21 de febrero) y terminó con la instauración del Segundo Imperio, exactamente un año después del coup d’état de Luis Napoleón Bonaparte del 2 de diciembre de 1851.

Es esa la secuencia en la que realmente debería estar pensando Mélenchon. Porque en aquella coyuntura la lucha de clases había por fin empezado a hacer trizas todas las ilusiones patrióticas que hasta entonces habían mantenido unida a la nación francesa. Nada en la política de la Segunda República pudo impedir que la realidad de la lucha de clases y la economía política burguesa desmantelara la liberté, égalité et fraternité de Francia que tanto había costado conseguir. Ninguna apelación al patriotismo, a la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, ni siquiera leyendas como la del espectro del comunismo resolverían el problema, por mucho que lo intentara el republicanismo radical.

En aquella Segunda República condenada al fracaso, uno que particularmente se empecinó en lograrlo fue el diputado jacobino Alexandre Auguste Ledru-Rollin, quien se hizo un nombre como miembro destacado del gobierno provisional de Francia de 1848, pero quien pronto lo mancillaría al unirse al quinteto del Comité Ejecutivo bajo cuyos ojos ocurrió la masacre de tres mil insurgentes parisinos durante los Días de Junio.

De leerse cualquiera de los discursos políticos de Ledru-Rollin, las similitudes con el pensamiento pequeñoburgués de Mélenchon de inmediato saltan a la vista. Por ejemplo, en su discurso de 1841 a los Electores de Sarthe:

Para nuestros padres, el pueblo era la nación entera, en la que cada hombre tenía una parte igual en los derechos políticos, igual que Dios le ha dado una parte igual en el aire y la luz del sol. Hoy en día, «el pueblo» es un rebaño dirigido por unos pocos privilegiados como ustedes y como yo, señores, a quienes se llama electores, y después por algunos aún más privilegiados a quienes se dignifica con el título de diputados.

Apliquemos ahora ese universalismo jacobino abstracto a la política del siglo XXI y maravillémonos de cómo los diputados franceses y los eurodiputados (esos otros tontos útiles capaces de matarnos de aburrimiento con sus discursos sobre los Derechos Humanos Universales en el Parlamento Europeo) se transforman milagrosamente en «privilegiados»: el 1 % en los días que corren, los millonarios, los multimillonarios, los Amos del Universo, los Cuatro Jinetes del Apocalipsis. Pero ¡viva el ecosistema! y roguemos a Dios por que podamos recuperar «una parte igual en el aire y la luz del sol».

El 13 de junio de 1849, Ledru-Rollin y otros miembros de la oposición parlamentaria de izquierda (la llamada «Montaña») marcharían en protesta por la decisión de Bonaparte de invadir Roma, alegando que la constitución francesa prohibía tales intervenciones en otros países. En realidad, la aventura imperial de Bonaparte sirvió de pretexto para reprimir a la oposición interna a su presidencia. La enérgica «defensa de la Constitución» por Ledru-Rollin bien podría haber sido la inspiración detrás de la más reciente marcha de Mélenchon por los bulevares de París, ataviado con sus galas masónicas, advirtiendo al pueblo de que esta vez la dictadura neoliberal de Emmanuel Macron sí que se había pasado de la raya, con el alza del impuesto sobre el carburante, las reformas de las pensiones, la brutalidad policial, las elecciones robadas, etc.

Es poco probable que Mélenchon, que a no dudarlo es el heredero de la izquierda dinástica de Ledru-Rollin o del partido de la «Montaña», acabe huyendo al exilio, como hizo Ledru-Rollin tras la insurrección abortada de junio de 1849. Dicho esto, sin embargo, y con tantos pequeños Napoleones sueltos por ahí, cosas más extrañas han sucedido. Cuando Ledru-Rollin se quedó sin opciones políticas en Francia, se retiró a la «pérfida Albión», donde junto con Giuseppe Mazzini y Lajos Kossuth fundó el Comité Revolucionario de Europa (me pregunto quiénes serían Mazzini y Kossuth para el Ledru-Rollin de Jean-Luc: ¿alguna idea?).

No me imagino a Mélenchon remedando semejante movida, principalmente porque el diálogo en busca de la verdad, por no hablar del reparto del poder, no es uno de sus fuertes. Pero el pueblo sigue siendo el principal problema, o más bien el de Mélenchon, en el sentido de que este no puede concebir ningún futuro en que el pueblo decida voluntariamente, ya sea por su propia «servidumbre» o por otra serie de circunstancias contingentes, renunciar a «la emergencia de un único pueblo humano» (p. 229). No vendría mal hacer trizas semejantes ilusiones.

Imagen: Cubiertas de Now, the People! Revolution in the Twenty-First Century, de Jean-Luc Mélenchon (Verso, 2025) y de la edición española del libro por Fondo de Cultura Económica. Cortesía de Jean-Luc Mélenchon le blog.

Tradujo del original en inglés, tanto de la reseña como del libro reseñado, Rolando Prats.

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